El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Noviembre, 2010

EL ATORRANTE

El atorrante integró el submundo de individuos pobres y sin trabajo, en busca de alguna changa. Su nombre nació por dormir dentro de los caños para agua fabricados por A. Torrent, ubicados en un depósito en la zona de la Recoleta.

La mayoría eran extranjeros. Entre ellos se encontraban profesionales que integraron un grupo de inmigrantes descorazonados o desalentados desde el primer momento, que al quedarse sin dinero, les faltó la fuerza necesaria para luchar. Recuerdo que en el barrio de Almagro, donde vivía, veía pasar a 2 de ellos, con la cabeza hundida entre los hombros, el sombrero caído sobre los ojos, mirando el suelo, pensativos; caminando lentamente, arrastrando los zapatos, las manos a la espalda o llevando un atado según el día, pero disfrutando su modo de vivir.

Pertenecían a la calle, dormían en los caños y comían a la puerta de los conventos algún plato de sopa con trozos de carne. Descansaban en los bancos de la plaza hasta ser desalojados por los guardianes, o pasaban la noche en un portal o en las comisarías.

El atorrante poseía calificación laboral que abandonaba para vivir al margen de la sociedad y solidarizarse en favor de otros atorrantes, enfermos y discapacitados. Eran libres de pensamiento, metódicos, ordenados y no estaban de acuerdo con el orden social vigente. En el atado guardaban algunos restos de comida que recibían en los domicilios visitados; representaban una expresión de rebeldía, frente a la acumulación de bienes materiales.

No cometían delitos, no eran ladrones ni asesinos, vivían en un completo abandono y no eran delincuentes para ser llevados a la cárcel. Personaje simpático y no agresivo, (a quienes siempre vi con temor), pedían para comer o recogían restos de comestibles en los tachos de basura o recibían la comida de instituciones benéficas y conventos.

No admitían la dádiva porque la consideraban degradante. Los atorrantes fueron el saldo negativo de una inmigración mal dirigida y desalentada, que encontrándose en una situación de inferioridad, eligió alejarse de los bienes materiales y el dinero, recibiendo la admiración de muchos. Personajes de ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

EL BAÑADO

Cuando las lluvias eran intensas el Riachuelo inundaba los barrios de Nueva Pompeya, Villa Soldati, Villa Lugano y Bajo de Flores, dando origen al bañado, hasta alcanzar una superficie de 100 kilómetros cuadrados.

Los chicos se dedicaban a cazar ranas, para su consumo o venta. Las llevaban dentro de una media de mujer para facilitar su transporte. También pescaban bagres, tarariras, anguilas y tortugas. Algunos conocedores recogían hongos comestibles. En las lagunas y pajonales se criaban nutrias, flamencos, gansos, patos, garzas y gallaretas.

Los pibes se bañaban cuidándose de los pozos y zonas peligrosas, marcándolas con palos o cañas hundidas hasta el fondo. También realizaban audaces travesías en botes improvisados con los forros metálicos de los ataúdes y remando con un par de palos. En las orillas, era frecuente encontrar a los cazadores de pájaros, que desplegaban todo tipo de estrategias para obtenrlos.

Los teros se encontraban en bandadas y eran muy buscados por su utilidad en los jardines. Generalmente se atrapaban por las patas armando una trampa con piolas y crines de caballo. Para cazar pajaritos era común el uso de adhesivos colocados en los alambres de los cercos, de tal modo que los pájaros quedaban adheridos por sus patas.

Este sistema fue prohibido por la cantidad de pájaros que quedaban atrapados sin posibilidad de salvarse. Se lo reemplazó por una soguita de 1 metro de longitud, embadurnada con un adhesivo y unida a dos estacas, muy fácil de transportar. Otros utilizaban las clásicas jaulas con trampa, con su llamador, especialmente al amanecer, cuando los pájaros llegaban para alimentarse.

El bañado gozaba de muy mala fama por los enfrentamientos entre policías y malvivientes. Un barrio característico fue “El Barrio de las Ranas”, sede de ladrones, prostitutas y rufianes, así llamado por la abundancia de ranas, tan difíciles de atrapar. Esto originó el apelativo de rana para el delincuente astuto y escurridizo, a la hora de ser buscado por los representantes de la ley.

El relleno mediante el depósito continuo de deshechos, cenizas y escoria; el transporte de grandes volúmenes de tierra y el trabajo de las topadoras provocaron la desaparición de los espejos de agua y el bañado pasó a ser un recuerdo en ese Buenos Aires que se fue.

La ciudad

EL OSO CAROLINA

Foto: Héctor L. Torino en “Juan Mondiola” pag. 119. Ed. Imprenta Chile. 1954

Un personaje infaltable durante los festejos del Carnaval era el “Oso Carolina”. Una piel lo cubría completamente y dentro de ella un hombre caminaba a los saltitos, al compás de la música de tamboril, arrastrado por una cadena como si estuviera amaestrado. Un hombre  llevaba el extremo de la cadena y señalaba que correspondía hacer.

El oso Carolina salía a caminar a la media tarde. Hacía su recorrido de cuadras y cuadras, esperando las horas de la noche cuando comenzaban a encenderse las luces de los corsos, porque era entonces cuando realizaba su entrada triunfal para susto de los chicos, regocijo de los más grandes y lástima de los mayores.

Cuando llegaban las primeras comparsas, el Oso procuraba encabezar una de ellas para que lo vieran mejor. Iba en silencio, cuadras y más cuadras, atado a la cadena que le arrastraba su compañero y atento a las variaciones de la música para llevar con dignidad los pasos de baile. El oso Carolina y sus guardianes hacían un alto, previamente a la presentación ante las comisones de los concursos de máscaras. Se metían en un almacén y entre todos lo despojaban de la enorme careta, que dejaba sobre una silla mientras reclamaba a gritos algo para beber y calmar su sed.

Bebido el refresco, volvía a calzar la careta y se dejaba guiar por las calles y veredas enredándose con las serpentinas. En los concursos ganaba un modesto Diploma. Fue un héroe inútil que sufrió el Carnaval, a veces con riesgo de su vida, cuando algún gracioso intentó incendiar su disfraz. Personajes inolvidables de un Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

LOS TIMOS

Quiero contarles tres timos: 2 de ellos causaron sensación y el restante era diario.Los sorteos semanales de la Lotería Nacional se realizaban con la participación de 3 adolescentes que cantaban los números y sus respectivos premios. El grupo de “Niños Cantores” y sus familiares más cercanos, conformaron un aparato delictivo sin precedentes en el país.

En el año 1941 un carpintero les fabricó bolillas similares a las que se utilizaban en los sorteos oficiales con un número previamente determinado. Se hicieron ensayos en uno de los sorteos, el éxito los acompañó y decidieron realizar un nuevo fraude con las bolillas elaboradas y el premio mayor correspondiente. Mientras tanto, los familiares de los “Niños Cantores” compraron todas las series del númro que sería premiado. Llegó el día del sorteo y en un momento dado, el primer “Niño” cantó el número falso que retenía en su mano ocultando la bolilla que realmente salió. El encargado de cantar los premios, leyó el premio mayor en la bolilla falsa y ocultó la bolilla real.

En los días siguientes se cobraron todas las series del número premiado, pero el sueño duró poco, ya que no se guardó la discreción necesaria. A viva voz, los niños anunciaron que ganarían la grande, lo que sumado al hecho  de que sus familiares cobraran los premios, alertó a la policía, hecho que permitió capturar a todo el grupo y recuperar la mayor parte del dinero.

Los “Quinieleros” fueron los artífices del juego clandestino y estaban distribuídos por todos los sitios de trabajo. Muchos tenían su parada en el café del barrio, exponiéndose a las habituales visitas de la policía. Muchas veces no pasaban todas las jugadas que les encargaban y cuando alguno acertaba, desaparecían por un tiempo para evitar las consecuencias.

Procuraban no dejar rastros escritos recurriendo a la memoria. Cuando la policía los visitaba, algún informante se encargaba de avisarles y si tenía tiempo, desaparecían; en caso contrario se tragaban las anotaciones. Pero de todas maneras, la policía se llevaba a un inocente, que cuando los soltaban, debía ser recompensado por el quinielero pagándole una jugada doble.

Y finalmente la compra de un automóvil cero kilómetro el fin de semana. El día viernes, a última hora, cuando el banco ya había cerrado, el comprador pagaba con un cheque al portador con talón. A los efectos de no despertar sospechas, los datos del domicilio particular y comercial eran correctos. El problema surgía ante la duda de verificar previamente si el cheque tenía fondos suficientes o realizar la venta.

En una ocasión, ante la desconfianza del vendedor, éste hizo la denuncia a la policía diciendo que le habían pagado con un cheque sin fondos, lo que motivó la inmediata detención del comprador y su encarcelación en averiguación de antecedentes. El día lunes, al abrir los bancos, el vendedor llevó el cheque para su cobro.

Quedó muy sorprendido cuando comprobó que el cheque tenía fondos. Pero se sorprendió mucho más cuando un reconocido estudio de abogados le informó que el comprador había hecho una denuncia por privación ilegítima de la libertad, acompañada de una demanda que duplicaba el costo del automóvil adquirido. El arte de la estafa en ese Buenos Aires que se ¿fué?.

Personajes de la ciudad

LA RIÑA DE GALLOS

No tuve ocasión de asistir a estos tristes espectáculo. Mis conocimientos llegaron por relatos, la lectura y el cine.  Los pobladores de Buenos Aires fueron aficionados a las riñas de gallos que llegaron a ser un medio de vida para mucha gente. Personajes de influencia social y política se dedicaron a la cría de soberbios gallos.

En los patios existían grandes jaulas hechas con cañas, en la que estaba el luchador encerrado con una compañera. El gallo era preparado para la lucha con un régimen dietético reglamentado por leyes severas y basado en principios científicos. En una balanza de precisión se pesaban los alimentos y luego a los animales.

La cría y preparación de gallos de pelea provocaba entre la gente del suburbio una especial admiración. La limpieza, mantenimiento y entrenamiento para la pelea la realizaba el dueño del animal. El entrenamiento era riguroso y el tiempo se controlaba con cronómetros, vigilando los saltos y los golpes con otro gallo.

Los espolones estaban cubiertos con guantes de estopa o con una camisa de cuero, para que no pudiera herir. Según el comportamiento observado en estos simulacros, se calculaba el valor del candidato y se elaboraban planes sobre el porvenir o se vivía la desilusión más profunda.

Los gallos competentes eran llevados al reñidero, un teatro público por el que se pagaba una elevada patente anual. Se administraba de acuerdo con el Reglamento Oficial para Riñas de Gallos. Uno de los reñideros más importantes estaba ubicado en la calle Venezuela y Chacabuco y en los días de reunión, se enarbolaba una bandera roja con dos gallos pintados.

Se entraba por un zaguán que daba a un patio, en donde se instalaba un puesto que vendía refrescos solamente. En los fondos de la casa se encontraba el semiteatro con un redondel central. Tenía 2 entradas, por las que se traían a los gallos. Rodeando la pista se encontraban las plateas, los palcos y hacia arriba las gradas, ocupadas de acuerdo con el precio que podían pagar los concurrentes. En la segunda fila se sentaba el juez, quien desde allí, dominaba la pista con toda claridad y movía una campanilla para dirigir la pelea.

Antes de comenzar la riña, los gallos se pesaban en público y se informaba a los asistentes. Se procuraba que los contendientes fueran semejantes en tamaño y peso. Las armas eran los espolones naturales, u órganos postizos de latón o plata.

El profundo silencio inspirado por la lucha, era interrumpido por los gritos de las apuestas, que eran sagradas. A medida que variaba la situación de los contendientes durante la lucha, las apuestas se modificaban. La riña duraba hasta la muerte de uno de los combatientes o hasta que uno de ellos cedía el campo y escapaba por una salida, siempre abierta, ubicada en una esquina de la arena. Al final se colocaban las plumas ensangrentadas en el centro del anfiteatro.

Al coraje de los gallos, los ricos jugaban a veces enormes sumas mientras los pobres, aportaban unos pocos pesos. Las riñas de gallos fueron prohibidas por pedido de la Sociedad Protectora de Animales en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 35.  16 Diciembre de 1998.

Modas y costumbres

LA MURGA

Durante el breve reinado del Carnaval, aparecían por la tarde las sonoras y bochincheras murgas barriales, entonando cánticos picarescos en casas de familia, bares y cafés. La integraban una media docena de muchachos con un Director que vestía una galera de cartón y levita de arpillera; era la voz solista, secundado por el resto, a modo de coro.

Uno de los integrantes era el abanderado, que llevaba un cartel con el nombre de la murga: “Los Rejuntados de Almagro”. Ante la decisión de armar una murga, se fabricaban los instrumentos acompañantes de los solos que entonaba el Director. Un acompañamiento rítmico se lograba con chapitas de cerveza perforadas y unidas con un alambre que se ataba en los extremos de un trozo de palo de escoba. El movimiento enérgico, provocaba una mezcla de sonidos característicos.

Se agregaban los provocados por un tambor y dos tapas de cacerola, que unidos al de pitos, matracas y cornetas, remarcaban el recitado o canto de cada cuarteta. La elección de los cánticos incluía los decentes para casas de familia y los subidos de tono, para bares y cafés.

Los ensayos demandaban el tiempo necesario para armonizar la voz solista con el coro y el acompañamiento de ruidos. Al cabo de un par de semanas todo estaba listo para la aventura. Se completaba con la indumentaria, proveniente de ropa rota o en desuso, a lo que se agregaba el “maquillaje” con lápiz labial, corcho quemado o polvo facial.

Generalmente se establecía un circuito que incluía al barrio y zonas vecinas. Luego del estribillo introductorio, el grupo bailaba y cada uno cantaba su copla, remarcada por el estribillo. Entre canto y canto, un poco de baile frenético y mucho ruido. Los temas cantados, muchas veces guarangos, aludían a instituciones, médicos, artistas, parejas de novios, suegras, etc.

La burla no era mesurada. Eran canciones similares a las cuartetas usadas en el truco. El repertorio contaba con cuartetas descaradas y primitivas. Solo se pronunciaba la primera sílaba de una palabra, sugiriendo su real contenido, pero desdibujada al señalar la rima. Se acercaban pero no se decían los términos obcenos, acentuando sin embargo la malicia.

La gente mayor constituía un tema predilecto y son muchos los cantos que se le han dedicado. Así una cuarteta decía: “Una vieja y un viejito, se cayeron en un pozo, y la viejita decía, que viejito más sabroso”. Cada actuación culminaba con el pedido de propina por parte del Director, pasando un platito o un sombrero de cartón. Ante la renuencia, la voz del Director entonaba: ” El gato tiene cola, el pescado tiene espina, no se hagan los piolas, y aflojen la propina”.

Finalizada la jornada, se procedía al reparto de lo recaudado. El Director separaba por partes iguales distribuyendo un ingreso único en el año, que se multiplicaba siete días más. Quienes tuvieron oportunidad de participar activamente o escuchar a estos grupos de pibes entusiastas, evocarán, no sin nostalgia, esos momentos de alegría, vividos en esos carnavales de aquél Buenos Aires que se fue.

El barrio

LOS JUEGOS DE SALÓN

Foto: Luis Medrano

Los juegos de salón eran entretenimientos que en la mayoría de los casos, incluía apuestas de dinero que no sólo aumentaba el interés de las jugadas, sino que provocaba la aparición de otros sentimientos.

El tute con las variantes “cabrero”, “codillo”, o “remate”, eran juegos con barajas españolas que me enseñó mi abuelo Pepe, un inmigrante italiano que llegó a la Argentina en la primera década del siglo XX. Otros juegos con estas barajas eran la brisca, el mus, la escoba y el truco, que formaban parte de los juegos clásicos del café o del despacho de bebidas en el boliche del barrio.

Ahí se descargaba la bronca acumulada durante el día, jugando con naipes sucios y grasosos, cuyo grosor estaba casi duplicado. Barajas y porotos para marcar los tantos, eran el pretexto que inmovilizaba durante horas a los habituales parroquianos, en la misma mesa y en la misma silla.

La cita se renovaba día tras día, acompañada de un vino moscato, tinto o semillón, extraído de la bordalesa, en medio de un aroma donde se mezclanban los vapores de vino, olores humanos, humo de tabaco negro o de café express. Durante el juego con esas barajas se escuchaban expresiones de taberna pero sin peleas, mezcladas con sonoras risotadas.

Era frecuente realizar “solitarios” y juegos de ingenio con las figuras de la  baraja. Pero no sólo se jugaba con naipes. Otros habitués se conformaban con el dominó. En algunos cafés, en el “Club Social y Deportivo” o en la “Sociedad de Fomento”, había mesas para jugar a las damas y al ajedrez.

El juego fue un tema repetitivo en las letras de tango donde se lo encuentra con distintas denominaciones: el escolaso, la timba, la carpeta, la peca, etc., asociado con la nostalgia del inmmigrante por su país de origen.

Los naipes ingleses se usaban en casinos, clubes o garitos. Se jugaba al Poker o a los juegos carteados como Punto y Banca o Treinta y Cuarenta. También al Rumy y la Canasta Uruguaya, asociados con la búsqueda de fondos para causas solidarias o sociales.

El billar era el juego que jerarquizaba al café. Su sólida mesa con el paño verde, mostrando las huellas de algunas pifiadas y cicatrices provocadas por algún cigarrillo. Dos bolas blancas y una roja, una media docena de tacos y un par de tizas azules, servían a dos o más aficionados que intentaban deslumbrar haciendo carambolas, a quienes nunca sostuvieron un taco, hasta que una pifiada frenaba la fanfarronería.

Cada barrio tenía su café con su mesa de billar. El billar se aprendía en el café del barrio o en el que estaba cerca del colegio. A pesar de los controles policiales, los pibes por la mañana o por la tarde concurrían a esos sitios sagrados de aquel Buenos Aires que se fue.

Los juegos

EL BARRIO

El subconciente nos tiende trampas al rescatar imágenes de nuestro pasado, estimulando nuestro deseo de recuperar lo irrecuperable. Alguna vez hemos sentido la necesidad de retornar al barrio de nuestra infancia, con el deseo de revivir esa época y al concretar ese deseo, nos damos cuenta de que el tiempo no es generoso cuando queremos transformar los recuerdos en realidad. Pero escritos, fotografías y remembranzas de sobrevivientes, nos permiten reconstruir algo de esa geografía perdida.

Buenos Aires tuvo su primer barrio alrededor de la Plaza de Mayo. Sus límites eran el Río de la Plata y la Avenida Callao con su continuación, Entre Ríos. El constante ingreso de inmigrantes lo extendió más allá de esos límites generando pequeñas unidades integradas por una o más cuadras, sin fronteras visibles, los barrios.

La ayuda mutua de sus habitantes motivó la creación de las Sociedades de Fomento y la aparición de diarios semanales o quincenales. Las calles estaban pobremente alumbradas con lámparas instaladas cada 50 metros, que eran encendidas o apagadas por un encargado que todos los días, al oscurecer y amanecer realizaba esta tarea. Recuerdo que caminaban muy rápido deteniéndose en cada poste para esos fines.

Casas bajas con calles empedradas alternando con calles de tierra, imposible de transitar en los días de lluvia, configuraban un área que disponía de carnicería, almacén y panadería, en las que el uso de la libreta facilitaba el pago quincenal o mensual. El corazón del barrio era el almacén con el bar contigüo, lugar para tomar un trago, leer el diario, jugar a los naipes o al dominó y actualizar la situación política y deportiva de la semana.

La mayoría de los hombres trabajaban en el barrio y las mujeres lo hacían en su domicilio o en las cercanías, generalmente como costureras o lavanderas. A pesar de las diferentes nacionalidades, la gente estaba identificada con su zona de residencia.

En el Once se establecieron los inmigrantes judíos y en el Bajo, los árabes. Esta identificación se prolongó hasta superada la década del 50. Las ocupaciones estaban relacionadas con las nacionalidades: los vascos eran lecheros o ladrilleros; los japoneses tintoreros o cultivadores de flores; los italianos peluqueros, zapatero remendón, carboneros, lustrabotas, maniseros o albañiles. Los franceses sastres o cocineros.

La distribución por todo el ambito de la Capital fue consecuencia del desarrollo de las líneas de tranvías, que favorecieron la comunicación dentro del ámbito capitalino, hecho que no fue obstáculo para mantener la identificación con el barrio a la hora del regreso. Cada barrio tenía sus colores y sus olores predominantes.

El ritmo febril de estos días prácticamente no nos permite vivir comunitariamente e incluso casi no conocemos a la mayoría de nuestros vecinos. El progreso nos ha dado confort, equipamiento y nos ha facilitado la comunicación a distancia, pero nos ha quitado el encanto del trato frecuente y cotidiano con nuestros vecinos. Todo eso pertenece a un Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 11. 1º Julio 1998

El barrio

LOS BAILES DEL INTERNADO

El 21 de setiembre de 1914 los estudiantes universitarios porteños de la Facultad de Medicina, festejaron la llegada de la primavera realizando el primer “Baile del Internado”.

Se llegaba al Internado mediante una rigurosa selección entre los estudiantes que habían prestado servicios gratuitos a los hospitales durante no menos de tres años. Al llegar al quinto año de estudios, accedían mediante un concurso, teniendo en cuenta la antigüedad y el puntaje obtenido en los exámenes. El Internado brindó a los estudiantes con escasos recursos casa, comida y un pequeño sueldo compensatorio por los esfuerzos realizados.

El primer baile se realizó en el “Palais de Glace”, con la participación de la orquesta de Francisco Canaro. En esa oportunidad, Canaro estrenó el tango milonga “Matasano”, dedicado a los internos del Hospital Durand. También Roberto Firpo le dedicó a los Internos del Hospital Ramos Mejía el tango “El apronte”.

Al año siguiente, Francisco Canaro estrenó el tango “El Internado”. Alberto López Buchardo compuso el tango “Clínicas” dedicado a los practicantes de dicho hospital. A partir de 1916, los bailes se realizaron en el “Pabellón de las Rosas”, ubicado en la Avenida Alvear y Tagle.

Entre los participantes había una rivalidad respecto de quien hacía las bromas más pesadas. En este sentido, los estudiantes de Medicina eran los ganadores. Llevaban para sus bromas piezas de la morgue. En una oportunidad ataron un par de manos a unos palos, se vistieron como fantasmas y acariciaban el rostro de las muchachas, ante el desbanfde general. En estas reuniones participaban estudiantes de otras facultades.

Vicente Greco compuso “El anatomista” en 1916. Otro tango fue “La muela careada”. En 1917 José Martínez estrenó “El termómetro”. En ese mismo año Osvaldo Fresedo compuso para los internos del Hospital Fernández el tango “Amoníaco”. El bandoneonista Eduardo Arolas compuso tres tangos para los estudiantes: “Anatomía”, “Rawson” y “Derecho viejo”, este último dedicado a los estudiantes de la Facultad de Derecho.

En 1919 Osvaldo Fresedo compuso el tango “El sexto”, por ser el baile número seis. Augusto Berto compuso “El séptimo” y “La Biblioteca”, dedicado a los socios de la Biblioteca Médica. Ricardo Brignolo compuso los tangos “El octavo” y “El noveno”. En 1923, escribió Brignolo “El décimo”.

Los practicantes también realizaron concursos de espectáculos teatrales en el teatro Victoria, ubicado en Hipólito Irigoyen y San José, con la participación de chicas non-santas, presentando títulos como “Adan y Eva en el paraíso”, “Landrú” y otros.

El 21 de setiembre de 1924, Osvaldo Fresedo estrenó en el Teatro Victoria el tango “El once”, que coincidiría con el undécimo y último baile. Dos semanas y media más tarde, ocurrió un suceso trágico en el Hospital Piñero cuando su administrador, apuntó con un revólver a la cabeza de un estudiante matándolo de un balazo, al repeler una de las tantas bromas estudiantiles. Final para los inolvidable bailes en ese Buenos Aires que se fue.

Reuniones sociales

EL CINE DE BARRIO

Foto: Luis Medrano

Cada barrio tenía su cine con programas que variaban diariamente, excepto el fin de semana. Vivimos la época del cine sonoro que nos acompañó en todas las etapas de nuestra vida. Las salas fueron multiplicándose con detalles arquitectónicos de buen gusto, pinturas y cortinados.

Cuando proyectaban películas extranjeras subtituladas, las personas que no sabían leer recibían la información de sus hijos o nietos en un interminable murmullo, muy molesto para los expectadores, que provocaba chistidos y exclamaciones de desagrado.

Los programas estaban integrados por tres películas. Los martes o miércoles era el “Día de Damas”, a precios rebajados. En algunos cines había exhibición los domingos por la mañana, dedicado a los niños.

El sonido prolongado de un timbre en el hall, anunciaba el comienzo de cada película. Cuando finalizaba cada exhibición, el acomodador entregaba una contraseña a quienes salían de la sala, que nos habilitaba para regresar  una vez finalizado el intervalo. Para cada día de la semana había una contraseña diferente.

Durante la semana, a la salida de la escuela, repartían programas anunciando la proyección de una serie completa en 12 episodios, acompañada de 2 películas de cowboys y un par de películas de Carlitos Chaplin. Quien no recuerda las series con “Charlie Chan”, “Dick Tracy”, “Flash Gordon” o “El Llanero Solitario” , personajes que alimentaron el imaginario de la época escolar.

Estas funciones lograban un lleno casi total y eran las funciones más sonoras, por los pataleos y los chiflidos originados ante cualquier inconveniente técnico, muy frecuente por la mala calidad de las copias proyectadas.

Algunos cines funcionaban con la modalidad de Cine Continuado: el espectador entraba a la hora deseada y salía cuando se le ocurría. Los estrenos se trasmitían por radio, desde un móvil ubicado en un rincón del vestíbulo del cine, habitualmente ubicado en la zona céntrica.

Algunos cines tenían el techo corredizo. En las sesiones nocturnas durante la época calurosa, el techo se desplazaba lentamente dejando un amplio espacio para favorecer la ventilación y el enfriamiento de la sala. Era una sensación curiosa observar un sector del cielo desde la butaca. Pero cuando amenazaba lluvia, la velocidad del cierre del techo, no era suficiente para evitar que algunos espectadores se mojaran en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 24. 30 Setiembre de 1998.

El barrio

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