El Buenos Aires que se fue

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EL HERRERO DE CABALLOS

Eran épocas de tracción a sangre muy intensa, especialmente con chatas con dos o tres caballos percherones. Muchos caballos transitaban a diario por la ciudad de Buenos Aires y eran muchos los corralones ubicados por toda la ciudad.

Con una población caballar tan abundante, los corralones eran sitios imprescindibles para alojar a los caballos y los carros que arrastraban. Allí descansaban del trajín diario, comían y se les cambiaban las herraduras. Caballos de lecheros y caballos percherones, constituían mayoritariamente la población caballar allí alojada.

Hay escenas que han quedado grabadas en nuestra memoria. Entre ellas la imagen del herrero, individuo corpulento, fuerte y aguerrido, (no todos los caballos eran mansos), ocupado en la tarea de herrar a los ocupantes de ese corralón, vestido con un overall azul, sobre el que ubicaba un delantal de cuero, abierto por delante, para aprisionar la pata del caballo con sus piernas. Una gorra, boina o sombrero y guantes de cuero.

El recinto estaba ubicado al lado de la entrada, en una sala sin puerta, con regular iluminación, visible desde la vereda. Se trabajaba sólo de día. A los caballos les cambiaban las herraduras, les mejoraban el estado de los cascos eliminando rebarbas y excrecencias, nivelándolo, y remachando los extremos de los clavos.

En la fragua, siempre encendida, se calentaba la herradura al rojo a fin de trabajarla adecuadamente a golpes de maza sobre un yunque mediano, para lograr una correcta adaptación al casco del caballo y un tacho de agua para enfriarla de acuerdo con las necesidades del momento. La colocación de la herradura muy caliente sobre el casco, a fin de lograr una mejor adaptación, provocaba una humareda con un inconfundible olor a pezuña quemada. La pata del caballo se colocaba sobre un apoyo de hierro, para trabajar sobre ella con tenazas para cortar los clavos y partes del casco, pinzas para extraer las herraduras, limas y escofinas para emparejar el casco y eliminar rebarbas; clavos que el herrero colocaba en su boca y mientras inmovilizaba la pata apretándola entre sus piernas, los ubicaba en su sitio con golpes preciso de martillo.

Actualmente en vías de extinción, el herrero de caballos integró el grupo de personajes indispensables en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

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