El Buenos Aires que se fue

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LA PLANCHADORA

Una tabla clavada en la puerta del inquilinato o atada a una reja, anunciaba a la planchadora, con el agregado del dibujo de una plancha a carbón. La calidad del trabajo difería según su origen. La tarifa era distinta cuando se anunciaba “Planchadora francesa”.

Viuda o solterona, trabajaba alrededor de 10 horas diarias, junto con familiares en calidad de ayudantes. Pecheras, puños y cuellos de camisa endurecidos por el almidón, constituían el material habitual de planchado. Usaban las planchas a carbón y controlaban la temperatura escupiendo en la base y observando a que velocidad se evaporaba, a los efectos de lograr el calor apropiado para un planchado impecable. Se usaba en trabajos delicados como las camisas de frac con pechera tableada.

A diferencia de otras trabajadoras, realizaban su tarea en silencio o hablando en voz baja, preocupadas en obtener un cuello brilloso, un puño bien arqueado o mejorar el aspecto de una tela de mala calidad. Esta tarea se llevaba a cabo sobre una mesa larga, acolchada con varias frazadas viejas y cubiertas por una sábana blanca.

El área de trabajo estaba frecuentemente ubicado en una sala del primer patio que daba a la calle; sus ventanas permanentemente abiertas durante el verano, estaban protegidas por unas rejas poderosas. La puerta de acceso disponía de una cortina de paja, que la protegía del sol de la tarde y de las moscas. Ubicadas a 40 metros de mi casa recuerdo que cuando pasaba delante de sus ventanas siempre estaban conversando y riendo; usaban un guardapolvo blanco o algo similar. Nunca me detuve a dialogar.

Una planchadora debía ser limpia, callada y que ocupara las habitaciones delanteras de la casa. En caso contrario, el cartel decía “Planchadora al fondo” y era sinónimo de menor categoría. Las planchadoras criollas cobraban algo menos que las francesas, porque se suponía que eran menos prolijas. Pero el prestigio ganado en el barrio era factor de peso para justificar las tarifas. Dominar el arte de endurecer las telas almidonadas, elevaba los precios.

El reparto se hacía el día sábado; se colocaba la ropa en una cesta plana, de mimbre, y una vez acomodada, se la cubría con un género bien tenso. Con la ayuda de un pequeño almohadón, la cesta era transportada sobre la cabeza, en un envidiable alarde de equilibrio. De regreso, las cestas traían la ropa limpia, lista para ser tratada nuevamente con el almidón y convertir las pecheras en tablas y los cuellos y puños, con aspecto de nuevos. La encargada de hacer el reparto cumplía además con las funciones de cebar el mate y actualizar todos los chismes y noticias de la semana, ya fueran del barrio o de sus clientes.

El arte de planchar encajes, puntillas, pecheras y cuellos tenía sus secretos; no era tarea para cualquier improvisado. Las planchadores integraron a una clase de trabajadores especializados que desarrollaron sus tareas hasta fines de la década del 40 en ese Buenos Aires que se fue.

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