El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Abril, 2010

LA PIZZERÍA

Originalmente las pizzerías eran escasas y pequeñas, un lugar de paso. No había mesas, salvo uno o dos asientos de mármol. Se comía en el lugar o se llevaba al hogar. Un olor inconfundible saturaba el ambiente de la pizzería, el de las empanadas fritas, que se preparaban de carne o de dulce.

La pizza era de mayor espesor , un poco más gruesa que la clásica media masa, tan comunes hoy día. Las había de anchoas o muzzarella; el menú se completaba con faina, fugazza y pastelitos de dulce de membrillo (como los que hacía la abuela, aunque no tan sabrosos).

Se comía parado y sobre el mostrador se apoyaba la bebida gaseosa, el chopp, el vaso de vino moscato o el vaso con agua. Las empanadas las freían en una especie de olla repleta hasta el borde de aceite hirviendo. Como no se renovaba, hacía mucho tiempo que había perdido su color original. Todo el mundo estaba al tanto de eso, pero nadie se resistía a disfrutar una chorreante empanada de carne. Faltaban muchos años para que se difundiera lo peligroso de utilizar un aceite en reiteradas oportunidades.

La porción de pizza costaba 10 centavos y 5 la de faina o fugazza. Las empanadas 10 centavos. Algunas pizzerías vendían postres y merengues, completando un stock repetido en todos los establecimientos similares. Durante la semana el movimiento era discreto, pero los sábados y domingos el cambio era total. Después de los partidos de fútbol, la visita a la pizzería era casi una obligación; allí se discutía acaloradamente los detalles del clásico jugado en la fecha. El clima de euforia o tensión aumentaba en consonancia con las repetidas entradas del diarero voceando los resultados o alguna peripecia especial. Esto renovaba los argumentos que mantenían las discusionrs hasta finalizar el vaso de vino.

La pizzería era un lugar pensado para la venta rápida, al paso; el cliente comía un par de porciones de pizza y se retiraba. En aquellos tiempos se servían en trozos rectangulares de papel blanco de almacén. No había platos ni cubiertos. La pizza recién sacada del horno, caliente y con muzzarella chorreante quemaba las manos y era necesario protegerse solicitando algunos papeles adicionales que también se utilizaban como servilletas.

Las primeras pizzerías surgieron en la Boca como Banchero y Tuñín. La pizza era una comida de origen italiano y la Boca un barrio poblado de inmigrantes genoveses. Primero se vendió la fugazza y la faina, tradicionales platos genoveses. Con el tiempo creció su popularidad.

Sin distinción de condiciones, la pizza se impuso en todos los estratos sociales, constituyéndose en un lenguaje común entre los que nada tienen y los que poseen todo. Más de una vez solucionó el problema alimenticio de una familia o de algún mendigo que pudo sobrevivir un día más a sus desventuras.

Pese a los cambios sufridos en la infraestructura de los negocios especializados que hoy brindan confort y atención esmerada, añoramos la muzzarella chorreando y quemando nuestros dedos, recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Rcuerdos y …algo más”,  FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 55.  5 Mayo de 1999

La ciudad

LA VEREDA

Se elegía la vereda más pareja y extensa donde desarrollar la mayoría de los juegos entre los pibes de ese sector del barrio. El mundo del juego se efectuaba en una cuadra, única para cada grupo. No se adoptaba la vereda de enfrente. Doblar la esquina significaba ingresar en terreno ajeno, desconocido. Eran otros los grupos de pibes que jugaban y lo habitual era que se mantenía el sitio como una adquisición. Los pibes que vivían en la cuadra, con edades más o menos similares,integraban el grupo de juego. No se mezclaban con las chicas, quienes jugaban en otro sector de la misma cuadra, como entes separados. Los juegos variaban según la hora del día y la época del año; según hiciera calor o frío.

A una hora determinada y sin previo aviso, se juntaba casi siempre el mismo grupo. Alguien traía una pelota de goma o de trapo y en nuestra vereda se armaba un partidito, tres contra tres con arquero incluído, esquivando constantemente a los transeúntes. Con la pelota de goma se jugaba a cabecear, solos o en pareja. La calle era empedrada y de doble mano; autos, carros y colectivos provocaban un tránsito intenso y era fundamental que la pelota no llegara a la calle. Los carros y autos estaban estacionados en ambos lados, entorpeciendo nuestro juego. Cuantas veces sacamos la pelota debajo de un auto o entre las patas de un caballo.

Las veredas parejas alternaban con otras de piedra, irregulares en su forma y adaptación. Eran las elegidas para jugar a las bolitas. Para jugar con las figuritas elegíamos las veredas resbalosas y parejas. Los umbrales amplios de mármol, eran asientos predilectos para tres de nosotros. Generalmente se jugaba por la tarde hasta la hora de la merienda. Los horarios estaban en relación con las tareas escolares. La mayoría concurría a la escuela en el turno mañana. Pero también salíamos después de la merienda hasta el anochecer. En invierno al caer la tarde, con las primeras sombras se jugaba a las escondidas o se relataban películas de cow boys o de suspenso. Uno contaba y los demás escuchaban sin interrumpir.

La vereda se constituyó en el sitio de convocatoria espontáneo y habitual de los pibes que vivían en la cuadra, en donde todos los días se jugaba sin gastar un centavo, en el Buenos Aires que se fue.

El barrio

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