El Buenos Aires que se fue

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LAS SUECAS

Ewy Rosqvist nació en Gotemburgo, Suecia, en 1931 y aprendió a conducir automóviles cuando era niña.

Mientras estudiaba Veterinaria conoció a Úrsula Wirth, de 29 años, quien sería su acompañante en las rutas de Suecia y posteriormente de Europa. Conquistó el título europeo de “Damas en Rally” en tres oportunidades.

Estos resultados motivaron su incorporación al equipo oficial de Mercedez Benz. Fueron invitadas a participar en el “Gran Premio Standard de Automovilismo” a disputarse en Argentina en 1962, integrando el equipo Mercedes Benz, piloteando un auto 220SE.

La novedad de su presencia en la Argentina se consideró una maniobra de marketing, dada su participación en un medio netamente machista, absolutamente dominado por los hombres. Ellas constituyeron la gran curiosidad, la nota llamativa ante este aporte femenino de alto nivel.

La carrera se largó desde Pilar, Provincia de Buenos Aires, el 25 de octubre de 1962, con la participación de 257 coches en 7 categorías diferentes. Debían cubrir una distancia de 4.624 kilómetros, divididos en 6 etapas:  Villa Carlos Paz, San Juan, Tucumán, Catamarca, Córdoba y Arrecifes.

Sin cometer errores, con ritmo y precisión, estas integrantes del equipo Mercedes Benz dirigido por Juan Manuel Fangio, enfrentaron a los poderosos Volvo 122 S, a los Pontiac Catalina de 400 HP y a los Mercedes Benz 300 SE. Ganaron todas las etapas en tiempo récord, finalizando la clasificación general a más de 3 horas de ventaja sobre su inmediato perseguidor.

Al finalizar cada etapa, las suecas descendían del auto con su uniforme blanco impecable, pintadas y perfumadas como si no hubieran corrido. Se llegó a comentar que por la gran ventaja que tenían, se detenían antes del final de cada etapa, se cambiaban, se arreglaban y al cruzar la meta aparecían descansadas y listas para ir a una fiesta.

Cuando comparábamos sus aspecto con el de los restantes corredores, nos preguntábamos como era posible esa gran diferencia en su aspecto exterior. Los hombres barbudos, despeinados, con el mameluco salpicado de grasa y barro, constituían un contraste notable en su apariencia con las suecas.

Los recuerdos y anécdotas de esta carrera quedaron registrados en el libro “Viaje a través del infierno”, escrito por Ewy Rosqvist. Después de esta carrera, Úrsula Wirth no volvió a correr pero Ewy regresó en los años 1963 y 1964, participando del Gran Premio y ocupando la tercera colocación, siempre integrando el equipo Mercedes.

Ewy Rosqvit y Úrsula Wirth llegaron de Suecia, corrieron el Gran Premio, ganaron todas las etapas en tiempo récord dejando un recuerdo inolvidable en el deporte automovilístico de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuentes:

Gesumaría E. Las suecas hoy. La Voz, 4 mayo 2008.

http://www.automovilismosport.com/historia/suecas/note.html

Los entretenimientos, Realidades argentinas, Visitas inolvidable

PAUL MISRAKI

Paúl Misraki nació en Constantinopla (ahora Estambul), Turquía, el 28 de enero de 1908.

Comenzó a ejecutar el piano a los 4 años de edad. Viajó a París donde se crió y educó. Estudió música clásica, pero se sintió atraído por el jazz, especialmente por la música de George Gershwin y Cole Porter.

Se desempeñó como pianista y arreglador en la orquesta de jazz de Ray Ventura, la más popular de Francia en la década del 30. En 1934 escribió la canción “Todo va bien, Señora Marquesa”, un éxito rotundo con el que alcanzó gran popularidad en Francia.

Escribió canciones para los cantantes de la época y música para películas. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, salió de Francia con destino a Sud América, llegando a la Argentina en 1942, proveniente de Montevideo, Uruguay, junto con la Banda de Ray Ventura.

Su estancia en Buenos Aires se prolongó hasta fines del año 1944. Su intensa actividad quedó reflejada en la música compuesta para siete películas; “Stella” y “Eclipse de Sol” en 1943.  ”Siete mujeres”, “La importancia de ser ladrón”, “Delirio”, “El fin de la noche” y “La casta Susana” en 1944. En julio de 1944 se estrenó la comedia musical “Si Eva se hubiese vestido”, de Sixto Pondal Ríos y Carlos Olivieri, con música de Misraki.

Es reconocido el éxito obtenido con los boleros “Final” y especialmente “Una mujer”, cuyos versos dicen: “La mujer que al amor no se asoma / no merece llamarse mujer…”, versos que han dado la vuelta al mundo. Después de la Liberación de Francia regresó a París. Durante la década del 50 compuso en Hollywood la música de películas para Ives Allegret, Jacques Becker y Orson Welles.

En la década del 60, de regreso a Francia, trabajó para los directores Jean Luc Godard, Jean Pierre Melville y Claude Chabrol, entre otros. Escribió 185 canciones, en idiomas francés, inglés y español, y compuso la música de más de 160 películas. En 1965 publicó su libro “Los extraterrestres”.

Continuó trabajando hasta su muerte ocurrida en París, el 30 de octubre de 1998.  Fue nombrado Caballero de la Legión de Honor y Oficial de las Artes y de las Letras. Paul Misraki, brillante músico y compositor, escribió la música de siete películas argentinas y vivió 3 años en Buenos Aires, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Shoo E. Una flor para Paul Misraki. La Nación, 14-11-1998.

https://es.wikipedia.org/wiki/Paul_Misraki

Artistas destacados, El cine, El exilio, Vivieron en Buenos Aires

LA SALADA

La Salada era una laguna de agua barrosa y salitrosa ubicada en la zona sur del partido de La Matanza.

Medía 200 metros de largo por 20 de ancho aproximadamente. Se le atribuían propiedades curativas, especialmente a su fondo barroso, con el cual muchas personas untaban su cuerpo en busca de sus beneficios.

Al comenzar la década del cuarenta, los porteños encontraron en ese sitio, una forma de mitigar las jornadas de calor húmedo, típicas de Buenos Aires. Era una cita elegida para los días sábados, domingos y feriados que, mediante el transporte en tren, colectivos, camiones y a veces, en autos particulares, facilitaba el arribo de entusiastas concurrentes.

No se viajaba a la costa salvo excepcionalmente. No se disponía de piletas particulares. Se solían visitar otros sitios como el Balneario Municipal en la Costanera Sur, los balnearios de Vicente López y Olivos en la zona Norte, o los de Quilmes y Punta Lara, en la zona Sur.

La popularidad de la laguna La Salada motivó la creación del “Parque Balneario La Salada”, con la construcción de 3 grandes piletas alimentadas con agua salada, extraída por bombas aspirantes, y de baños, vestuarios y duchas.  La pileta de menor tamaño y profundidad, era exclusiva para niños.

Los grupos familiares disfrutaban de la sombra de los numerosos árboles existentes, así como de un buen asado cocinado en los fogones y degustado sobre las mesas de material por allí dispersas. Disfrutar de la sombra de esos árboles o de los baños en las piletas, ya sea por placer o por sus propiedades curativas para enfermedades reumáticas, era una situación aprovechada también por visitantes provenientes del interior del país.

Finalizada la hora de las piletas, el patio de la confitería era el paso siguiente donde comenzaba el baile,  al finalizar la tarde. Durante 3 horas aproximadamente, los asistentes tenían la oportunidad de compartir bailes de todos los ritmos en un clima muy animado.

Este balneario fue clausurado en el año 1961 por la existencia de contaminacìón bacteriana de las cañerías. Las inolvidables piletas del Parque Balneario La Salada, fueron las más populares de la zona Sur de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente:  http://www.arcondelrecuerdo.com.ar.?p=76

http://elfederal.com.ar.nota/revista/24690/aquellas-piletas-parecidas-al-mar

La cuestión social, Modas y costumbres, Realidades argentinas

EL ASCENSORISTA

Durante muchos años, la profesión de ascensorista fue común en las grandes tiendas y edificios de oficinas y departamentos.

El ascensorista vestía uniforme con chaqueta cerrada color gris, con ribetes rojos y eventualmente una gorra del mismo color. Esperaban a las personas, parados sobre la puerta del ascensor, vigilando la cantidad que ingresaba.

Una vez que se alcanzaba la cantidad oficialmente autorizada, cerraba las puertas manualmente y movilizaba el ascensor mediante una manivela con la que regulaba la velocidad y el posicionamiento correcto, a fin de evitar inconvenientes durante la entrada y salida de los pasajeros.

En las grandes tiendas complementaba su accionar anunciando las secciones ubicadas en cada piso, así como también las ofertas de cada día o de la semana.  Al llegar a cada piso, abía manualmente las puetas pronuncianddo la palabra “salida” o el número del piso.

Evitaba que los niños manipularan la manivela o pulsaran los botones del tablero, a fin de evitar inconvenientes. Siempre saludaba a las personas que ingresaban al ascensor transformándose en la primera cara amable que los empleados encontraban al llegar a su trabajo. Cuando se producía una pausa en su trabajo, la aprovechaba para acicalar el habitáculo.

Salvo en algunos hoteles y edificios tradicionales, el oficio de ascensorista ha desaparecido. El anuncio grabado del cierre y apertura automático de las puertas, anunciando la llegada a cada piso, así como el empleo de una botonera inteligente, han reemplazado a este personaje insustituible en aquel Buenos Aires que se fue.

La ciudad, La infancia, Las Grandes Tiendas, Personajes de la ciudad

MI ABUELO Y EL VESUBIO

Mi abuelo siempre recordaba al Vesubio.

El volcán se encontraba a 70 kilómetros de su pueblo en Nápoles, Italia, cuya silueta siempre observaba a la distancia. Lo escuchaba fascinado imaginando las erupciones y los ríos de lava.

Conocía los volcanes por las ilustraciones de libros y revistas. Pero cuando mi abuelo relataba que había caminado por la boca del volcán, que era muy grande y que estaba apagado, no podía elaborar una imagen que representara esos hechos.

El Vesubio, junto al Strómboli y el Etna, eran los tres volcanes clásicos italianos, que de una u otra forma, integraban los relatos que el abuelo hacía recordando su vida en Italia. En una pintura apaisada y muy bien lograda que tenía en su habitación, siempre observaba el aspecto imponente del Vesubio con la profusión de viviendas en el valle, con la predominancia de los techos rojizos.

Abuelo relataba lo que fueron en su momento las erupciones del Vesubio y sus consecuentes destrozos. Nunca omitía las referencias al Etna, que se encontraba activo, con su consiguiente riesgo para la población.

Escuchaba sus relatos una y otra vez, pero siempre como si fuera la primera audición, dispuesto a corregir alguna palabra que difiriera de su último relato. Abuelo ponía pasión y dramatismo en lo que decía, características que me atrapaban, grabándose profundamente en mi memoria de aquel Buenos Aires que se fue.

Anécdotas de mi abuelo, La infancia

EL AMANSADOR DE ZAPATOS

Un oficio muy llamativo fue el de amansador de zapatos.

Era una época en la que todos los zapatos eran de cuero, ya que aun no se conocían los materiales plásticos. Según la calidad del cuero, se disponía de zapatos blandos de muy buena calidad, o en su defecto, los de cuero más duro.

Esta circunstancia motivó la aparición de sacrificados voluntarios que, previo acuerdo económico, usaban el calzado nuevo durante una semana, a fin de lograr un ablandamiento del cuero. Mediante el uso de un calzador y un par de medias adecuado, el amansador iniciaba su penosa tarea de caminar y caminar.

El resultado era disponer de zapatos cómodos, bien ajustados al pie, que no provocaban dificultad alguna. Generalmente, eran personas que calzaban uno o dos números más del que estaban ablandando, de modo que la tarea era un verdadero sacrificio, con las correspondientes molestias que causaban a los pies, traducidas en ampollas y escoriaciones, acompañadas de un dolor intenso.

Esta situación obligaba al uso de una palangana con agua caliente y sal marina, para lograr un alivio temporario a estas dolencias. Eran verdaderos sacrificios para subsistir, ya que colocarse un par de zapatos un número menor, siempre configuraba un período de tensión, molestias y dolores que cedían al liberarse de esa tortura.

Era digno de reconocer el espíritu de resignación que acompañaba al desempeño de esta desafortunada tarea. Sin embargo, el amansador de zapatos, constituyó un oficio curioso e insustituible, en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres, Personajes de la ciudad

LUIS ZORZ, MAESTRO DEL FILETE PORTEÑO

Luis Zorz, Luisito, nació en Buenos Aires, el 17 de julio de 1932, en el pasaje Vinchina 1576, en el barrio de Flores.

Fue su maestro en el filete, el reconocido artista León Untroib, a quien conoció en la fábrica de carros “Lloyds Hermanos”, cuando tenía 12 años. Untroib le proporcionó el primer trabajo, retocar las chatas con pintura. La relación con Untroib duró hasta el fin de sus días.

El letrista Alfonso Ravena, de Villa Lugano, le trasmitió sus conocimientos, que le permitieron trabajar como oficial letrista a los 16 años. En su amplio taller de Villa Lugano, un verdadero museo del filete, Zorz elaboró la mayoría de sus trabajos, que han quedado felizmente plasmados en cafés, restaurantes, y especialmente en las calles de los distintos barrios de la Ciudad, como Boedo, Parque Patricios y Barracas.

También en  los carteles de publicidad de cines y teatros de la calle Corrientes, así como los que coronan el Bar Restaurant “Homero Manzi”, en la esquina de San Juan y Boedo,  clásicas muestras de su reconocido talento.

Pero es importante destacar las placas  recordatorias de personajes de la cultura porteña y del tango, como Mercedes Simone, Sebastián Piana, Osvaldo Pugliese, Leónidas Barletta, la “Editorial Claridad”; de la salas cinematográficas de Boedo, hoy inexistentes, ya que están reemplazadas por templos religiosos y comercios varios.

Luis Zorz sigue en actividad, ahora en Parque Patricios, fileteando y ejerciendo la docencia los días sábados en el “Foro de la memoria”, donde durante 2 horas, transmite su amplia experiencia en el arte del filete. Integrante de Nuestro Patrimonio Cultural Porteño, ha recibido múltiples distinciones y homenajes.

Luis Zorz es un artista que supo plasmar a través del filete, el recuerdo de los representantes de la cultura popular porteña de ese Buenos Aires que se fue.

Artistas destacados, El barrio, El tango, La ciudad, Realidades argentinas

CASTAÑAS EN BUENOS AIRES

Las castañas tas comunes en Europa, tuvieron su hora de gloria en Buenos Aires.

Las vendían en la calle, calentadas en hornos pequeños con carbón encendido, y en los bares, servidas en platitos. Cuando se las pelaba, desprendían un aroma único e inconfundible, estableciéndose como acompañante recomendado de la cerveza de barril, servida en los grandes vasos de vidrio grueso con manija, los chops.

Se las podía degustar en el verano, en las calles del centro de la ciudad, en un horno colocado sobre una mesa pequeña, donde una mujer preparaba un cucurucho de papel colocando una media docena de castañas.

También se consumía en los hogares, ya que en el verano, los vendedores las ofrecían de puerta en puerta. Pero era necesario cocinarlas, apreciándose entonces su suave aroma. Mientras en Europa persiste la costumbre de comer castañas, en Buenos Aires, hace ya mucho tiempo que han desaparecido.

La garrapiñada, su versión porteña, se elaboraba con maní, especialmente en la época de otoño e invierno. En un triciclo con caja de latón, se montaba un calentador a querosene, y en un bols de cobre, se colocaba agua, azúcar, maníes pelados, unas gotas de vainilla y a revolver con una cuchara de madera.

Su aroma era atrapante, tanto para los niños como para los adultos. Se vendía recién elaborada, en bolsitas de papel celofán a un precio de 10 y 20 centavos. Eran escasos los vendedores de garrapiñada, pero se los encontraba  a la salida de los estadios de fútbol, los circos, y el jardín zoológico.

Hoy se han multiplicado y no sólo usan el maní, sino las almendras como en Europa, y otras semillas igualmente exquisitas. Pero el olor de la garrapiñada que conocemos, está ligada exclusivamente al maní. Las castañas se transformaron en un recuerdo nostálgico de aquél Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, Personajes de la ciudad

GORI MUÑOZ

Gregorio Muñoz Montoro, Gori Muñoz, nació en Benicalap, Valencia, España, el 26 de julio de 1906.

Estudió Bellas Artes y Arquitectura en Madrid y trabajó como ilustador y decorador. Al finalizar la Guerra Civil Española, se embarcó desde Francia en el buque “Massilia” y se exilió en Buenos Aires, donde realizó la mayor parte de su obra como escenógrafo y dibujante.
Trabajó como escenógrafo en el teatro español en el exilio y en el cine argentino, integrando la escenografía con lo que sucedía en la película y diseñando el vestuario. Su habilidad para describir ambientes de todo tipo, estaba basada en minuciosos bocetos, producto de un estudio muy profundo.
Debutó como escenógrafo del cine nacional en la película “Canción de cuna”, en 1941, bajo la dirección de Gregorio Martínez Sierra, la primera de la larga serie de 194 películas en las que dejaría su sello inconfundible de creatividad y estilo, enriqueciendo el contenido de cada una de ellas.
Trabajó en “Estudios San Miguel”, a partir de la película “Juvenilla”, destacándose la reconstrucción que hizo del Colegio Nacional Buenos Aires, de sus patios y su claustro. Fue el comienzo de una colaboración inolvidable para la época de mayor esplendor del cine argentino, que lo catapultó a liderar el cine latinoamericano.
Fueron exclusivas las reconstrucciones históricas realizadas para las películas “La dama duende”, “Rosa de América” y “La barra de la esquina”. Integró una trilogía única junto a Raúl Soldi y Ralph Pappier, que revolucionó el arte de la escenografía nacional, mejorando los resultados fotográficos y sonoros.
Luego de una extensa y fructífera carrera artística, falleció en Buenos Aires, el 27 de agosto de 1978. Gori Muñoz, el gran contribuyente a la evolución de la escenografía en el cine argentino, vivió en Buenos Aires, en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuentes: Ranzani, O. Bocetos para una historia cambiante. Página 12. 26 oct. 2006.
https://es.wikipwdia.org/wiki/Gori_Muñoz

Artistas destacados, El Teatro, El cine, El exilio, Vivieron en Buenos Aires

LA SECRETARIA

El trabajo femenino de secretaria, fue una necesidad para paliar el déficit en el presupuesto familiar.
Independientemente de su orden y prolijidad, una mujer debía dominar la dactilografía y la taquigrafía, para aspirar al puesto de secretaria. Si se comparaba con el trabajo en las fábricas, la mecanografía era ventajosa porque, si bien requería alfabetización y un cierto grado de cultura, no necesitaba de un esfuerzo intelectual.
La mecanografía femenina fue un fenómeno de carácter internacional y algo similar ocurrió con la taquigrafía, tareas que no necesitaban de un esfuerzo exagerado. Vestida con prendas sencillas, pero elegantes, hacía de la discreción, un arma fundamental para lo que oía o se le comunicaba.

Después del jefe, la secretaria desplegaba funciones de poder sobre el resto de los empleados. Mantenía el orden en la oficina, tanto en lo relacionado con el papeleo como en su aspecto exterior, poniendo un toque de femineidad y delicadeza. Las tareas habituales eran atender el teléfono, ocuparse de la correspondencia, del archivo de la oficina y los asuntos de la agenda personal de su jefe.
La secretaria resolvía todos los temas y actuaba como un separador de su jefe con el mundo exterior. Obtener el cargo de secretaria era la culminación de las tareas de una buena taquidactilógrafa con buena apariencia, que lograba el trabajo femenino ideal.
El análisis de la relación sentimental secretaria-jefe, fue la base de novelas y culebrones radiales que detallaban el romance entre ambos.
La secretaria era la empleada administrativa que había llegado a la cima de su carrera laboral y, que en muchas ocasiones, se convertía en la esposa del jefe, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Queirolo G. Dactilógrafas y secretarias perfectas: el proceso de feminización de los empleos administrativos (Buenos Aires, 1910-1950)-

La cuestión social, Realidades argentinas
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