El Buenos Aires que se fue

Blog en Monografias.com

 

Archivo de Noviembre, 2009

LA CALESITA

Un día cualquiera aparecía la calesita en el baldío de la esquina del barrio, después de haber sido transportada completamente desarmada. Un toldo como una lona de circo llena de remiendos no disimulados y unos colgajos de terciopelo muy gastado, que alguna vez fue rojo, colgaban a cada lado del armatoste central. Caballitos de madera, carritos de lechero sin los tarros y asientos despintados, alojaban a los pibes. Una luz mortecina proveniente de dos faroles a kerosene, constituían toda la iluminación.

El calesitero llegaba con su viejo matungo, caminando por la calle, junto a la vereda; lo ataba debajo de una cinta de hierro semicircular y luego vendándole los ojos para evitarle el mareo, comenzaba a arrastrar la calesita a paso regular, de acuerdo con la música que sonaba en el organillo, manejado por un pibe ubicado dentro del armatoste.

El sonido musical convocaba al piberío del barrio, dispuesto a disfrutar del nuevo entretenimiento que ayer no estaba. El calesitero enseñaba al caballo a golpes: un golpe en el anca para que iniciara la marcha junto con la música y un palazo en la cabeza o en el hocico para que se detuviera al sonar la última nota, hecho que motivaba la indignación de los pibes.

Ya ocupados todos los asientos disponibles, comenzaba el viaje, tras el andar cansino del matungo mientras los pibes más grandes, afirmados en los fierros verticales, hacían una y mil piruetas para sacar la sortija. La vuelta costaba 5 centavos, con una de premio para quien sacaba la sortija y alguna suplementaria, para el que se ingeniaba en cambiar de lugar sin ser observado, en el momento del cobro.

El calesitero usaba su picardía cuando se trepaba a la escalerita para manejar la pera de madera que alojaba la sortija. Guiaba la pera en el sentido que más le convenía a fin de que el premio lo sacara su elegido. Mientras seleccionaba al afortunado, le imprimía a la pera de madera un movimiento rápido y fuerte, capaz de lastimar la mano del postulante inoportuno. En cambio, una vez elegido el candidato, permitía que la pera girase suavemente hasta quedar exactamente en la mano del afortunado. Por un breve instante, el poseedor de la sortija observaba a sus compañeros y familiares con una mirada de triunfo, tras alcanzar la meta deseada, la sortija.

Con el tiempo el organillo fue reemplazado por una radio, que alternaba la emisión musical con avisos de propaganda y el informativo de noticias, o por un tocadiscos que pasaba casi siempre la misma grabación a tal punto, que era difícil saber si el resignado matungo se movía al son de la música o del ruido infernal provocado por la púa.

Pasó el tiempo, el caballo de ojos vendados con olor a sudor, fue reemplazado por un motorcito con olor a nafta. Los faroles de luz mortecina por guirnaldas de lamparitas eléctricas multicolores y la musiquita, por los últimos exitos del momento, pero ésa es otra historia. Mientras la calesita gire y ofrezca la codiciada pera de madera con la sortija, el hechizo infantil se renovará constantemente.

El barrio

LAS AMAS DE LECHE

Mientras los niveles más elevados de la sociedad recurrían al servicio doméstico para la crianza y educación de los hijos (gobernantas, niñeras, nodrizas, etc.), los estratos inferiores ofrecían su mano de obra y su cuerpo, como salida laboral, tal el caso de las nodrizas. Esto explica porque la reglamentación sanitaria física y mental de la sociedad, estuvo dirigida principalmente al servicio doméstico, los prostíbulos y los dispensarios de salud.

Se trataba de evitar en el caso del recién nacido, el contacto con toda persona ajena, foco potencial de contagio tuberculoso. El uso de fajas y corsets por razones de elegancia, eran los enemigos naturales de la lactancia materna. Por éstas y otras razones, tales como la carencia de medios de sustento, se generó una comercialización que llevó a muchas madres con hijos recién nacidos, a brindar sus servicios en otros hogares.

El fenómeno inmigratorio, predominantemente europeo, aumentó considerablemente el servicio doméstico: las cocineras eran italianas o francesas; las institutrices inglesas o francesas y las niñeras, italianas o españolas. Al finalizar la inmigración en 1920, comenzó la llegada de migrantes del interior, de Paraguay y  Bolivia, pero no fueron aceptadas y esto motivó que disminuyera el hábito de alimentación por parte de las nodrizas, siendo reemplazadas por la leche artificial.

La Ordenanza del Servicio Doméstico prohibía a toda ama criar más de un niño a la vez. El no cumplimiento de esta disposición implicaba una multa de 50 pesos o prisión. Entre los años 1885 y 1945, hubo agencias dedicadas específicamente a la colocación de amas de leche. Se priorizaba el origen como factor indicativo de calidad. La tarea de inspección era muy estricta y se descartaban a las postulantes que significaran un peligro para el niño, si estaban afectadas por tuberculosis, sífilis o mala higiene sumado a la falta del certificado provisto por la Asistencia Pública.

Los Lactarios eran los encargados de controlarlas exigiendo el certificado correspondiente. El examen realizado por dos profesionales en forma separada, incluía el estudio de la leche y de la sangre. Los lactarios municipales cumplían con la función social de extraer, conservar y distribuir leche de mujer y, de este modo, suprimir los perjuicios e inconvenientes sociales de la lactancia mercenaria. Incluso también reglaron la cotización de leche en el mercado, indicando las escalas de precios desde el máximo a la gratitud.

Al delegar la crianza de su propio hijo a otra nodriza no calificada llamada cuidadora, que se comprometía a alimentar con su leche a cambio de una remuneración mensual, lo habitual era que el niño recibiera una alimentación inadecuada lo que le provocaba un gran número de transtornos gastrointestinales, en muchos casos fatales.

Durante el año aparecían entre 200 y 400 avisos solicitando amas de leche, hasta que la aparición del Instituto de Puericultura y Dispensario de Lactantes, provocaron su desaparición; por tal razón, los diarios no publicaron más avisos que anunciaban:” Ama con abundante y buena leche, analizada, sola, buena presencia, dentadura perfecta, sana y robusta se ofrece, va al campo; sueldo de 60 a 70 pesos”.

Guy de Maupassant, considerado uno de los más grandes creadores del género cuento en el siglo XIX, es autor de “Idilio”. En este relato breve describe a un hombre, un labriego, y una mujer obesa que, sentados frente a frente, realizan una travesía por tren. La mujer está desesperada porque como ama de cría no puede estar un día sin dar leche. Cuando ya no puede resistir más el hombre se ofrece a ayudarla y, al igual que un infante, bebe generosamente. La mujer, agradecida, le dice:”Me ha hecho usted un gran favor. Se lo agradezco mucho señor”. La respuesta del hombre fue:”Soy yo quien le da las gracias, señora. ¡Llevaba dos días sin probar bocado!”.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 21.  9 Setiembre de 1998

La cuestión social

EL COLCHONERO

Los sueños, esos fantasmas nocturnos que se apoderan de nuestra mente, que nos transportan a lugares ignotos y nos contactan con seres queridos, no siempre ejercen un poder reparador; en más de una ocasión y después de una cena desproporcionada, una pesadilla nos despierta sobresaltados. De ahi que resulte fundamental, una vez finalizada la tarea diaria, disponer de un mullido colchón que permita obtener un descanso reconfortante.

El progreso ha perfeccionado las técnicas constructivas y existen diversas variedades de colchones. Los hay para todos los gustos y economías. Pero no siempre fue así. Hace muchos años, las calles porteñas vieron transitar por sus veredas a un personaje típico, comunmente un inmigrante, que se anunciaba al grito de: ¡colchonero!. Su llegada siempre era motivo de entretenimiento.

Excepto en los días lluviosos, se lo veía llegar generalmente vestido con camisa y pantalón gris, empujando la cardadora, un extraño armatoste de madera y hierro, mezcla de asiento y hamaca manual. Con una tijera o cortaplumas abría el colchón para trabajar la lana y provisto de tijeras, grandes agujas y piolín, el colchonero se ubicaba en el asiento y comenzaba su tarea colocando lana en el otro extremo del artefacto, mientras con la otra mano accionaba una especie de hamaca con manivela que se deslizaba sobre una superficie curva.

Ambos elementos poseían clavos permitiendo el cardado de la lana al despegar las fibras aplastadas o pegoteadas por acción del tiempo o por líquidos que de una u otra forma, habían penetrado en el colchón. La finalidad era restaurar la consistencia óptima para lograr un buen descanso. Después de un cierto tiempo de uso, la lana se amontonaba conformando una superficie despareja, irregular, en la que para acomodar la osamenta era necesario recurrir a juegos de malabarismo. Esa búsqueda del sitio y la posición adecuadas era una tarea a cumplir diariamente, la mayoría de las veces coronadas por el fracaso.

Esa era la razón de la convocatoria del colchonero que durante varias horas, a medida que progresaba en su  trabajo, quedaba envuelto en una nube de tierra y fibras de lana que cubrían todo el patio. Después de varias operaciones de cardado, era increíble comprobr la cantidad de tierra y abrojos esparcidos por todas partes.

El armado del colchón se llevaba a cabo en dos caballetes sobre los cuales se colocaba un enrejado de madera de mayor tamaño que el colchón. Una vez que la lana retomaba su aspecto natural, mediante el empleo de dos enormes agujas enhebradas con piolín, cada 15 o 20 centímetros, colocaba unos trozos de género en ambas superficies los cuales unía tensándolos y ajustando la lana lo que proporcionaba un aspecto mullido al colchón. No faltaba oportunidad en la que algún abrojo quedara mezclado con la lana y en algún momento hiciera su punzante aparición, lo que obligaba a llamar nuevamente al colchonero para que abriera la tela y eliminara la molestia.

En los colchones con resorte la tarea era más compleja porque el inconveniente se presentaba cuando con el uso, los resortes de alambre hacían su aparición impidiendo el descanso con las consecuencias imaginables, salvo que uno tuviera vocación de faquir. En los inquilinatos la llegada del colchonero era motivo de algarabía; sobraban voluntarios para accionar la manivela de la cardadora complicándole la vida al pobre hombre. Para realizar su tarea se colocaba un barbijo para evitar aspirar la tierra y la pelusa que se desprendían durante la primera parte de su labor.

Los chicos, una vez superada la primera etapa del trabajo perdían el interés retornando a sus juegos habituales. Entretando, las mujeres tomaban un hisopo que impregnaban en alcohol que luego encendían y pasaban por todo el elástico metálico. El objetivo era eliminar los molestos huéspedes, por lo general chinches, comunes en los inquilinatos y también en las casas de familia. Si el elástico era de madera, el hisopo lo impregnaban de aguarrrás o kerosene y luego de terminada la tarea, el olor que despendía el elástico daba la sensación de estar en un taller mecánico.

La llegada de colchones a base de espuma de nylon, terminó con esta profesión, ya que los comerciantes para imponer la nueva mercadería, por unos pocos pesos cambiaban el colchón de lana por el de nylon, haciendo un muy buen negocio porque la lana luego la vendían a un precio superior.

Y así, sepultado entre materiales sintéticos para nada saludables, especialmente en verano, este artesano  quedó registrado en la memoria nostálgica de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, REcuerdos y…algo más” .FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 36. 23 Diciembre de 1998

La casa

LA ESCUELA PRIMARIA

La escuela primaria comenzaba cursando el primer grado inferior. Todo un acontecimiento el de colocarse el guardapolvo blanco, planchado, almidonado y un gran moño azul con lunares blancos. Zapatos de cuero lustrado y una peinada impecable. Las niñas lucían un moño azul o blanco en su cabello. Así se salía pero al regreso, al guardapolvo le faltaba un botón, tenía manchas por todos lados y el moño estaba casi deshecho.

En los primeros meses no se usaba tinta; sólo se escribía con lápiz negro Faber N° 2, comenzando con los palotes y luego las letras. El libro de lectura “Campanita”, nos introducía en la maravillosa aventura de aprender a leer: “amo a mi mamá; mi mamá me ama”.

La cartera escolar era de cuero, delgado o grueso y alojaba los elementos imprescindibles para las tareas diarias, que se realizaban de lunes a sábados. Cuaderno borrador y cuaderno de clase; libro de lectura y Manual del Alumno; caja de útiles de madera donde guardábamos lápiz, lapicera con su pluma cucharita o cucharón, marca “Perry”; sacapuntas tradicional o aquel otro que usaba hojitas de afeitar ya utilizadas; compás, limpia plumas elaborado con recortes de género unidos con un botón central; goma de borrar para lápiz y tinta marca “Dos Banderas”; el block de dibujo “El Nene”, el papel glace y el papel secante. Pasta de pegar con su correspondiente pincelito; lápices de colores en cajas de 6 o 12 unidades.

Los varones íbamos peinados con gomina “Brancato” o en su defecto gomina casera: se compraba en la farmacia un sobre de goma tragacanto, se agregaba agua, se mezclaba y estaba lista para ser usada. Los varones concurrían con pantalón corto, zapatos negros o marrones y medias de tres cuartos. Las escuelas eran parecidas entre sí. Lo habitual eran 2 casas con su pared medianera demolida; aulas a ambos lados y en los patios, gran algarabía durante los recreos. En el segundo recreo, la Cooperadora nos ofrecía una factura o un pancito, acompañado en algunos establecimientos por el vaso de leche, que en nuestro caso, nunca conocimos.

Durante los recreos, los juegos con figuritas “Kelito”, “Starosta”, “Nestlé” o “Godet” eran nuestra pasión. Toda esa algarabía se detenía al sonar la campana. El portero era el encargado de hacerlo; al primer toque, silencio y al segundo, cada grado formaba frente al aula, para ingresar en forma ordenada. Nos alineábamos en 2 filas, estableciendo la distancia de un brazo extendido entre uno y otro.

Como los piojos en la cabeza siempre fueron problema, las maestras con dos lápices, nos revisaban la cabeza y a los portadores, se les indicaba que concurrieran con sus padres, a fin de informarles sobre la novedad; el examen de las uñas y de las rodillas, completaban la tarea.

La maestra pasaba lista y a la respuesta de “Presente”, nos parábamos para identificarnos. Los bancos del aula eran de madera, para dos alumnos, con un tintero de porcelana en el medio. El paso de los años se apreciaba en las innumerables marcas e inscripciones que tenía, dificultando muchas veces la escritura.

El pasaje del lápiz a la tinta era un acontecimiento especial: a partir de ese momento los dedos cambiaban de color y las manchas de tinta no nos abandonarían durante años, con el agregado de manchas en los cuadernos y en el guardapolvo. Ahí conocimos el valor agregado de la goma de borrar, el papel secante y el limpia plumas.

En el aula, las tareas asignadas a la lectura en voz alta y a los trabajos manuales, unido a las horas de ejrcicios físicos, siempre despertaban nuestro interés. Durante la semana de fiestas patrias, las aulas se adornaban con motivos alegóricos; inducidos por la maestra colaborábamos en su confección (en realidad nuestros padres) y el ayudante de la maestra era el Monitor, alumno seleccionado por sus condiciones, para secundarla en sus tareas.

El día de la fiesta, una de las maestras pronunciaba un discurso incomprensible e interminable. Todos lucíamos la escarapela en la zona izquierda del guardapolvo en el “sitio del corazón”. Al finalizar la reunión recibíamos un alfajor o una factura, obsequio de la Asociación Cooperadora. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 24. 11 Octubre de 1999

La educación

LA CENSURA EN EL TANGO

Durante el año 1943, comenzó la censura radiofónica para las letras de tango escritas en lunfardo o al “vesre”. Esta situación se acentuó con la llegada del gobierno militar a partir de junio de 1943. Estas modificaciones obligatorias en la difusión radiofónica del tango, provocaron la deformación de las letras y títulos que, con la intención de moralizar,se transformaron en una fábrica de disparates duplicando la letra original.

Ésta se podía escuchar en los clubes, cabarets y a veces en los discos. En cambio, la letra modificada sólo se escuchaba en la radio. A raiz de los cambios elaborados por los geniales funcionarios de turno, se desvirtuaba la idea original del autor.

La elevada cantidad de hombres llegados con la inmigración, impulsó la instalación oficial de prostíbulos con mujeres provenientes de Europa. Se agregaron lupanares, peringundines y salones de baile. El tango nació en el lupanar y creció junto con el lunfardo, lenguaje de ladrones que se aprendía desde la infancia y que se hablaba con toda naturalidad.

Esteban Celedonio Flores fue un gran poeta del lunfardo que escribió tangos memorables. Uno de ellos es “Mano a mano” cuya letra dice:

“Rechiflao en mi tristeza, hoy te evoco y veo que has sido

en mi pobre vida paria solo una buena mujer…”.     En la versión modificada el texto dice:

“Te recuerdo en mi tristeza y al final veo que has sido,

en mi existencia azarosa más que una buena mujer”.

El criterio discriminativo no tenía fundamento porque “rechiflado” no era ofensa y “pobre vida paria”, no era lunfardo. Esta disposición originó situaciones ridículas en el forzado cambio de títulos de los tangos. Por ejemplo “La maleva” pasó a ser “La mala”; “El ciruja” fue “El hurgador de basurales”; “Chiqué” fue “El elegante” y “El bulín de la calle Ayacuchoi” fue “Mi cuartito”.

Vicente Crisera, ex cantante de tangos, fue uno de los funcionarios responsables de estos cambios. En muchas oportunidades, la ignorancia de estas personas les hizo cometer errores groseros al considerar como lunfardos derivados correctos de otros idiomas.

El famoso tango “Sentimiento gaucho” de Francisco Canario y Juan Caruso es un claro ejemplo de modificación inútil de las estrofas originales. Mientras la versión original dice:

“Todo sucio, harapiento, una tarde encontré

a un borracho sentado en oscuro rincón”….

“La mujer que yo quería con todo mi corazón

se me ha ido tras un hombre que la supo seducir”, la versión modificada decía:

“Entre sombras de pena una noche encontré

a un paisano sentado en oscuro rincón”…

“La mujer que yo quería con todo mi corazón

se me ha ido tras un sueño que no pudo resistir”….

El Gral. Perón canceló la prohibición en 1947, permitiendo el uso del lunfardo. No existía un decreto que prohibiera las letras lunfardas. Había una orden verbal impartida a un responsable de Radio Comunicaciones, en la que se destacaba que los textos a difundirse por la radio, debían ser aprobados previamente por Radio Comunicaciones. Pero los inteligentes funcionarios nos dejaron esta lamentable experiencia en El Buenos Aires que se fue.

El tango

ENSAYO DE OSCURECIMIENTO

Durante la segunda guerra mundial se realizó en el año 1942 un ensayo de bombardeo nocturno en la ciudad de Buenos Aires. Los diarios y las radios informaron  e instruyeron a la población detalladamente sobre las precauciones a tomar, la mayoría de ellas destinadas a favorecer la máxima oscuridad. Las luces hogareñas, debían estar cubiertas por géneros oscuros o reemplazadas por lámparas rojas. No encender fósforos o encendedores para fumar. Se pintaron los faros de los automóviles de color negro y los paragolpes de blanco. En los edificios públicos, se señalaron las escaleras con pintura blanca para evitar accidentes.

El Comando de Defensa Antiaérea ubicó en el puerto Secciones de Artillería Antiaérea, poderosos proyectores y detectores de sonidos, para localizar a los aviones agresores. Los aviones atacantes despegaron desde la base de Punta Indio y bombardearon durante la noche, casillas de madera construidas en el puerto para ese fin. Como consecuencia, actuaron los bomberos, las cuadrillas sanitarias para atender a las supuestas víctimas y los servicios de seguridad y auxilio. Se trató en todo momento, de vivir la sensación de un combate verdadero. En otros puntos estratégicos de la ciudad, el bombardeo se realizó con pequeñas bolsas de harina. El oscurecimiento fue favorecido por una noche sin luna, con una iluminación nula. Sólo se veía por momentos, las luces de los reflectores explorando el cielo buscando aviones agresores.

Durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, sufrimos la escasez de neumáticos, hecho que originó el reciclado de las cubiertas llamado recauchutaje, y la aparición de una curiosidad, el colectivo DL DL, al que se le reemplazaron sus ruedas por un eje de tranvía, circulando por las vías. Hubo una sola línea y fue una novedad de corta duración.

La escasez de combustible originó la aparición de los Bonos de Racionamiento para la nafta, con una cuota fija mensual. Durante el invierno, para comprar  kerosene a 17 centavos el litro, se instalaban en los surtidores, largas colas desde temprano para conseguir 2 litros por persona, cuyo dstino eran las estufas. Fueron épocas de desabastecimiento y especulación, especialmente en la venta de papas y azúcar. En el mes de junio de 1945, cambió el sentido de la circulación, el denominado Cambio de Mano, ya que que la circulación era similar a la de Inglaterra.

La información sobre el desarrollo de la Segunda Guerra era trasmitida a la noche, por la BBC de Londres en versión española. La trasmisión era horrible; por momentos se interrumpía o se escuchaba en forma creciente o decreciente, hasta ser casi inaudible. Son Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

La ciudad

LA LANGOSTA

Tengo bien presente un episodio que viví en mi infancia, en la década del 30. Las casas en aquellos días, estaban construídas con gran generosidad de espacio y generalmente disponían de un jardín adelante y un pequeño terreno en el fondo. Una tarde de verano estábamos jugando con unos amigos y de pronto el cielo se oscureció. Casi sin tiemo para apartarnos, nos vimos envueltos en una nube de langostas.

La langosta era una plaga, especialmente para la gente del campo, ya que se comía una cosecha en menos de lo que se tarda en decirlo. Enormes mangas cubrían el cielo y durante horas y horas, una espesa cortina opaca se movía lentamente en el espacio ocultando el sol y cerrando todos los horizontes. Se las veía  y se las oía. Eran millones y millones que producían un sonido sordo que bajaba desde la altura. Cuando tomaban contacto con el suelo se escuchaba un ruido inconfundible: el de sus poderosas mandíbulas triturando toda la vegetación. Cuando la manga se alejaba el paisaje era desolador: no quedaba nada en varias leguas a la redonda.

En la ciudad comían hasta las desagradables hojas de los paraísos, sábanas y la ropa tendida que dejaban llenas de agujeros. La langosta desovaba y tiempo después nacía la cría, un insecto saltón que consolidaba el estrago provocado por sus antecesores. En el campo, los chacareros daban vuelta con sus azadas los agujeros de desove con el objeto de exponerlos al sol que era fatal para ellas.

En las casas los pibes golpeaban tachos y fuentones para espantarlas y evitar que se comieran los frutales, pero el éxito era relativo. Las matábamos a escobazos o pisándolas. Despedían un mal olor y en los gallineros las gallinas las comían a montones, con un resultado deplorable para quienes disfrutábamos de su producto: los huevos se tornaban rojos y el sabor era intolerable. En la ciudad de Buenos Aires se juntaban en los patios por montones acosando a cuanta planta decorativa o árbol frutal se encontrara en el fondo de la casa.

Elaborábamos un juguete con movimiento propio. Tomábamos hilo de coser de unos dos metros de largo y atábamos un extremo a una de las patas de la langosta; cuando ésta volaba corríamos detrás. De pronto perdía la pata y el juego se interrumpía, pero el ingenio superaba el inconveniente y atábamos el hilo a la otra pata, volvía a volar y el juego se reanudaba hasta que se perdía la segunda pata. Langosta sin patas, final del entretenimiento. Con la posguerra ingresaron nuevos insecticidas como el DDT y sus derivados que pusieron fin a esta plaga.

La casa

LOS CURSOS POR CORRESPONDENCIA

Los cursos por correo eran anunciados con frecuencia. Muchas organizaciones hacían publicidad en la mayoría de los medios de difusión gráfica y en las revistas de historietas. Lo importante es que enseñaban todo lo necesario para obtener buenos empleos, remunerados según el nivel y prestigio del trabajo.

Las Academias Pitman con 30 sucursales en el país eran la recomendación que no fallaba para los buenos empleos. Dictaba cursos completos en Dactilografía, Taquigrafía, Teneduría de Libros, Contabilidad, etc. Eran muy difundidos los cursos para aprender a bailar, promocionados por la Academia Gaeta, ubicada en Cangallo 1171. Angel Gaeta era el profesor bailarín, especialmente de tango, que durante muchos años mantuvo su anuncio en revistas y diarios de Buenos Aires.

Un tema siempre vigente a partir de 1930 fueron los cursos de Corte y Confección, en los que se aprendía a diseñar moldes en papel, para elaborar ropas femeninas o directamente la realización de vestidos. Fue la respuesta a un creciente requerimientos de jóvenes que finalizada la escuela primaria, obtenían formación que las habilitaba para trabajar en su domicilio; con la denominación de modista, trabajaban para sus clientas, las vecinas del barrio.

Aprender a ejecutar un instrumento estudiando por correo, fue un método frecuente para el estudio del bandoneón, la guitarra, el violín, el acordeón, etc. Había institutos especializados en un instrumento que incluso, enviaban los instrumentos sin cargo para el estudio.

Fueron muy populares las Escuelas Sudamericanas “La escuela por correo más grande del mundo”; especialidades tan diversas como Químico Industrial, Mecánico de Autos, Contador, Mecánico Dental, Idiomas, etc. se ofrecían a un costo que oscilaba entre 40 y 150 pesos.

La Asociación Radio Instituto tenía sus laboratorios en la calle Rivadavia 3192 y enseñaba la construcción y reparación de aparatos de radio. Los alumnos recibían todo el material indispensable para armar 26 receptores distintos. Al finalizar el curso, recibía en calidad de obsequio, el aparato de radio que había construído.

Muchos jóvenes se acercaron a estas instituciones buscando un medio de superar las estrecheces económicas. Sin importar la edad, cualquier persona en su casa y sin perder tiempo, podía aprender a dibujar toda clase de historietas, caricaturas y dibujo publicitario para ganar fama y dinero como lo promocionaban Institutos o Universidades Populares. Los alumnos recibían gratis el equipo de materiales necesarios que le permitían instalarse en su domicilio.  Pero si bien estas universidades no reunían las condiciones para tal denominación, fueron un faro de atracción para todos aquellos que procuraban adquirir conocimientos en forma sencilla, intentando una mejoría económica.

La ciudad

LOS FILETEADORES

Foto: Fileteado porteño. Gardel, por Luis Zorz. por Gustavo Lowry.

En la primera década del siglo, una característica típica de la ciudad de Buenos Aires la constituía la decoración de los carros y camiones. Las frases pintadas sobre los carros y camiones, reflejaban los pensamientos de la ocurrente filosofía popular. “Feliz Adan que no tuvo suegra”; “De ranas como vos tengo la sartén llena”, pero estas frases estaban rodeadas con unos atractivos filetes realizados por artistas a veces anónimos.

El antecedente obligado para acceder al fileteado era el de poseer estudios de dibujo y pintura. Aprender a preparar los colores elaborando pinturas con albayal o colores al óleo. Los filetes se nutrían con flores, dragones o diamantes. Vicente Brunetti fue el primer fileteador que tuvo Buenos Aires. A los 5 años llegó de Italia y 2 años después comenzó a trabajar en una fábrica de carros ubicada en la calle Paseo Colón. Junto a Cecilio Pascarella, inició el nuevo arte del fileteado decorando las cajas de los carros. La escritura de los nombres en los carros, motivó a Brunetti y Pascarella a pintar filetes y letras, con espigas de trigo, ornamentos y firuletes que sentaron las bases de este arte porteño.

El filete provenía de la gráfica de los billetes argentinos, de las mayólicas de los subterráneos, ornamentos, grafismos, y el uso de la letra gótica. Los fileteadores no eran muchos y desarrollaban su tarea con pintura y barniz fileteando carros, cajas de camiones, carros de lecheros, de verduleros, panaderos y a partir de la década del treinta, también colectivos.

Los carreros mostraban con orgullo sus carros fileteados. Era una exposición artesanal que en todo momento se manifestaba por las calles de Buenos Aires. El filete fue un arte amenazado que sufrió prohibiciones oficiales y que pasó desapercibido al convivir con la indiferencia de la gente.

Hoy ha reaparecido con fuerza renovada.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 10.  24 Junio de 1998.

La ciudad

LAS ESTUFAS

Los medios elegidos por los porteños para aliviar el frío fueron diversos, prácticos y útiles. Durante el invierno, el frío húmedo característico de estas latitudes, se combatía de diferentes maneras: estufas a leña fijas a la pared llamadas salamandras; fueron probablente las mejores por el calor que producían y la falta de humo y olor. También existían modelos portátiles pero con menor eficacia.

El clásico y peligroso brasero a carbón en un recipiente de hierro; las estufas de kerosene con forma de cilindro metálico, altas, delgadas, rematadas en su extremo superior por una base perforada, donde se colocaba un recipiente conteniendo agua y frutos de eucalipto, para humidificar y aromatizar el ambiente. Su base promocional era la ausencia de olor y humo, hecho que en la realidad no se cumplía, especialmente durante el encendido; ya sea porque la mecha estaba sucia o despareja, producía una cantidad de humo desagradable.

También se usaban las estufas a kerosene con velas de cerámica. En el proceso de encendido el mechero se calentaba con el denominado alcohol de quemar, que se vertía mediante una alcuza en una canaleta a los efectos de calentar el mechero; cuando se agotaba el alcohol se procedía al bombeo del kerosene para impulsarlo; con la temperatura adecuada encendía las velas y proporcionaba un confortable calor en un área localizada.

Pero había oportunidades en las que la temperatura de combustión no se alcanzaba, no se encendía y la humareda del kerosene era insoportable; puertas y ventanas se abrían de par en par con el consiguiente enfriamiento y vuelta a comenzar todo de nuevo. Cuando la llama languidecía, era necesario intensificar la presión del kerosene bombeando enérgicamente, procedimiento que se repetía constantemente.

Hace 50 años fueron comunes unas pantallas de metal en cuyo centro había una resistencia de alambre rodeando un corazón de cerámica; al paso de la electricidad se ponía al rojo e irradiaba calor en un área limitada. Las casas de departamento con calefacción central disponían de radiadores de hierro fundido dentro de los cuales circulaba agua caliente; brindaban una temperatura muy agradable.

Para calentar la cama, existían artefactos de cobre con el aspecto de una cacerola perforada en su parte superior, con un mango largo. Se llenaba con brasas de carbón encendido y se pasaba por las zonas de la cama que interesaba calentar.

Otros recurrían a la cásica bolsa de agua caliente o a la botella de ginebra llena de agua caliente. Ésta era de barro cocido y antes de colocar el agua se introducía un clavo de hierro a fin de “prevenir roturas”. Pero a veces se salía el tapón ocasionando un desbarajuste al mojar sábanas y colchón, o lo que era peor, provocar una quemadura importante.

Existía un método popular, casero y muy barato: calentar un ladrillo en la hornalla y luego envolverlo con papel y género a fin de colocarlo en la zona correspondiente de los pies. Y no nos olvidamos de un método muy usado, la estufa viviente: un gato arrollado que dormía justamente ahí, donde se colocaban los pies.

La casa

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda