El Buenos Aires que se fue

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EL MERCADO

Entrar al mercado significaba experimentar una serie de olores distintos y característicos, con predominio de las aves y el pescado. Eran épocas de carencia de heladeras a hielo, por ello la necesidad obligatoria de consumir alimentos muy frescos o recién faenados, ya que no podían conservarse mucho tiempo; no había congeladoras. Se elegía un pollo o una gallina de la jaula correspondiente y al instante era sacrificado y desplumado en un tacho de latón, conteniendo agua caliente, o en una pileta exclusiva para ese fin.

El piso del mercado estaba recubierto con aserrín de madera en toda su extensión (nunca supe por qué) y al caminar, se percibía la sensación de deslizarse. La “Orquesta del Mercado”, un trío compuesto por bandoneón, violín y batería, ejecutaba cada mañana valses, tangos, milongas, pasodobles y rancheras para los clientes. Niños y adultos, se detenían no sólo por curiosidad sino para solicitar la ejecución o la repetición del tema musical de moda.

Foto: Mercado en Boedo y San Juan

La carne y el pescado expuestos sobre los fríos mármoles blancos, eran clásicos del mercado. El puesto de venta de pescado era muy criticado por los clientes, quienes calificaban la calidad de la mercadería, verificando su aspecto y frescura. Una jaula contenía caracoles de tierra y era difícil resistir la tentación de tocar los cuernitos, que al menor contacto, se retraían readquiriendo su tamaño normal poco tiempo después. Generalmente el puestero obsequiaba entonces, un caracol que estaría forzado a padecer todo tipo de molestias por parte nuestra.

Alrededor de las lámparas o colgando de ellas, se colocaba un papel atrapa moscas; era una cinta retorcida y pegajosa, intento optimista de reducir la población de abundantes insectos que pululaban por el mercado, especialmente en los puestos de carne y pescado. La compra de hortalizas en el puesto de verduras, finalizaba con el pedido de la “verdurita”: el verdulero seleccionaba perejil, zanahoria, apio, y puerro que obsequiaba a cada comprador.

En el puesto de frutas, se compraban por docenas las peras, duraznos, manzanas y bananas, o las ofertas de frutas muy maduras. El fin de semana era catastrófico para la mercadería no vendida. El sábado por la mañana las ofertas eran comunes.  Las frutas se ofrecían en cantidad de 30, 40 o más unidades a precios muy bajos y eran rápidamente aprovechadas por las amas de casa para preparar compotas abundantes.

En el mercado los precios eran algo menores que en los almacenes y carnicerías, pero no existía el sistema de la libreta. El pago era al contado exclusivamente y la discusión por los precios era una constante, renovada con cada artículo. La pelea por el centavo era muy dura, y en muchas ocasiones, originaba situaciones francamente cómicas.

Los gatos eran visitantes permanentes que siempre recibían algún desecho para calmar el hambre. Su presencia no pasaba inadvertida, a la hora de discriminar olores ambientales. A pesar de las discusiones, la relación con la clientela era cálida y cordial. Se concurría al mercado una vez por semana estableciéndose una casi amistad y un encuentro obligado con otros vecinos de la zona.Era una relación humana y dialogada, de intercambio.

Las distancias entre los mercados eran grandes, ya que estaban distribuidos en pocos barrios de la ciudad.  Hoy la tecnología nos proporciona los espectaculares hipermercados, donde hay de todo, excepto diálogo y contacto humano. Los mercados barriales marcaron una senda típica y exclusiva en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 8. 10 Junio de 1998

El barrio

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