El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Septiembre, 2009

LA FOGARATA

Con la fogarata se recordaba a San Pedro y San Pablo el 29 de Junio, en pleno invierno. Era un día esperado todo el año, fecha clave en la infancia. La llamada fogarata, daba a entender que eran fogatas muy grandes. Cada barrio quería sobresalir haciendo la fogata más grande, la más trascendente; era una verdadera competencia.

Una semana antes, los niños y adolescentes del barrio se preparaban para este festejo tan especial. Acumulaban cajones, palos, trapos, papeles, ramas de árboles, el aserrín y las virutas cedidas por el carpintero de la cuadra, y cuanto elemento combustible se encontrara al paso. Lo depositaban en uno de los potreros existentes, ya que en cada manzana había uno. El día 29 en horas de la tarde, se preparaba la pila de elementos combustibles en forma de pirámide que culminaba con la colocación de un muñeco de trapo. Se ubicaba casi en la mitad de la calle, en forma de círculo. Al anochecer se encendía la hoguera.

Todo el mundo contribuía a alimentarla, arrojando cuanto elemento  tenía a mano. Los asistentes, a predominio de niños y adolescentes, no cesaban de saltar, gritar y correr alrededor de la fogata, culminando una excitación acumulada durante la última semana. Algunos intentaban saltar la fogata y más de una vez hubo que lamentar quemaduras. Algunos pibes asaban ranas. El hijo del verdulero traía papas y batatas, que colocadas en los bordes de la fogata, se cocinaban lentamente.

A veces, las llamas alcanzaban mucha altura y quemaban los cables eléctricos. Cuando desaparecían, se acercaban las papas y batatas a las brasas y a una indicación, los organizadores se sentaban sobre el cordón de la vereda o directamente en los adoquines, a fin de saborear una porción de papa o de batata asada. Poco a poco, a medida que las brasas perdían intensidad, la concurrencia se dispersaba. Al día siguiente, como mudos testigos, se encontraban restos de maderas calcinadas, dentro de un círculo de adoquines que por el efecto del fuego, habían cambiado de color y que a veces, aún conservaban el calor.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM  97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 31.  18 Noviembre de 1998.

El barrio

LOS JUEGOS INFANTILES ARTESANALES (l)

Los chicos eran lo bastante creativos como para entretenerse casi sin otro costo que el de su energía y su instinto social. Las reglas de cada juego servían de aprendizaje de legislación y ejercicios de derechos y obligaciones.

EL TELÉFONO DE LATA

Las latas de conserva de tomate, tenían dos tamaños: pequeño y mediano, pero por razones de precio, se usaba frecuentemente el envase pequeño. Una vez utilizadas, se elegían dos latas a las que se les uniformaba el borde, ya que los abrelatas de entonces no lo sellaban como en la época actual. Las tapas restantes se perforaban en el centro con un clavo y un martillo.

Con unos diez metros de piolín se conectaban ambas latas, anudando cada extremo. El nudo era en realidad una sucesión de nudos cada vez más gruesos, para evitar que el piolín pasara a través del orificio. El teléfono estaba lsto para hablar; el piolín debía permanecer tenso y los interlocutores comenzaban el diálogo. Nunca se podía diferenciar que se escuchaba por el teléfono, porque se oía perectamente la voz del otro a la distancia.

POMPAS DE JABÓN

No existían detergentes o jabones espumosos. Se usaba el jabón de lavar la ropa. Se colocaba en un pequeño recipiente, restos de jabón; se agregaba agua caliente y se lo agitaba continuamente hasta producir escasa espuma. Luego con una bombilla de tomar mate, se mojaba en el agua jabonosa y al soplar suavemente se provocaban las clásicas burbujas, que salían multiplicadas por los diferentes orificios. Entonces se optaba por desenroscar la bombilla usando sólo el tubo, con el que se producía una sola burbuja pero de gran tamaño, que por efectos de la luz, mostraba una diversidad de colores. Pero los jabones eran duros, la espuma escasa y las burbujas arrastraban una gota de agua, que al aumentar el peso, impedía su grácil desplazamiento por el aire. Igualmente, se lograba un sano momento de esparcimiento a costo cero.

LOS ZANCOS

Los juguetes artesanales se elaboraban según la época. Era suficiente que algún pibe apareciera con uno, para que los restantes pibes del barrio se abocaran a la tarea de fabricar el mismo juguete, intentando mejorarlo. Con dos palos de escoba, se fabricaban los zancos. En el tercio inferior se clavaba muy fuertemente un trozo de madera donde se apoyaban los pies. Finalizada la construcción, comenzaba la segunda etapa, aprender a caminar con ese artefacto, tarea nada fácil por cierto. En cualquier momento, la pequeña madera donde apoyaba el pie cedía por el peso, se doblaban los clavos y se acababan los zancos. Pero la alegría de intentar dar unos pocos pasos, era la culminación de múltiples ensayos previos, con caídas, pérdida de equilibrio, golpes diversos y por supuesto, la rotura de los zancos.

PELOTA DE TRAPO

Las medias viejas y rotas de varón y de mujer, eran la materia prima básica para fabricar una pelota. Se comenzaba armando unas pelota de papel, bien aprisionada, que se colocaba dentro de la media, generalmente de mujer. Se retorcía la media y se rebatía, repitiendo la operación tantas veces como lo permitiera la longitud de la media. Una vez finalizada esta etapa, se la colocaba dentro de una media de varón, más resistente y se repetía la maniobra anterior. Al finalizar, el extremo sobrante se cosía o en caso contrario se realizaba un nudo, cortando el sobrante. La primera opción era mucho más favorable, ya que la pelota rodaba sin interferencias. Se jugaba en las veredas, o bien frente contra frente, calle por medio. Patear y atajar era lo habitual para dos pibes. Cuando eran más de dos, se procedía al típico juego de gambetas, con o sin arquero. La práctica con la pelota de trapo, era excelente para aprender bien su manejo y patear con fuerza y dirección. Pero la duración del juego, dependía del tiempo que tardara en mojarse. Cuando el papel absorbía agua, aumentaba de peso, se deformaba, perdía movilidad y dejaba de ser útil. Era el momento de fabricar otra pelota.

DARDOS

Solían fabricarse en el salón de clase. Con una hoja de cuaderno borrador, se armaba una especie de pirámide. En el vértice se colocaba una pluma Perry, cucharita o cucharón, a la que se le sacaba una mitad de su extremo activo. Luego se fisuraba el extremo opuesto, operación nada difícil que permitía obtener una mínima separación, lo que posibilitaba su inserción en el vértice de la pirámide de papel. El dardo estaba listo. Se lo tomaba de una de sus cuatro aletas, entre el pulgar y el índice, y se lo arrojaba contra una superficie de madera, por lo general una puerta, donde se clavaba con absoluta facilidad.

Otros dardo algo más elaborados, se construían con un alfiler sostenido por cuatro escarbadientes fuertemente atados. A ello se agregaban tres plumas extraídas del plumero que existía en todas las casas; se ataban firmemente en el extremo opuesto y el peligroso dardo, estaba listo para ser empleado.

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EL CASORIO

Las ceremonias de los casamientos los viernes y sábados por la noche, siempre fueron un foco de atracción popular. Muchas niñas y quienes habían dejado de serlo iban a la iglesia “a ver casamientos”. Muchos llegaban media hora antes, a fin de ocupar los asientos delanteros, a medida que se desocupaban al finalizar los casamientos previos.

Generalmente se casaba gente del barrio y los curiosos, solían conocer todo el pedigree de los contrayentes y más, si eran amigos. Infidencias de la modista que cosió el traje de la novia, comentarios del novio desplazado o de la noviecita despechada, provocaban aglomeraciones en la puerta de la iglesia.

Pero no era la única motivación, porque buena cantidad de pibes, que no conocían al novio ni a la novia, estaban presentes, esperando el momento de la finalización de la ceremonia nupcial. Sólo les interesaba la aparición de la novia; ése era el anuncio porque cuando detrás de la novia aparecían los padrinos, todos al unísono comenzaban a gritar “padrino pelao, padrino pelao”. Entonces el padrino, llevaba la mano al bolsillo del saco, sacaba un puñado de monedas pequeñas de 1, 2 y 5 centavos y las arrojaba alternativamente a derecha e izquierda. Que desbarajuste se armaba, porque los pibes se tiraban de cabeza a recoger los centavos, con  peleas incluidas. Era uno de los momentos característicos del final de la ceremonia.

Un personaje infaltable era el fotógrafo. Como no existía el flash electrónico, se iluminaba cada foto mediante el uso de magnesio. Se lo colocaba en un dispositivo de metal accionado con un resorte, que provocaba una chispa al encenderlo. Entonces se producía una explosión con una humareda descomunal que se extendía por toda la iglesia; y así sucesivamente con cada foto. A veces el dispositivo fallaba y entonces no había explosión, no había luz, no había humo y por lo tanto no había foto.

Una práctica común era la de colarse(1) en los casorios. Los adolescentes se empilchaban(2) lo mejor que podían, una peinada a la gomina(3) y unos zapatos muy bien lustrados, eran como una contraseña para entrar a la fiesta. Casualmente o habitualmente, no conocían a nadie. Si conocían a alguna persona, eso no garantizaba la entrada porque alguien relacionado con la casa, impedía la entrada de los desconocidos. A los colados bien vestidos les iba bien.

En el casorio se comía y se bebía y además, existía la posibilidad de bailar y hacer un levante(4). ¡Cuántos matrimonios surgieron por una colada al casorio! La música provenía de una victrola a manija o de un conjunto musical integrado por violín, uno o dos bandoneones y batería. El conjunto se encargaba de amenizar la velada interpretando tangos, pasodobles, rancheras, valses y foxtrots.

Todos desfilaban por el sitio de los regalos, relojeando con aire distraido, donde estaba ubicado el de cada uno. Nadie concurría sin llevar un regalo. El más costoso solía ser el del padrino: un cheque con una suma atractiva o en blanco, pero sin firma. A las 12 de la noche, los novios se retiraban a pasar su noche de bodas, seguido de un viaje a la costa, a las sierras de Córdoba o a ningún lado. Eran tiempos difíciles.

Reuniones sociales

EL POTRERO

La inesperada demolición de una casa daba origen al baldío, entidad de múltiples aplicaciones para los pibes del barrio. Un muro de mediana altura y una puerta, siempre franqueable, lo separaba de la vereda. La primera tarea era limpiar y alisar el terreno, llevando todos los cascotes hacia uno de los extremos. Este procedimiento permitía preparar la cachita para jugar al fútbol.

La pelota, excepcionalmente de cuero, a veces de goma y casi siempre de trapo, hecha en casa con una o dos medias viejas y papel de diarios, siempre convocaba el número suficiente de integrantes para dos equipos.

El potrero era el engendro de los desafíos barrio contra barrio, que habitualmente terminaban a las piñas. El desafío llevaba implícito imponer un prestigio, como de guapo.

Las paredes desiguales, con los ladrillos al descubierto, eran trepadas innumerables veces, a fin de buscar la pelota en el techo de la casa vecina. La agilidad desplegada por el trepador, casi siempre el mismo, era muy apreciada porque conocía exactamente donde colocar el pie o la mano, afirmarse con seguridad y recoger la razón de tanto esfuerzo.

En ciertas ocasiones, el clima del potrero cambiaba radicalmente, cuando una perra a punto de tener cría, era alojada en una casilla construida por todos, con los elementos sobrantes más inimaginables. Alimentar a la perra, prepararle una cama adecuada y luego ocuparse de los cachorros, era una tarea que tenía una duración de 2 a 3 meses, pero era suficiente para tener ocupados a un grupo de muchachos responsables. Luego los cachorros eran distribuidos, la perra un día buscaba otros rumbos y el potrero volvía a la normalidad.

En el invierno, al anochecer, se preparaba una pequeña fogata, ocasión propicia para asar una batata, sentados sobre una piedra o una pila de ladrillos rotos. Algunos fumaban un pucho o un cigarrillo, que se intercambiaba hasta casi quemarse los dedos. Mediante un alambre o un palito, se cambiaba la posición de la batata, para lograr la mejor cocción posible. Lo cierto es que al momento de comerla, quemaba lo suficiente como para dificultar el sostenerla, y estaba tan manoseada que volvía a ocupar un lugar en el centro de las brasas, hasta quedar carbonizada.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”,  FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 28.      28 Octubre de 1998

El barrio

EL PICNIC DEL 21

El 21 de setiembre era un día excepcional. Al menos así lo sentíamos quienes éramos estudiantes. Era un día tradicionalmente festejado en la ciudad de Buenos Aires por diversos grupos. Por ser el Día del Estudiante, se organizaban excursiones a fin de acampar en los lagos de palermo o en el gran Buenos Aires.

Grupos de chicos y chicas, cargados con alimentos, bebidas y los elementos necesarios para bailar, es decir una victrola a cuerda y los pesados discos de pasta de 78 RPM, salían al amanecer o muy poco después al lugar del encuentro, para desde allí, concurrir al sitio elegido para el picnic. Generalmente el tiempo acompañaba, para que el día coincidiera en una combinación de entusiasmo y alegría desbordantes.

Los trenes iban repletos de adolescentes, que curiosamente, usaban ropas de colores subidos, como para destacarse más aún en ese día. Desde el comienzo, un clima de sana alegría, matizado con bromas, carcajadas, anécdotas graciosas y cantos, eran motivo suficiente para estar dispuestos a disfrutar el día. Ya sea con las chicas que nos acompañaban o las que se encontraban en los distintos picnics, un clima alegre de camaradería se imponía desde el principio.

El día era distinto, con la mejor predisposición de todos. Juegos diversos, alimentos y bebidas compartidos; bailes en el pasto al compás de las grabaciones reproducidas por una victrola, cuya cuerda sólo tenía duración para una canción. Cada 3 minutos alguien debía ocuparse de girar la manija para disfrutar una nueva versión o repetir la anterior. Los discos eran frágiles y a causa de descuidos o imprudencias, siempre gregresaban menos discos de los que se llevaron. Era un costo previsto.

Siempre se tejía el gran romance, fugaz a veces, de larga duración en otras, pero lo cierto es que con o sin romance, el picnic del 21 se prolongaba en uno de los clásicos bailes estudiantiles, a la semana siguiente, como un complemento más formal frente a la algarabía del 21. Y el 22 se regresaba al colegio y no faltaba el profesor que intentaba calificar. De improviso decía “saquen una hoja porque tomaré una prueba”. Actuaba de la peor forma en el momento menos indicado. Esos “profesores” nunca tuvieron éxito con actitudes tan antipáticas, porque nadie les escribió un renglón.

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LA FERIA

Foto: Archivo “La Nación”

De la noche a la mañana se instalaba la feria. Durante la noche, entre las 20 y las 22 horas, llegaba una chata tirada por 2 caballos percherones, perteneciente a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, totalmente cargada de fierros. Una vez descargados, procedían al armado del esqueleto de los distintos puestos de la Feria. Se ubicaba en una calle cortada o frente a una plaza, en una calle donde el tránsito se interrumpía.

A la mañana siguiente, se completaba el armado a las 5 de la mañana; muy temprano, llegaban los puesteros con sus mercaderías y comenzaba la tarea de 7 a 13 horas. El atractivo era la venta de productos frescos y a un precio algo menor que en el mercado, el almacén o la carnicería.

No había congeladoras ni heladeras eléctricas. Los productos llamados perecederos debían consumirse rápidamente, dentro de las 24 horas, o ser cocinados para una conservación algo más prolongada. Puestos de carne de vacuno, de cerdo, de cordero, de aves: gallinas, patos y pavos. Las gallinas eran sacrificadas en el acto y se vendían enteras o fraccionadas. Los puestos de pescado fresco eran muy frecuentados.

En la feria no había heladeras, y lo que no se vendía, era desechable. El puesto de ropa vendía ropa interior de interlock y algunos batones, generalmente por encargo. Los puesteros, de ambos sexos, vestían guardapolvo blanco, gorro y una pechera sujeta a la espalda y al cuello.

La clientela era numerosa y en su inmensa mayoría femenina. La oportunidad de obtener mercadería buena, fresca y más barata, era siempre bien aprovechada. Cuando llovía, los puesteros tapaban con una lona la mercadería y se sentaban en los frentes, esperando la mejoría del clima, o sino despachaban desde ese sitio al ocasional comprador.

Finalizadas las tareas del día, los puesteros llevaban la mercadería sobrante y llegaba la cuadrilla de peones encargada de desarmar los puestos y reponer los fierros en la chata. Acto seguido barrían todos los desperdicios y los colocaban en tachos especiales; procedían a lavar la calle y se retiraban sin dejar rastros de las tareas desarrolladas horas antes.

Las ferias callejeras brindaron la posibilidad, como en el mercado, de hacer las compras en un solo lugar. Las ferias de todos los barrios populares tuvieron clientela estable hasta que fueron desapareciendo con el correr del tiempo.

La ciudad

EL COLEGIO SECUNDARIO

Casi al finalizar la escuela primaria, los interesados en entrar al colegio secundario tenían que preparar el examen de ingreso. Algunos estudiaban solos, otros recurrían al maestro de grado, quien previo pago de una módica suma, recibía a algunos de sus discípulos en su casa.

Había institutos especializados, algunos con férrea disciplina, con clases matutinas y vespertinas, de lunes a sábados, que se dictaban durante todo el año, incluidas las vacaciones. No querían perder el prestigio adquirido a fuerza de aprobar exámenes.

El día del examen, temores y ansiedades predominaban en medio de la algarabía nerviosa de tantos postulantes, en su mayoría imberbes que acababan de finalizar la escuela primaria. Dos exámenes, uno de matemáticas y el otro de castellano, imponían un suspenso, una espera, para saber quienes reunían el puntaje necesario para ingresar. La gran demanda de postulantes, que superaba los asientos disponibles, obligaba a estructurar este examen.

Por la mañana, castellano; un recreo largo para apurar un almuerzo en el quiosco del colegio: un sandwich de jamón crudo o cocido, o mortadela, salame o bondiola, o sino una empanada Rey, seca, fría y de contenido escaso, de carne o dulce, empujada con agua de los bebederos, o bien alguna gaseosa como Bidú, Naranja Bilz, Crush o Naranjín. Por la tarde, el examen de matemáticas para completar el sufrimiento, luego de haber evaluado en el recreo, como se habían contestado las preguntas de la mañana.

Los alumnos de primer año, eran objeto de todo tipo de bromas por parte de los alumnos de cursos superiores. Niños no acostumbrados aun a la nueva disciplina, eran constantemente observados por quienes simulando ser celadores, imponían falsas penas de disciplina, con el consiguiente susto por parte del novato.

Ponerse los primeros pantalones largos, fumar en clase, especialmente en clase de música o en los gabinetes de física o química, o hacerse la rata en el baño, eran etapas que se agregaban a la larga lista de hechos nuevos para el alumno, pero constantemente reiterados año tras año. Las bromas entre estudiantes aumentaban en frecuencia y complejidad, a medida que pasaban de año.

Colocarse 7 u 8 sobretodos, explotar un petardo en el aula, esconderse en el aula en determinada clase, formaban parte de los recuerdos que provocaban más de una sonrisa. ¿Cómo se encondían en el aula? Al fondo de la clase había un cuarto clausurado, con una puerta sin picaporte como único obstáculo, fácilmente solucionable. El problema surgió cuando el que estaba escondido comenzó a fumar y el profesor de turno, al pasearse por el aula, observó la salida de humo por el orificio del picaporte, comprobando que algo no andaba bien.

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LAS BAÑADERAS

Eran ómnibus convertibles que aparecieron en la década del 30, los de mayor longitud conocida en la época, con una capota desmontable de color gris. En el verano la capota no se colocaba, pero en el invierno, se cerraba completamente.

De color verde claro y blanco, la bañadera tenía 2 filas de 20 asientos dobles cada una más una fila de asientos individuales, que se armaba con los respectivos apoya brazos, siendo su capacidad total de 50 pasajeros sentados, ya que no era posible viajar parado.

Fueron muy populares. Los viajes regulares eran durante el día en los fines de semana, al hipódromo y por las noches, paseos por la ciudad o al Balneario de la Costanera Sud, donde una visita a la tradicional cervecería Munich, permitía degustar un exquisito chopp de cerveza “bien tiree” y disfrutar los espectáculos de varieté.

Sus paradas oficiales se encontraban cercanas a las estaciones del ferrocarril, frente a la plaza Once, plaza Constitución, estación Retiro y también frente al Congreso.

Era integrante obligado en las excursiones escolares, donde a primera hora, los alumnos y maestros subían a este pintoresco vehículo, con destino a un parque de la ciudad, a vivir un día distinto, ya sea disfrutando de los clásicos juegos: tobogán, sube y baja o hamacas, o de los improvisados partidos de fútbol, grado contra grado, que siempre eran motivo de bromas y disputas. A la media mañana, un sandwich de mortadela, obsequio de la cooperadora, era un leve paliativo para el apetito de ese día. De regreso en la bañadera, cantos y ocurrencias del momento contribuían a acortar un viaje que en todo momento fue agradable.

Los sábados y domingos, las bañaderas tomaban otro rumbo: contratadas por las empresas rematadoras, transportaban gratis a los interesados en adquirir los terrenos para coronar el sueño de la casa propia y alejarse definitivamente de la pocilga del inquilinato o conventillo.

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CARNAVAL EN EL CLUB DE BARRIO

El festejo del Carnaval en el club, se centralizaba en los 8 clásicos bailes: sábado, domingo, lunes y martes de la primera semana, a los que se agregaban los sábados y domingos de las 2 semanas siguientes. Los sábados de 22.00 a 3.00 horas y los domingos de 20.00 a 24.00 horas, eran la cita esperada para largarse a bailar.

Una relajación discreta de las reglas habituales, permitía vivir jornadas plenas de alegría, excitación y entusiasmo. El club del barrio reunía a una entusiasta concurrencia: pibes, adolescentes y adultos, todos dispuestos a divertirse sanamente, al compás de selectas grabaciones, en su mayoría de conjuntos orquestales nacionales, para bailar tango, música tropical, jazz y ritmos variados donde no faltaba la clásica tarantela, el instante esperado por todos aquellos que sólo miraban. Era la invitación a participar para todos los concurrentes, lo que motivaba su repetición varias veces.

El carnaval permitía concurrir a los varones sin saco ni corbata, requisitos básicos fuera de estos días especiales. Con disfraz o sin él, provistos de un pomo de agua florida o de un lanza perfume algunos pocos, papel picado y serpentinas otros, pitos y matracas muchos, se desarrollaba este acontecimiento barrial. Participaba la familia en pleno; los hijos con los padres y también los abuelos.

Una amistad la primera noche, comienzo de romance la segunda, compromiso formal la última semana, eran las secuencias que se vivían; otras veces, la última noche de los 8 bailes 8, marcaba el fin de un idilio cuando élla o él, que vinieron a pasar los Carnavales en Buenos Aires, regresaban a su lugar de origen. Emociones y sentimientos, se confundían en un algo indefinido que se desdibujaba a través del tiempo transcurrido; lo que pudo ser y no fue.

No todos los clubes finalizaban la reunión danzante a la misma hora. Quienes concurrían a los que finalizaban más temprano, se desplazaban luego a los que cerraban la velada más tarde; a esa hora no pagaban y se alargaba la diversión. Al regreso del baile, el grupo de muchachos comentaba las novedades ubicándose debajo la luz de un farol, en un cruce de calles, esperando la llegada del amanecer de un Buenos Aires que se fue.

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Bienvenido a Blogs personales Monografias.com.

Estimados amigos bloggeros:

Iniciamos con este blog la publicación de una serie de recuerdos, viñetas y situaciones que caracterizaron a Buenos Aires en la primera mitad del Siglo XX. Personajes típicos, servidores públicos, sitios de diversión, juegos, la educación, el conventillo, etc. Muchas situaciones han desaparecido, o es muy raro hallarlas o están sensiblemente modificadas. Como los recuerdos y vivencias pasadas son la base de este blog, agradezco sus aportes que enriquecerán su contenido.

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