El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Marzo, 2010

OLORES DE LA CIUDAD (1)

En la ciudad los olores nos rodeaban.

Hay olores muy simples y característicos, como el desayuno de café con leche y pan con manteca. El clásico completo, el pedido más popular en los cafés y lecherías. Al entrar en ellos, se percibía el olor de la leche hervida durante horas. Típico y característico del lugar porque muchos clientes solicitaban los vasos de leche caliente con vainillas. Pero a ello se agregaba el aroma del café recién molido, para la preparación del capuchino, cortado, café o café con leche.

El completo se integraba con el pancito recién horneado, crocante, con su miga esponjosa y que solamente en horas de la mañana exhalaba un olor característico. Untábamos la manteca arrollada y conservada en agua fresca. Era lo clásico. En algunos sitios, se acompañaba con un platito conteniendo un poco de dulce de leche, siempre que se lo solicitara previamente. El dulce provenía de las latas de 3 kilos de la Cooperativa de Lecheros Unidos.

No era lo mismo tomar el café con leche a la mañana que hacerlo por la tarde. Los olores eran distintos. El pan ya no era el mismo. La lechería brindaba ese cúmulo de distintos olores que la caracterizaban. Quien entrara sin saberlo y con los ojos cerrados, no titubearía en afirmar donde se encontraba. Era un olor lácteo que se desprendía de las blancas paredes y de las pequeñas mesas de mármol.

En el café era distinto. Los olores y los ruidos diferían. El café con leche se acompañaba por las clásicas medias lunas de grasa. Otros optaban por el “pan de leche”. Una variante era el “Submarino”; un vaso grande con leche caliente, dentro del cual se disolvía una barrita de chocolate.

En los días de lluvia se acostumbraba cocinar por la tarde buñuelitos, con un olor inolvidable. También se recuerda el olor del puchero cocinado en un brasero de 3 patas o en la cocina económica.

En los hogares, con mucha frecuencia, cuando fallaba la vigilancia mientras se hervía la leche, se percibía el olor de la leche derramada y quemada, olor único y característico que perduraba durante mucho tiempo y era detectado a la distancia. Siempre seguido de una reprimenda. Esta era una fórmula prácticamente inmodificable.

¿Quién puede olvidar el olor del chocolate? ¿Quién no ha disfrutado su aroma? Beber chocolate estaba unido a situaciones especiales: un cumpleaños era lo más frecuente. Nuestra madre compraba media libra de chocolate, con un cuchillo raspaba uno de los bordes para facilitar su disolución y lo colocaba en el recipiente que contenía la leche que se estaba calentando. Luego lo revolvía con una cuchara de madera. Ese era el procedimiento de cocción hasta que se producía el hervor. Desprendía un olor inolvidable que paulatinamente aumentaba en intensidad. El chocolate era chocolate y se lo disfrutaba ampliamente, no sólo por su sabor, sino porque la cantidad era apenas discreta y siempre se quería un poco más. Ese chocolate era el de las situaciones especiales. Pero habitualmente, en la casa se consumía cacao en polvo, que también poseía un olor característico e inolvidable. Se vendía suelto en sus variedades dulce o amargo.

En el comercio existían unos compuestos de cacao azucarado, “Toddy”, “Vascolet” o “Chocofan”, que por mucho tiempo estuvieron disponibles y aun hoy, se encuentran algunos de ellos en el mercado. Dos o tres cucharaditas eran suficientes para beber ese cacao suave. Se podía beber frío o caliente, pero el aroma era exclusivo de este último. También se consumía cascarilla, que se hervía en una mezcla de agua y leche: exhalaba un discreto olor a chocolate. Era un sucedáneo barato y común, en las muchas familias de escasos recursos. La bebíamos en la escuela, durante las festividades patrias; también en la parroquia, el día de la comunión y en las fiestas patrias.

El chocolate aumentó su popularidad con la llegada de los exiliados españoles, a partir de 1936. Como se instalaron preferentemente en el área de la Avenida de Mayo, fueron apareciendo en esa zona chocolaterías de las que aún perduran “La Giralda” y “El Vesubio”.

A esos chocolates exquisitos, espesos y aromáticos, se le acoplaron los churros, servidos calientes y crocantes, que despedían un olor único e identificable. En el barrio de Almagro, en la calle Bartolome Mitre, había una fábrica de golosinas con chocolate, que permitía disfrutar un aroma distinto y exquisito al mismo tiempo. Era una fragancia de chocolate que permanentemente se desprendía al pasar por unas ventanas que tenían alambre tejido. No se veía nada en su interior; solamente se percibía ese olor, que nunca abandonó nuestra memoria.

Nuestro contacto con otro chocolate se verificaba a través de la compra de chocolatines con sus respectivas figuritas. Eso nos permitía degustar uno o dos, pero el olor de esos chocolatines, distaba mucho del chocolate de las fiestas y cumpleaños. La compra en el cine de maní con chocolate al chocolatinero, también recepcionista y acomodador, brindaba un aroma exquisito al abrir el envase. Más atenuado era ese aroma cuando comprábamos por diez centavos un bombón helado.

Y también disfrutábamos olor y sabor a chocolate en el cine, cuando con diez centavos, comprábamos el chocolate comprimido. Nuestra tolerancia y buena disposición veía en ese engendro, una golosina especial, cuando en realidad lo que estábamos comiendo era un vulgar cacao en polvo.

¿Y que podemos comentar del mate cocido? Una infusión de yerba mate muy común en la época de la colimba, que se bebía sola o mezclada con leche, es decir que había tres opciones: el mate cocido, la leche o el mate cocido con leche. Colocada en unos recipientes de 20 a 30 litros, se servía muy caliente en unos jarros de aluminio, y exhalaba su típico aroma suave y dulzón, servido a las 6 de la mañana. Único e inequívoco, era un acompañante en las frías y oscuras mañanas de invierno. Lo bebíamos acompañado de un pancito, que a esa hora, se podía comer; aun crujía.

El mate cocido era una bebida caliente para el desayuno o la merienda, especialmente en hogares de limitados recursos. Era más barato que el té y que el café. En la escuela primaria, en el segundo recreo, se servía la llamada “copa de leche”, que en realidad era un vaso de mate cocido con leche acompañado de un pan mignon.

Inolvidable era el olor del azúcar quemado en los braseros a la hora del mate.

Un olor intenso y desagradable provenía de los Mataderos, correspondiente a las fábricas de sebo. Otros recuerdan con nostalgia el olor de las glicinas y de los azahares. En Jean Jaurés y Zelaya, cerca del Abasto, había depósitos de bananas con su olor típico.

Otro olor que aun persiste es el del Riachuelo. Se recuerda el olor de los caballos que salían del corralón y aún del mismo corralón. Muy distinto el olor de las camisas recién planchadas con una mezcla de bórax, almidón y agua.

Recordamos el olor de las imprentas y los hospitales. El olor de la acaroína para desinfectar alcantarillas y sanitarios y el olor a dentista, proveniente del uso de clavo de olor.

Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

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