El Buenos Aires que se fue

Blog en Monografias.com

 

Archivo de Octubre, 2009

EL AFILADOR

Enfundado en un guarapolvo gris empujaba una enorme rueda, al menos eso nos parecía, mientras anunciaba su presencia soplando una flauta de pan, un silbato de escalas ascendentes y descendentes, típico y característico, que lo identificaba desde lejos.

Las amas de casa interceptaban su camino llevando cuchillos, tijeras y paraguas. El afilador se detenía, ubicaba la rueda en posición de trabajo, apoyaba el pie sobre una barra de madera que accionaba una polea y ponía en marcha la piedra de afilar. Un receptáculo de lata con una canillita, dejaba caer gotas de agua sobre la piedra favoreciendo el afilado. Las chispas que se desprendían durante este proceso, nos mantenía como paralizados, observando el repetido procedimiento.

El afilado de los cuchillos los iba transformando en hojas cada vez más angostas y delgadas, pero con un filo de corte envidiable. El

Foto:  ( A. G. N. )

afilado de las tijeras se complementaba con una adaptación a la nueva situación. Las tijeras eran de origen alemán, de muy larga duración y el afilador usaba un martillo para acomodarlas al filo renovado.

Cuando llegaba a una carnicería, recibía 3 o 4 grandes cuchillos; en los almacenes, un cuchillo largo, utilizado para cortar el pan y el fiambre, y un cuchillo de hoja pequeña pero que cortaba más que un bisturí. Era el usado por el almacenero para deshuesar el jamón, una obra de arte realizada a ciegas,  orientado solamente por el tacto.

Pero el afilador también arreglaba paraguas; eran de origen inglés, con varillas de acero y tela de seda. Si era posible, la reparación la realizaba al instante, pero habitualmente, esta tarea la llevaba a cabo en su domicilio. En la década del 60, la máquina de afilar sufrió una transformación fundamental: se adaptó el mecanismo de trabajo sobre una bicicleta y el afilador dejó de empujar la enorme rueda para desplazarse pedaleando por las veredas de la gran ciudad.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más” FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 50. 31 Marzo de 1999

Personajes de la ciudad

EL ASALTO

Una reunión social habitual fue la denominada “el asalto”. Un grupo de estudiantes de la escuela secundaria organizaba una reunión danzante en la casa de uno de éllos pero respetando ciertas condiciones: los varones traían bebidas, las mujeres comestibles y el ocupante de la casa debía ignorar todos los preparativos previos, o sea que la casa era sorpresivamente invadida por un grupo de estudiantes de ambos sexos. La elección recaía en aquella casa que reunía las condiciones necesarias para asegurar el éxito de la reunión.

Un espacio adecuado para bailar, por lo común un patio o una terraza y una fuente musical proveniente de una victrola a cuerda, de un combinado o de un toca discos wincofón. Los discos de pasta de 78 revoluciones por minuto eran prestados por varios de los concurrentes. El horario de 21 a 3 horas se cumplía estrictamente. Se bailaba música sincopada de las grandes bandas como Tommy Dorsey, Harry James, Glenn Miller o Benny Goodman; música tropical ejecutada por Xavier Cugat, música melódica con Nat King Cole y uno que otro tango.

Los varones vestían de traje o saco y pantalón sport, pero siempre con corbata y zapatos bien lustrados. Las chicas con vestidos o conjuntos elegantes y peinados de peluquería. Los varones contribuían con bebidas gaseosas sin alcohol y excepcionalmente alguna cerveza. Las chicas llevaban empanadas, torta, masas, pasta frola, chips o sandwichwes de miga. Todo se hacía según acuerdo previo para evitar las repeticiones.

El baile se alternaba con diversos juegos con prendas o con premios. Así en el juego de la botella, se hacía una rueda, giraba la botella y se integraba una pareja que debía besarse o cumplir determinadas prendas. Otros juegos fueron el de la escoba: durante el baile, cuando el número de asistentes era impar, cambiaban de pareja todos a una señal emitida por el que sostenía la escoba. Se acumulaban prendas que debían ser cumplidas para bochorno de alguno y alegría de muchos.

Otro entretenimiento consistía en bailar con la pareja pasando debajo de una vara, que  se descendía 5 centímetros cada vez, lo que obligaba a ejercer extrañas contorsiones para poder superar el obstáculo. Cuando alguno de los visitantes ejecutaba un instrumento, por lo común piano o guitarra, se hacía un alto en el baile para escucharlo, acompañándolo en el canto un solista, o todo un coro improvisado.

Se decoraba con cotillón, se usaban matracas y pitos para aumentar el bullicio ya existente. Era un clima de sana diversión en donde siempre surgía más de una cita con la compañera de baile. Al día siguiente, un par de voluntarios regresaban para limpiar la casa, reubicar los mueblers y quitar las lonas que fueron usadas como techo.

Reuniones sociales

LAS MUJERES EN EL TANGO

El tango está asociado a la vida orillera, al conventillo, a los bailongos, al prostíbulo; un mundo de guapos, canfinfleros y prostitutas que caracterizaron el arrabal porteño. Tragedias, nostalgias y recuerdos que los porteños actuales no vivieron pero del que siempre hablan. Vamos a comentar brevemente quienes fueron algunas de las heroínas de tangos hoy famosos.

MALENA

Una de las versiones dice que Malena de Toledo (Elena Tortolero) fue la heroína de un tango perdurable. Nació en Argentina y era hija de un cónsul español con destino en Porto Alegre. Malena fue su nombre artístico ya que se dedicó al canto. Fue la esposa del cantante melódico Genaro Salinas a quien conoció en Cuba. En 1957, su esposo falleció en Caracas, en un accidente automovilístico. Posteriormente se dedicó a la representación de artistas rioplatenses. Falleció en Uruguay en 1960, a los 43 años de edad.

En 1941 Homero Manzi la escuchó cantar en un local nocturno de San Pablo, Brasil. Quedó impactado y escribió los versos del tango, que fueron musicalizados por Lucio Demare. La primera grabación correspondió a Aníbal Troilo con la voz de Fiorentino, un éxito no superado.

LA MOROCHA

Apenas comenzado el siglo XX, Enrique Saborido se desempeñaba como pianista en el Bar Reconquista, ubicado cerca del puerto de Buenos Aires. Allí conoció a la morocha Lola Sunchales de la que estaba profundamente entusiasmado, una bailarina uruguaya que le inspiró la música. La letra correspondió a Angel Villoldo.

En 1905 la Fragata Sarmiento realizó un viaje de instrucción, llevando mil ejemplares de la partitura del tango “La Morocha”, las que fueron distribuídas en cada uno de los puertos que tocó; incluso llegaron posteriormente a Asia y Australia, tranformándose en un embajador del tango por el mundo.

GRICEL

Fue el gran amor de José María Contursi quien compuso este tango en 1939. Una historia de desencuentros en varias etapas.  En 1934 Susana Gricel Viganó tenía 15 años y llegó a Buenos Aires, a visitar a la cantante Nelly Omar en Radio Stentor. Allí conoció a José María Contursi, a la sazón locutor de la emisora.

Cuatro años después, Contursi casado y con hijos, contrajo una enfermedad pulmonar  y realizó tratamiento de reposo en las sierras de Córdoba. En Capilla del Monte se reencontró con Gricel y comenzó el romance. Dos años de encuentros inquietantes, por sus repetidos viajes a Córdoba hasta su decisión de quedarse en Buenos Aires y no regresar, época en la que escribe el tango.

Pasaron los años, Contursi enviudó; estaba sin trabajo, deprimido y adicto al alcohol. Corría el año 1962. Se entera Gricel, también viuda, de esta situación y vuelve a Buenos Aires. El reencuentro culminó en matrimonio en 1967.

GRISETA

Enrique Delfino compuso este tango en 1924. Su nombre proviene del francés “grisette”, que quiere decir obrerita, porque vestían uniformes color gris. Pero también las costureritas y bordadoras recibían ese nombre por dejarse galantear muy fácilmente. La letra pertenece a José González Castillo y contiene mucghos términos en francés. En esa época Buenos Aires miraba a Francia, más específicamente a París. De Francia llegaba lo más novedoso en vicios y placeres y ” Griseta” nació representando a una mercadería destinada a ser milonguera en el mundo del cabaret, el alcohol y la cocaína.

MILONGUITA

Muchachitas del suburbio, que trabajaban en las fábricas y atraídas por las luces del centro, comenzaban una vida de lujo y placer, rodeada del cabaret, el tango e idilios truncos, que fatalmente conducían a la perdición.

Durante una recorida barrial de Enrique Delfino junto a Samuel Linning, de un corralón de la calle Chiclana salió una atractiva jovencita por lo que Linning dijo “Mirá esa Milonguita”. Ahí nació el nombre.

Parece que Milonguita, la pebeta más linda de Chiclana vivió en Buenos Aires con el nombre de María Esther Dalto y que a los 15 años falleció de meningitis tuberculosa. Que de su barrio humilde se fue al centro para trabajar en el cabaret Tabaris, en la calle Corrientes. El día que murió, el cabaret entornó sus puertas en señal de duelo.

El tango

EL MANISERO

El manisero fue un personaje muy popular. Eran en su mayoría inmigrantes italianos, que para ganar unos pocos centavos ofrecían su maní caliente al módico precio de 5 centavos. Una latita pequeña de conserva de tomate era la medida mínima para vender, que ayudada con la otra mano, agregaba algunos maníes más.

Los maníes los llevaban en un recipiente cilíndrico de latón, sostenido por una correa ancha de cuero que pasaba sobre su hombro. En uno de los costados, un pequeño receptáculo era utilizado para colocar los cucuruchos de papel de diario, envase exclusivo en donde depositaba los

maníes solicitados. En otras ocasiones, los colocaba directamente en el bolsillo del saco del cliente. En el otro extremo o en la base, había una especie de caja con un tubo chimenea. Era el hornito que alimentado con carbón o trozos de madera, mantenía caliente a los maníes, exhalando un aroma único e inconfundible.

Su clientela era fundamentalmente infantil. Se ubicaba estratégicamente cerca de las calesitas, a la salida de los colegios o en las plazas, especialmente en horas de la tarde, cuando la afluencia de pibes era más numerosa. Los días feriados, se ubicaba próximo a la salida de las canchas de fútbol o en las estaciones de ferrocarril. En los días de invierno, un cucurucho con el maní caliente, entibiaba las manos y se comía con placer.

“Manises calientes”, pregonaba el viejo manisero y completaba su anuncio soplando una corneta de metal que colgaba de su cuello, la que emitía un sonido característico e identificable. Era un llamado amable que motivaba a buscar o pedir una moneda para realizar la compra. Las mujeres que salían a comprarlo, tomaban su delantal con ambas manos y el manisero volcaba una medida repleta pero siempre con un agregado, la yapa.

Algunos maniseros que trabajaban en la zona céntrica de la ciudad, disponían de un hornito más sofisticado que semejaba una vieja locomotora pintada en colores vivos y echando humo por la chimenea. Estos maniseros no soplaban el cuerno de metal, sino que hacían sonar una campanita. A diferencia de los anteriores, no se desplazaban; disponían de un sitio fijo y también vendían manzanas acarameladas y pochoclo. Junto con el afilador y el barquillero, pertenecía a un grupo de personajes típicos que pusieron una nota pintoresca en las calles del Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”. FM 97.9 Radio Cultura.Emisión Nº 13. 15 Julio de 1998.

Personajes de la ciudad

LA CASITA

Más de 2 millones de inmigrantes anclaron en esta zona del Plata. Lo curioso fue que, por razones de trabajo, se ubicaron en su inmensa mayoría, en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires, que era mucho más pequeña de lo que conocemos actualmente. La absoluta falta de viviendas, fue uno de los factores determinantes de la superpoblación de los conventillos, casas colectivas de 30 a 50 habitaciones, suma de dormitorio, comedor y cocina, francamente inhumanos.

La aparición del tranvía fue factor de desequilibirio fundamental. La extensión de las vías por todo el ámbito de la Capital Federal y más allá de sus límites, brindó la posibilidad de acceder a nuevas opciones, como la de adquirir un terreno lejos del centro. Si la razón de vivir en el área que rodeaba a la Plaza de Mayo, era estar cerca de la fuente de trabajo, el tranvía permitió desplazarse desde el nuevo emplazamiento, abriendo múltiples espectativas.

El gremio de los rematadores tuvo mayor actividad. Se publicaban avisos que decían:” Gran remate para pobres en las inmediaciones de los mataderos nuevos, a pocas cuadras de Caseros. Lunch, cerveza y tranvía gratis”. A los efectos de atraer compradores, se realizaban carreras cuadreras y funciones de circo con teatros ambulantes. En los anuncios de remate podía leerse: “Barrio con vida propia, adoquinado, con tranvías y gas”. El estímulo era atractivo: sandwiches de chorizo, empanadas, vino, gaseosas de bolita y boletos de tranvía gratis.

Los rematadores ofrecían la compra de terrenos en cuotas mensuales durante muchos años, más los 5 mil ladrillos que se obsequiaban para la construcción. Se compraban lotes a razón de 1 peso la vara cuadrada. Las calles eran de tierra, adoquinadas o empedradas, estas últimas sobre tierra apisonada. Estos fueron factores decisivos para construir una vivienda básica, 2 habitaciones de 4 x 4 metros, cocina y baño, que unida a la fracción de terreno remanente, cambiaba fundamentalmente las condiciones de vida. De la falta de aire y luz dominantes en la pocilga del conventillo, se pasaba a una vida al aire libre.

Los fines de semana, la familia en pleno y algún amigo, se trasladaba al terrenito, a fin de levantar la casita con los ladrillos recibidos hasta que se producía el milagro. Una vez techada, abandonaban el conventillo. Los detalles de terminación llegarían más adelante o tal vez nunca, pero la calidad de vida había sufrido un cambio de 180 grados. Y el tranvía, con su boleto obrero de 5 centavos, facilitaba que el jefe del hogar y sus hijos mayores, se desplazaran a los sitios de trabajo con otras expectativas. El sueño de la casita propia se había concretado y fue la base del crecimiento para tantos inmigrantes que nutrieron con su esfuerzo a ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 16.   21 Abril de 1999

El barrio, La casa, La ciudad

LA BOTICA Y LA MEDICINA POPULAR

Mostradores, exhibidores y vitrinas europeas, integraban parte del mobiliario de la botica. Las vitrinas contenían frascos de vidrio color caramelo y tarros de porcelana prolijamente ubicados e individualizados con etiquetas grandes y textos en latín con letra gótica, donde se colocaban las drogas puras que desprendían olores  característicos.

El boticario elaboraba los remedios de acuerdo a las recetas magistrales. Eran raros los específicos como ocurre actualmente. Las recetas magistrales se copiaban en un enorme libro, donde quedaban registradas. El boticario preparaba los jarabes para la tos, las gotas antiespasmódicas, los sellos antiasmáticos, los papeles con calcio o los granulados de gusto agradable para los niños, productos siempre eficaces que contribuían a consolidar su imagen.

Cada visita al boticario significaba para los pibes recibir de obsequio, un pequeño cucurucho de papel conteniendo confites. Como contraste, en la botica se preparaba la Limonada de Roger y el Aceite de Castor, los purgantes por excelencia, así como también la venta del desagradable y siempre rechazado Aceite de Hígado de Bacalao, para prevenir el raquitismo. Eran productos sencillamente asquerosos que los pibes siempre rechazaron.

Los inquilinos de los conventillos aportaban conocimientos terapéuticos tradicionales provenientes de sus países de origen. Remedios comunes de esa época hoy desconocidos, formaban parte de los tratamientos habituales tales como las cataplasmas para “ablandar el catarro”. Eran paños que contenían una pasta caliente de harina de lino o de mostaza, colocados en el pecho y la espalda por la madre o la abuela. El calor a veces exagerado, fue culpable de quemaduras crónicas, difíciles de curar.

Grasa caliente de gallina, en un pañuelo de seda para colocar en el cuello cuando se padecía de angina. Té de hoja de parra para los dolores menstruales. Té de ruda o un macerado de semillas de zapallo para las lombrices intestinales(oxiuros); frotaciones de alcohol en el abdomen para el dolor de estómago. Respirar el humo de las locomotoras para mejorar la tos convulsa (coqueluche).

Para tratar el “estómago caído” se sentaba al paciente en el piso con los brazos levantados, se lo abrazaba desde atras comprimiendo y elevando su estómago. Los gritos se oían desde 200 metros pero el estómago no modificaba su posición. Al “resfrío de sol” se lo trataba colocando un vaso con agua invertido sobre la cabeza. Para fortalecer a los niños, se les obligaba a tragar una yema de huevo cruda batida con vino oporto en ayunas, todas las mañanas; un suplicio asqueroso. Para el dolor de muelas, en el campo se ataba un sapo sobre la cara, apoyando la panza; en la ciudad se acostumbraba colocar un clavo de olor dentro la muela (eugenol).

Para los orzuelos, se frotaba un anillo de oro y se lo tocaba cuando aumentaba la temperatura. Eran comunes los baños de asiento con caldo de hojas de malva para problemas urinarios. La untura blanca era una mezcla de leche con trementina elaborada por el boticario, que no faltaba en los hogares; se empleaba en forma de fricciones en el pecho y espalda para sanar catarros y afecciones bronquiales.

Los baños de pies con mostaza en polvo, llamados pediluvios, eran indicados con fines descongestivos para bajar la fiebre y se hacían en un tacho de latón. En esa época, el uso de las ventosas era frecuente para “descongestionar los pulmones”; eran unos recipientes de vidrio con forma de lamparilla eléctrica que se colocaban en la espalda mediante el hisopado de un algodón impregnado en alcohol y encendido; al ser aplicado sobre la piel, la combustión del alcohol dentro de la ventosa producía el vacío, provocando la adhesión con absoluta firmeza. También se usaba la vaselina mentolada para destapar las fosas nasales.

Con mucha frecuencia se indicaban los fomentos calientes: trapos de lana que habían pertenecido a un pullover o camiseta, calentados con una plancha, que se colocaban en el pecho y espalda.

Un producto muy utilizado era el alcanfor, unas pastillas rectangulares, incoloras y de olor muy penetrante, al que se le atribuían propiedades protectoras contra las infecciones respiratorias. Se colocaba dentro de una bolsita de género de algodón y se ataba al cuello; despejaba las vías respiratorias provocando una sensación de bienestar. Se lo consideraba un protector de la salud infantil y la bolsita se quitaba cuando el alcanfor se evaporaba completamente. Eran épocas de resfríos, catarros, gripes y neumonías, muchas veces mortales; no existían los antibióticos. El alcanfor y el invierno porteño constituyeron una combinación infaltable en el Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”, FM 97.9. Emisión Nº 13.    27 Julio de 1999

El barrio

LAS TARDES DE FÚTBOL

Los hombres asistían a la cancha de fútbol con traje, corbata y sombrero. Las mujeres se destacabaan por los colores de su vestimenta. Era fácil identificarlas en la cancha porque el colorido de los atuendos era un chispazo en medio del gris amarronado predominante en el resto de las tribunas. Los pibes también vestían decorosamente.

Llegar al estadio era como ir a una fiesta, a pesar de lo cual las discusiones, trompadas y forcejeos no faltaban casi nunca. Poco antes de iniciarse el partido de primera división, llegaba la policía con sus perros adiestrados, junto con la brigada lanza gases, que siempre eran recibidos con una silbatina general.

La entrada de los equipos a la cancha, motivaba que algunos pibes, saltando de las tribunas o superando los alambrados, se acercaran a sus héroes para participar de la fotografía de rutina, previa al partido. Solía ocurrir que el cuidador de la cancha acompañado por un par de perros ovejeros, los largara para que persiguieran a estos pibes que, ante la amenaza canina, invariablemente regresaban a la tribuna.

Eran épocas en las que no había radio portátil. La única forma de conocer los resultados de la jornada en las otras canchas, eran mediante el tablero Alumni. En el sitio más visible de la cancha existía un tablero con chapas intercambiables de colores rojo, azul, amarillo, etc. donde figuraban letras y números. La letra identificaba el equipo y el número al resultado. Tenían un significado bien definido. Era la clave Alumni, cuyo manejo se hacía a través de la Revista Alumni, que contenía todos los significados de las letras y colores; costaba 10 centavos y era el único medio para seguir los partidos en cada cancha. Pero un día apareció la radio portátil Spica y el tablero y la revista Alumni, dejaron de existir.

La Voz del Estadio se llamaba la transmisión local que por los altoparlantes informaba la constitución de los equipos y el nombre del referí, pero también anunciaba la presencia en la cabina de transmisión, de algún niño extraviado, o solicitaba al conductor de un determinado vehículo que lo había dejado estacionado en un sitio prohibido, o con las luces encendidas. Alguna vez escuchamos “en el automóvil chapa xxx sale humo, parece que se está incendiando”. También se oían tandas publicitarias que incluían a Geniol, pilotos Aguamar, Pulmosán, etc.

Dentro del estadio los vendedores ambulantes, a expensas de una buena gimnasia de subir y bajar escaleras, vendían vasos de Toddy caliente a 10 centavos, caramelos alpinos, masticables “chuenga”, helados, sandwiches y bebidas gaseosas. Pero a la salida de la cancha había otras ofertas tales como “la pizza de cancha”, esa rueda enorme y chata con tomates y anchoas; empanadas Rey y Rivadavia, de carne o dulce de membrillo; sandwiches de chorizo, gaseosas como el Naranjín, Naranja Bilz, o Crush, o Tónica Cunnington.

Los jugadores no se concentraban, salvo excepciones. Entrenaban dos veces por semana y alternaban el fútbol con su trabajo. No eran épocas de contratos millonarios ni estrellas devotos de los medios de difusión. Eran más humildes y quedaron en la historia del fútbol como estrellas indiscutibles.

Mencionamos también a los populares relatores deportivos, como Lalo Pelliciari en Radio Mitre; Fioravanti en Radio Splendid; Washington Rivera en Radio Rivadavia, Alfredo Aróstegui, Luis Elías Sojit.

Y los comentaristas como Enzo Ardigó, Ricardo Lorenzo “Borocotó”, Félix D. Frascara, Edmundo Campagnale, etc.

Los juegos

LA PLAZA

La plaza con sus encantos y atractivos era un paso obligatorio en la vida de los pibes. Generalmente dividida en dos sectores: uno para los adultos y otro, el sector de los juegos, para pibes de todas las edades en donde el tobogán, era sin duda el preferido. Se empleaban todas las formas posibles para ascender: por la escalera, de frente o de espaldas; por la rampa de descenso o trepando por los caños de sostén.

Las hamacas y el sube y baja le seguían en orden de importancia. En las hamacas, sentados algunas veces pero frecuentemente parados, competían para lograr la máxima altura con cada envión. En el sube y baja, sentados en forma individual o por parejas o bien, caminando para inclinarlo alternativamente hacia uno y otro lado. De acuerdo con la edad eran las modalidades del juego.

En el pasamanos se demostraban las habilidades para caminar con las manos o con los pies, intentando todo tipo de malabarismo y algo similar, ocurría con las dos argollas donde se desarrollaban figuras acrobáticas, salvo que se requería de la asistencia de un adulto para alcanzarlas, debido a la altura que estaban ubicadas.

Una pequeña calesita a tracción manual, en la que se ubicaban 4 a 6 pibes, era otra de las atracciones en la que se alternaban los encargados de hacerla girar.

Una serie de personajes infaltables y característicos desfilaban a diario por la plaza: el manisero que soplaba una corneta de metal anunciando su clásica mercancía, caliente y aromática. El barquillero vestido con un guardapolvo gris y gorra del mismo color, llegaba a la plaza transportando un recipiente cilíndrico de un metro de altura aproximadamente, coronado por una tapa con una ruleta, en la que muchos números uno, alternaban con escasos números dos al seis. Anunciaba su presencia golpeando un triángulo de hierro mientras voceaba la mercancía. Los pibes se acercaban a probar su suerte haciendo girar la ruleta previo pago de 5 centavos.

También estaba el pirulinero con su extraña carga de caramelos puntiagudos y multicolores, alguno de los cuales eran portadores de un premio consistente en 2 o 3 caramelos por el mismo  precio de 5 centavos. El vendedor de manzanas, higos secos y pochoclo (palomitas), llegaba en su carro triciclo de color blanco haciendo sonar su campana. El vendedor de globos y molinetes, siempre asediado, y el vendedor de turrón japonés quien al anuncio de “otro que tire, otro que tire”, también ofrecía premios girando una ruleta de burda construcción.

Pretender jugar al fútbol era un imposible, porque donde había pasto estaba prohibido pisarlo. Estaba escrito en unos carteles de madera color negro con letras blancas:”Prohibido pisar el césped”. Era una orden respetada y reafirmada por el guardián, cada vez que era necesario.

En una de las esquinas se encontraba la casa del guardián, personaje odiado y respetado a la vez. Era un galpón subterráneo, cubierto por el pasto al que se accedía por una rampa descendente. Allí guardaba sus herramientas de trabajo y riego. Picos, azadas, palas, horquillas, guadañas y baldes constituían los elementos básicos para el trabajo cotidiano, que se realizaba en horas de la mañana. El riego lo efectuaba con una manguera de grueso calibre, de color rojo. Vestía uniforme color negro y gorra del mismo color, y era el encargado de mantener impecable el césped, los canteros, el orden y los buenos modales, con la ayuda de un silbato estridente.

Al bebedero concurrían los adultos, los pibes, las palomas y los gorriones. Era el punto de reunión de todos y en numerosas ocasiones, los chorros de agua provocados por los pibes en sus jugarretas, mojaban a más de un distraído que caminaba por las cercanías. No faltaba la calesita, movida por un caballo viejo, cansado y aburrido pero ése, es otro capítulo del Buenos Aires que se fue.

Fuente:”Tango y Cultura Porteña”, FM 97.9 Radio Cultura.  Emisión Nº 10. 6 Julio de 1999.

El barrio

EL PATIO DEL FONDO

Más allá de la cocina, el baño principal y el baño de servicio de la casa chorizo, se encontraba el fondo, el sitio más frecuentado de la casa, con piso de baldosas coloradas. La pared del fondo era la medianera que nos separaba del conventillo. Sus ladrillos desparejos, contenían muchos escondrijos para las arañas, cuyas telas destruíamos casi a diario. Pero esta pared también era útil para treparnos y curiosear lo que ocurría en el conventillo, a riesgo de caernos y fracturarnos un hueso.

La pared estaba parcialmente cubierta por un jazmín del país, cuya fragancia era mayor por la noche. Había un árbol de nísperos que trepábamos cada vez que la pelota quedaba en el techo del gallinero. Éste tenía media docena de gallinas, entre batarazas y Leghorn con su gallo, vigilante y orgulloso de su harem. El gallo batía las alas y cantaba puntualmente a la medianoche y a las seis de la mañana. En el gallinero había dos nidos para los huevos, que visitábamos a diario luego que las ponedoras lo anunciaban con sus cacareos interminables. Nos daba la posibilidad de disponer de un par de huevos frescos por día.

De una de las ramas del níspero pendía una cadena rematada en una gran argolla metálica donde vivía un loro parlanchín. Un jaulón ubicado en un rincón, albergaba a canarios, un cardenal, mixtos, jilgueros y un Rey del Bosque; colocábamos la mano dentro del jaulón con el dorso para arriba y el Rey del Bosque se posaba por un instante.

El fondo era el sitio donde se encontraban las sogas italianas para colgar la ropa, utilizadas a distintas horas del día pero siempre ocupadas, especialmente en los días húmedos. Una escalera metálica finalizaba en una plataforma que conducía a una pieza ubicada en lo alto. Desde esa plataforma, se veía parcialmente el primer piso del conventillo, con sus cocinas y habitaciones. En nuestros juegos infantiles usábamos un espejito de mano, muy comunes en la época, para iluminar los ambientes del conventillo que estaban a la vista, hasta que uno de los moradores se encargaba de recordarnos rudamente que eran juegos molestos.

Un enrejado de madera pintado de verde, separaba parcialmente el patio del fondo del segundo patio. La cocina grande daba al segundo patio y estaba ubicada a unos 25 metros de nuestra habitación. En los fríos días de invierno o de lluvia, llegar o salir de la cocina era siempre incómodp. Tenía una hornalla de material con tres bocas. A las siete de la mañana se encendía el fuego en una de ellas con astillas de madera provenientes de cajones de fruta, carbón y un chorro de querosen. Nuestra madre preparaba el desayuno mientras nos desperezábamos, pero regresaba rápidamente para impedir que nos durmiéramos nuevamente. El desayuno se servía en una mesa de pino cubierta con un mantel de hule a cuadros. Desayunábamos todos, padre, madre y hermanos, con café con leche, pan y manteca Dairyco. A veces se recurría al calentador “Primus” para calentar la leche; pero por descuido, la leche al hervir se derramaba obstruyendo el orificio del mechero y apagaba el calentador provocando una humareda infernal.

El patio y el baño eran sitios compartidos por los habitantes de esas habitaciones de cuatro por cuatro, unas diez a doce personas que constituían una suma de voluntades solidarias, siempre dispuestas a colaborar ante el menor inconveniente. En las noches de verano, el fondo reunía algunos de esos vecinos que comentaban los hechos cotidianos, tomando mate o fumando la pipa, un toscano o un cigarrillo. Se compartían las penas y las alegrías de esa familia sin parentescos. Cuando todos se iban a dormir, el fondo se tornaba silencioso, hasta que el gallo nos recordaba que era la medianoche o que pronto estaría amaneciendo.

La casa

ESTAMPAS DEL BUENOS AIRES QUE SE FUE

Al comenzar el Siglo XX eran frecuentes los robos a los inmigrantes recién llegados al puerto de Buenos Aires. Algo similar ocurría en las estaciones de ferrocarriles con la gente del interior, apenas llegaban a la ciudad. Una diversidad de personajes y costumbres que han desaparecido de Buenos Aires integran esta nota.

EL HOMBRE DE LA VÍBORA

Provisto de una víbora, una culebra inofensiva colocada en el cuello o dentro de una valija, este personaje se ubicaba en una esquina o en una plaza, donde anunciaba las virtudes de un pela papas, que permitía cortar una papa rápidamente en rebanadas finas y gruesas. De pronto, abría la valija, sacaba la víbora interrumpiendo su sueño y colocándola en el suelo, reclamaba a la gente que se alejara un poco, a fin de evitar que pisaran a la víbora.

Otras veces anunciaba un quitamanchas infalible, que hacía desaparecer cualquier tipo de mancha. Y procedía a mostrar un trapo inmundo, lleno de manchas, que utilizaba como muestra de las bondades del maravilloso quitamanchas, que en menos tiempo que el que se necesitaba para decirlo, era capaz de borrar la mancha más rebelde.

CONTRASEÑA

Fue un rebusque durante mucho tiempo, para disfrutar casi el cincuenta por ciento de un espectáculo o un baile. Los cines daban habitualmente tres o cuatro películas. Eran de duración más corta y había sólo dos secciones: tarde y noche. En los intervalos, al salir de la sala, fuera para fumar o comprar una golosina, se entregaba la contraseña.

Era una cartulina pequeña con una clave escrita que identificaba la función de ese día. Cuando por cualquier circunstancia uno se retiraba del cine, fatalmente se encontraba con un pibe o un muchacho que le decía:¿me da la contraseña?, lo que permitía ver una o dos películas. Algo similar ocurría en las reuniones danzantes, especialmente en los clubes.

Cuando uno se retiraba solicitaba la contraseña, lo que permitía el regreso al baile. Esta circunstancia que dó registrada en el tango “Bailarín de contraseña”. Esta modalidad fue usufructuada por muchos secos y otros no tanto, que sin desembolsar un centavo, podían disfrutar de un par de películas o una hora de baile. Pero en esa época se iba al cine con saco y a los bailes con saco y corbata. La ausencia del saco impedía la entrada automáticamente.

ENCENDEDOR DE LUCES

Eran épocas en las que la célula fotoeléctrica no se utilizaba. Un poco antes del anochecer, un hombre caminaba apresuradamente, deteniéndose en los postes de electricidad, donde procedía a encender las luces de la calle. Era un recorrido sistemático que posibilitaba el alumbrado de las calles, a la hora adecuada.

El mismo recorrido se efectuaba al día siguiente, apagando todos los focos. Con lluvia, con frío, con calor, no importaban las condiciones climáticas para este reemplazante del viejo farolero encargado de encender los faroles a gas. Este farolero eléctrico fue personaje indispensable hasta la instalación del sistema de células fotoeléctricas: las luces se encendían en forma automática de acuerdo a la intensidad lumínica, sin importar la hora.

LOS NIÑOS CANTORES

El sorteo de la Lotería Nacional se realizaba una vez por semana y se caracterizaba porque brindaban los mayores premios semanales, que se acrecentaban en el sorteo de Navidad, el más importante del año, seguido por los de Año Nuevo y Reyes.

El sorteo de Navidad era el más difundido, porque permitía que algunos favorecidos pasaran a la categoría de “nuevos ricos”. Los sorteos se realizaban con la participación de tres adolescentes, llamados Niños Cantores. Estaban encargados de extraer las bolillas de los números y de los premios correspondientes.

El restante, las acomodaba ordenadamente en un tablero especial. A partir del famoso fraude del año 1941, los Niños Cantores fueron reemplazados por boy-scouts, siempre del sexo masculino. Posteriormente, los equipos de Niños Cantores fueron mixtos.

PELADOR DE POLLOS

En los mercados, los pollos se vendían vivos o a requerimiento del comprador, se los mataba en el acto y se les sacaban las plumas. Esta tarea estaba a cargo del pelador de pollos, un individuo que había pasado por la cárcel por delitos menores y que encontraba en esa tarea, una posibilidad de rehabilitación.

Sentado den un banco con las piernas cubiertas por una lona, pelaba el pollo tirando las plumas en un tacho de latón, ubicado entre sus pies. Era una tarea realizada con habilidad y rapidez. Estuvieron vigentes en los mercados durante todo el tiempo que las aves eran elegidas por los clientes en las jaulas, y no se llevaban vivas al domicilio.

MANTENIMIENTO DEL MEDIDOR DE GAS

La Compañía Primitiva de Gas era una empresa inglesa que se ocupó de abastecer de gas a la ciudad de Buenos Aires hasta la década del cuarenta. En todas aquellas casas que recibían el fluído, había un medidor generalmente ubicado en el zaguán.

Un par de veces al mes, un empleado de uniforme oscuro con gorra del mismo tono, visitaba los domicilios provisto de una especie de regadera mediana conteniendo agua y de un balde con manija. Su trabajo consistía en renovar el agua del medidor, extrayendo primero el agua remanente impregnada de un profundo olor al gas en uso y luego, con la regadera colocaba el agua faltante hasta alcanzar el nivel correcto.

EL QUINIELERO

La quiniela es un juego de apuestas que estaba prohibido y muy difundido. Todo el mundo conocía al quinielero y su sede de trabajo, que podía ser en cualquier sitio. El quinielero, artista del lá`piz, recogía las apuestas que se le solicitaban, en cualquier papel, siempre que se las hubieran pagado previamente. No se jugaba “de ojito”. Se le entregaban papeles pequeños donde figuraba el número jugado.

A los ganadores les pagaba lo que les correspondía. Pero a veces los jugadores insistían con el mismo número que si salía premiado, era motivo para la desaparición del quinielero, ante la imposibilidadd de hacer frente a los gastos originados por los repetidos aciertos de ese día. Después de un tiempo prudencial, reaparecía para continuar con las mismas características.

Era una tarea ejercida bajo el riesgo permanente de ser descubierto “in fraganti” por la policía, en cuyo caso, muchos hacían desaparecer los papelitos tragándoselos. Y también es cierto que el representante de la autoridad colocaba su mano en uno de los bolsillos del quinielero “sacando” dos o tres papelitos que casualmente, no se había tragado, pruebas que lo llevaban a la comisaría, de la cual salía al poco tiempo. La popularidad de los quinieleros fue dominante hasta la oficialización del juego.

La ciudad

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda

film izle Home Design Spielaffe sesso video giochi