El Buenos Aires que se fue

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EL DEPENDIENTE DE ALMACEN

Foto:  ( A. G. N. )

Habitualmente español y de Galicia, el dependiente ingresaba al almacén al comenzar la mañana y cerraba después de irse el último parroquiano. No había feriados ni domingos porque en el despacho de bebidas los habitués estaban como pegados al piso.

Comenzaba su aprendizaje realizando la limpieza y las compras de comestibles y bebidas. La mercadería se colocaba en enormes cajones que tenían un compartimiento al frente cubierto por un vidrio transparente, para identificar el producto.

Todo se vendía suelto según el peso y se empleaba una técnica muy rendidora consistente en colocar la mercadería sobre el platillo de la balanza y levantarla antes de que el fiel marcara el peso, así se engañaban los ojos del comprador dando la sensación de peso exacto, pero hurtando a razón de 100 gramos por vez. A fuerza de repetir la maniobra se llegaba a los mil gramos con facilidad.

Otra alternativa era sujetar el papel de la balanza con una moneda de cobre de 2 centavos que pesaba 10 gramos; 10 gramos ahora y 10 gramos después permitían un ahorro constante. Una vez alcanzado el peso solicitado, mediante una serie de pliegues artesanales se conformaba un paquete que se cerraba perfectamente.

En el bar el engaño era más fácil, porque cuando se comprobaba que el cliente comenzaba a ver torcido y perdía la cuenta de lo bebido, se cambiaba la botella, se aumentaba el número de copas servidas o se equivocaba el vuelto.

Pasados los años el dependiente se instalaba por cuenta propia o integraba la firma en calidad de habilitado, con la ayuda del dueño que además, era su consejero. Había un rival en cada esquina y era fundamental no perder clientes. Por lo tanto, conocer al cliente en detalle, de que vivía y cuantos habitaban la casa, era la información que servía para “dar la libreta”, o sea otorgar un crédito sin firma.

En ella se apuntaban todos los gastos que recién se pagaban con el cobro de la quincena. Un error de cálculo era pérdida segura. Con el cliente conocido estiraba el crédito en casos de enfermedad, cesantía, huelgas o por nacimiento de los hijos y esperaba un mes más para la liquidación de la libreta. Pero llegaron los cambios.

Con las ordenanzas que por razones de higiene prohibieron la venta de pan, galleta o alimentos sueltos, comenzó la gran transformación. Los paquetes de arroz o fideos que pesaban 100 gramos menos, fueron reemplazados por tarros o paquetes envasados y desapareció la venta tradicional. Apoyado sobre la gastada tabla del despacho de bebidas, lo atrapaba la nostalgia y mientras acariciaba el grifo con forma de cabeza de cisne tomaba una decisión. Cambiar de barrio para iniciar una nueva vida. Vendía su parte en el almacen  y compraba dos casas: una para vivir y la otra para renta. Las tardes las pasaba con los amigos jugando a las bochas o disfrutando largas partidas de truco o dominó. Personaje inolvidable de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”. FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 14. 22 Julio de 1998.

Personajes de la ciudad

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