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El Buenos Aires que se fue

Blog en Monografias.com

 

Archivo de Octubre, 2010

LAS HISTORIETAS

Las primeras historietas llegaron desde Estados Unidos aportando expresiones típicas que luego se incluyeron en todas las historietas como por ejemplo: “bang” era un disparo de arma de fuego; “crash” algo que se rompe; “glub” tragar saliva; “boom” algo que estalla. Tener una idea, era una lamparita; dormir, el serrucho con las letras zzz y pensar, el signo (¿$!).

Las primeras historietas aparecieron en “Caras y Caretas”. En 1912 publicó “Viruta y Chicharrón”, la primera historieta argentina, a la que siguieron “Sarrasqueta” en 1913 y “El Negro Raúl”, de Lanteri. En 1924, en “La Novela Semanal” se publicó “La familia de Don Sofanor”, donde se ilustraban aspectos de la vida porteña, con el desfile de tipos de Buenos Aires como políticos, vividores y estafadores. La revista “Titbits” importó “Los sobrinos del Capitán” y “La Mula Maud”.

El diario “La Nación” introdujo a “Trifón y Sisebuta”, también conocida como “Delicias de la vida conyugal”, aparecida en Estados Unidos en 1912. Trataba la historia de un inmigrante enriquecido cuya mujer quería asemejarse a las damas de la alta sociedad. Recuerdo que de niño, hojeaba el diario buscando esa historieta, que era lo único que me interesaba y pedía que me leyeran los textos.

En 1928 apareció “El Tony” de Ramón Columba, donde se publicó una historieta muy recordada, “Mandrake el mago”. En 1930 el diario “Crítica” publicó dos suplementos de historietas: los lunes aventuras y los miércoles cómicas; así aparecieron “Tarzan”, “El agente secreto X9″ y “Terry y los piratas”. Los esperábamos con verdadera ansiedad.

Pero “Crítica” agregó otro elemento, “la historieta noticia”; a falta de fotos los dibujantes elaboraron una historia recurriendo  a los dibujos en forma de historieta, presentando los temas más espeluznantes de la actualidad. Uno de los personajes cómicos fue “El vago Patagonia”.

El diario “La Razón” en 1931 mostró al “indio Patoruzú”. Apareció la historieta de “El nuevo rico”, de Héctor, una aguda observación de la nueva clase social que intentaba asemejarse a la vieja oligarquía imitando sus costumbres. En el último cuadro encendía un habano con un billete de cien pesos y le decía a su chofer “Federico, a casa”.

Surgieron las revistas “Rataplan” en 1930, “El Gorrión” en 1932 y en 1936 apareció el primer número de “Patoruzú”; comenzó el personaje de Lino Palacios “Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia”, un señor mayor que pensaba y actuaba como un niño. En 1937 la recvista “Figuritas” presentó “La pluma cucharita” de Linares Quintana. Apareció “Pif-Paf” . En el diario “El Mundo” Daloisio publicó “Las aventuras de Trick y Trake”, y Fantasio creó a “Tancredo”. En 1942 aparecieron en “El Gorrión”, “la Huerfanita” y “King, de la Real Policía Montada”.

“Dick Tracy”, “Jim de la Selva” y “El agente secreto X9″ era super héroes norteamericanos. En 1938 apareció “El Superhombre” y al año siguiente “El hombre murciélago”, seres indestructibles y perfectos. José Vidal Dávila publicó en “Billiken” en la década del 40 a “Ocalito y Tumbita”, con dos argumentos simultáneos y paralelos; uno a cargo de los protagonistas y el otro al pie de la historieta, con la participación de un ratón y un gato. Fue la primera historieta doble en el mundo. “. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

Los juegos

EL PRIMER TRANVÍA SUBTERRÁNEO

El 1º de Diciembre de 1913 se inauguró el primer tramo de la Línea A, desde Plaza de Mayo a Plaza Miserere. Fue el único subterráneo construido a cielo abierto. Funcionó bajo tierra y en la superficie, desde Avenida Rivadavia y Emilio Mitre hasta Lacarra, pero este servicio de superficie fue suspendido el 31 de Diciembre de 1926.

Operado por dos personas, el conductor y el equivalente del guarda, que controlaba el ascenso y descenso de pasajeros y era el encargado de abrir las puertas, dado que no tenía sistema de apertura automática. Soplaba una cornetita de metal y procedía al cerrado de las puertas, accionando un dispositivo ubicado en la zona externa de la puerta, muy cerca del techo.

En cada coche, y muy próximo al compartimiento del conductor, se podía observar un tubo metálico conteniendo una vela, utilizable cuando se interrumpía la energía eléctrica. En todas las estaciones había una balanza que por 10 centavos, informaba el peso en una cartulina, acompañado de un breve mensaje de buenaventura.

Para ingresar a la estación, se adquiría por 10 centavos un boleto,  que era marcado en una casilla de acceso al andén. No existían aún los molinetes. En cada estación, había un pequeño  puesto para venta de diarios y revistas. A veces, cuando no se encontraba el encargado, se elegía el diario o revista y el importe se colocaba dentro de una cajita allí ubicada. Hoy nos parece increíble.

Las estaciones se identificaban por su nombre, pero para quienes no sabían leer o no entendían el idioma español, eran tiempos de inmigración masiva, se utilizaba un sistema de guardas de mayólicas de un color definido para cada estación.

Esta línea subterránea estaba muy bien ventilada, por medio de respiraderos colocados a intervalos irregulares, en toda la Avenida Rivadavia, Plaza Miserere y Plaza Primera Junta. Con el transcurso del tiempo, muchos de estos medios de ventilación fueron desapareciendo, ya sea por remodelaciones de las plazas o cuando el empedrado de la Avenida Rivadavia fue reemplazado o recubierto de asfalto, incluyendo los respiraderos.

A pesar de estas falencias, continúa siendo la línea de tranvías subterráneos mejor ventilada. A partir de 1930, fueron inaugurándose las restantes líneas subterráneas en aquel Buenos Aires que se fue.

La ciudad

EL ARROYO MALDONADO

Buenos Aires tiene sus calles trazadas en líneas rectas, como un damero. Pero la avenida Juan B. Justo describe  curvas extrañas porque antes de avenida fue arroyo, el Arroyo Maldonado. Proveniente de San Justo, atravesaba la ciudad desde el oeste, en un zanjón profundo de 15 metros de ancho, para desembocar en el Río de la Plata.

A veces era un hilo de agua sucia alimentado por deshechos industriales y desagües domiciliarios no cloacales, con un color marrón rojizo o azulado según el contenido, que desprendía un olor muy desagradable; o un cauce seco donde los carreros arrojaban tierra y cascotes, y los pibes jugaban a la pelota, remontaban barriletes, corrían ratas, perseguían gallinas a cascotazos o bajaban palomas con sus gomeras.

Era depósito de basura y desperdicios, lo que favorecía la abundancia de ratas: los carros de la Municipalidad las fumigaban pero con un éxito relativo. En el verano algunos pibes se bañaban en esas aguas mugrientas, fuente de infecciones que mató a más de uno.

La Fábrica Nacional de Calzado estaba ubicada cerca del Arroyo. Los obreros compraron lotes cercanos sobre el Maldonado, a un peso la vara cuadrada; el vendedor regalaba 10.000 ladrillos para construir la vivienda básica: habitación de 4 x 4, baño y cocina, tarea que realizaban los domingos en compañia de los amigos.

En los días de inundación la Fábrica de Calzado clausuraba sus talleres por falta de operarios. Después de las lluvias el Arroyo desbordaba formando bañados de más de 5 cuadras a la redonda, presentando un panorama desolador. Los riesgos aumentaban  porque viajar en carros era toda una aventura peligrosa, especialmente cuando había que atravesar un puente de madera, todo devencijado, que en cualquier momento se derrumbaba.

Algunos de esos puentes fueron reemplazados por un puente de material, pero era obligatorio el pago de peaje en una casilla ubicada en el mismo puente. Posteriormente se instalaton puentes metálicos giratorios en las esquinas correspondientes al área de inundación. Se accionaban a mano enfrentándolo con otro similar en la esquina opuesta, permitiendo el cruce hacia la vereda opuesta. Estuvieron vigentes hasta fines de la década del 40.

El Maldonado enfurecido era temible. El agua subía rápido y en la laguna que se formaba, flotaban maderas, muebles viejos y todo tipo de deshechos. Los vecinos colocaban tablas en las puertas de calle, una defensa elemental con lo que lograban disminuir la entrada de agua. Pero ante lluvias nocturnas e imprevistas, más de uno despertó con medio metro de agua dentro del dormitorio. Hubo situaciones en las que los vecinos subieron a los techos de sus casas cuando el agua estaba a 2 metros sobre el nivel del piso.

Los pibes armaban lanchas o balsas de maderas y cajones; cazaban ratas que huían despavoridas cuando el agua inundaba las cuevas. La correntada arrastraba personas y animales ahogados, que aparecían en el fango de las orillas. Los tranvías llegaban hasta 100 metros del Arroyo, las personas descendían y un bote los llevaba a la orilla opuesta, donde los esperaba otro tranvía para continuar el viaje y viceversa.

En 1929 comenzaron las obras de entubación y en 1937 las de pavimentación y la visión del Arroyo Maldonado, pasó a ser un recuerdo de un Buenos Aires que se fue.

La ciudad

EL BARRILETE (Cometa)

Desde remontar un barrilete con el diseño de una estrella, bomba o granada hasta la humilde “pajarita”, constituía una fiesta infanto juvenil, en la que a veces, se prendía algún adulto, padre o hermano mayor.

Las cañas provenían de algún cerco o potrero cercano. Se las cortaba longitudinalmente y de acuerdo al modelo que se iba a armar, se ataban con piolín y se colocaban sobre el papel barrilete, muy delgado y de distintos colores. Muchas veces se elegían los colores del club de fútbol favorito, combinando distintos trozos que se pegaban con engrudo casero, una mezcla de harina de trigo y agua que se transformaba en un buen adhesivo.

Una vez pegados y afirmados cada extremo de las cañas al papel, se pegaban los flecos. Finalmente se colocaba el piolín, proveniente de un carrete hecho con un trozo de rama, donde se había arrollado toda una variedad de piolines de distinto aspecto y estructura, como producto de una recolección indiscriminada, perfectamente atados extremo con extremo. Se colocaban una o dos colas de género, provenientes de alguna sábana o camiseta en desuso y el barrilete estaba listo para volar.

El entusiasmo y ansiedad acumulados durante el proceso de la fabricación se exaltaba cuando el barrilete remontaba con facilidad y se mantenía quieto flameando sus flecos. Pero con mayor frecuencia, cuando aún no había alcanzado la altura deseada, comenzaba a girar en forma concéntrica, alocadamente; no siempre se lo controlaba y caía vertiginosamente al suelo.

A veces no le ocurría nada pero en otras ocasiones, se destrozaba parcial o totalmente. Entonces se modificaba la longitud de la cola o el diseño de los tiros y la situación mejoraba. Algunos colocaban en la cola una hojita de afeitar, procurando cortar el piolín de un barrilete ya remontado. Este procedimiento se utilizaba en las competiciones.

Como rara vez se disponía de los 20 centavos que costaba el papel barrilete, se usaba papel de diario eligiendo los de gran formato como “La Nación”, “La Prensa” o “Crítica”. Pero no era lo mismo, carecía de color. Los pibes más pequeños se conformaban con remontar una “pajarita”, el barrilete de los pobres: una hoja de cuaderno con 2 dobleces laterales, una paja de escoba arqueada, unos 5 metros de piolín y a correr; así se elevaba y mantenía en lo alto. Era obra de los más chicos, pero el ingenio suplía a la pobreza económica y lograba que la diversión sana fuera pareja, entusiasta e incluso competitiva en ese Buenos Aires que se fue.

Los juegos

LA PLANCHADORA

Una tabla clavada en la puerta del inquilinato o atada a una reja, anunciaba a la planchadora, con el agregado del dibujo de una plancha a carbón. La calidad del trabajo difería según su origen. La tarifa era distinta cuando se anunciaba “Planchadora francesa”.

Viuda o solterona, trabajaba alrededor de 10 horas diarias, junto con familiares en calidad de ayudantes. Pecheras, puños y cuellos de camisa endurecidos por el almidón, constituían el material habitual de planchado. Usaban las planchas a carbón y controlaban la temperatura escupiendo en la base y observando a que velocidad se evaporaba, a los efectos de lograr el calor apropiado para un planchado impecable. Se usaba en trabajos delicados como las camisas de frac con pechera tableada.

A diferencia de otras trabajadoras, realizaban su tarea en silencio o hablando en voz baja, preocupadas en obtener un cuello brilloso, un puño bien arqueado o mejorar el aspecto de una tela de mala calidad. Esta tarea se llevaba a cabo sobre una mesa larga, acolchada con varias frazadas viejas y cubiertas por una sábana blanca.

El área de trabajo estaba frecuentemente ubicado en una sala del primer patio que daba a la calle; sus ventanas permanentemente abiertas durante el verano, estaban protegidas por unas rejas poderosas. La puerta de acceso disponía de una cortina de paja, que la protegía del sol de la tarde y de las moscas. Ubicadas a 40 metros de mi casa recuerdo que cuando pasaba delante de sus ventanas siempre estaban conversando y riendo; usaban un guardapolvo blanco o algo similar. Nunca me detuve a dialogar.

Una planchadora debía ser limpia, callada y que ocupara las habitaciones delanteras de la casa. En caso contrario, el cartel decía “Planchadora al fondo” y era sinónimo de menor categoría. Las planchadoras criollas cobraban algo menos que las francesas, porque se suponía que eran menos prolijas. Pero el prestigio ganado en el barrio era factor de peso para justificar las tarifas. Dominar el arte de endurecer las telas almidonadas, elevaba los precios.

El reparto se hacía el día sábado; se colocaba la ropa en una cesta plana, de mimbre, y una vez acomodada, se la cubría con un género bien tenso. Con la ayuda de un pequeño almohadón, la cesta era transportada sobre la cabeza, en un envidiable alarde de equilibrio. De regreso, las cestas traían la ropa limpia, lista para ser tratada nuevamente con el almidón y convertir las pecheras en tablas y los cuellos y puños, con aspecto de nuevos. La encargada de hacer el reparto cumplía además con las funciones de cebar el mate y actualizar todos los chismes y noticias de la semana, ya fueran del barrio o de sus clientes.

El arte de planchar encajes, puntillas, pecheras y cuellos tenía sus secretos; no era tarea para cualquier improvisado. Las planchadores integraron a una clase de trabajadores especializados que desarrollaron sus tareas hasta fines de la década del 40 en ese Buenos Aires que se fue.

Sin categoría

LAS FIGURITAS

Las figuritas siempre ejercieron una fascinante atracción sobre los pibes de ambos sexos, especialmente en la etapa escolar. Las niñas coleccionaban figuritas de colores, abrillantadas, representando princesas, ángeles o animales; las adquirían en los kioscos o librerías y a menudo jugaban colocándolas dentro de un cuaderno o libro. Ganaba quien adivinaba como había sido colocada, si cara o seca.

Los varones tenían otras opciones. Una de ellas era coleccionar figuritas que venían con los chocolatines o las que venían en pequeños sobres y se adquirían por monedas. Estaban confeccionadas en papel, cartulina, cartón o lata. Los temas eran diversos, aunque generalmente existía una marcada preferencia por los deportistas, especialmente el fútbol y los artistas de cine.

Hubo colecciones que fueron famosas. Por ejemplo, las figuritas “Nestle”. Además de ser muy instructivas, ya que abarcaban todas las disciplinas, la tarea de llenar el álbum era toda una hazaña que en el caso de ser alcanzada, permitía alcanzar el ansiado premio de una bicicleta. Yo lo llené llegué tarde porque a la hora de buscar el premio, no se entregó por haber “finalizado el concurso”; quedo como recuerdo el álbum.

También eran muy populares los chocolatines “Kelito”. Para recibir un premio era necesario juntar latitas redondas que en su dorso tenían impresa una letra; completando determinados textos, se accedía a la gratificación. Otra marca “Starosta”, allá por los años 30 comenzó su promoción a la salida de los colegios (con posteridad se vendía en los kioscos), regalando figuritas a los chicos que, obviamente, se volcaron entusiastamente a coleccionarlas.También fue muy popular el chocolatín “Godet”, que presentó en variados colores y formatos de cartón, una colección de armas y soldados de la Segunda Guerra Mundial.

Con el afan de  incrementar la colección, los chicos se ubicaban en la vereda (también en el patio del colegio durante los recreos) y desde una distancia de aproximadamente dos metros, arrojaban las figuritas procurando arrimarlas a la pared. El que lograba la mejor posición tenía derecho a recogerlas y revolearlas; si salían cara, es decir con la figura hacia arribaa, ganaba, y así sucesivamente competían entre sí. Otro juego era el “puchero”. Este consistía en dejar caer alternadamente las figuritas tratando de tapar parcialmente a la que cayó primero. El ganador se llevaba todas.

Las figuritas más populares eran las que traían imágenes de jugadores de fútbol y por ser las más buscadas, muchas veces fueron causantes de la desatención en las aulas, provocando en más de una oportunidad la expropiación por parte de la maestra. Al llegar la época de vacaciones, toda esa euforia coleccionista se agotaba en parte; los juegos eran otros y el interés por las figuritas se desvanecía.

De todas maneras, año tras año se renovaba el interés de los pibes que retomaban las expectativas de obtener un premio o lucir ante un compañero una figurita difícil como “el Tucán” o “la Salamandra”. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

Los juegos

LOS CURANDEROS

Las curaciones a través de remedios caseros siempre han estado vigentes y la medicina popular ha presentado relatos con una explicación lógica o científica de los resultados. Cada barrio tenía su curandero. Se conocía su existencia por razones de vecindad o por la intervención policial, a raíz de alguna denuncia. Predominaba el sexo femenino y se especializaban en “cortar el empacho”, tratar la “culebrilla” o curar “el mal de ojo”.

Muchos no cobraban nada y recibían en cambio alimentos, azúcar, un par de gallinas o algunas monedas. Otros “curaban” torceduras o dolores musculares. Fueron famosos en su época “el Vasco” y “el Japonés”. Estos personajes, se fueron multiplicando extendiendo su radio de acción en muchos barrios; eran varios los “vascos” y “japoneses” que “curaban”. Había curanderos que se anunciaban en los diarios y ponían chapa en la puerta, “especializados” en determinadas dolencias. Otros publicaban en revistas y diarios “las cartas de agradecimiento de sus pacientes curados”.

En el tratamiento de los cálculos de la vesícula biliar, se preparaba una bebida colocando un huevo dentro de una taza conteniendo jugo de limón. Se lo dejaba toda la noche. El jugo disolvía el calcio de la cáscara de huevo, que una vez bebido “ablandaba los cálculos y ayudaba a expulsarlos”.

Había diversos tratamientos para el dolor de cabeza: las cataplasmas de dulce de membrillo sobre la frente, que “alimentaban” la cabeza de los niños, quienes en cuanto podían, se comían la cataplasma. En los adultos se usaban rebanadas de papas crudas que pegadas alrededor de los ojos, quedaban adheridas hasta que se desprendían espontaneamente. Para las picaduras de abejas o avispas, se usaba barro o paños de vinagre con sal. Las telas de araña se usaban para detener las hemorragias.

Hay muchos tratamientos para el dolor de oídos. Con las hojas que cubren al choclo, se recortaban y se armaba un cigarrillo, con una mezcla de yerba mate y tabaco. Una vez encendido, se pitaba dos o tres veces y el humo se soplaba en el oído, cubriéndolo luego con un trozo de algodón embebido en aceite verde. Otros recurrían a la leche de madre recién emitida; un chorro dentro del oído enfermo, taparlo con algodón y esperar resultados

El sapo ha sido empleado para resolver distintos padecimientos. Para el dolor de muelas, se lo pasaba vivo por la zona dolorida. Para el tratamiento de la “culebrilla” se pasaba su vientre sobre las vesículas en sentido contrario a su crecimiento hasta que el vientre del sapo se ponía colorado y comenzaba a gritar. Era la señal esperada, porque significaba que la enfermedad había pasado al cuerpo del sapo.

El tratamiento del “empacho” se realizaba pellizcando y traccionando le piel que recubre las vértebras dorso lumbares; al producirse un ruido de “despegamiento”, se consideraba que el paciente estaba “empachado”, por lo que se aplicaba en la zona del estómago un emplasto de ceniza y aceite. Todo el procedimiento se realizaba durante 3 días consecutivos.

Para el tratamiento del mal de ojo, se dejaban caer tres gotas de aceite en un plato con agua, mientras se pronunciaba una oración aprendida en una fecha fija del año y a una hora determinada. Si las gotas de aceite descendían al fondo del vaso, tenía “mal de ojo”. Había personas a quienes se les atribuía una “mirada fuerte”, especialmente las de ojos saltones; una fuerza misteriosa que podía hacer un “daño”, desde “ojear” a una criatura o “enloquecer” a una persona adulta.

El uso de la barrita de azufre para los dolores musculares, en especial los del cuello, se pasaba (y se sigue pasando) por la región dolorosa. El azufre crujía por la acción del calor generado al frotar, pero se decía que “comenzaba a salir el aire” de la zona dolorida y el paciente mejoraba.

Esta forma de curar no ha sido desterrada a pesar del tiempo transcurrido, ya que responde a una necesidad humana, la de encontrar a alguien que escucha los lamentos y se ocupa de intentar resolver sus causas, más allá de los resultados obtenidos. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

CHUENGAAA

Chuengaa muchachos, chuengaa!

Este anuncio a viva voz identificaba a un popular personaje de Buenos Aires. Se lo encontraba los sábados en las reuniones de box, en el Luna Park o en la Federación Argentina de Box y los domingos, en algún estadio de fútbol.

Se lo divisaba fácilmente: en el invierno vestía una tricota de colores vivos combinados en forma estrafalaria, generalmente a cuadros. En verano, camisas de colorinches de tal manera que a la distancia, se diferenciaba rápidamente del tono gris amarronado del resto de la concurrencia.

Rubio de cabello ensortijado, narigón y delgado, ligeramente encorvado, llevaba sobre su antebrazo izquierdo una bolsa blanca de género repleta de caramelos caseros, masticables, con gusto a menta, chocolate o una mezcla de ambos. Recorría las tribunas despaciosamente y voceando su producto al precio de un centavo por unidad.

Ante cada pedido, tomaba un puñado de caramelos que cada comprador se encargaba de contar rigurosamente. Lo habitual era que ese puñado contenía exactamente la cantidad solicitada. Si faltaba uno, lo completaba de inmediato; si sobraba, decía “va de yapa”. Con frío o calor, viento o lluvia, este vendedor ambulante mostraba su figura inconfundible que caracterizó una época.

Su seguridad al tomar los caramelos y entregar la cantidad solicitada, era ni más ni menos, que la consecuencia de pasar muchos años desarrollando esa misma tarea que le permitió crear un negocio en donde jefe y peón, eran la imagen garantizada de un producto popular. Su apodo era Chuenga, deformación del término inglés “chewing gum”, es decir chicle o masticable. Lo cierto es que durante muchos años, su figura integró la serie de personajes porteños en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

EL DEPENDIENTE DE ALMACEN

Foto:  ( A. G. N. )

Habitualmente español y de Galicia, el dependiente ingresaba al almacén al comenzar la mañana y cerraba después de irse el último parroquiano. No había feriados ni domingos porque en el despacho de bebidas los habitués estaban como pegados al piso.

Comenzaba su aprendizaje realizando la limpieza y las compras de comestibles y bebidas. La mercadería se colocaba en enormes cajones que tenían un compartimiento al frente cubierto por un vidrio transparente, para identificar el producto.

Todo se vendía suelto según el peso y se empleaba una técnica muy rendidora consistente en colocar la mercadería sobre el platillo de la balanza y levantarla antes de que el fiel marcara el peso, así se engañaban los ojos del comprador dando la sensación de peso exacto, pero hurtando a razón de 100 gramos por vez. A fuerza de repetir la maniobra se llegaba a los mil gramos con facilidad.

Otra alternativa era sujetar el papel de la balanza con una moneda de cobre de 2 centavos que pesaba 10 gramos; 10 gramos ahora y 10 gramos después permitían un ahorro constante. Una vez alcanzado el peso solicitado, mediante una serie de pliegues artesanales se conformaba un paquete que se cerraba perfectamente.

En el bar el engaño era más fácil, porque cuando se comprobaba que el cliente comenzaba a ver torcido y perdía la cuenta de lo bebido, se cambiaba la botella, se aumentaba el número de copas servidas o se equivocaba el vuelto.

Pasados los años el dependiente se instalaba por cuenta propia o integraba la firma en calidad de habilitado, con la ayuda del dueño que además, era su consejero. Había un rival en cada esquina y era fundamental no perder clientes. Por lo tanto, conocer al cliente en detalle, de que vivía y cuantos habitaban la casa, era la información que servía para “dar la libreta”, o sea otorgar un crédito sin firma.

En ella se apuntaban todos los gastos que recién se pagaban con el cobro de la quincena. Un error de cálculo era pérdida segura. Con el cliente conocido estiraba el crédito en casos de enfermedad, cesantía, huelgas o por nacimiento de los hijos y esperaba un mes más para la liquidación de la libreta. Pero llegaron los cambios.

Con las ordenanzas que por razones de higiene prohibieron la venta de pan, galleta o alimentos sueltos, comenzó la gran transformación. Los paquetes de arroz o fideos que pesaban 100 gramos menos, fueron reemplazados por tarros o paquetes envasados y desapareció la venta tradicional. Apoyado sobre la gastada tabla del despacho de bebidas, lo atrapaba la nostalgia y mientras acariciaba el grifo con forma de cabeza de cisne tomaba una decisión. Cambiar de barrio para iniciar una nueva vida. Vendía su parte en el almacen  y compraba dos casas: una para vivir y la otra para renta. Las tardes las pasaba con los amigos jugando a las bochas o disfrutando largas partidas de truco o dominó. Personaje inolvidable de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”. FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 14. 22 Julio de 1998.

Personajes de la ciudad

EL ESTAÑO

Foto: José Gobello. Letras de Tango, Tomo I, 1997.

Se denominaba estaño a un mostrador de madera recubierto por una lámina de metal que se utilizaba en almacenes, despachos de bebidas y cantinas. El mostrador tenía un grifo largo y curvo, rematado en un pico de ave por donde salía el agua para lavar los vasos. El vino llegaba en barriles desde San Juan y Mendoza y las bebidas blancas en botellas.

Alrededor del estaño se arreglaba el país: política, deportes, estrenos teatrales, asuntos relacionados con la economía, revelaciones sobre la vida privada del que aún no había llegado a compartir una copa, o el último cuento verde.

En el estaño se cumplían dos turnos: el primero desde el atardecer hasta la cena con los trabajadores que apuraban un vermouth con fernet, más la aceituna con anchoa ensartada en un escarbadientes o los clásicos tres platitos conteniendo aceitunas, trozos de queso y papas fritas. El segundo turno se extendía hasta la madrugada y reunía a músicos, poetas y los bohemios de la noche que vivían de la caza y de la pesca.

El estañista siempre estaba de pie; pedía un vino, semillón o carlón, y se acomodaba en el borde del mostrador a la espera de un amigo  o compañero de ocasión. Perfilado, para dejar más espacio,  disfrutaba lentamente de su trago y observaba distraídamente la actividad en las mesas donde nunca se sentaba. No quería ser considerado un gil.

En el interior de estos bares, se conjugaban olores provenientes del humo del tabaco negro y de los mismos parroquianos. En las mesas tambaleantes, jugaban al truco, al tute o al mus con unas barajas mugrientas, alternando exclamaciones con tragos de alcohol, mientras toqueteaban los sucios porotos usados para marcar los tantos. Otros consumían su tiempo jugando al dominó, y armaban sobre la mesa curiosas formas geométricas.

Las clases populares de la ciudad buscaban una evasión consumiendo vino o bebidas como la ginebra, caña, grappa, hesperidina o un chopp de cerveza de barril. En general en estos boliches no se gritaba, no se hablaba fuerte y no se registraban peleas. Tener estaño era tener experiencia de vida, obtenida al frecuentar el despacho de bebidas en aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio

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