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El Buenos Aires que se fue

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EL BANDONEÓN EN EL TANGO

El bandoneón es un instrumento de origen alemán, que llegó a estas latitudes para identificar y caracterizar la ejecución del tango rioplatense.

El estilo interpretativo, sus variaciones y ronroneos, le han conferido al tango muchas de sus características melódicas y bailables. De una danza ágil y rápida, con cortes y quebradas, la ejecución del bandoneón produjo una profunda transformación en la danza, más lenta e intimista.

El bandoneón está presente en los títulos o integrando el desarrollo del tema, estableciéndose un diálogo donde el bandoneón, cobra vida y adquiere un protagonismo esencial. En 1928, Pascual Contursi y Juan Bautista Deambroggio escribieron “Bandoneón arrabalero”; “Bandoneón arrabalero, / viejo fueye desinflao, / te encontré como a un pebete / que la madre abandonó / …Bandoneón, / porque ves que estoy triste / y cantar ya no puedo, / vos sabés / que yo llevo en el alma / marcao un dolor”.

Los diálogos alcanzan profundidad y emoción, son verdaderas confesiones, tal como se observa en “La última curda”, 1956, de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo; “Lastima, bandoneón, / mi corazón / tu ronca maldición maleva…/ Pero es el viejo amor / que tiembla, bandoneón, / y busca en un licor que aturda, / la curda que al final / termine la función / ¡corriéndole un telón / al corazón !”.

Fueye es sinónimo de bandoneón. Muchas veces así aparece mencionado en tangos como “Oro bajo”, 1926, de Julio Navarrine y Juan Raggi, en la letra no modificada por la censura en la década del 40:”El fueye melodioso termina un tango papa. / Una pebeta hermosa saca del corazón / un ramo de violetas, que pone en la solapa / del garabito guapo, dueño de su ilusión”.

Cumplendo el papel de padre del tango, lo expresó José Canet en “La abandoné y no sabía”, 1944, cuando dice: “…acunado entre los sones / de bandoneones / nació este tango “.

El bandoneón participa activamente de las situaciones que vive una pareja, acompañando al hombre en su incertidumbre y desasosiego, como un viejo compañero. Lo dijeron Julián Centeya y Enrique Mario Francini en “La vi llegar”, 1944, con estas palabras: ” Y el bandoneón / -rezongo amargo del olvido- / lloró su voz / que se quebró en la densa bruma. / … Y el bandoneón / dice su nombre en su gemido, / con esa voz / que la llamó desde el olvido. / Y en este desencanto brutal que me condena / la vi partir sin la palabra del adios”.

La relación entre el ejecutante y el instrumento es íntima, confidencial. Al bandoneón se le confían los secretos personales mejor guardados, los sentimientos más comprometidos, como integrantes de una sociedad muy especial. Enrique Cadícamo junto a Rafael Rossi, nos dejaron en 1943, “Cuando tallan los recuerdos” : “Aquí está mi orgullo de antes, / bandoneón de mi pasado, / viejo fueye que he dejado / para siempre en un rincón. / Mi viejo fueye querido, / Yo voy corriendo tu suerte, / las horas que hemos vivido / hoy las cubre el olvido / y las ronda la muerte”.

Otras veces, los momentos vividos con el bandoneón se traducen en episodios muy gratos, felices y emotivos, que conducen a una cadena de recuerdos inolvidables, siempre agradecidos. Lo decían Francisco Marino y Juan Arcuri en “Viejo tango”, 1926, : “En el gangozo rezongar del fueye, / brotan sentidas, llenas de emoción / las cadenciosas notas de mi tango, / el viejo tango de mi corazón. / Se llena mi alma de dulces recuerdos / y de añoranzas de mi juventud, / y cada nota asoma a mi memoria / una deuda de inmensa gratitud”.

El alejamiento del hogar por razones laborales, motiva la evocación nostálgica del tango, siempre asociada al querido bandoneón. Así Homero Manzi y Lucio Demare compusieron “Mañana zarpa un barco”, 1942, :” Dos meses en un barco viajó mi corazón, / dos meses añorando la voz del bandoneón / El tango es puerto amigo donde ancla la ilusión, / al ritmo de su danza se hamaca la emoción. / Bailemos este tango, no quiero recordar, / mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más”.

La humanización del bandoneón queda claramente reflejada, al atribuírsele los mismos sentimientos que nos tocan vivir a diario. Enrique Cadícamo y Juan Carlos Cobián lo manifiestan en “Nostalgias”, 1936, al decir: ” Gime, bandoneón, tu tango gris; / quizás a ti te hiera igual / algún amor sentimental…/ Llora mi alma de fantoche, / sola y triste en esta noche, / noche negra y sin estrellas…/ Quiero emborrachar mi corazón / para después poder brindar / por los fracasos del amor”.

El bandoneón y el tango, intimamente entrelazados, elementos determinantes de una inmigración que se asentó en el barrio de la Boca. De acuerdo con Alberto Vacarezza y Antonio Scatasso, así lo señalaron en “El poncho del amor”, 1927, : ” Yo soy del barrio de la ribera, / patria del tango y el bandoneón. / Hijo sin grupo de un gringo viejo, / igual que el tango de rezongón “.

El bandoneón se transforma en el confidente esencial, entre copas y tangos, cuando los romances terminan en la nada pero permanecen en el subconciente, reapareciendo con fuerza incontenible. Homero Manzi y Aníbal Troilo, lo expresaron en “Che, bandoneón”, 1950, : “Bandoneón / hoy es noche de fandango / y puedo confesarte la verdad, / copa a copa, pena a pena, tango a tango, / embalado en la locura / del alcohol y la amargura. / Bandoneón, / ¿para que nombrarla tanto ? / ¿No ves que está de olvido el corazón / y ella vuelve noche a noche como un canto / en las gotas de tu llanto, / Che, bandoneón? “.

El bandoneón era el personaje, la esencia, el motivo, la razón de todas las situaciones emparentadas con el tango. El bandoneón llora, gime, ronronea; se manifiesta de todas las formas posibles ante su dueño. José Staffolani y Pedro Maffia compusieron “Taconenando”, 1931, y así lo contaron: “Y al quejarse el bandoneón / se escuchó / tristes las notas del tango / que nos hablaba de amor, / de mujer, de traición, / de milongas manchadas de sangre / de sus malevos y el “Picaflor”.

Las penas y los romances evocados bajo la acción del alcohol, caracterizaron al famoso tango “Malena”, de Homero Manzi y Lucio Demare, 1942,: “Malena canta el tango como ninguna / y en cada verso pone su corazón. / A yuyo de suburbio su voz perfuma. / Malena tiene pena de bandoneón. / O acaso aquel romance, que solo nombra / cuando se pone triste con el alcohol. / Malena canta el tango con voz de sombra. / Malena tiene pena de bandoneón”.

El tango, Realidades argentinas

LAS CARTAS EN EL TANGO

Las cartas, portando noticias de diversa naturaleza, han integrado con frecuencia el desarrollo de la temática tanguera, comunicando buenas o malas noticias. Dentro de una temática amplia, podemos apreciar que los romances con su trayectoria sinuosa, con finales felices o tristes, poblados de rupturas, engaños o decepciones, han configurado un amplio espectro de situaciones tratadas por las cartas con cierta frecuencia.

Las malas noticias quedaron reflejadas en “Galleguita“, de Alfredo Navarrine y Horacio Pettorossi, de 1924: “Tu obsesión era la idea / de juntar mucha platita / para tu pobre viejita / que allá en la aldea quedó. / Pero un paisano malvado / loco por no haber logrado / tus caricias y tu amor, / ya perdida la esperanza / volvió a tu pueblo el traidor. / Y envenenando la vida / de tu viejita querida, / le contó tu perdición / y así fue que el mes pasado / te llegó un sobre enlutado / que enlutó tu corazón”.

La carta puede ser el punto final a una relación de pareja, anunciada en forma intempestiva, como una sorpresa inesperada. Pascual Contursi y José Martínez nos dejaron en 1917 una admirable descripción en “De vuelta al bulín” : “La carta de despedida / que me dejaste al irte, / decía que ibas a unirte / con quien te diera otro amor. / La repasé varias veces / no podía conformarme / de que fueras a amurarme / por otro bacán mejor “.

Algo semejante ocurre en “Farolito de papel“, de Francisco García Jiménez y Justo Lespes, 1930: “Esta noche me encontré / la cartita del adios / en la almohada donde ayer / me juraste eterno amor”. En pocas palabras, en forma sintética, clara y directa, se expresa una historia de amor trunca.

Las cartas de despedida, con distintos matices, son, probablemente, las más comunes en los temas tangueros. Generalmente la carta la escribe la mujer expresando el final de un sentimiento y el comienzo de otro. Leopoldo Díaz Vélez supo plasmar esos sentimientos en 1958, con el tango “Quien tiene tu amor“: “He recibido una cartita tuya / donde me dices adios, sin alma. / Yo me pregunto como puedo ahora / seguir viviendo si tu no me amas…/ ¿Quién tiene tu amor / ahora que yo no lo tengo / Dime de quien es / y quien se ha llevado tus besos…/ Hoy tengo ante mis ojos / una foto donde estás / sonriéndome, / última limosna que me das…”.

La pérdida definitiva del ser amado, con toda su carga de recuerdos, angustias y pesares, motivó cartas muy tristes que evocan, constantemente, vivencias siempre presentes que el tiempo no pudo borrar. Lo dicen Francisco García Jiménez y Anselmo Aieta en “Alma en pena“, 1928: “Aun el tiempo no logró / llevar su recuerdo, / borrar las ternuras / que guardan escritas / sus cartas marchitas / que en tantas lecturas, / con llanto desteñí. / Ella sí que me olvidó…/ Y hoy frente a su puerta / la oigo contenta, / percibo sus risas / y escucho que a otro / le dice las mismas / mentiras que a mi”.

La sospecha del engaño vigente, cuando nada se puede hacer para remediarlo, motiva cartas llenas de odio y venganza. La obsesión es solo una: tener la oportunidad de resolver definitivamente el desprecio, el rechazo. Es la situación del preso que desde la cárcel conoce el engaño y nada puede hacer. Miguel Esteban Bucino escribió “Una carta”, 1931, diciendo: “Quiero / que me diga con franqueza. / Si es verdad que de mi pieza / Se hizo dueño otro varón. / Diga madre, si es cierto que la infame / abusando que estoy preso me ha engañao…/ Y si es cierto que al pebete lo han dejao / en la casa de los pibes sin hogar…/ Si así fuera…Malhaya con la ingrata / Algún día he de salir, y entonces vieja, / se lo juro por la cruz que hice en la reja…/ que esa deuda con mi daga he de cobrar”.

La mención de las sensaciones al cambiar de país, con otra gente, otras costumbres, otras modalidades, otro idioma, en referencia a la Italia de postguerra, son temas expresados en “Una carta para Italia“, 1948, de Reinaldo Yiso y Santos Lipesker: “Dos días hace, mama  que estoy en la Argentina, / no me parece cierto sentirme feliz. / Si vieras Buenos Aires, que linda y que distinta / a nuestra pobre Italia, cansada de sufrir. / Quisiera en esta carta decirte muchas cosas;/ que este suelo amigo dan ganas de vivir, / que ya soy otro hombre, que sueña a todas horas / con el día que pueda traerte junto ami”.

La carta con la noticia más esperada, colmaba de alegría al receptor. Todas las ansias de la nerviosa espera culminaban cuando al grito de “¿Carteroo!, llegaba la feliz misiva. Reinaldo Yiso y Juan Puey nos dejaron “El sueño del pibe”, 1943,: “Golpearon la puerta / en la humilde casa, / la voz del cartero / muy clara se oyó, / y el pibe corriendo / con todas sus ansias / al perrito blanco, / sin querer pisó. / “Mamita, mamita…!” / se acercó gritando. / La madre extrañada / dejó el piletón / y el pibe le dijo / riendo y llorando / “el club me ha mandado / hoy la citación”.

Una modalidad en el juego de remontar barriletes era “enviar cartas”, es decir, colocar un trozo de papel en el piolín, de manera que el viento lo desplazaba hasta llegar al extremo final. “Cuatro líneas para el cielo”, 1948, de Reinaldo Yiso y Arturo Gallucci, nos cuentan las vivencias dolorosas de un niño que perdió a su madre y roba un ovillo de hilo para su barrilete, porque desea enviarle un mensaje:” Señor yo no lo niego / es cierto que he robado, / me faltaba tan poco  / para poder llegar / con este barrilete / hasta el azul del cielo, / allí donde se ha ido / ayer nomás…mamá. / ¿No ve que hay una carta / pegada al barrilete ? / No me alcanzaba el hilo, / fue verlo…y que se yo. / No lo pensé dos veces, / me sorprensió el librero, / le juro mi sargento / por eso fui ladrón “.

La carta jocosa, imponiendo condiciones a la futura novia, enfocando una situación completamente distinta de la mayoría de las cartas en el tango, es la descripta en “Bolero”, de Reinaldo Yiso y Santos Lipesker: “Una carta le he mandado donde le digo:Querida (punto y coma) / Si querés que sea tu novio, tenés pronto que aprender / esos tangos que te envío: Catamarca, La Cachila, El Arranque, / Mano a mano, Adiós Bardi, El buscapié. / Y una cosa más te digo, mi querida noviecita / que en la noche de la boda, y no lo tomes a mal, / yo quiero que me arrulle el tango La Cumparsita,/ que por algo soy porteño y nací en el arrabal”.

Es destacada la carta enviada desde el presidio lejano a la madre, por el presidiario en trance de morir. La conocimos en “El penado catorce”, 1930, de Carlos Pesce y Agustín Magaldi: “Dejó una carta escrita / con frases tan dolientes; / que un viejo presidiario / al leerla conmovió…/ al mismo fraticida / con alma tenebrosa / que en toda su existencia / amor nunca sintió. / En la carta decía: / “Ruego al Juez de Turno / que traigan a mi madre, / le pido por favor,/ pues anter de morirme / quisiera darle un beso / en la arrugada frente / de mi primer amor”.

El tango, La cuestión social

CIAE, LA COMPAÑÍA ITALO ARGENTINA DE ELECTRICIDAD

Los servicios eléctricos de la ciudad de Buenos Aires y alrededores, fueron brindados a partir de 1887 por empresas privadas.

A partir de 1912, aparecieron en la ciudad unas curiosas construcciones de estilo florentino, como si fueran pequeños castillos. La primera de ellas se edificó en la Boca, de gran tamaño, con ladrillos rojos a la vista, ubicada en la esquina de Caffarena y Pedro de Mendoza, hoy reciclada y transformada en sede de la Usina del Arte.

Fue la primera gran usina de vapor de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad, empresa de capitales suizos, encargada de alumbrar una parte de la ciudad de Buenos Aires, especialmente en donde estaban ubicados los inmigrantes italianos. El estilo de la construcción, que remedaba a los castillos florentinos, intentaba acercar a la impresionante cantifdad de italianos llegados al país, una imagen que les recordara su país natal.

La necesidad de extender la provisión de electricidad, motivó la construcción de numerosos edificios más pequeños, con ladrillos rojos y diseminados por diversos barrios de la ciudad, así como también en algunas zonas del Gran Buenos Aires. Se construyeron más de 200 edificios con estas características medievales, absolutamente diferentes del resto de la edificación existente.

Conformaron las usinas, subusinas y estaciones de la “Ítalo”, como se la conocía. Los característicos edificios no eran, iguales entre sí. Eran parecidos, con detalles arquitectónicos que variaba de uno a otro, pero siempre, plenamente identificables. Estuvieron activos durante la vigencia de la CIAE y a partir de 1979, al fusionarse a SEGBA SA, dejaron de prestar servicio por obsoletos y fueron cedidos a la Municipalidad, transformándose en una curiosidad edilicia de ese Buenos Aires quer se fue.

Fuente: http://www.diarioz.com.ar/#/nota/la-herencia-arquitectonica-de-la-compañia-Italo-Argentina.

Casasbellas, R. Una historia de corriente continua. La Nación, 16-03-1999.

El barrio, La ciudad, La inmigración, Realidades argentinas

JOSÉ BONOMI, EL ARTISTA OLVIDADO

José Bonomi nació en Cosenza, Italia, el 17 de junio de 1903.

Desembarcó en Buenos Aires en 1906 donde se radicó y desarrolló actividades de pintor, escenógrafo, grabador, dibujante y docente. Comenzó sus estudios de pintura con el profesor italiano Francisco Parisi, continuando en la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”.

Siendo estudiante, colaboró en 1921 en la revista “Jockey Club” y en 1924 ilustró “La Venus calchaquí”, de Bernardo González Arrili. En 1925 ganó el Primer Premio en el Salón de Pintura y Grabado. Posteriormente ilustró el Suplemento Cultural de “La Prensa”, del que llegó a ser su Director.

Alquiló un taller en la calle Belgrano al 500, junto con el escultor español Pepe Lorda. . Colaboró en las revistas “Caras y Caretas”, “Plus Ultra”, “Martín Fierro” y “El Hogar”. Fue muy recordada la cubierta del libro “Lunario Sentimental”, de Leopoldo Lugones, obra realizada en 1926, cuando trabajaba en la editorial Gleiser y la de “El espantapájaros”, de Oliverio Girondo.

Ya fueran óleos, grabados, acrílicos, técnicas mixtas o dibujos, Bonomi adoptaba con seguridad el estilo que mejor convenía a los textos que debía ilustrar. En 1927 viajó a Europa, visitando Italia, Francia y España. Participó en Madrid de las tertulias del Café Pombo y por invitación de Ortega y Gasset, realizó una exposición en los salones de la Revista de Occidente. En París frecuentó al Grupo Argentino, donde se encontraban Héctor Basaldúa, Horacio Butler y Alberto Moreira.

En 1945, la Editorial “Emecé” comenzó a publicar la colección “El Séptimo Círculo”, dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Su primer tomo fue “La bestia debe morir”, de Nicholas Blake, al que siguieron alrededor de 200 títulos más, dedicada casi exclusivamente a temas policiales.

Una de sus características fue la  presentación en más de 300 tapas, de diseños geométricos, que combinaban lo abstracto con el cubismo, realizados por José Bonomi, durante casi 40 años para una colección que rescató las formas del relato clásico policial inglés, destacando la eficacia de una trama  ingeniosa y bien contada.

El atractivo de las cubiertas, fue buena parte del éxito  que obtuvo, al presentar las figuras como un enigmático rompecabezas. Bonomi leyó los libros, buscando elementos significativos que le permitieran simbolizar los conceptos, con un exquisito poder de síntesis, que jerarquizó la presentación de esa colección.

También ilustró colecciones de “Novelistas Argentinos Contemporáneos”, “Piragua”, “Las Puertas de marfil” y otras editoriales tan disímiles como “TOR” y la “Revista Sur”. En 1949 viajó a Florencia y Siena junto con María Esther, su esposa. Los talleres florentinos fueron siempre su fuente de perfeccionamiento.

En 1936 comenzó sus tareas como escenógrafo en el Teatro “Cervantes” con “La discreta enamorada”, de Lope de Vega, y dirección de Cunil Cabanellas. Le siguieron Cyrano de Bergerac y en 1957 “Los Mellizos de Plauto”. En 1975 presentó una muestra de sus trabajos en la Galería “Van Riel”. Tenía 72 años y fue su primera exposición importante en la Argentina.

El aporte de José Bonomi a la historia del arte, a través del diseño y la obra gráfica no ha sido suficientemente valorado. Este artista, vinculado a los personajes del movimiento renovador como Leopoldo Marechal, Lino Eneas Spilimbergo, Emilio Pettoruti y Xul Solar, supo dejar una impronta inolvidable en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Acciarressi, Humberto. Las tapas de Séptimo  Círculo y retrospectiva de José Bonomi. La Razón 08-09-2014.

http://www.lanacion.com.ar/1726165-intrigas-policiales-bellamente-ilustradas

Dansey, M.S. El arte de poner la tapa. Clarín 18-09-2014.

http://www.artehispano.com.ar/Jose_Bonomi_El_Septimo_Circulo.html

Artistas destacados, La inmigración, Vivieron en Buenos Aires

EL APERITIVO PINERAL

Pineral es un aperitivo creado en 1864 por los hermanos Pini.

Hermenegildo Pini nació en Lierna, Italia, sobre el lago de Como. En 1864 fundó en Buenos Aires “Pini Hermanos & Cía”, la empresa licorera “más importante de Sudamérica”, según sus palabras. Su producto estrella fue el aperitivo “Pineral”, elaborado como una réplica al antiguo bitter francés “Aperital Deloc”.

La fórmula original era a base de 30 hierbas aromáticas, cáscaras de frutas cítricas y caramelo, con alcohol de 36º. “Pineral” es un aperitivo de tipo amaro, que acompañó a generaciones de argentinos durante más de un siglo, con un sabor cercano al del bitter alemán. Hermenegildo Pini, que en 1922 fue Presidente de la Unión Industrial Argentina, fue uno de los tantos inmigrantes italianos que trajeron al país el gusto por los aperitivos como el vermouth, fernet y bitter.

Como en todos los aperitivos de esa época, se lo recomendaba por poseer propiedades de tónico reconstituyente, vigorizante, estimulante del apetito, y regularizador de la digestión. “Pineral” triunfó en las exposiciones nacionales e internacionales, acumulando premios y medallas, impresas en su colorida etiqueta, adornada con un fileteado porteño.

El desarrollo de los aperitivos se vió favorecido en la segunda década del Siglo XX, como consecuencia de las dificultades provocadas por la Primera Guerra Mundial, motivando su fabricación en el país, ante la demanda creciente de los inmigrantes. A la publicidad inteligente de Hermenegildo Pini, basada en las propiedades tonificantes, se le sumó la gama de obsequios, sea para cafés y bares como ceniceros y destapadores, o de relojes suizos y máquinas de afeitar para los consumidores habituales.

La popularidad de “Pineral” quedó reflejada en el tango que, con el mismo nombre, escribió Ángel Villoldo. Su uso se extendió a las pulperías del interior cuando fue adoptado por los gauchos. Se llegaron a vender 600 mil botellas al año. Sin embargo, su consumo anual fue disminuyendo hasta alcanzar la cifra de 24 mil botellas, por lo que la empresa fue vendida en el año 1974.

El “Pineral”, un amaro de alta graduación alcohólica, brilló en los bares y fondas tradicionales, siendo llamado “el fernet de los pobres”, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.bar-drinks.com.ar/2013-08-19-15-43-12/aperitivos/128-pineral?tmp…

http://libroderecetas.com/bebidas/aperitivos-tipicos-argentinos

http://dearomasysabores.wordpress.com/2011/08/04/pineral

Sin categoría

TORCUATO DI TELLA

Torcuato Di Tella nació en 1892 en Capracotta, Italia.

En 1903 llegó a Buenos Aires, a la edad de 13 años. Su ingenio y su inventiva se mostraron con la invención de una amasadora de pan en 1911, a consecuencia de una huelga de panaderos. Tenía 18 años y a raiz del éxito obtenido creó la empresa “Sección Industrial Amasadoras Mecánicas”, conocida como SIAM, patentando la primera máquina para amasar pan.

Estudió en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, graduándose en 1921. SIAM se transformó en una fábrica muy importante, al ser contratada por YPF para fabricar bombas de extracción de petróleo, oleoductos y surtidores de combustible, hasta 1930.

Por el golpe militar, le rescindieron el contrato con YPF, por lo que en 1932, se orientó a fabricar maquinaria industrial y heladeras comerciales. En 1935 fabricó las heladeras familiares SIAM, de gran impacto por el uso masivo, lo que le brindó un gran prestigio.

También lavarropas, cocinas, televisores, motonetas, furgonetas, grandes transformadores eléctricos, caños de acero y generadores para locomotoras diésel eléctricas. Empleó a más de 10.000 obreros en una gran fábrica metalmecánica ubicada en Avellaneda.

Representó a la Argentina ante la Organización Internacional del Trabajo, OIT y fue docente de economía y gerencia de empresas desde 1944. Se casó con María Robiola y tuvo 2 hijos, Torcuato y Guido Di Tella. Falleció en Buenos Aires en 1948, a la edad de 56 años, cuando SIAM era el grupo industrial más importante de LatinoAmérica.

Su muerte dejó un hueco muy importante en la conducción de la empresa . En la década del 50, mediante un acuerdo con la firma italiana Lambretta, fabricó motonetas denominadas “Siambretta”. SIAM también fue famosa a partir de 1960 por la producción de automóviles, los SIAM-DiTella, basados en la tecnología inglesa del Riley 4, un sedan de 4 puertas con capacidad para 5 pasajeros. Fue el auto de la familia de clase media y de los taxistas.

En 1958 se fundó el Instituto Di Tella, para la educación de artistas locales y en 1991, la Universidad Di Tella, emprendimientos desarrollados por los ingenieros Torcuato y Guido Di Tella, quienes interesados en el aspecto cultural, no se ocuparon del manejo de la empresa.

En 1972 todo terminó cuando la empresa entró en bancarrota, siendo nacionalizada  por la enorme deuda que mantenía con el Estado. En 1986, la empresa fue desmembrada y vendida a los grupos empresarios privados Techint, Pérez Companc y Aurora Grundig. Los problemas de gestión sumados a los golpes de estado y las dificultades financieras, condujeron a la quiebra.

Torcuato Di Tella intentó transformar a la Argentina rural en una nación industrializada y moderna, con conceptos novedosos como la producción en serie y la organización científica del trabajo. Las heladeras SIAM y el famoso Di Tella 1500, fueron íconos de la industria argentina, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Siam_Di_Tella

http://edant.clarin.com/suplementos/zona/2006/10/29/2-03515.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Torcuato_Di_Tella

La inmigración, Realidades argentinas, Vivieron en Buenos Aires

LA EDITORIAL TOR

La Editorial TOR fue una editorial argentina creada en Buenos Aires en el año 1916.

Su fundador fue Juan Carlos Torrendell, nacido en Palma de Mallorca, España, el 25 de octubre 1895. Llegó a Buenos Aires en 1907. Trabajó en la Librería Editorial “La Facultad”, ubicada en Florida 359. El 16 de junio de 1916, cuando contaba 20 años de edad, fundó la Editorial TOR, con talleres en Río de janeiro 760 y locales de venta en las calles Florida y Maipú.

Las ediciones de TOR eran muy económicas, impresas en papel de diario, con tapas de papel satinado y dibujos anónimos en colores. Adoptó como frase emblema:”Contra viento y marea” y su nombre surgió de las tres primeras letras de su apellido.

El espectro de sus publicaciones fue muy amplio. Novelas románticas de M. Delly, César Duayen. Poesías de Amado Nervo. Obras de Stephan Zweig, Anatole France, Manuel Gálvez, Giovanni Papini, Marcelo Peyret, etc. Algunas publicaciones fueron consideradas en esa época, como de tono muy subido, que se leían a escondidas, tales como “Los pulpos”, de Marcelo Peyret; “Naná” de Emilio Zola y “Safo” de Alfonso Daudet.

En el catálogo de TOR se hallaba todo tipo de tema. Benito Mussolini con “El fascismo”; Adolfo Hitler con “Mi lucha” y Frankin D. Roosevelt con “Mirando adelante”, integraron su frondoso listado. Publicó obras de ensayo en su “Nueva Biblioteca Filosófica”, editando a Aristóteles, Platón, Erasmo de Rotterdam, Auguste Comte o Hipócrates, entre otros.

Los niños tenían a su alcance los cuentos clásicos como “Aladino y la lámpara maravillosa”, “Alí Babá y los 40 ladrones”, “Caperucita Roja”, “Gulliver en el país de los enanos”, “Pulgarcito”. ¿Quién no tuvo acceso a estos libros inolvidables de la literatura infantil? Leíamos los tomos varias veces y cada vez, nos gustaban más.

Fueron varias las colecciones especializadas. Los “Maestros de la Música”, en la década del 40, mostró las biografías de Beethoven, Mozart, Verdi, Massenet y otros. También la “Enciclopedia sobre obras de Sigmund Freud”, incluyó diez títulos.

Capítulo aparte es el de las novelas policiales, donde siempre recordamos las “Aventuras de Míster Reeder”, de publicación semanal con 64 páginas de extensión y más de 600 ejemplares publicados. Quedamos atrapados siguiendo las peripecias del inefable investigador del Procurador Fiscal, que no se desprendía de su paraguas, siempre cerrado pero conteniendo su arma, un trozo de llanta de goma.

La actividad de TOR se extendió desde 1916 hasta 1971. De Freud a Marx, Tarzán a Emilio Salgari o latinoamericanos famosos como Borges, Bioy Casares u Horacio Quiroga, integraron sus famosos títulos. Editorial TOR fue la más grande editorial de toda la historia en Latinoamérica; produjo más de diez mil títulos de libros y dos mil revistas de géneros diversos.

Fue factor de gran importancia en el ámbito cultural argentino. Nunca olvidaremos a esos libros amarillentos, ajados, de papel ordinario y mal cortado, que leimos en muchas oportunidades. Juan Carlos Torrendel fue un visionario con un espectacular sentido de la oportunidad. Cuando se estrenaba una película atractivas, TOR imprimía el libro pero con el título de la película. Lo hizo en 1933 con “El creador de mosntruos” y en “Tarzan de los monos”, publicando una extensa serie de novelas de Tarzan.

Desde su creación hasta 1930, no ofreció nada destacable. En1930 adquirió su primera rotativa, comenzando su época de oro hasta 1959. Publicaba uno o dos libros por día y no menos de 5 mil ejemplares por cada uno, para establecer un  relación costo beneficio favorable. Eso motivó su expansión a casi todos los países de Latinoamérica. El 70 % de la tirada, estaba dirigida al mercado externo.

Cuando se agotaban los libros de determinado autor, TOR contrataba a escritores nacionales quienes redactaban textos apócrifos con el nombre del autor original. Así ocurrió con Tarzán, con historietas basadas en Walt Disney, novelas policiales de Mister Reeder y Sexton Blake. En muchas ocasiones, superaban en calidad a las originales. Mister Reeder, creada por Edgard Wallace, encontró en Buenos Aires su réplica en los escritos firmados por John Traben.

Juan Carlos Torrendell falleció en Vicente López el 11 de marzo de 1961, señalando el comienzo de su recesión y caída, culminando con el cierre e la empresa en 1971. TOR tuvo una gran incidencia en el desarrollo de la cultura argentina, accesible a todo nivel en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.elarcadigital.com.ar/modulos/suplementos/articulos.php?

http://www.axon.com.ar/wiki/index.php?title=Editorial_TOR

http://josecalvino2002.blogspot.com.ar/2012/08/editorial-tor.html

La educación, La inmigración, Las Revistas Inolvidables, Vivieron en Buenos Aires

LA SAETA RUBIA

Al comienzo de su carrera futbolística, Alfredo Di Stéfano fue llamado “La Saeta Rubia”.

Sucedió en el año 1947, durante su período en el club River Plate. Di Stéfano había nacido en Barracas, el 4 de julio de 1926. A los 17 años se probó en River siendo aceptado. Jugó en las divisiones inferiores, ocupando varios puestos como delantero.

En 1945 debutó en Primera División jugando sólo un partido. En 1946 jugó a préstamo en el club Huracán regresando a River en 1947. Ese fue el año de su consagración. Le tocó reemplazar al Maestro Adolfo Pedernera, un habilidoso jugador con el manejo de ambas piernas y muy potente en los remates.

Pero Di Stéfano cambió la fisonomía de esa delantera inolvidable integrada por Reyes, llegado del club Racing en reemplazo de Juan Carlos Muñoz; Moreno, Di Stéfano, Labruna y Loustau. La velocidad de Di Stéfano llevando la pelota, lo transformó en “La Saeta Rubia”. El arquero Grisetti pasaba la pelota con las manos al back izquierdo Luis Ferreira, quién rápidamente la cedía al número 6, José Ramos. Di Stéfano recibía el pase ubicado en el círculo central y entonces, comenzaba el otro espectáculo, su show exclusivo.

Inicaba una carrera vertiginosa hacia el arco contrario, eludiendo a la carrera a los defensores que iban apareciendo. Al llegar al borde del área, disparaba uno de sus “taponazos” inolvidables, que se transformaban en gol. Esta maniobra de como llegaba al gol, se repitió muchas veces durante ese año 1947, a tal punto, que cuando recibía la pelota en el centro de la cancha, la hinchada en la tribuna se paraba  comenzando a gritar el gol, que aún, no se había producido.

Pero la “Saeta” era imparable, y el taponazo esperado, se producía en el momento justo, provocando una gritería ensordecedotra, que hacía temblar el cemento del “Estadio Monumental”. Estas situaciones las vivimos en ese inolvidable 1947, cuando River ganó todo y el goleador fue Di Stéfano.

Al año siguiente jugó 23 partidos y 12 en 1949, cuando se desató un conflicto en el fútbol argentino que motivó el alejamiento de Di Stáfano junto con más de 50 jugadores, quienes se incorporaron , en su mayoría, al fútbol de Colombia. Di Stéfano lo hizo en el Club Los Millonarios, donde permaneció 4 años.

A partir de 1953 comenzó su período europeo en el Real Madrid. Nos dejó para siempre el 7 de julio de 2014. Su habilidad, su velocidad y su capacidad goleadora quedaron estampadas para siempre en el gran River Plate de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://deportes.elpais.com/deportes/2014/07/07/actualidad/

http://es.wikipedia.org/wiki/Alfredo_Di_Stefano

La infancia, Los entretenimientos, Personajes de la infancia, el fútbol

EL BULÍN

El bulín era una habitación alquilada, de medianas dimensiones, donde un grupo de amigos, la usaban como un refugio y sitio de encuentros.

Generalmente ubicada en los altos de un edificio, disponía de una mesa para comer y jugar a los naipes, generala o dominó, los mismos juegos que en el café, a lo que se sumaba como complemento obligado, un platito con porotos que alguna vez fueron blancos.

Una cama, “la catrera”, de usos múltiples; un calentador marca “Primus”, fuente calórica primordial para entibiar el ambiente en los días invernales y calentar el agua contenida en una pava para tomar mate, infaltable junto a la azucarera y yerbera, conjunto al que se adicionaban los clásicos bizcochos con grasa, combinación insuperable.

Una ventana de doble hoja con postigos de madera, permitía distinguir el día de la noche. Un velador pequeño en la mesa de luz y una sencilla lámpara colgante, constituían las únicas fuentes lumínicas artificiales. Las paredes empapeladas con pésimo gusto y un piso de madera con listones de roble, que alguna vez fueron encerados.

Una pequeña radio permitía escuchar relatos de partidos de fútbol, resultados de lotería y programas musicales. Con motivo de un cumpleaños o una fecha especial, alguno traía un tocadiscos o una victrola a cuerda, para disfrutar un par de discos con buenos tangos interpretados por Juan D’Arienzo o Carlos Gardel.

Un cenicero muy sucio, recuerdo de alguna visita al café, estaba colmado de colillas, que en época de “malaria”, se volvían a fumar. Todos tenían la llave de la habitación; eran cuatro o cinco amigos que estaban muy bien organizados con los horarios, cuando alguno tenía una compañía femenina. Una foto de Gardel o de un equipo de fútbol, adornaba una de las paredes.

El bulín era el lugar donde un grupo de amigos, después de ir a bailar, se reunían para cenar en calzoncillos, en horas de la madrugada, o bien para jugar al póker, en una noche prolongada, hasta que alguno abría los postigos y la luz del sol en la cara, les señalaba un nuevo día.

El bulín era el sitio para combatir el hastío, la mufa del trabajo, la angustia por un rechazo sentimental, en donde se encontraba siempre la palabra que consolaba, que apoyaba, que acompañaba, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La cuestión social, Realidades argentinas

EL METRO CUADRADO

Algunas tareas para el hogar indicadas en la escuela, no podían cumplirse para el día siguiente.

Entonces pedíamos auxilio a nuestros padres, para poder  resolverlas. En la mesa del comedor, cubierta con un mantel de hule con un dibujo cuadriculado, resolvíamos a diario todas las tareas escolares. No era un sitio aislado, dado que confluían simultáneamente, otras actividades.

Una radio encendida, trasmitía una novela, mientras mi madre planchaba sobre una mesa exclusiva para esa labor. Uno de mis hermanos, estudiaba piano y sus lecciones, ocurrían siempre a la misma hora. Recibir el auxilio de mis padres no era sencillo: papá trabajaba fuera de mi casa y mamá estaba ocupada con las tareas hogareñas.

El tema asignado fue “El metro cuadrado”. Debía disponer de una hoja de papel glacé de un metro cuadrado de superficie y dividirla en 100 cuadrados de 10 centímetros de lado. El marcado del papel en 100 cuadrados iguales realizado con un lápiz, no era sencillo. No disponía de una regla superior a un metro de longitud, y el marcado de la hoja debía ser exacto para lograr la total igualdad en el plegado.

Era un trabajo para ser realizado por más de una persona, poniendo mucho esmero para que la tarea fuera exitosa. Fue mucho el tiempo que demandó el plegado correcto para obtener la uniformidad en el resultado final.

Cercana la medianoche, yo era sólo espectador, pero el cuadrado de diez por diez centímetros, estaba listo. Fue una labor realizada totalmente por ellos y yo, fui impotente para dar un paso positivo. Ese día, mis padres realizaron muy bien los deberes que me encomendaron en la escuela, de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La educación, La infancia

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