El Buenos Aires que se fue

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EL BASURERO

Personaje característico de Buenos Aires vestía saco y pantalón gris o beige, una boina en la cabeza, alpargatas y guantes de cuero. Viajaba en chatas de color gris, tiradas por una pareja de mulas. En las calles de tierra, después de las lluvias las mulas se encajaban, siendo auxiliadas por el cuarteador, un empleado municipal que llegaba con un caballo percherón, que arrastraba a las mulas, con chata incluida.

Como la recolección se efectuaba durante la mañana, por la noche, de cada casa se sacaba la basura contenida en latas de 5, 10 o 20 litros de capacidad, algunas forradas con papel de diario, y se colocaban sobre el cordón de la vereda.

El basurero llevaba un gran tacho de latón con 2 manijas;  volcaba la basura dentro de él y dejaba las latas de basura en su lugar; cargaba el tacho sobre su cabeza y lo volcaba dentro de la chata. Las latas de basura eran identificables por su forma y aspecto exterior. Eran un atractivo banquete para las moscas, palomas y gorriones, por lo que muchos les colocaban una tapa. Gatos y perros no había, ya que la perrera se encargaba del control de estos animales  en la vía pública.

Las chatas basureras eran carros de 4 ruedas, dos pequeñas adelante y dos más grandes atrás; sus paredes laterales eran rebatibles y se alzaban cuando la basura estaba ya cargada, para evitar su desparramo por las calles. Sin embargo, durante el trayecto, siempre se volaba basura de estos carros  abiertos, a pesar de una lona que la cubría casi en su totalidad. Con un silbido, el basurero lograba que las mulas detuvieran su marcha y era habitual escuchar los insultos dirigidos a los animales cuando desobedecían.

Las noches de los fines de semana, las latas de basura eran motivo de entretenimiento para quienes regresaban de las reuniones danzantes, ya que solían patearlas desparramando su mal oliente contenido. Pero no eran los únicos.

En el Gran Buenos Aires, lecheros y carreros soltaban a sus caballos muy tarde durante la noche.  Los tungos buscaban alimentos revolviendo las latas con sus hocicos, arrastrándolas al medio de la calle o muy lejos del sitio habitual. Los caballos de desplazaban lenta y silenciosamente, pero de pronto, en el silencio de la noche, se oía el ruido de las latas arrastradas que muchas veces, obligaba al vecindario a salir cautelosamente para averiguar que estaba ocurriendo. En el tacho de la basura podía estudiarse la vida íntima de la familia, en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

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