El Buenos Aires que se fue

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EL ARROYO MALDONADO

Buenos Aires tiene sus calles trazadas en líneas rectas, como un damero. Pero la avenida Juan B. Justo describe  curvas extrañas porque antes de avenida fue arroyo, el Arroyo Maldonado. Proveniente de San Justo, atravesaba la ciudad desde el oeste, en un zanjón profundo de 15 metros de ancho, para desembocar en el Río de la Plata.

A veces era un hilo de agua sucia alimentado por deshechos industriales y desagües domiciliarios no cloacales, con un color marrón rojizo o azulado según el contenido, que desprendía un olor muy desagradable; o un cauce seco donde los carreros arrojaban tierra y cascotes, y los pibes jugaban a la pelota, remontaban barriletes, corrían ratas, perseguían gallinas a cascotazos o bajaban palomas con sus gomeras.

Era depósito de basura y desperdicios, lo que favorecía la abundancia de ratas: los carros de la Municipalidad las fumigaban pero con un éxito relativo. En el verano algunos pibes se bañaban en esas aguas mugrientas, fuente de infecciones que mató a más de uno.

La Fábrica Nacional de Calzado estaba ubicada cerca del Arroyo. Los obreros compraron lotes cercanos sobre el Maldonado, a un peso la vara cuadrada; el vendedor regalaba 10.000 ladrillos para construir la vivienda básica: habitación de 4 x 4, baño y cocina, tarea que realizaban los domingos en compañia de los amigos.

En los días de inundación la Fábrica de Calzado clausuraba sus talleres por falta de operarios. Después de las lluvias el Arroyo desbordaba formando bañados de más de 5 cuadras a la redonda, presentando un panorama desolador. Los riesgos aumentaban  porque viajar en carros era toda una aventura peligrosa, especialmente cuando había que atravesar un puente de madera, todo devencijado, que en cualquier momento se derrumbaba.

Algunos de esos puentes fueron reemplazados por un puente de material, pero era obligatorio el pago de peaje en una casilla ubicada en el mismo puente. Posteriormente se instalaton puentes metálicos giratorios en las esquinas correspondientes al área de inundación. Se accionaban a mano enfrentándolo con otro similar en la esquina opuesta, permitiendo el cruce hacia la vereda opuesta. Estuvieron vigentes hasta fines de la década del 40.

El Maldonado enfurecido era temible. El agua subía rápido y en la laguna que se formaba, flotaban maderas, muebles viejos y todo tipo de deshechos. Los vecinos colocaban tablas en las puertas de calle, una defensa elemental con lo que lograban disminuir la entrada de agua. Pero ante lluvias nocturnas e imprevistas, más de uno despertó con medio metro de agua dentro del dormitorio. Hubo situaciones en las que los vecinos subieron a los techos de sus casas cuando el agua estaba a 2 metros sobre el nivel del piso.

Los pibes armaban lanchas o balsas de maderas y cajones; cazaban ratas que huían despavoridas cuando el agua inundaba las cuevas. La correntada arrastraba personas y animales ahogados, que aparecían en el fango de las orillas. Los tranvías llegaban hasta 100 metros del Arroyo, las personas descendían y un bote los llevaba a la orilla opuesta, donde los esperaba otro tranvía para continuar el viaje y viceversa.

En 1929 comenzaron las obras de entubación y en 1937 las de pavimentación y la visión del Arroyo Maldonado, pasó a ser un recuerdo de un Buenos Aires que se fue.

La ciudad

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