El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Agosto, 2010

LA PELUQUERÍA

La peluquería estaba instalada en un cuarto que daba a la calle, con las paredes blanqueadas a la cal, fácil de hallar por el característico artefacto ubicado sobre la puerta de entrada, un cilindro giratorio de color rojo que anunciaba la realización de sangrías.

Un brasero infaltable mantenía el agua caliente para afeitar y tomar mate. Infatigables conversadores, los peluqueros enjabonaban la cara del cliente con una brocha, a fin de lograr una buena afeitada.

El peluquero era multifacético porque no sólo afeitaba, sino que cortaba el cabello y hacía sangrías aplicando sanguijuelas. Los clientes que sufrían dolores de cabeza atribuidos a la presión arterial, solicitaban además del clásico corte de pelo y barba, dos sanguijuelas. Los inmundos bichos se conservaban en un recipiente con agua y se colocaban detrás de cada oreja, en donde absorbían sangre hinchándose casi hasta reventar, desprendiéndose luego espontáneamente.

La llegada de clentes  infantiles constituía siempre un trastorno, porque requería el doble de tiempo y la tarifa era menor. Cuando los niños se movían demasiado e impedían la labor, el peluquero aflojaba la mariposa de la maquinita; el tironeo de cabello era insoportable y el niño lloraba de dolor. Entonces el peluquero exclamaba: “Señora, hoy es imposible con su hijo, se queja mucho. Tráigalo otro día”.

La barrita de alumbre se usaba para controlar las pequeñas hemorragias al afeitarse. Nuestros abuelos usaban la navaja y sacaban el espejo al patio para verse mejor, pero antes de usarla, empleaban una correa de cuero como asentador del filo de la navaja.

El aparato de los fomentos era llamado “la bocha”. Era un extraño cilindro de metal coronado por una pequeña cruz verde. Se usaba para preparar los fomentos: compresas húmedas y calientes, que se aplicaban en el rostro “para abrir los poros” y realizar una afeitada impecable. Se solicitaba este servicio en situaciones especiales tales como casamientos o acontecimientos sociales destacados. En estas ocasiones, el desempeño del peluquero era singular, esmerándose al máximo para lograr un trabajo de excepción, sintiéndose responsable del éxito de su cliente.

Una sesión en la peluquería requería tiempo suficiente para leer el diario, actualizar las novedades de la semana con el peluquero y con los clientes ocasionales. Desde “hacerse la barba” y sacar la pelusa, hasta pelo, fomentos y sanguijuelas, constituían el programa de servicios que el peluquero, sin dejar de hablar, cumplía muy profesionalmente.

Los domingos y lunes no se trabajaba. Pero el sábado, la peluquería cerraba a cualquier hora, cuando se retiraba el último cliente en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”, FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 22.    27 Setiembre de 1999.

El barrio

LAS REVISTAS

Las revistas argentinas triunfaron en el país y en los países extranjeros de habla hispana presentando temas sobre deportes, la moda, el cine, la radio o la educación escolar.

“Billiken” fue fundada en el año 1919 por Constancio C. Vigil siendo considerada la revista infantil más antigua en el mundo de habla castellana. Se constituyó en la publicación rectora del lector infantil de Argentina y varios países de Latinoamérica tales como México, Venezuela, Colombia, Perú y Guatemala.

De gran ayuda para los escolares por sus condiciones didácticas y la buena información, seguía de cerca los programas escolares de enseñanza. Pero también era fuente de entretenimiento a través de clásicas historietas como “Pelopincho y Cachirula”, “Ocalito y Tumbita” y “Batuque”.

“Figuritas” fue la competencia de “Billiken”. No llegó a alcanzar su calidad y popularidad, pero se convirtió en otra fuente de apoyo para las tareas escolares.

“Caras y Caretas” apareció en 1898 y se hizo famosa en la primera mitad del siglo XX. Registró cuatro décadas de historia: política, de las costumbres, de la cultura, de la sociedad y del país. Reflejó la Argentina de la inmigración, del desarrollo comercial y la producción. Dejó de publicarse en 1941.

“El Gráfico” fue otra publicación de la Editorial Atlántida. Su primer número apareció en 1919, dedicándose exclusivamente al deporte. Fue la predilecta de gran número de lectores en el país y en el extranjero. Sus fotos precisas y sus jugosos comentarios la ubicaron en el mejor nivel de la noticia deportiva.

“ElHogar” nació en 1904 y cumplió con la misión del periodismo de entretenimiento y evasión durante cincuenta años. Era la revista que reconocía a la familia como unidad social. Sus lectores se reclutaban en las capas medias de la sociedad, deseosos de asomarse al mundo de la alta sociedad. En 1918 fue dirigida por Constancio C. Vigil y en 1920 vendía 85 mil ejemplares semanales. Durante mucho tiempo fue la revista de mayor venta, identificada con el estilo de vida que surgía en el país. Reflejaba el gusto femenino de la clase media y publicaba las fiestas, casamientos y lugares de veraneo de las familias tradicionales.

“Leoplán” en 1934 y “Aquí Está” en 1935 seleccionaron y recopilaron información imitando el estilo de revistas norteamericanas. Publicaban notas de divulgación y novelas completas.

“Radiolandia” en 1927 y “Vosotras” en 1936, vendían 400 mil ejemplares. Surgieron revistas femeninas como “Estampa”, “Chabela” , “Rosalinda” y “Damas y Damitas”, que acompañaron a la mujer en su ascenso social. La lectura de esas revistas y la radio, cultivaron a la mujer que no tuvo instrucción secundaria o que había abandonado los estudios.

“El Alma que Canta” fue una revista fundada en 1916 por Vicente Buchieeri, que registró la historia de la música popular rioplatense. Por sus páginas desfilaron las obras de famosos poetas y las canciones de numerosos autores de tangos, fox trots, milongas, chacareras y otros ritmos. Puso al alcance del público las letras de las canciones más populares.

El área recreativa la ocuparon “Tit-Bits” en 1909, “El Tony” en 1928, “Patoruzú” en 1936 y “Rico Tipo” en 1944. “Rico Tipo” apareció de la mano del eximio dibujante Guillermo Divito. Esta publicación tuvo mucho éxito; impuso modas y estilos, tanto masculinos como femeninos; la influencia en las modas de vestir, crearon el estilo “Divito”, tanto para ellas como para ellos. Las chicas Divito se caracterizaban por usar zapatos de taco muy alto, cintura de avispa, pollera corta y muy ajustada.

Los hombres usaban trajes cruzados con amplias solapas, 8 a 10 botones en el saco, pantalón de talle alto sostenido por tiradores, con botamanga alta y estrecha y sombrero de ala ancha. “Rico Tipo” fue una revista esencialmente humorística donde colaboraron destacados dibujantes, escritores y observadores de la vida cotidiana.

En la línea infantil se lanzó “El Pato Donald”, traducida del inglés. También “Misterix” y “Rayo Rojo”, historietas traducidas de modelos europeos, que compitieron con “El Tony” e “Intervalo”.

El humor político fue encarado por “Cascabel” en 1941, dirigida por Emilio Villalba Walsh. Reunió a brillantes escritores y los dibujantes eran de primera línea: Flax (Lino Palacio), Oski, Ianiro, Landrú (Juan Carlos Colombres). Desapareció en 1947. Vivencias y recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

La educación

EL BASURERO

Personaje característico de Buenos Aires vestía saco y pantalón gris o beige, una boina en la cabeza, alpargatas y guantes de cuero. Viajaba en chatas de color gris, tiradas por una pareja de mulas. En las calles de tierra, después de las lluvias las mulas se encajaban, siendo auxiliadas por el cuarteador, un empleado municipal que llegaba con un caballo percherón, que arrastraba a las mulas, con chata incluida.

Como la recolección se efectuaba durante la mañana, por la noche, de cada casa se sacaba la basura contenida en latas de 5, 10 o 20 litros de capacidad, algunas forradas con papel de diario, y se colocaban sobre el cordón de la vereda.

El basurero llevaba un gran tacho de latón con 2 manijas;  volcaba la basura dentro de él y dejaba las latas de basura en su lugar; cargaba el tacho sobre su cabeza y lo volcaba dentro de la chata. Las latas de basura eran identificables por su forma y aspecto exterior. Eran un atractivo banquete para las moscas, palomas y gorriones, por lo que muchos les colocaban una tapa. Gatos y perros no había, ya que la perrera se encargaba del control de estos animales  en la vía pública.

Las chatas basureras eran carros de 4 ruedas, dos pequeñas adelante y dos más grandes atrás; sus paredes laterales eran rebatibles y se alzaban cuando la basura estaba ya cargada, para evitar su desparramo por las calles. Sin embargo, durante el trayecto, siempre se volaba basura de estos carros  abiertos, a pesar de una lona que la cubría casi en su totalidad. Con un silbido, el basurero lograba que las mulas detuvieran su marcha y era habitual escuchar los insultos dirigidos a los animales cuando desobedecían.

Las noches de los fines de semana, las latas de basura eran motivo de entretenimiento para quienes regresaban de las reuniones danzantes, ya que solían patearlas desparramando su mal oliente contenido. Pero no eran los únicos.

En el Gran Buenos Aires, lecheros y carreros soltaban a sus caballos muy tarde durante la noche.  Los tungos buscaban alimentos revolviendo las latas con sus hocicos, arrastrándolas al medio de la calle o muy lejos del sitio habitual. Los caballos de desplazaban lenta y silenciosamente, pero de pronto, en el silencio de la noche, se oía el ruido de las latas arrastradas que muchas veces, obligaba al vecindario a salir cautelosamente para averiguar que estaba ocurriendo. En el tacho de la basura podía estudiarse la vida íntima de la familia, en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

EL REPARTIDOR DE PAN

Una caja de latón con tapa montada sobre un triciclo, era el medio de transporte habitual. Llegaba a la media mañana, llevando una canasta de mimbre donde se elegía el pan felipe, pan de fonda, pan alemán, las flautas, las flautitas, los pancitos o el pan negro de molde, acompañados a veces, con pan criollo.

Llegaba al domicilio siempre a la misma hora separando el tipo de pan para cada cliente, y cobraba al instante. Los días lunes no había reparto de pan porque la panadería estaba cerrada.

Su presencia se anunciaba con una serie de bocinazos, audibles a la distancia y provenientes de una bocina que accionaba comprimiendo repetidas veces una pera de goma. Luego se oía el timbre o el llamador de la casa de cada cliente. Era común observar a varias amas de casa eligiendo el pan en la vereda o hurgando en el triciclo, especialmente cuando llegaba a las casas de inquilinato.

Como la capacidad del triciclo era reducida, estaba obligado a realizar repetidos viajes a la panadería en busca de más mercadería. Así es que fue reemplazado por un carrito de mayor tamaño, arrastrado por un caballo, que le permitía completar el recorrido sin necesidad de reponer el pan.

Disponía de una bocina similar a la del triciclo y su sonido convocaba rápidamente a todos los interesados en la compra. El repartidor se detenía diariamente siempre en los mismos sitios hasta que el matungo, ya canchero, no requería de órdenes para cumplir con el recorrido a la perfección, excepto cuando se desplazaba por calles de tierra. Ante la presencia de pasto o yuyos diversos, alteraba su recorrido tratando de comer lo que estuviera a su alcance. En esas ocasiones, muchas veces era necesario usar el látigo para continuar con el reparto.

En una cesta de mimbre, llevaba factura: bizcochos con grasa, tortitas blancas y negras, palmeritas, medialunas y sacramentos, que constituían el surtido habitual. Con veinte centavos se podían adquirir cinco bizcochos, cinco tortitas, dos medualunas y dos sacramentos.

Pasaron los años y aparecieron los carros de la Panificación Argentina. Eran de mayor tamaño y en su interior poseían grandes cajones de madera con tapa, donde se colocaban las distintas variedades de pan tales como pan de trigo y de centeno, envasados en bolsitas de papel; pan pebete, grandes flautas de pan negro y el pan lactal.

Estos carros de color rojo característico, surcaron las calles de Buenos Aires durante más de cuarenta años. Al finalizar la década del 70, la bocina tan característica que anunciaba su presencia. dejó de sonar definitivamente en el Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

EL ZAPATERO REMENDÓN

Foto:  ( A. G. N. )

El remendón era un personaje típico de Buenos Aires, de visita obligada. La colocación de un taco o una media suela exigía de su servicio. Inmigrante europeo griego, portugués o italiano, pasaba sus horas en un pequeño zaguán donde instalaba su negocio: una mesa cuadrada, muy baja, totalmente ocupada con trozos de cuero, clavos, zapatos en reparación, cola de carpintero, martillos, pinzas y demás elementos necesarios para llevar adelante su tarea.

Cubría su vestimenta con un largo delantal, generalmente de cuero, de un color indefinido; verdadera área de trabajo, donde apoyaba los zapatos para proceder a las distintas reparaciones. Algunos pocos, disponían de una máquina de coser pero lo habitual, era que todas las tareas fueran manuales, producto de una artesanía de toda la vida.

Trabajaba sobre una horma de hierro de 3 patas, útil para zapatos masculinos, femeninos y de niños. Los buenos remendones cosían el cuero empleando piolín impermeabilizado con cera de abeja, y una lezna para abrir el camino a la aguja. Al cuero lo afirmaban con una enorme pinza de madera, sostenida entre ambas piernas. Estos eran trabajos caros.

Lo habitual era el cuero clavado; el zapatero colocaba media docena de clavos en su boca, y los ubicaba en el lugar preciso con un martillazo seco, exacto y seguro. Un toscano marca Avanti ocupaba sus labios. Podía estar encendido o apagado pero nunca abandonaba ese lugar. Integraba la cara del remendón, como si hubiera nacido con el pucho pegado a la boca.

Una infaltable gorra de género con visera lo acompañaba todo el día, no importaba la temperatura. El sitio de trabajo era pequeño, incómodo y mal iluminado, con una lámpara de 25 o 40 vatios. La visita al reducto del zapatero remendón se realizaba indefectiblemente.

Los zapatos se renovaban después de dos o tres media suelas, y a los tacos, se les prolongaba la vida agregándoles tacos de goma o chapitas de metal, en el borde externo. En otras oportunidades, el motivo era colocar los zapatos en la horma a fin de ampliarlos y ablandarlos para evitar lesiones en los dedos. Recuerdos, de un Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

LA CARBONERÍA

El carbonero usaba ropa de color gris oscuro: saco, pantalón y gorra con visera de género. De esta manera disimulaba el constante tinte negro del carbón, siempre presente en sus manos. Generalmente desarrollaba sus actividades en locales mal iluminados, que contribuían a aumentar  la negrura del entorno.

La mercadería básica era el carbón de madera, separado de la carbonilla. La leña, proveniente del quebracho colorado, constituía junto con el carbón, el combustible cotidiano en casi todos los hogares. Las cocinas eran en su mayoría a carbón o leña y había que desplegar una consumada estrategia para cocinar un puchero o una olla con sopa en un par de horas.

El carbonero vendía también papas, cebollas, maíz, trigo y a veces alpiste. Una báscula de hierro, grande y pesada era el elemento de trabajo más utilizado, conjuntamente con las bolsas de arpillera, que se empleaba para el reparto a domicilio. La báscula era usada por los niños y  por los adultos para actualizar el peso, poniendo a prueba la paciencia del carbonero. Era una escena constatemente repetida. En cada visita a la carbonería, subir a la báscula era casi un acto rutinario. El problema era hallar las pesas adecuadas porque siempre faltaba una, hábilmente escondida.

El infaltable gato que se encargaba de controlar a las ratas y ratones, encontraba en las arpilleras un sitio ideal para dormir. En un rincón de la carbonería, una pila de viejos diarios y revistas, constituían el material para envolver la mercadería solicitada. El carbonero vivía con su familia que lo secundaba en sus tareas. El reparto se hacía con un carrito de mano, donde colocaba con más frecuencia, papas, cebollas, carbón o leña.

Las carbonerías fueron muy populares hasta la aparición de la cocina a gas. La velocidad de la cocción, la limpieza y el costo sensiblemente inferior, fueron factores muy importantes para su uso que marcaron el certificado de defunción de las carbonerías. Pero el tendido de las redes de gas fue lento y exclusivo. La vigencia del carbón se manifestó hasta avanzada la década del 50 en el Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 27.   21 Octubre de 1998.

El barrio

LA KERMESE

Con motivo de una fiesta patronal se instalaba por un fin de semana la kermese. En el patio del colegio o de la parroquia, se ubicaban los puestos en donde los asistentes probaban su suerte: la clásica ruleta, una rueda vertical cubierta de números; cuando todos estaban vendidos, se la hacía girar y el ganador mostraba orgulloso un enanito de jardín o un perro de yeso.

Otros apostaban a la decisión de un conejillo de Indias al que se lo ubicaba dentro de una caja, en el centro de una pista circular rodeada de casillas numeradas. La caja que alojaba al conejillo era girada varias veces para desorientarlo y al dejarlo en libertad, luego de un breve titubeo se dirigía a una de las casillas, mientras mediante gritos y gestos, los apostadores trataban de alejarlo o acercarlo, según las conveniencias. El ganador, recibía un osito de trapo o una matraca.

A los más pequeños se les ofrecía, previo pago de 10 centavos, buscar un premio en el pozo de las sorpresas. Era un medio barril lleno de arena, dentro del cual se habían colocado distintos juguetes. El niño en cuanto lo tocaba, lo estaba sacando; si no le gustaba no podía reintegrarlo.

Voltear un conjunto de 3 latas abolladas con pelotas de trapo, embocar unos aros de madera sobre patitos de madera en el agua, o sobre botellas vacías apiñadas en una mesa, eran entretenimientos comunes. El premio era un vaso de vidrio pintarrajeado o un tintero de yeso.

Voltear un muñeco a pelotazos no era tarea fácil: cada pelotazo que daba en el blanco, doblaba al muñeco pero no se caía, porque poseía una base pesada que lo sustentaba y que era muy difícil doblegar. Un sitio donde todos apostaban y ninguno perdía era el stand de venta de sandwiches de chorizo; acompañado de una bebida gaseosa constituía un clásico tentempié.

Fueron habituales las kermeses en la época de Carnaval. Eran motivo de alegría, pretexto para encontrarse con los amigos, con la noviecita del barrio, o la posibilidad de hallar una compañía que terminara con la soledad de más de uno. Esas guirnaldas elaboradas con lamparitas de 25 W cada una y pintadas con colores rojo, azul, amarillo y verde, constituían el adorno habitual de la kermese, entretenimiento fugaz y tradicional de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 14.    7 Abril de 1999

El barrio

EL CANILLITA

Fue un personaje integrado a la vida ciudadana, bautizado en 1902 por el poeta Florencio Sánchez. De pantalón corto, las piernas descubiertas, alpargatas y una gorra con visera, constituyeron una falange de esforzados trabajadores que con astucia y rapidez, se ganaron los centavos en la calle, a costa de sufrir todo tipo de enfermedades.

Foto: ( A. G. N. )

Las inclemencias del tiempo no eran situaciones que los frenaran, pero muchos de ellos pagaron con su vida tales desequilibrios, porque la tuberculosis se los llevaba rápidamente. Las mojaduras, los enfriamientos, las gripes

mal curadas y una mala alimentación fueron las etapas previas de estos desenlaces fatales.

Encaramados a los tranvías y carros, su vida se desplazaba siempre a extrema velocidad, desde las imprentas corriendo a la búsqueda del comprador; el que llegaba primero vendía. Voceando a la carrera mientras llevaba el fajo de diarios con una mano, o con la ayuda de una ancha correa de cuero, anunciaba las noticias más sensacionales.

Colgados en el estribo de los tranvías o de las chatas recorrían todos los puntos de la ciudad. Con la complicidad del motorman, subían o bajaban del tranvía a la carrera al grito de “diarios, diarios”, en una incesante gimnasia de ascenso y descenso. Algunos voceaban desastres terribles pero inexistentes, a fin de captar al eventual comprador.

La venta de diarios por menores de 18 años estaba penada por la ley, originando muchas contravenciones.  La venta era casi exclusivamente callejera. Salían a la carrera con toda la furia desde la calle Leandro N. Alem para ganar clientes. Era una verdadera competencia entre los vendedores, para llegar lo antes posible a la esquina asignada a cada uno, la que defendían con uñas y dientes. Sabían que no debían invadir el terreno del otro.

No había viento, lluvia, calor o frío que detuvieran su labor. A mediados de la segunda década del siglo XX, comenzaron los recorridos con chatas que distribuían los ejemplares en las distintas paradas de la ciudad. En los barrios, algunos adquirían un break o un Ford a bigote, con el que trasladaban los paquetes de diarios, evitando el trabajoso desplazamiento del canillita hasta las imprentas, a cambio de 20 o 30 centavos por bulto.

Sobre un mármol en la vidriera de un bar esquinero, o sobre un par de cajones desvencijados que alguna vez llevaron naranjas de Brasil, ubicaban la parada, a veces defendida a cuchillo, a trompadas o con armas de fuego contra recién llegados, que no respetaban la antigüedad en el puesto. Fue la de los canillitas una vida a la intemperie, sufrida y estoica  que marcaron una época exclusiva en el Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña” FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 12. 20 Julio de 1999

Personajes de la ciudad

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