El Buenos Aires que se fue

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EL PICNIC DEL 21

El 21 de setiembre era un día excepcional. Al menos así lo sentíamos quienes éramos estudiantes. Era un día tradicionalmente festejado en la ciudad de Buenos Aires por diversos grupos. Por ser el Día del Estudiante, se organizaban excursiones a fin de acampar en los lagos de palermo o en el gran Buenos Aires.

Grupos de chicos y chicas, cargados con alimentos, bebidas y los elementos necesarios para bailar, es decir una victrola a cuerda y los pesados discos de pasta de 78 RPM, salían al amanecer o muy poco después al lugar del encuentro, para desde allí, concurrir al sitio elegido para el picnic. Generalmente el tiempo acompañaba, para que el día coincidiera en una combinación de entusiasmo y alegría desbordantes.

Los trenes iban repletos de adolescentes, que curiosamente, usaban ropas de colores subidos, como para destacarse más aún en ese día. Desde el comienzo, un clima de sana alegría, matizado con bromas, carcajadas, anécdotas graciosas y cantos, eran motivo suficiente para estar dispuestos a disfrutar el día. Ya sea con las chicas que nos acompañaban o las que se encontraban en los distintos picnics, un clima alegre de camaradería se imponía desde el principio.

El día era distinto, con la mejor predisposición de todos. Juegos diversos, alimentos y bebidas compartidos; bailes en el pasto al compás de las grabaciones reproducidas por una victrola, cuya cuerda sólo tenía duración para una canción. Cada 3 minutos alguien debía ocuparse de girar la manija para disfrutar una nueva versión o repetir la anterior. Los discos eran frágiles y a causa de descuidos o imprudencias, siempre gregresaban menos discos de los que se llevaron. Era un costo previsto.

Siempre se tejía el gran romance, fugaz a veces, de larga duración en otras, pero lo cierto es que con o sin romance, el picnic del 21 se prolongaba en uno de los clásicos bailes estudiantiles, a la semana siguiente, como un complemento más formal frente a la algarabía del 21. Y el 22 se regresaba al colegio y no faltaba el profesor que intentaba calificar. De improviso decía “saquen una hoja porque tomaré una prueba”. Actuaba de la peor forma en el momento menos indicado. Esos “profesores” nunca tuvieron éxito con actitudes tan antipáticas, porque nadie les escribió un renglón.

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