El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Enero, 2010

EL CALENTADOR PRIMUS

En mi lejana infancia, recuerdo que muchas mujeres utilizaban la cera virgen para lustrar pisos. Algunas imprudentes la mezclaban con nafta o aguarrás y luego la derretían en un recipiente que colocaban en un calentador. Este procedimiento provocó más de un incendio, graves heridas e incluso muertes. De todos modos, eso no disminuyó un ápice el uso del calentador, conocido popularmente como el “Primus”, marca legendaria en esos tiempos.

Llegó a nuestro país en las primeras décadas del siglo XX y cumplió un papel importantísimo en la vida familiar. Incluso el tango lo inmortalizó en aquellas estrofas tan conocidas de “El bulín de la calle Ayacucho”, cuando dice:”el Primus no me fallaba, con su carga de aguardiente; y habiendo agua caliente…etc.”

El calentador Primus se constituyó en un artículo infaltable en todos los hogares porteños. Originario de Suecia, para otros de Noruega, estaba construído en bronce, tenía tres patas de hierro y era alimentado a kerosén. Los había de tres tamaños: pequeño, mediano (el más usado) y grande. Se lo utilizaba en diversas tareas, aunque preferentemente era infaltable en la cocina. Hubo amas de casa que lo adoptaron inmediatamente porque reducía el tiempo de cocción de los alimentos y muchas lo lucían orgullosas después de bruñirlo prolijamente.

En la década del treinta, en el invierno nos reuníamos en la cocina para calentar manos y pies con un brasero alimentado a carbón. Fue todo un acontecimiento la aparición del calentador a presión que también se utilizó como estufa e incluso, para calentar el carbón. No solo se lo usaba como estufa o cocina, también se acostumbraba colocar en una ollita agua y algunas hojas de eucaliptus, con el objeto de aromatizar el ambiente o, en los casos de un resfrío, para inhalar los vapores cubriéndose la cabeza con una toalla.

Un aspecto interesante era el procedimiento de encendido, que muchas veces se convertía en una auténtica proeza. El combustible utilizado para encenderlo era alcohol de quemar que se colocaba en una alcuza con un pico vertedor. El líquido se volcaba procurando no desbordar la canaleta circular que rodeaba el mechero. Antes de consumirse totalment el alcohol, lograda la temperatura adecuada, se bombeaba el kerosén generando en su interior la presión necesaria para impulsarlo por el mechero. Al tomar contacto con las llamas de la canaleta se encendía el artefacto que emitía una llama azulada.

En muchas ocasiones, cuando la temperatura obtenida no era suficiente, al bombear, el kerosén se volatilizaba sin encenderse provocando una humareda descomunal, lo que obligaba a reiniciar  todo el proceso. Otro recurso, cuando se carecía de alcohol, era bombearlo en frío provocando la salida del combustible que se encendía mediante un fósforo. Generalmente funcionaba, pero producía una gran humareda impregnando el ambiente de un desagradable olor.

A veces se presentaban inconvenientes cuando se tapaba el mechero debido a impurezas del kerosén. Este es un capítulo aparte, ya que expendedores inescrupulosos solían mezclarlo con agua. En ese caso, se recurría a una pequeña aguja montada en una pieza de metal, que se introducía repetidamente en el mechero hasta lograr destaparlo totalmente. Otro problema generado por la imprudencia, se suscitaba con aquellas personas que en lugar de kerosén y con el propósito de evitar la suciedad y aumentar el poder calórico utilizaban nafta, mezclándola o pura. Las crónicas periodísticas de aquellos años abundaban en casos de quemaduras, incendios e inclusive muertes por ese motivo.

De todos modos no cabe duda del protagonismo que tuvo el Primus. Era común verlo en todos los hogares, ya sea de clase media o pobre. Ubicado sobre una mesa, cajón o banco, llegó a ser el servidor más eficiente dentro de la cocina porteña, ya que cocinaba más rápido que la hornalla a carbón. Además solucionaba los problemas de los habitantes de los conventillos que estaban obligados a dormir y cocinar en un único ambiente.

Cuando caía en desuso se transformaba en un juguete interesante: los chicos lo llenaban de agua y luego bombeaban provocando la salida del agua a presión, huyendo ante los gritos de la madre o de la abuela, desesperadas por el enchastre provocado. Otro destino que se le dió fue el de velador artístico. Hoy es frecuente verlo en las casas de antiguedades. El Primus fue el calentador que nos acompañó en aquellos tiempos en los que no sentíamos nostalgias del Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y… algo más”. FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 38. 6 Enero de 1999

La casa

EL AGENTE DE FACCIÓN

Archivo: La Nación

En cada cruce importante de calles, se ubicaba la garita, una construcción de aspecto cilíndrico o poligonal, techada a veces, a la que el agente accedía por una escalinata, y dirigía el tránsito en las horas de mayor afluencia vehicular.

Cuando subía a la garita, cambiaba su expresión; tenía otro aspecto al desarrollar esta función. Con sus mangas blancas colocadas, señal de que estaba en servicio, y su gorra encasquetada, hacía sonar el silbato con mayor o menor estridencia, ordenando el tránsito.

No existían semáforos y la presencia del agente ordenaba los embrollos habituales durante una hora, aproximadamente. Alternaba esta tarea con las de vigilancia, ya sea ubicado en una esquina, o caminando despaciosamente por las calles adyacentes, saludando a los comerciantes, a los vecinos, a los pibes. Todos lo conocían y con todo el mundo conversaba. Era respetado y consultado, era amistoso y cordial; formaba parte del barrio.

Eran otros tiempos, se vivía a otra velocidad; se dialogaba y el agente era siempre, un interlocutor válido. Cuando los pibes jugaban a la pelota en la calle, les advertía que suspendieran el juego, a fin de evitar males mayores. Si bien el tránsito no era el de estos tiempos, el riesgo de un accidente siempre estaba presente.

La situación era distinta cuando aparecía “el autito”. Era la denominación del auto policial, un Ford 1930, cuadrado, sólido, de color negro o azul oscuro, que aparecía en el momento menos pensado; al grito de “el autito”, se provocaba el desbande de los improvisados futbolistas. La pérdida de la pelota o una visita a la comisaría, eran los riesgos habituales. Ante la aparición del “autito”, eran dos las actitudes: todo el mundo permanecía sentado en los umbrales de las casas, o emprendían una veloz carrera en todas las direcciones posibles. Luego del breve intercambio de impresiones con el agente, el “autito” se retiraba y todo volvía a la normalidad.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 47.   20 Marzo de 2000.

El barrio

LA LECHERÍA

Una leche fría, sola o con vainillas; café con leche y pan con manteca, el clásico completo más un vaso con agua fría; un cortado, un capuchino o un chocolate caliente, eran los pedidos habituales en la lechería; alternaban con una cuajada, producto lácteo predecesor del yogurt, al que se le atribuían propiedades curativas. Rechazado abiertamente por los pibes, se vendía en un envase de vidrio con tapa, siempre retornable.

Se consumían alimentos a base de leche, colchón de arvejas con huevos fritos y fideos con crema. La Vascongada de la calle Florida fue famosa por su Banana Split con ensalada de frutas, crema chantilly y helado con o sin obleas.

Un matrimonio de inmigrantes españoles manejaba el negocio, a veces con la ayuda transitoria de algún hijo. Mesas pequeñas de madera, con mármol blanco, rectangular y sillas Tonet. Las paredes cubiertaas por azulejos blancos, sin ventilador en el verano, sin calefacción en el invierno, la lechería producía en el verano la sensación de hallarse en un sitio más frío. Los abuelos eran habitués de estos lugares: iban a leer el diario, mientras tomaban un café acompañado de un vaso de agua fría.

También podía adquirirse manteca común o salada, así como leche suelta o en botellas de litro. La crema se vendía en botellas pequeñas. Sólo se conocía la leche entera, “gorda” como se decía habitualmente. El dulce de leche se vendía suelto.

En el verano también se vendían helados, en vasitos de 5, 10 o 20 centavos y el sandwich de 10 y 20 centavos, con sus tapas de oblea con inscripciones tales como: “Te quiero mucho”, “Sos mi amor”, etc. Los gustos eran de crema vainilla, chocolate y limón; a veces se agregaba la frutilla. No había más variedades.

Los helados se mantenían en una conservadora en la que se colocaban trozos de hielo a su alrededor. La conservadora eléctrica no existía. Una famosa cadena de lecheríaa fue “La Martona”. La primera se instaló en la zona de Palermo, frente al famoso restaurant “Lo de Hansen”. Se acostumbraba a ir por las tardes en plan de paseo familiar y tomar leche recién ordeñada, “al pié de la vaca”, sola o acompañada con vainillas. Constituía un signo de garantía beber leche pura, sin agregados de agua, “leche no bautizada”. También se podía beber “Toddy caliente”.

En el Jardín Zoológico se instaló otra Martona y el vaso de leche formaba parte obligada del paseo, con expectativas de los padres y disgusto de los pequeños. Las sucursales de “La Martona” eran locales de poca capacidad, con dos o tres mesas con las mismas características de ser pequeñas, rectangulares y con el mármol blanco.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”,  FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 18.  19 Agosto de 1998.

La ciudad

LOS LARGOS

La escuela, el barrio, la plaza y el potrero convocaban a diario a los pibes de la primaria; una sucesión de situaciones encadenadas durante el diario convivir. Era la época de la niñez, la época de los pantalones cortos o el traje con pantalón corto. Zapatillas o alpargatas, medias tres cuartos, pantalón corto y camisa o camiseta, eran la vestimenta habitual. Los zapatos, para la escuela o para salir de paseo.

Pero los pibes crecían, entraban en la adolescencia, y lo primero que llamaba la atención era el cambio de voz, más gruesa, distinta, como de otra persona. Y esto se apreciaba al regresar a la escuela después de las vacaciones de verano para quienes cursaban el quinto o sexto grado. El desarrollo de los caracteres sexuales secundarios: la aparición de la barba y el bigote, los granitos en la cara, los pelos en los brazos y piernas, la mayor altura, provocaban situaciones jocosas para los amigos, y enojosas para el que había crecido.

Todo tipo de bromas, referidas a sus piernas peludas, no cubiertas por el pantalón corto, hasta que un día, de improviso, se ponía los pantalones largos y pasaba a otra categoría. Ya no era el pibe de ayer; ahora había un cambio de responsabilidad, aunque los reflejos fueran los mismos. Pagaba entrada de mayores en el cine. Se cerraba un mundo y se abría otro. Algunos, se iban preparando usando mamelucos u overoles, hasta saltar al traje de pantalón largo, día trascendental en la vida del joven adolescente, acompañado de todas las dudas, temores e incertidumbres, que lejos de abandonarlo se multiplicaban.

Al cumplir 15 o 16 años se vivía este importante episodio de la juventud masculina. Pero el mundo siguió andando. Los pibes comenzaron a usar pantalones largos exclusivamente, y crecieron sin experimentar el cambio de los cortos a los largos, lo que les ha evitado bromas y cargadas, muy comunes en el Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

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