El Buenos Aires que se fue

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LA PELUQUERÍA

La peluquería estaba instalada en un cuarto que daba a la calle, con las paredes blanqueadas a la cal, fácil de hallar por el característico artefacto ubicado sobre la puerta de entrada, un cilindro giratorio de color rojo que anunciaba la realización de sangrías.

Un brasero infaltable mantenía el agua caliente para afeitar y tomar mate. Infatigables conversadores, los peluqueros enjabonaban la cara del cliente con una brocha, a fin de lograr una buena afeitada.

El peluquero era multifacético porque no sólo afeitaba, sino que cortaba el cabello y hacía sangrías aplicando sanguijuelas. Los clientes que sufrían dolores de cabeza atribuidos a la presión arterial, solicitaban además del clásico corte de pelo y barba, dos sanguijuelas. Los inmundos bichos se conservaban en un recipiente con agua y se colocaban detrás de cada oreja, en donde absorbían sangre hinchándose casi hasta reventar, desprendiéndose luego espontáneamente.

La llegada de clentes  infantiles constituía siempre un trastorno, porque requería el doble de tiempo y la tarifa era menor. Cuando los niños se movían demasiado e impedían la labor, el peluquero aflojaba la mariposa de la maquinita; el tironeo de cabello era insoportable y el niño lloraba de dolor. Entonces el peluquero exclamaba: “Señora, hoy es imposible con su hijo, se queja mucho. Tráigalo otro día”.

La barrita de alumbre se usaba para controlar las pequeñas hemorragias al afeitarse. Nuestros abuelos usaban la navaja y sacaban el espejo al patio para verse mejor, pero antes de usarla, empleaban una correa de cuero como asentador del filo de la navaja.

El aparato de los fomentos era llamado “la bocha”. Era un extraño cilindro de metal coronado por una pequeña cruz verde. Se usaba para preparar los fomentos: compresas húmedas y calientes, que se aplicaban en el rostro “para abrir los poros” y realizar una afeitada impecable. Se solicitaba este servicio en situaciones especiales tales como casamientos o acontecimientos sociales destacados. En estas ocasiones, el desempeño del peluquero era singular, esmerándose al máximo para lograr un trabajo de excepción, sintiéndose responsable del éxito de su cliente.

Una sesión en la peluquería requería tiempo suficiente para leer el diario, actualizar las novedades de la semana con el peluquero y con los clientes ocasionales. Desde “hacerse la barba” y sacar la pelusa, hasta pelo, fomentos y sanguijuelas, constituían el programa de servicios que el peluquero, sin dejar de hablar, cumplía muy profesionalmente.

Los domingos y lunes no se trabajaba. Pero el sábado, la peluquería cerraba a cualquier hora, cuando se retiraba el último cliente en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”, FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 22.    27 Setiembre de 1999.

El barrio

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