El Buenos Aires que se fue

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LA KERMESE

Con motivo de una fiesta patronal se instalaba por un fin de semana la kermese. En el patio del colegio o de la parroquia, se ubicaban los puestos en donde los asistentes probaban su suerte: la clásica ruleta, una rueda vertical cubierta de números; cuando todos estaban vendidos, se la hacía girar y el ganador mostraba orgulloso un enanito de jardín o un perro de yeso.

Otros apostaban a la decisión de un conejillo de Indias al que se lo ubicaba dentro de una caja, en el centro de una pista circular rodeada de casillas numeradas. La caja que alojaba al conejillo era girada varias veces para desorientarlo y al dejarlo en libertad, luego de un breve titubeo se dirigía a una de las casillas, mientras mediante gritos y gestos, los apostadores trataban de alejarlo o acercarlo, según las conveniencias. El ganador, recibía un osito de trapo o una matraca.

A los más pequeños se les ofrecía, previo pago de 10 centavos, buscar un premio en el pozo de las sorpresas. Era un medio barril lleno de arena, dentro del cual se habían colocado distintos juguetes. El niño en cuanto lo tocaba, lo estaba sacando; si no le gustaba no podía reintegrarlo.

Voltear un conjunto de 3 latas abolladas con pelotas de trapo, embocar unos aros de madera sobre patitos de madera en el agua, o sobre botellas vacías apiñadas en una mesa, eran entretenimientos comunes. El premio era un vaso de vidrio pintarrajeado o un tintero de yeso.

Voltear un muñeco a pelotazos no era tarea fácil: cada pelotazo que daba en el blanco, doblaba al muñeco pero no se caía, porque poseía una base pesada que lo sustentaba y que era muy difícil doblegar. Un sitio donde todos apostaban y ninguno perdía era el stand de venta de sandwiches de chorizo; acompañado de una bebida gaseosa constituía un clásico tentempié.

Fueron habituales las kermeses en la época de Carnaval. Eran motivo de alegría, pretexto para encontrarse con los amigos, con la noviecita del barrio, o la posibilidad de hallar una compañía que terminara con la soledad de más de uno. Esas guirnaldas elaboradas con lamparitas de 25 W cada una y pintadas con colores rojo, azul, amarillo y verde, constituían el adorno habitual de la kermese, entretenimiento fugaz y tradicional de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 14.    7 Abril de 1999

El barrio

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