El Buenos Aires que se fue

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LA QUEMA

En la zona de Nueva Pompeya se ubicó el vaciadero de basuras, formado por los residuos domiciliarios, de mercados y restaurantes, transportados por las chatas municipales de recolección. Eran carros de hierro y madera que poseían cajas volcables con puertas laterales y traseras, que permitían deshacerse rápidamente de la carga nauseabunda. Pintadas de color gris, tenían 4 ruedas: las delanteras más pequeñas que las traseras.

Los residuos permanecían a la intemperie hasta su precaria incineración, pero en el interín, eran removidos por los hurgadores, los cerdos y los perros. Daban origen a un criadero de ratas y moscas. En 1925 se instaló la Usina incineradora. Una maquinita a vapor arrastraba 3 o 4 vagonetas volcables llenas de ceniza y escoria, que contribuían a rellenar los terrenos bajos y el bañado.

Los pibes de la zona jugaban dentro de la Usina deslizándose sobre un terraplén en plano inclinado, sentados en una chata de hospital. La Usina no era suficiente para quemar los deshechos, por lo que el vaciadero crecía constantemente. La salud de la población de los alrededores estaba permanentemente amenazada, porque la quema al aire libre levantaba un humo blanco amarillento, denso e infecto, que llevado por los vientos, invadía las casas con olores insoportables. Recuerdo que en una oportunidad fuí al estadio del Club Huracán. En el 2º tiempo comenzó a llenarse de humo hasta imposibilitar ver las camisetas de ambos equipos durante más de 15 minutos.

Hombres, mujeres y niños se dedicaban a la recolección de papeles, trapos, latas, huesos y vidrios, que diariamente se vendían cuando pasaba un carro que compraba todo. La mercadería se pesaba con la famosa balanza “romana”, que siempre favorecía al comprador. Vivían en viviendas precarias construidas con los deshechos.

Muchas veces, al basura constituía las paredes de esas viviendas, cuando sus habitantes cavaban un hueco en las montañas de basura, albergándose en esas cuevas con toda la familia. Así se vivía, trabajando con la basura y comiendo desperdicios de comestibles mezclados con ella.

Los cirujas que eran individuos sucios, mal vestidos y muy mal alimentados, vendían el cartón, el papel y los metales en los depósitos del barrio; rescataban alimentos decomisados en almacenes, fiambrerías y depósitos de comestibles, para el propio consumo. En combinación con los conductores de los carros municipales, seleccionaban los desperdicios previamente a su llegada a la Usina Incineradora.

Desarrollaban su tarea protegiendo sus piernas con arpilleras atadas con alambres. Vendían el rezago de metal constituido por culotes de lamparitas, ollas, pavas, cables eléctricos, tramos de cañería de plomo y manijas de bronce de los ataúdes. Su venta permitía la adquisición de vino, cigarrillos o una pelota de goma para los pibes del barrio de ese Buenos Aires que se fue.

La ciudad

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