El Buenos Aires que se fue

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LA RIÑA DE GALLOS

No tuve ocasión de asistir a estos tristes espectáculo. Mis conocimientos llegaron por relatos, la lectura y el cine.  Los pobladores de Buenos Aires fueron aficionados a las riñas de gallos que llegaron a ser un medio de vida para mucha gente. Personajes de influencia social y política se dedicaron a la cría de soberbios gallos.

En los patios existían grandes jaulas hechas con cañas, en la que estaba el luchador encerrado con una compañera. El gallo era preparado para la lucha con un régimen dietético reglamentado por leyes severas y basado en principios científicos. En una balanza de precisión se pesaban los alimentos y luego a los animales.

La cría y preparación de gallos de pelea provocaba entre la gente del suburbio una especial admiración. La limpieza, mantenimiento y entrenamiento para la pelea la realizaba el dueño del animal. El entrenamiento era riguroso y el tiempo se controlaba con cronómetros, vigilando los saltos y los golpes con otro gallo.

Los espolones estaban cubiertos con guantes de estopa o con una camisa de cuero, para que no pudiera herir. Según el comportamiento observado en estos simulacros, se calculaba el valor del candidato y se elaboraban planes sobre el porvenir o se vivía la desilusión más profunda.

Los gallos competentes eran llevados al reñidero, un teatro público por el que se pagaba una elevada patente anual. Se administraba de acuerdo con el Reglamento Oficial para Riñas de Gallos. Uno de los reñideros más importantes estaba ubicado en la calle Venezuela y Chacabuco y en los días de reunión, se enarbolaba una bandera roja con dos gallos pintados.

Se entraba por un zaguán que daba a un patio, en donde se instalaba un puesto que vendía refrescos solamente. En los fondos de la casa se encontraba el semiteatro con un redondel central. Tenía 2 entradas, por las que se traían a los gallos. Rodeando la pista se encontraban las plateas, los palcos y hacia arriba las gradas, ocupadas de acuerdo con el precio que podían pagar los concurrentes. En la segunda fila se sentaba el juez, quien desde allí, dominaba la pista con toda claridad y movía una campanilla para dirigir la pelea.

Antes de comenzar la riña, los gallos se pesaban en público y se informaba a los asistentes. Se procuraba que los contendientes fueran semejantes en tamaño y peso. Las armas eran los espolones naturales, u órganos postizos de latón o plata.

El profundo silencio inspirado por la lucha, era interrumpido por los gritos de las apuestas, que eran sagradas. A medida que variaba la situación de los contendientes durante la lucha, las apuestas se modificaban. La riña duraba hasta la muerte de uno de los combatientes o hasta que uno de ellos cedía el campo y escapaba por una salida, siempre abierta, ubicada en una esquina de la arena. Al final se colocaban las plumas ensangrentadas en el centro del anfiteatro.

Al coraje de los gallos, los ricos jugaban a veces enormes sumas mientras los pobres, aportaban unos pocos pesos. Las riñas de gallos fueron prohibidas por pedido de la Sociedad Protectora de Animales en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 35.  16 Diciembre de 1998.

Modas y costumbres

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