El Buenos Aires que se fue

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EL CASORIO

Las ceremonias de los casamientos los viernes y sábados por la noche, siempre fueron un foco de atracción popular. Muchas niñas y quienes habían dejado de serlo iban a la iglesia “a ver casamientos”. Muchos llegaban media hora antes, a fin de ocupar los asientos delanteros, a medida que se desocupaban al finalizar los casamientos previos.

Generalmente se casaba gente del barrio y los curiosos, solían conocer todo el pedigree de los contrayentes y más, si eran amigos. Infidencias de la modista que cosió el traje de la novia, comentarios del novio desplazado o de la noviecita despechada, provocaban aglomeraciones en la puerta de la iglesia.

Pero no era la única motivación, porque buena cantidad de pibes, que no conocían al novio ni a la novia, estaban presentes, esperando el momento de la finalización de la ceremonia nupcial. Sólo les interesaba la aparición de la novia; ése era el anuncio porque cuando detrás de la novia aparecían los padrinos, todos al unísono comenzaban a gritar “padrino pelao, padrino pelao”. Entonces el padrino, llevaba la mano al bolsillo del saco, sacaba un puñado de monedas pequeñas de 1, 2 y 5 centavos y las arrojaba alternativamente a derecha e izquierda. Que desbarajuste se armaba, porque los pibes se tiraban de cabeza a recoger los centavos, con  peleas incluidas. Era uno de los momentos característicos del final de la ceremonia.

Un personaje infaltable era el fotógrafo. Como no existía el flash electrónico, se iluminaba cada foto mediante el uso de magnesio. Se lo colocaba en un dispositivo de metal accionado con un resorte, que provocaba una chispa al encenderlo. Entonces se producía una explosión con una humareda descomunal que se extendía por toda la iglesia; y así sucesivamente con cada foto. A veces el dispositivo fallaba y entonces no había explosión, no había luz, no había humo y por lo tanto no había foto.

Una práctica común era la de colarse(1) en los casorios. Los adolescentes se empilchaban(2) lo mejor que podían, una peinada a la gomina(3) y unos zapatos muy bien lustrados, eran como una contraseña para entrar a la fiesta. Casualmente o habitualmente, no conocían a nadie. Si conocían a alguna persona, eso no garantizaba la entrada porque alguien relacionado con la casa, impedía la entrada de los desconocidos. A los colados bien vestidos les iba bien.

En el casorio se comía y se bebía y además, existía la posibilidad de bailar y hacer un levante(4). ¡Cuántos matrimonios surgieron por una colada al casorio! La música provenía de una victrola a manija o de un conjunto musical integrado por violín, uno o dos bandoneones y batería. El conjunto se encargaba de amenizar la velada interpretando tangos, pasodobles, rancheras, valses y foxtrots.

Todos desfilaban por el sitio de los regalos, relojeando con aire distraido, donde estaba ubicado el de cada uno. Nadie concurría sin llevar un regalo. El más costoso solía ser el del padrino: un cheque con una suma atractiva o en blanco, pero sin firma. A las 12 de la noche, los novios se retiraban a pasar su noche de bodas, seguido de un viaje a la costa, a las sierras de Córdoba o a ningún lado. Eran tiempos difíciles.

Reuniones sociales

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Comentarios

Una respuesta a “EL CASORIO”
  1. julio c valdez a dice:

    ¡Què bien escribes, Carlos Emilio! No sòlo “pintas” tus recuerdos, sino que vas sugiriendo cosas para nuestra imaginaciòn, lo que nos hace participar màs en tus relatos. Por ejemplo: “…Infidencias de la modista que cosió el traje de la novia, comentarios del novio desplazado o de la noviecita despechada, provocaban aglomeraciones en la puerta de la iglesia”… Nos haces viajar en el tiempo y en el espacio a los que no hemos vivido de primera mano estos momentos. Gracias…



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