El Buenos Aires que se fue

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LA FERIA

Foto: Archivo “La Nación”

De la noche a la mañana se instalaba la feria. Durante la noche, entre las 20 y las 22 horas, llegaba una chata tirada por 2 caballos percherones, perteneciente a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, totalmente cargada de fierros. Una vez descargados, procedían al armado del esqueleto de los distintos puestos de la Feria. Se ubicaba en una calle cortada o frente a una plaza, en una calle donde el tránsito se interrumpía.

A la mañana siguiente, se completaba el armado a las 5 de la mañana; muy temprano, llegaban los puesteros con sus mercaderías y comenzaba la tarea de 7 a 13 horas. El atractivo era la venta de productos frescos y a un precio algo menor que en el mercado, el almacén o la carnicería.

No había congeladoras ni heladeras eléctricas. Los productos llamados perecederos debían consumirse rápidamente, dentro de las 24 horas, o ser cocinados para una conservación algo más prolongada. Puestos de carne de vacuno, de cerdo, de cordero, de aves: gallinas, patos y pavos. Las gallinas eran sacrificadas en el acto y se vendían enteras o fraccionadas. Los puestos de pescado fresco eran muy frecuentados.

En la feria no había heladeras, y lo que no se vendía, era desechable. El puesto de ropa vendía ropa interior de interlock y algunos batones, generalmente por encargo. Los puesteros, de ambos sexos, vestían guardapolvo blanco, gorro y una pechera sujeta a la espalda y al cuello.

La clientela era numerosa y en su inmensa mayoría femenina. La oportunidad de obtener mercadería buena, fresca y más barata, era siempre bien aprovechada. Cuando llovía, los puesteros tapaban con una lona la mercadería y se sentaban en los frentes, esperando la mejoría del clima, o sino despachaban desde ese sitio al ocasional comprador.

Finalizadas las tareas del día, los puesteros llevaban la mercadería sobrante y llegaba la cuadrilla de peones encargada de desarmar los puestos y reponer los fierros en la chata. Acto seguido barrían todos los desperdicios y los colocaban en tachos especiales; procedían a lavar la calle y se retiraban sin dejar rastros de las tareas desarrolladas horas antes.

Las ferias callejeras brindaron la posibilidad, como en el mercado, de hacer las compras en un solo lugar. Las ferias de todos los barrios populares tuvieron clientela estable hasta que fueron desapareciendo con el correr del tiempo.

La ciudad

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