El Buenos Aires que se fue

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LA MURGA

Durante el breve reinado del Carnaval, aparecían por la tarde las sonoras y bochincheras murgas barriales, entonando cánticos picarescos en casas de familia, bares y cafés. La integraban una media docena de muchachos con un Director que vestía una galera de cartón y levita de arpillera; era la voz solista, secundado por el resto, a modo de coro.

Uno de los integrantes era el abanderado, que llevaba un cartel con el nombre de la murga: “Los Rejuntados de Almagro”. Ante la decisión de armar una murga, se fabricaban los instrumentos acompañantes de los solos que entonaba el Director. Un acompañamiento rítmico se lograba con chapitas de cerveza perforadas y unidas con un alambre que se ataba en los extremos de un trozo de palo de escoba. El movimiento enérgico, provocaba una mezcla de sonidos característicos.

Se agregaban los provocados por un tambor y dos tapas de cacerola, que unidos al de pitos, matracas y cornetas, remarcaban el recitado o canto de cada cuarteta. La elección de los cánticos incluía los decentes para casas de familia y los subidos de tono, para bares y cafés.

Los ensayos demandaban el tiempo necesario para armonizar la voz solista con el coro y el acompañamiento de ruidos. Al cabo de un par de semanas todo estaba listo para la aventura. Se completaba con la indumentaria, proveniente de ropa rota o en desuso, a lo que se agregaba el “maquillaje” con lápiz labial, corcho quemado o polvo facial.

Generalmente se establecía un circuito que incluía al barrio y zonas vecinas. Luego del estribillo introductorio, el grupo bailaba y cada uno cantaba su copla, remarcada por el estribillo. Entre canto y canto, un poco de baile frenético y mucho ruido. Los temas cantados, muchas veces guarangos, aludían a instituciones, médicos, artistas, parejas de novios, suegras, etc.

La burla no era mesurada. Eran canciones similares a las cuartetas usadas en el truco. El repertorio contaba con cuartetas descaradas y primitivas. Solo se pronunciaba la primera sílaba de una palabra, sugiriendo su real contenido, pero desdibujada al señalar la rima. Se acercaban pero no se decían los términos obcenos, acentuando sin embargo la malicia.

La gente mayor constituía un tema predilecto y son muchos los cantos que se le han dedicado. Así una cuarteta decía: “Una vieja y un viejito, se cayeron en un pozo, y la viejita decía, que viejito más sabroso”. Cada actuación culminaba con el pedido de propina por parte del Director, pasando un platito o un sombrero de cartón. Ante la renuencia, la voz del Director entonaba: ” El gato tiene cola, el pescado tiene espina, no se hagan los piolas, y aflojen la propina”.

Finalizada la jornada, se procedía al reparto de lo recaudado. El Director separaba por partes iguales distribuyendo un ingreso único en el año, que se multiplicaba siete días más. Quienes tuvieron oportunidad de participar activamente o escuchar a estos grupos de pibes entusiastas, evocarán, no sin nostalgia, esos momentos de alegría, vividos en esos carnavales de aquél Buenos Aires que se fue.

El barrio

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