El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Octubre, 2010

EL LECHERO

El lechero transportaba su mercadería en los recordados carritos artísticamente decorados por los fileteadores. Recorrían el barrio llevando la leche en sus característicos tarros, hasta la misma cocina de las amas de casa.

La vestimenta del lechero consistía en una camisa abierta con pañuelo anudado al cuello; bombachas negras ajustadas en el tobillo, alpargatas, boina  y una faja de cuero color negro con amplios monederos. Visitaba cada domicilio llevando un tarro similar a los que transportaban la leche, pero de menor tamaño y un jarro con capacidad de 1 litro para servir la leche, con 4 marcas de un cuarto litro cada una.De lunes a sábados y a la misma hora, aparecía con su carga renovada diariamente.

Los tarros con leche eran colocados diariamente en determinadas estaciones de tren, por los tamberos de la Provincia de Buenos Aires en horas de la madrugada, llevándose un conjunto similar de tarros vacíos y limpios; los distintos colores de las tapas identificaban a sus dueños.

Los lecheros coexistían pacíficamente y trabajaban en franca competencia. Cada uno tenía su clientela y era común ver, en una misma cuadra y a la misma hora, dos o tres carritos abasteciendo al vecindario. A una señal del lechero, el caballo avanzaba lentamente hasta la casa del próximo cliente, deteniéndose espontáneamente a la espera de una nueva orden.

Desde el cordón de la vereda hasta los fondos del corralón donde se encontraban las caballerizas, se extendía el tradicional camino de adoquines que permitía oir el inconfundible repiqueteo de las herraduras, a la hora del regreso. Allí se guardaban el carro, los caballos y se encontraba la salita reglamentaria para el lavado de taros, las medidas, los batidores y demás enseres que usaba el lechero durante la jornada diaria.

En 1960 se prohibió en la Ciudad de Buenos Aires la venta de leche sin pasteurizar. Las botellas de vidrio primero y los sachets después, provocaron la desaparición de las calles porteñas de este personaje y su popular carrito, al que los pibes solían subirse en el estribo trasero, para viajar colgados unos pocos metros por aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña” FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 16. 17 de Agosto de 1999

Personajes de la ciudad

EL ORGANITO

Fue comun ver por las calles de Buenos Aires al organillero que cargaba el organito con su correspondiente cotorra, colaboradora indispensable a la hora de elegir la suerte del ansioso solicitante. Era un instrumento portátil que accionado mediante una manivela, hacía girar un cilindro de madera o cartón provisto de dientes, que al empujar las lenguetas reproducían la melodía. Cada cilindro tenía capacidad para ocho o diez piezas musicales. Se constituyó en un importante difusor del tango.

La manivela debía ser movida a un ritmo tal que permitiera identificar la melodía en ejecución. Los que tenían nociones musicales lo hacían aceptablemente pero los que no poseían esa cualidad, hacían que los temas del organito fueran imposible de identificar.

La llegada del organillero era recibida con gran alboroto por los pibes del barrio. A cambio de una moneda, tenían la posibilidad de renovar sus sueños cuando la cotorrita elegía dentro de un cajoncito de madera, el papelito misterioso, cuidadosamente doblado, portador de ilusiones. Era posiblemente, el mayor atractivo que poseía y que posibilitaba al organillero, recaudar diariameente algunas monedas.

Eran textos diversos impresos en papelitos de colores, rosa para las muchachas, donde podían encontrarse hasta sesenta textos diferentes. Desde lejos se escuchaba el sonido característico y cadencioso que inducía a acercarse a la simple caja con manubrio, colgada del cuello por una correa mugrienta y que descansaba sobre una pata de palo durante la ejecución. Una vez finalizada, un niño que trabajaba con el organillero, pasaba el sombrero para recoger algunos centavos.

Cuando en la calle había poca gente, el organillero concurría a los conventillos donde las adolescentes improvisaban bailes durante horas, formando parejas o bailando entre ellas.

La alegría familiar de las tardes del organito que recorría las calles tranquilas de los barrios de la ciudad ahora es historia. El organito es una atracción lamentablemente desaparecida que se recuerda en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 7. 3 Junio de 1998

El barrio

EL MERCADO

Entrar al mercado significaba experimentar una serie de olores distintos y característicos, con predominio de las aves y el pescado. Eran épocas de carencia de heladeras a hielo, por ello la necesidad obligatoria de consumir alimentos muy frescos o recién faenados, ya que no podían conservarse mucho tiempo; no había congeladoras. Se elegía un pollo o una gallina de la jaula correspondiente y al instante era sacrificado y desplumado en un tacho de latón, conteniendo agua caliente, o en una pileta exclusiva para ese fin.

El piso del mercado estaba recubierto con aserrín de madera en toda su extensión (nunca supe por qué) y al caminar, se percibía la sensación de deslizarse. La “Orquesta del Mercado”, un trío compuesto por bandoneón, violín y batería, ejecutaba cada mañana valses, tangos, milongas, pasodobles y rancheras para los clientes. Niños y adultos, se detenían no sólo por curiosidad sino para solicitar la ejecución o la repetición del tema musical de moda.

Foto: Mercado en Boedo y San Juan

La carne y el pescado expuestos sobre los fríos mármoles blancos, eran clásicos del mercado. El puesto de venta de pescado era muy criticado por los clientes, quienes calificaban la calidad de la mercadería, verificando su aspecto y frescura. Una jaula contenía caracoles de tierra y era difícil resistir la tentación de tocar los cuernitos, que al menor contacto, se retraían readquiriendo su tamaño normal poco tiempo después. Generalmente el puestero obsequiaba entonces, un caracol que estaría forzado a padecer todo tipo de molestias por parte nuestra.

Alrededor de las lámparas o colgando de ellas, se colocaba un papel atrapa moscas; era una cinta retorcida y pegajosa, intento optimista de reducir la población de abundantes insectos que pululaban por el mercado, especialmente en los puestos de carne y pescado. La compra de hortalizas en el puesto de verduras, finalizaba con el pedido de la “verdurita”: el verdulero seleccionaba perejil, zanahoria, apio, y puerro que obsequiaba a cada comprador.

En el puesto de frutas, se compraban por docenas las peras, duraznos, manzanas y bananas, o las ofertas de frutas muy maduras. El fin de semana era catastrófico para la mercadería no vendida. El sábado por la mañana las ofertas eran comunes.  Las frutas se ofrecían en cantidad de 30, 40 o más unidades a precios muy bajos y eran rápidamente aprovechadas por las amas de casa para preparar compotas abundantes.

En el mercado los precios eran algo menores que en los almacenes y carnicerías, pero no existía el sistema de la libreta. El pago era al contado exclusivamente y la discusión por los precios era una constante, renovada con cada artículo. La pelea por el centavo era muy dura, y en muchas ocasiones, originaba situaciones francamente cómicas.

Los gatos eran visitantes permanentes que siempre recibían algún desecho para calmar el hambre. Su presencia no pasaba inadvertida, a la hora de discriminar olores ambientales. A pesar de las discusiones, la relación con la clientela era cálida y cordial. Se concurría al mercado una vez por semana estableciéndose una casi amistad y un encuentro obligado con otros vecinos de la zona.Era una relación humana y dialogada, de intercambio.

Las distancias entre los mercados eran grandes, ya que estaban distribuidos en pocos barrios de la ciudad.  Hoy la tecnología nos proporciona los espectaculares hipermercados, donde hay de todo, excepto diálogo y contacto humano. Los mercados barriales marcaron una senda típica y exclusiva en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 8. 10 Junio de 1998

El barrio

EL CLOAQUISTA

Era el encargado de destapar y mantener las cloacas y caños cloacales en las casas de Buenos Aires. Hacían su aparición una vez al mes. Vestía un overall azul y gorra oscura con visera. Llegaba trayendo un balde cilíndrico de metal, sopapas de goma, trapos, botellas conteniendo acaroína y un rollo de alambre grueso trenzado, que colocaba en uno de sus hombros.

Cuando se lo llamaba por una urgencia, habitualmente la obstrucción de un caño, traía unas cañas que se enroscaban por sus extremos para darle la longitud deseada, e iba colocando la cantidad necesaria hasta alcanzar el sitio de la obstrucción. Era llamativa la flexibilidad y resistencia de estos elementos que, casi siempre, resolvían el problema.

Comenzaba su tarea limpiando las pequeñas cámaras destinadas a depósito de grasa, anexas a las cocinas. Luego verificaba la permeabilidad de los caños cloacales y limpiaba los depósitos de las rejillas de los patios, cocinas y baños. Para los trayectos cortos utilizaba el rollo de grueso alambre trenzado y las sopapas. En los trayectos largos recurría a las cañas.

Finalizada la tarea de destape o de verificación, hacían correr agua corriente en cantidad y finalizaba su labor rociando cada rejilla con acaroína, un viejo producto con limitadas propiedades antisépticas y un olor muy desagradable. Eran épocas en las que no existían los antibióticos, las infecciones eran difíciles de controlar y eran laa principal causa de muerte. El toque final con acaroína era la maniobra de protección que daba por finalizada la labor de este esforzado personaje típico e imprescindible en el Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

EL CONVENTILLO

La falta de proporción existente entre la llegada de inmigrantes y el alojamiento insuficiente impulsó la construcción de gran cantidad de inquilinatos con un elevado grado de hacinamiento y deficiencias sanitarias.

Habitaciones de madera y zinc de 4 x 5 metros por lado y 2,5 a 4 de altura, donde vivían entre 4 y 11 personas, sin aire y luz. Muchos de esos edificios con capacidad para 50 personas alojaban a más de 200. Las habitaciones tenían puerta y a veces ventanas o banderolas, que daban a un patio central en la planta

Foto: (A. G. N. )

baja o a pasillos con balaustradas en la planta alta.

En esas habitaciones vivían, comían, dormían amontonados y las utilizaban como talleres donde costureras, planchadoras, armadoras y sastres se dedicaban al sistema de “trabajo a domicilio”. El hacinamiento estaba agravado por el precario o inexistente servicio sanitario, que dio origen a verdaderos focos de enfermedades infecto contagiosas como el cólera y la tuberculosis.

Los cuartos de baño eran escasos y difícilmente podía bañarse la décima parte de las personas que allí habitaban. Bañarse en el conventillo no era fácil, con baño para 100 personas. Además, los baños permanecían abiertos pocas horas al día y todos debían lavarse en un tiempo muy corto. Las letrinas eran escasas y mal aseadas. El 20% de los conventillos de la ciudad de Buenos Aires no poseían baños ni letrinas de ninguna clase.

La falta de cocinas obligaba a los inquilinos a usar braseros, que se encendían en los patios junto a las puertas de las piezas; de esa manera, a la hora del almuerzo o cena, estaban encendidos en el mismo patio, 20 a 30 braseros. Los problemas se agravaban en los días de lluvia, porque los inquilinos cocinaban dentro de los cuartos. Cuando los ocupantes de una pieza eran verduleros o vendedores de pescado y no conseguían vender toda la mercadería, lo que sobraba era llevado a la habitación, cuya atmósfera se saturaba con las emanaciones de pescado, frutas y verduras pasadas.

El patio del conventillo era el espacio común de todos los inquilinos, donde se debía compartir la pileta de lavar, la soga de tender la ropa, la ducha y la letrina, lo que en muchas ocasiones provocó frecuentes peleas. En las mañanas de verano el conventillo era invadido por vendedores ambulantes y repartidores que llevaban provisiones como pan, leche, carne y verduras, entregadas de puerta en puerta o en pleno patio. Pero la mayoría de las mujeres prefería ir a los mercados y almacenes para comprar a más bajo precio. Entre las 11 y las 11.30 horas estaba listo el almuerzo para los hombres, quienes regresaban sus tareas una hora más tarde. Las horas de la tarde eran muy ruidosas, cuando los niños regresaban de la escuela. A las 21.30 reinaba el silencio en el conventillo. Las ordenanzas prohibían lavar ropa en los conventillos por motivos de higiene pública. El patio también fue testigo de fiestas y bailes , que se realizan los domingos por la tarde. El conventillo tomaba una fisonomía pintoresca y alegre. Los moradores dedicaban mayor tiempo a su aseo personal, para vestir ropas de días de fiesta. Por la tarde, salían a la puerta de su habitación y los que sabían tocar un instrumento ejecutaban las piezas de su repertorio, mientras otros bailaban. La fiesta duraba hasta el anochecer. El casero o inquilino principal, era un individuo a quien el propietario cedía parte de sus ganancias a cambio de encargarse de las tareas de limpieza, cobro de alquileres y mantenimiento del orden, disponiendo de la mejor habitación, que daba a la calle.

Estos sectores populares transitaron un duro camino para poder resolver las dificultades de cada día y no todos lo lograron en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 3.   6 Mayo de 1998.

La ciudad

EL HERRERO DE CABALLOS

Eran épocas de tracción a sangre muy intensa, especialmente con chatas con dos o tres caballos percherones. Muchos caballos transitaban a diario por la ciudad de Buenos Aires y eran muchos los corralones ubicados por toda la ciudad.

Con una población caballar tan abundante, los corralones eran sitios imprescindibles para alojar a los caballos y los carros que arrastraban. Allí descansaban del trajín diario, comían y se les cambiaban las herraduras. Caballos de lecheros y caballos percherones, constituían mayoritariamente la población caballar allí alojada.

Hay escenas que han quedado grabadas en nuestra memoria. Entre ellas la imagen del herrero, individuo corpulento, fuerte y aguerrido, (no todos los caballos eran mansos), ocupado en la tarea de herrar a los ocupantes de ese corralón, vestido con un overall azul, sobre el que ubicaba un delantal de cuero, abierto por delante, para aprisionar la pata del caballo con sus piernas. Una gorra, boina o sombrero y guantes de cuero.

El recinto estaba ubicado al lado de la entrada, en una sala sin puerta, con regular iluminación, visible desde la vereda. Se trabajaba sólo de día. A los caballos les cambiaban las herraduras, les mejoraban el estado de los cascos eliminando rebarbas y excrecencias, nivelándolo, y remachando los extremos de los clavos.

En la fragua, siempre encendida, se calentaba la herradura al rojo a fin de trabajarla adecuadamente a golpes de maza sobre un yunque mediano, para lograr una correcta adaptación al casco del caballo y un tacho de agua para enfriarla de acuerdo con las necesidades del momento. La colocación de la herradura muy caliente sobre el casco, a fin de lograr una mejor adaptación, provocaba una humareda con un inconfundible olor a pezuña quemada. La pata del caballo se colocaba sobre un apoyo de hierro, para trabajar sobre ella con tenazas para cortar los clavos y partes del casco, pinzas para extraer las herraduras, limas y escofinas para emparejar el casco y eliminar rebarbas; clavos que el herrero colocaba en su boca y mientras inmovilizaba la pata apretándola entre sus piernas, los ubicaba en su sitio con golpes preciso de martillo.

Actualmente en vías de extinción, el herrero de caballos integró el grupo de personajes indispensables en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad
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