EL PLUMERERO

Un personaje de Buenos Aires que transitba las calles con frecuencia era el plumerero.

No usaba uniforme y llevaba en una mano varios plumeros de tamaño diversos y en la otra, un plumero mediano, a modo de muestra, con el que reforzaba su voceo.

Los plumeros se utilizaban para la limpieza y el aseo doméstico. Los plumeros eran pequeños, medianos, muy utilizados y grandes. Eran fabricados con plumas de avestruz o ñandú, unidas a un mango de madera barnizada, de unos 50 centímetros de longitud. Se usaba para quitar el polvo depositado en los muebles.

En realidad, quitar el polvo era un absurdo, porque se lo movilizaba temporariamente, hasta que al cabo de un momento, se depositaba nuevamente en los mismos muebles. En todos los hogares había uno.

Tambien se usaba uno pequeño con mango hueco de metal, donde se insertaba un largo mango, cuya finalidad era limpiar los techos, especialmente los ángulos y uniones del techo con la pared, donde frecuentemente había telas de araña.

Una vez barridos los pisos, se procedía a “limpiar todas las superficies” con el auxilio de un plumero, habitualmente de tamaño mediano. Era común observar a los porteros de las casas, pasar el plumero por la fachada de las puertas. Recuerdo que en mi casa, el plumero se empleaba todos los días y nunca había comentarios referidos al hecho de movilizar momentáneamente el polvo depositado en la superficie de libros, objetos de adorno, mesas, cuadros, etc.

El plumerero, fue un personaje que siempre encontró como ubicar este artículo de limpieza, esencial en el hogar para las amas de casa, de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, Personajes de la ciudad

EL VENDEDOR DE CHURROS

El vendedor de churros recorría la ciudad por las tardes. Usaba saco que alguna vez fue blanco, gorra oscura con visera y alpargatas.

Transportaba dos canastas, una en cada extremo de una barra de madera que asentaba sobre sus hombros, por detrás del cuello, unidas a la barra por una cuerda gruesa. Media canasta esta cubierta por los churros. Los ofrecía en dos tamaños: pequeños o comunes y grandes, que duplicaban el tamaño.

Los churros no estaban rellenos de dulce de leche. Esa costubmbre aparecería mucho más tarde. No trasportaba solo churros, porque también vendía galletas de miel, polvorones y facturas con crema pastelera. Ambas canastas estaban cubiertas por un lienzo blanco.

Este personaje trabajaba exclusivamente en las veredas, y anunciaba su presencia soplando un silbato ubicado dentro de la boca, que emitía un sonido característico e inconfundible. Esto motivaba la salida de los domicilios y la compra de su mercadería que rápidamente se agotaba.

El churrero tomaba la mercadería con su pinza anatómica, es decir entre los dedos pulgar e índice y la colocaba en una hoja de papel de almacén. Por muy pocas monedas teníamos acceso a degustar churros o facturas que habitualmente, no se hallaban en las panaderías. La venta de churros estaba restringida a estos vendedores y en aquellos pocos lugares que ofrecían chocolate con churros.

Churros crujientes, sabrosos, con azúcar espolvoreada en el momento de la compra, constituían solos, o acompañando a un café con leche, un complemento delicioso difícil de encontrar en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Personajes de la ciudad

GEORGE ANDREANI

Joseph Kumok, conocido como George Andreani, fue un compositor y director de orquesta nacido en Varsovia, Polonia, el 28 de Febrero de 1901.

Estudió piano en Varsovia con su padre y se perfeccionó en el Conservatorio de Berlín, y con el maestro Xaver Sharwenke. Completó estudios en Viena y Praga. Estudió composición con el maestro Trailin, discípulo de Rimsky Korsakov.

Finalizada la Primera Guerra Mundial se radicó en Praga, Checoslovaquia como director y compositor de la música de 38 películas, en los Estudios Barrandow en Praga y para el sello UFA, en Berlín. En 1935 compuso la música del film “El Golem”, dirigido por Julien Duvivier en Francia, lo que le valió un premio. Compuso también la música de comedias musicales como “Adieu Madame”; “El Cuervo blanco”; “La femme sans coeur”, etc.

Foto: Museo del Cine Pablo Hicken

Llegó a Buenos Aires en 1938. Colaboró como compositor y director de la música de 79 películas, a partir de 1937 para “Fuera de la ley”, dirigida por Manuel Romero, ésta antes de su arribo a Buenos Aires. La última fue “Hombres salvajes”, en 1959. También colaboró en algunas películas del cine chileno. Trabajó con directores como Carlos Hugo Christensen, Arturo García Buhr, Enrique Susini, entre otros. La mayor parte de las películas que musicalizó pertenecíeron al sello “Lumiton”.

Fue director de la Orquesta Estable de Radio Splendid y Conductor durante 5 años, de la “Fiesta de la Vendimia” en la Provincia de Mendoza. Ganó el “Premio Sadaic 1972″ por la “Composición de Música para Películas”. Falleció en Buenos Aires el 2 de Abril de 1979.

Algunos exiliados europeos tomaron a la Argentina como país de paso o de refugio mientras que otros, como George Andreani vivieron en forma definitiva, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Glocer, Silvia. Acerca de los músicos judíos exiliados en la Argentina durante el nazismo. 2008

La Nación, 10 Abril 1979.

El cine, El exilio, Vivieron en Buenos Aires

FRANCISCO GARCíA JIMENEZ

Francisco García Jimenez nació en Buenos Aires el 22 de Agosto de 1889.

Hombre múltiple, desempeñó tareas como periodista, guionista de cine, historiador y prestigioso escritor de letras de tango. Su excelente producción comenzó con “Zorro gris” en el año 1920, en colaboración con Rafael Tuegols.

En 1925 dió a conocer “Suerte loca”, con música de Anselmo Aieta, su coequipier en múltiples producciones como “Siga el corso”, “Carnaval” y “Ya estamos iguales”. Con música de Vicente Belvedere nos dejó en 1928  “Barrio pobre”, y en 1929 “Alma en pena”, nuevamente con Anselmo Aieta.

Las letras de García Jimenez, se caracterizaron por la diversidad y popularidad que alcanzaron. El lunfardo sólo lo utilizó en “Lunes” y “Farolito de papel”, 1929 y 1930 respectivamente. Son muchos los testimonios de su atildada y minuciosa producción: el vals “Palomita blanca”, los tangos “Rosicler”, “Tus besos fueron míos” y “Bajo Belgrano”.

Este gran creador se alejó de  nosotros el 5 de Marzo de 1983, como consecuencia de un accidente en la línea E de subterráneos. Francisco García Jimenez fue un fino constructor de imágenes, con un lenguaje pulido y erudito, creyente fervoroso del valor de las letras del tango, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”. FM 97.9 Radio Cultura. Emisión No. 50, 10 de Abril de 2000.

El tango

EL VENDEDOR DE CUBANITOS

El vendedor de cubanitos trabajaba en la calle, hasta antes del anochecer. Usaba un saco blanco; a veces un gorro también blanco. Se ubicaba en sitios estratégicos como en las entradas de los colegios, edificios públicos o en las plazas.

Pero el sitio más frecuente para encontrarlo era en las esquinas, cuando los vehículos se detenían forzozamente por razones del tránsito. Caminaba entre los autos voceando y mostrando su producto. Los cubanitos estaban ordenados sobre una bandeja de madera formando una pirámide.

Generalmente descubiertos, eran elegidos con una pinza, a fin de depositarlo en las manos del comprador. En otras oportunidades, estaban envueltos en papel blanco traslúcido, en grupos de tres, evitando de esa forma ensuciarse con dulce de leche.

La bandeja se agotaba en poco tiempo, especialmente al mediodía o en la hora del té. Pero la carga era rápidamente repuesta, mediante la ayuda de una mesita auxiliar, donde había suficiente cantidad de mercadería, generalmente a la intemperie y sin ninguna protección.

A veces ocurrían accidentes que obligaban a reconsiderar sabiamente las decisiones. Me refiero a cuando por una maniobra intempestiva, los cubanitos caían al suelo. Si estaban envueltos, no pasaba nada. Pero la mayoría de las veces, no lo estaban y observar el espectáculo del vendedor recogiendo los cubanitos del suelo, sea de la vereda o de la calle para reponerlos en la bandeja, provocaba un sentimiento de rechazo que conducía a una sola conclusión: no consumir jamás cubanitos en la vía pública.

La falta de higiene, el descuido en el manejo de la mercadería, las moscas en el verano y el manoseo a toda hora por parte del vendedor, eran factores que se aunaban para evitar ingerirlos. En ciertas circunstancias, cuando un amigo nos convidaba, se creaba una situación de rechazo conciente, molesta para ambos, pero por distintas razoners. La venta callejera de cubanitos, llegó a ser muy popular, en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

LAS LOCOMOTORAS

Durante mi niñez y comienzo de la adolescencia, vivía en la calle Billinghurst y Rivadavia, en el barrio de Almagro, muy cerca de las vías del Ferrocarril Oeste, hoy Ferrocarril Sarmiento.

A una cuadra de allí había un puente sobre las vías en la calle Bustamante, que permitía ver a los trenes eléctricos que salían del túnel de Plaza Miserere, así como a las locomotoras alimentadas a leña, carbón o petróleo, arrastrando vagones, haciendo maniobras o cargando agua.

Ir a ver el pasaje de estas locomotoras llegando o saliendo de la estación Once a nivel, era un paseo infantil. Como el puente estaba ubicado a unos 400 metros de la estación Once a nivel, las locomotoras llegaban al puente aumentando su velocidad y arrojando un humo denso, blanco o negro.

Durante la época de la “tos convulsa”, visitaba el puente diariamente para aspirar el humo negro principalmente. Se decía que poseía propiedades que ayudaban en la curación de la “tos convulsa”. La aspiración del humo era fugaz, lo que tardaba el tren en pasar debajo el puente.

Era una época en la que no había antibióticos ni vacunas para esta enfermedad, pero con abundancia de “tratamientos alternativos útiles”, según se decía porque a alguien, que no conocíamos, lo había beneficiado. La realidad era que vivíamos la historia natural de la enfermedad, pasando por todas sus etapas, sin encontrar mejoría.

Quiero contarles la relación “filial”existente entre el maquinista y la locomotora. Si conocen a algún ferroviario que las haya manejado podrán comprobarlo. Le ponían nombre, generalmente femenino, y la cuidaban como a un objeto precioso, exigiéndola en la medida de las posibilidades de cada una.

Procuraban realizar los recorridos en el menor tiempo posible, especialmente en determinados tramos. Se destacaban los tiempos obtenidos, y cual locomotora poseía el record. Hemos tenido la oportunidad de visitar tiempo atrás, una exposición de locomotoras en la estación Retiro. Consistía en fotos de distintas locomotoras que se habían destacado por su rendimiento, así como también miniaturas de locomotoras famosas y la presencia de algunos elementos de alguna de ellas. Estaban acompañadas por una sinopsis cronólogica de su período de actividad y destino final.

Hoy ya no circulan las locomotoras en casi ninguna zona del país, constituyendo un nostálgico recuerdo de aquel Buenos Aires que se fue.

La ciudad

EL SIFONERO

El sifonero era un personaje popular en el ámbito porteño.

Conducía una chata tirada por uno o dos caballos, en la que cargaba los cajones de madera con seis divisiones, conteniendo sifones de vidrio con cabezal de plomo. Visitaba los domicilios de los clientes con una regularidad semanal, dejando habitualmente uno o dos cajones.

Estos cajones y su contenido eran pesados, pero siemopre nos asombró observar con que facilidad el sifonero transportaba dos cajones, uno sobre su espalda. En sus manos, el manejo de estos cajones daban la sensación que trabajaba con cajones vacíos.

Los caballos eran muy cancheros, porque cuando se detenía en una esquina, se quedaban tranquilos esperando el regreso con los cajones vacíos. Con una interjección, avanzaban hasta el próximo domicilio y así sucesivamente, hasta llegar a la esquina siguiente. Trepaba al carro y lo conducía hasta el próximo destino.

El sifonero, al igual que el lechero, ingresaba al domicilio, previo anuncio a viva voz, llevando una cantidad previamente especificada de sifones. Siempre cordial, mostraba su amabilidad al ser atendido. Daba la sensación que le gustaba el trabajo que hacía.

Los sifones no estaban protegidos y siempre existía el temor de que alguno explotara, provocando heridas importantes. Este pensamiento nos acuciaba cada vez que manejaba los cajones con sifones llenos.  Felizmente, ésa fue una experiencia que nunca vivimos, salvo por referencias de terceros respecto de lo sucedido en otros. Así recordamos al sifonero manejando a sus caballos por las calles de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, Personajes de la ciudad

ALBERTO MARINO

Alberto Marino fue una de las grandes figuras del tango rioplatense.

Vicente Alberto Marinaro nació el 26 de Abril de 1920 en Verona, Italia. Era un bebé cuando llegó a la Argentina; su familia se ubicó en un pueblito de Salta, pero posteriormente se trasladó a Buenos Aires, viviendo en el barrio de Palermo.

Tuvo sólida escuela de canto y al comienzo, se dedicó al canto lírico, entonando canzonetas de su tierra natal. Debutó en 1935, en un festival organizado en el cine Palermo. Con el seudónimo de Alberto Demare lo hizo en Radio Mitre, pero para cantar tangos. Fue vocalista en la orquesta de Emilio Orlando, donde cambió el seudónimo por el de Alberto Marino.

El maestro Eduardo Bonessi  influyó decisivamente en su formación vocal. Poseía un registro de tenor que parecía que le sobraba la voz. El 5 de Abril de 1942 se incorporó al conjunto de Aníbal Troilo, debutando en el cabaret “Tibidabo” de la calle Corrientes, junto a Francisco Fiorentino. La asociación Troilo, Fiorentino, Marino marcó una de las mejores  épocas del tango.

Fue su mejor época de cantor, atestiguada en versiones que son verdaderas joyas. Su primera versión fue “Tango y copas”. Con “Pichuco” grabó entre 1946 y 1946, 51 composiciones: tres a dúo con Fiorentino y cinco con Floreal Ruiz. Alfredo Gobbi lo bautizó en 1945 como “la voz de oro del tango”.

Comenzó su trayectoria de solista en febrero de 1946, con la orquesta conducida por Emilio Balcarce, trabajando en Radio Splendid. Posteriormente fue acompañado por los conjuntos de Enrique Alessio, Héctor María Artola y Toto Rodríguez. Hacia fines de 1949 con el conjunto de guitarras de Roberto Grela.

En la década del 50 lo acompañaron las orquestas dirigidas por Hugo Baralis, Héctor Stamponi, Osvaldo Manzi y Alfredo Franco. Realizó giras por toda Latinoamérica y los Estados Unidos. En los años 60 grabó un long-play con José Canet y durante la década del setenta actuó junto a las orquestas de Miguel Caló, Armando Pontier, Carlos García, Osvaldo Requena y Alberto Di Paulo, grabando con todos ellos.

Como compopsitor dejó títulos como “Calle del ocaso”,”Te tengo que olvidar”, “Mi barco ya no está” y otros. Falleció en Buenos Aires el 21 de Junio de 1989. Alberto Marino desarrolló una depurada técnica dándole al tango un vuelo lírico y una calidez especial que tanto disfrutamos en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”. FM 97.9 Radio cultura. Emisión Nº 59, 12 de Junio de 2000.

El tango

VICTOR SCHLICHTER

Víctor Schlichter fue un director y compositor musical nacido en Viena, Austria, el 7 de Marzo de 1903.

Foto: Album de Friederike Schlichter

A los 6 años compuso su primer tema musical y a los 12 años, ofreció su primer concierto en Viena. Tuvo 3 hermanas, Dolly, Fritzi y Hedwig, conocida esta última en Buenos Aires como Hedy Crilla, actriz y directora de teatro.

Estudió violín en la Escuela de Música de Viena y en París. Composición en Viena con Arnold Schoenberg. Trabajó en la composición y dirección de música de películas para el mercado europeo, en los estudios cinematográficos UFA-film, y también como director de operetas.

En 1933 fundó el “Cuarteto de los Bohemios Vieneses”, de mucha actividad en Europa, especialmente en Berlín, de donde se alejó en 1935, por el enrarecimiento de la situación política con el advenimiento del partido nazi al poder. Regresó a Viena y en 1936 consiguió un contrato en Argentina para actuar con su Cuarteto en “Radio El Mundo”.

Fue su oportunidad para alejarse de Europa; se embarcó en Génova el 18 de Diciembre de 1936 en el “Conte Biancamano”, junto a los integrantes del Cuarteto, llegando a Buenos Aires el 31 de Diciembre de 1936. Desarrolló su carrera como compositor y director de películas desde 1947, con “Una mujer sin cabeza”, hasta 1960 con “El crack”, totalizando 25 películas, y trabajando, entre otros, con los directores Luis César Amadori, Carlos Schlieper, Luis Saslavsky.

Fue director de la Orquesta Estable de “Radio El Mundo” hasta 1966. Acompañó a actores cómicos como Pepe Iglesias “El Zorro”; “Los 5 Grandes del Buen Humor”; “Tatin”; Juan Carlos Mareco “Pinocho”. Entre 1945 y 1977, compuso música para obras de Teatro Infantil y Villancicos, Teatro Clásico y Teatro Judío, colaborando en este caso, con su hermana Hedy Crilla, llegada al país en 1940.

Realizó grabaciones acompañando a destacados cultores del bolero como Fernando Albuerne, Fernando Torres, Leo Marini, Hugo Romani, Gregorio Barrios. Grabó los boleros en el denominado ” Estilo Sur”: “La orquesta deba importancia al violín, no mataba al ritmo, sino que lo exaltaba, al sercvicio de los bailarines, entregando una música melodiosa, dulzona y amable”.

Se casó en segundas nupcias con Etelka Abraham con quien tuvo dos hijos, Andrés José en 1944 y Tomás en 1947. Falleció en Buenos Aires el 8 de Diciembre de 1986. Víctor Schlichter fue un músico de sólida formación europea, que vivió en Buenos Aires, desarrollando su actividad profesional en el cine, el teatro y la radio de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:Glocer Silvia. Acerca de los músicos judíos  exiliados en la Argentina durante el nazismo. 2008

http://orelfoundation.org/index.php/pages/contact

Baptista Mario. Bolero al estilo del Sur. Revista Notas Musicales. Año 2, Nº 5. Enero-Marzo 2005.

El cine, El exilio, Vivieron en Buenos Aires

ENRIQUE CAMPOS

Enrique Inocencio Troncone nació en el Uruguay el 10 de Marzo de 1913. Debutó a los 23 años en el cine Helvético de Colonia Suiza acompañado por guitarras, comenzando una cadena de éxitos.

En enero de 1940 realizó una gira por el sur de Brasil, reapareciendo más tarde por CX46, Radio América de Montevideo. En 1941 cantó con la orquesta “Pintín Castellanos”, dirigida por Alfredo Gobbi y Armando Blasco, en el “Palacio de la Cerveza” y “Radio Monumental”. Se incorporó a la orquesta “Laurenz-Casella”, actuando en bailes, radio y el “Café Ateneo”, con el nombre de Eduardo Ruiz.

En 1943 llegó a Buenos Aires siendo contratado por Ricardo Tanturi para reemplazar a Alberto Castillo en la orquesta “Los Indios”. Tanturi consultó la guía telefónica y le cambió el nombre por el de Enrique Campos. Debutó en Radio El Mundo y grabó discos a partir del 4 de Agosto de 1943 con “Muchachos comienza la ronda” y el hermoso vals “Al verla pasar”.

El desafío de reemplazar a Alberto Castillo con un estilo totalmente distinto, no disminuyó su éxito en absoluto. Su permanencia con Tanturi finalizó en el mes de abril de 1946, dejando registros inolvidables como “Oigo tu voz”, “En el salón” y el vals “Me besó y se fue”. Regresó a su etapa de solista con acompañamiento de guitarras.

En Marzo de 1947 ingresó a la orquesta de Francisco Rotundo, cantando junto a Mario Corrales. Se desvinculó de Rotundo pasando a formar rubro con el bandoneonista Alfredo Calabró. En 1950 encabezó otra orquesta con Juan Carlos Miranda. Regresó a la orquesta de Francisco Rotundo para reemplazar a Carlos Roldán, el 10 de Agosto de 1951, compartiendo el cartel con Floreal Ruiz.

Se alejó al año siguiente siendo contratado por Roberto Caló, con quien permaneció dos años. Nuevamenrte se unió a Francisco Rotundo en 1955, pero en 1957 formó una nueva orquesta dirigida por el pianista Dante De Simone. En 1962 se presentó en el Canal 4 de Montevideo, acompañado por Toto D’Amario.

Regresó a Buenos Aires cantando con la orquesta de Graciano Gómez en Radio Splendid. Falleció el 13 de Marzo de 1970, dejando el recuerdo de sus correctas presentaciones, la cantidad de conjuntos típicos con los que trabajó y el registro de su voz en excelentes grabaciones realizadas en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”. FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 49. 3 Abril de 2000.

El tango

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