El Buenos Aires que se fue

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EL REPARTIDOR DE PAN

Una caja de latón con tapa montada sobre un triciclo, era el medio de transporte habitual. Llegaba a la media mañana, llevando una canasta de mimbre donde se elegía el pan felipe, pan de fonda, pan alemán, las flautas, las flautitas, los pancitos o el pan negro de molde, acompañados a veces, con pan criollo.

Llegaba al domicilio siempre a la misma hora separando el tipo de pan para cada cliente, y cobraba al instante. Los días lunes no había reparto de pan porque la panadería estaba cerrada.

Su presencia se anunciaba con una serie de bocinazos, audibles a la distancia y provenientes de una bocina que accionaba comprimiendo repetidas veces una pera de goma. Luego se oía el timbre o el llamador de la casa de cada cliente. Era común observar a varias amas de casa eligiendo el pan en la vereda o hurgando en el triciclo, especialmente cuando llegaba a las casas de inquilinato.

Como la capacidad del triciclo era reducida, estaba obligado a realizar repetidos viajes a la panadería en busca de más mercadería. Así es que fue reemplazado por un carrito de mayor tamaño, arrastrado por un caballo, que le permitía completar el recorrido sin necesidad de reponer el pan.

Disponía de una bocina similar a la del triciclo y su sonido convocaba rápidamente a todos los interesados en la compra. El repartidor se detenía diariamente siempre en los mismos sitios hasta que el matungo, ya canchero, no requería de órdenes para cumplir con el recorrido a la perfección, excepto cuando se desplazaba por calles de tierra. Ante la presencia de pasto o yuyos diversos, alteraba su recorrido tratando de comer lo que estuviera a su alcance. En esas ocasiones, muchas veces era necesario usar el látigo para continuar con el reparto.

En una cesta de mimbre, llevaba factura: bizcochos con grasa, tortitas blancas y negras, palmeritas, medialunas y sacramentos, que constituían el surtido habitual. Con veinte centavos se podían adquirir cinco bizcochos, cinco tortitas, dos medualunas y dos sacramentos.

Pasaron los años y aparecieron los carros de la Panificación Argentina. Eran de mayor tamaño y en su interior poseían grandes cajones de madera con tapa, donde se colocaban las distintas variedades de pan tales como pan de trigo y de centeno, envasados en bolsitas de papel; pan pebete, grandes flautas de pan negro y el pan lactal.

Estos carros de color rojo característico, surcaron las calles de Buenos Aires durante más de cuarenta años. Al finalizar la década del 70, la bocina tan característica que anunciaba su presencia. dejó de sonar definitivamente en el Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

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