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DONDE ESTÁ LA “VERDAD”?

Escrito por el Profesor José A. Bonilla (Universidad de la República, Uruguay; Universidad Nacional de Tucumán, Argentina; Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil). bonilla.bhz@terra.com.br

Diversas religiones, subdivididas en gran número de modalidades, versiones o sectas, proclaman ser las propietarias de la “verdad“. ¿Qué habrá de cierto en esto?

Toda religión de nivel superior está basada en la revelación de algún ser extraordinario que trajo mensajes de las dimensiones mas elevadas. A través de un acto de iluminación, de contacto con la Conciencia Cósmica, de un proceso de armonización con las Energías Superiores, hombres de elevada evolución espiritual (Moisés, Buda, Zoroastro y especialmente Jesús El Cristo) consiguieron traer el mundo de los hombres, fragmentos de la Sabiduría Divina, o sea, lo que podemos llamar de “verdades“.

Cada una de estas “verdades” – por lo menos en la forma difundida públicamente – fue expresada en un lenguaje específico, en una forma particular, en una época determinada y para una comunidad humana bien definida. O sea, existía un ajuste entre lo que era dicho, para quien era dicho, cuando era dicho y donde era dicho. Por ese motivo, leyendo literalmente lo que han expresado aquellos maestros espirituales, se percibirán, notables discrepancias entre ellos. ¿Donde estará, entonces, la verdad?

Por ejemplo, suponiendo que Jesús volviese hoy en cuerpo físico a la Tierra, ¿cómo sería que Él hablaría? ¿Repetiría su forma de hablar de dos mil años atrás o hablaría en forma moderna? Todo indica que Él lo haría de la forma más comprensible para nosotros, o sea utilizando un lenguaje actualizado. Esto nos lleva a un ponto muy importante: la forma en que las revelaciones son divulgadas al público es absolutamente secundaria; en efecto, algo de aquellas debe ser transmitido para las grandes masas. Para eso, se elige la forma más simple, representada por la descripción de ciertos acontecimientos, los cuales son presentados en forma literal.

Esta descripción literal aparece con mucha frecuencia en la Biblia, por ejemplo en el caso de la bodas de Canaán (Juan 2:1-12), donde Cristo transforma el agua en vino; considerando esto de forma literal, apenas significaría que era un gran mago. Pero a lo largo de la historia humana han existido unos cuantos hombres reconocidos como magos; sin embargo, no se trataría, obviamente, de una Escritura Sagrada, si no hiciese referencia a algo más profundo. En efecto, en un Evangelio que no llega a las treinta páginas, ¿para que se desperdiciarían doce versículos, que por lo menos literalmente, no se ligan con la misión del Redentor? Y esto se repite en todos los Evangelios, así como en el resto de la Biblia: docenas de historias no aparentan tener ningún contenido sustancial. Parece claro que por ahí no vamos a llegar a ninguna “verdad”.

Sin embargo, existen otras posibilidades. Aún hoy, casi 2000 años  después, inmensas masas humanas están hundidas en un materialismo exacerbado, con su espiritualidad completamente bloqueada por un grosero sensualismo y una afectividad totalmente empañada.

¡Imaginemos lo que ocurría en aquella época! Es importante recordar que en las religiones antiguas (incluyendo el cristianismo primitivo), existían dos círculos: el externo, formado por las grandes masas incultas (capaces de adorar seres con cabeza de animal) y el interno, formado por los buscadores de la “verdad” (para los cuales, el animal era apenas un símbolo; por ejemplo el perro, representa lealtad, así como el cordero de los cristianos representa pureza).

En los propios Evangelios se percibe nítidamente esta situación: “Entonces, aproximándose de los discípulos(*), le dijeron: ¿Por qué hablas por parábolas? Él, respondiendo, dijo: Porque a vosotros es dado saber los misterios del Reino de los Cielos; pero a ellos no les es dado”. (Mateo 13: 10-11).

En resumen, las Escrituras Sagradas (de cualquier religión) tienen por lo menos dos lecturas: una literal, destinada a las masas y otra profunda, destinada a los “discípulos”. Cuando las religiones se institucionalizan, su principal objetivo es la expansión, ya que sólo a través de ella es que ocurriría “la salvación”. Esto ha llevado a absurdas guerras “santas”, así como a sanguinarias represiones a los “herejes” (que en verdad, eran casi siempre individuos que apenas querían vivir en paz con sus conciencias).

¡Que depravación terrible sufrió en particular la Iglesia de Pedro, cuyo origen de amor y pureza, vivificado por el martirio en los circos romanos, acabó transformándose en la Edad Media, al abrigo de los Torquemada y de su “Santa Inquisición” en la más abyecta destrucción del espíritu (y del cuerpo) humano ¡macabramente realizada en el sagrado nombre del Maestro!

Así, el círculo interno, el de los verdaderos discípulos de Cristo no tenía como sobrevivir en medio de la arbitrariedad, la prepotencia y la persecución. Es claro que no era la primera vez que estos “herejes” enfrentaban la represión de los más poderosos, porque ésta viene del fondo de la historia humana y en cualquier época de la misma, encontramos los “buscadores de la Luz(**)”.

Para poder resistir, ellos precisaban reunirse secretamente (como hacía Cristo con los Apóstoles), creando lo que se conoce como Escuelas de Misterios, donde los interesados que lo mereciesen, eran instruidos por los maestros más iluminados de la época. Todos los grandes líderes iluminados de la Humanidad – incluso el propio Jesús-pasaron por este ciclo de enseñanzas, así como millares de individuos en un grado menor de evolución.

Si se desea marcar un punto inicial de referencia en la propia Biblia acerca del primer líder espiritual de la Humanidad, tendremos que retroceder hasta Melquisedec, figura impar en el Antiguo Testamento, del cual se dice: “Sin padre, sin madre, sin genealogía, no teniendo principio de días ni fin de vida y sí hecho semejante al Hijo de Dios… considerad cuan grande él era, al que aún Abraham, el patriarca, le dió los diezmos del botín”. (Hebreos 7:3-4).

No es posible imaginar que un Ser de naturaleza tan elevada no haya tentando difundir la Luz en la Humanidad. Por lo tanto, aunque faltan registros históricos, Melquisedec puede ser considerado como el fundador de la Auténtica Escuela de Misterios, conocida posteriormente como la Gran Fraternidad Blanca (donde “blanca” se refiere al color de la luz, no teniendo nada que ver con color de la piel o características raciales específicas, pues a esta fraternidad pertenecieron – y pertenecen – hombres y mujeres de raza blanca, amarilla, negra o roja y sus incontables combinaciones).

Esta Fraternidad se ha extendido gloriosamente a través de toda la historia humana: Melquisedec, Rama, Aquenaton, Moisés, Khrisna, Buda, Jesús y una pléyade de otros apogeos humanos como Hermes, Orfeo, Pitágoras, Platón, Jacob Boheme, San Francisco de Assis, San Juan de la Cruz han estado en contacto – de una manera u otra – con su incandescente influencia.

Ella se extiende hasta el presente, abarcando también – por lógica – todo el futuro que aún está en gestación.

Esta matriz espiritual es la brújula que orienta el desarrollo espiritual de aquellos que procuran la Luz. ¿Es, pues, la Gran Fraternidad Blanca, la gran portadora de la “verdad”? Sí y no. Se puede decir que , porque ella es la depositaria de toda la Sabiduría que la Mente Cósmica ha derramado sobre la Tierra, gracias a la invocación y armonización de aquellos Grandes Maestros. Pero también se puede decir que no, porque la “verdad” no se enseña; la “verdad” se vive. Sin embargo, para vivirla es necesario encontrarla y para encontrarla se precisa buscarla. Finalmente, para buscarla se necesita orientación. Ese es el papel que desempeñan la Fraternidad y los Maestros Espirituales.

En resumen: “la verdad” es una experiencia interior de altísimo nivel. Para llegar a ella, precisamos de ayuda y orientación, pero en la medida en que nos acercamos a aquella cumbre, la responsabilidad y el trabajo a ser hecho son totalmente nuestros.

Apenas para dar un ejemplo glorioso, se puede mencionar el caso de Jesús. Educado por los esenios(*) y en especial por su Maestro de Sabiduría, Él llegó al pináculo de sus posibilidades al llegar a los 30 años. Pero aquella cumbre no era suficiente, porque Él venía a desarrollar un principio nuevo, que extrapolaba la Sabiduría: el Amor, y no había ningún ser humano que pudiese prepararlo para tan insigne tarea.

Al ser bautizado por Juan en el río Jordán, las condiciones son dadas y “he aquí que los Cielos le fueron abiertos y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y venía sobre Él y hubo una voz que decía: Este es mí Hijo Amado en quien me complazco”. (Mateo 3:16-17).

En ese momento irrepetible, por medio de una alquimia incomprensible para el hombre común porque no es traducible en palabras, el hombre Jesús incorpora en su ser, al Maestro Divino, el Cristo que viene a inaugurar una nueva etapa de la evolución humana, fecundando la siempre válida Sabiduría con la gracia del Amor Cósmico.

La procura de la “verdad” sigue siempre este camino, que se presenta como el Supremo Arquetipo. Obviamente, nuestro grado de evolución espiritual es mucho más bajo si  nos comparamos con aquel  excelso Ser, pero la brújula siempre apunta en la misma dirección. Y esa dirección es la Armonización de nuestro Ser Interior con la Conciencia Cósmica, con el Ser Supremo. Este es “el camino”; el único camino capaz de llevarnos a la “verdad“, o aunque sea a una pequeña fracción de la misma, que de cualquier manera, es infinitamente superior a cualquier suma, colección o enciclopedia de conocimientos obtenidos por vía racional. Y esta brújula está incrustada en el corazón de la Gran Fraternidad Blanca y de los Maestros Espirituales que la componen.

¿Y que acontece con las religiones? ¿Deben ser abandonadas? No creemos que esto sea necesario. Muchas veces el abandono de la religión (por motivos variados) acaba problematizando más a la persona, volviéndola desconfiada, escéptica y muy materialista.

O sea, en el proceso de procura de la Luz no es necesario abandonar la religión que se profesa, si sinceramente se cree en ella. Sin embargo, precisamos no dispensarle una fe ciega, siendo que determinados dogmas deben ser considerados con reservas, tales como: el sexo no – matrimonial es pecaminoso; si no creemos en la religión tal, iremos al infierno; no podemos divorciarnos(*) etc. etc.

De la misma manera, será extremadamente conveniente tener la mente abierta y comprender claramente que no existe ninguna religión superior a las otras. Eso es, simplemente, arrogancia y prepotencia. Puede ser que tengamos más afinidad con una religión específica, que sea más querida, más sentida – básicamente por influencias familiares – que las otras y sería bueno continuar en ella, si nuestro corazón aprueba.

Pero debemos tener siempre presente que el Ser Supremo, el Creador es anterior a todas las religiones y Él es el Único indiscutible. El Cristo encarnó en la Tierra para enseñarnos el Amor y no el odio, la mezquindad y el orgullo. Lo único que vale es lo que está en el corazón de los hombres. Y si el amor está en el corazón de un ser humano es porque aquel excelso Ser vive allí, aunque la persona sea sufi, budista o parse. Pero si es el odio, el racismo y la codicia, que están alojados en aquel corazón, no importa que esa persona se proclame católica, adventista, mormona o pentecostal. Simplemente el Cristo no vive allí. Por otra parte, no debemos olvidar que el Cristo es venerado también por pueblos no cristianos. Por ejemplo, en Oriente es conocido como el Señor de Maitreya y entre los musulmanes como el Imán Mehdi.

Tal vez sería interesante una diferenciación como la siguiente: “cristiano” es aquel que dice pertenecer a una religión que se autodenomina de cristiana; “crístico” sería aquel, que de alguna forma intenta seguir las enseñanzas de Cristo, pero las originales y no las que fueron interpretadas en forma incorrecta posteriormente, en forma intencionada o no.

El corazón, la esencia, la “verdad” de todas las religiones es común (por que tienen como base la Gran Fraternidad Blanca). Ya las épocas, las circunstancias y las distorsiones las hacen diferentes. Pero en el seno de la Fraternidad, la brújula conserva su pureza y su dirección siempre señalando el lugar cierto: la Armonización Cósmica.

Por lo tanto, los altos objetivos de desarrollo espiritual, podrán ser obtenidos con religión o sin ella. Lo único importante es la pureza de nuestro corazón y la sinceridad del deseo de cumplir con nuestra misión cósmica: ser focos deslumbrantes de luz y esperanza para la Humanidad y todos los Reinos de la Naturaleza.


(*) O sea, de los buscadores de la verdad.

(**) Es claro que este nombre es bien más adecuado que el de “hereje”.

(*) La Biblia no los menciona, pero está registrado en los archivos de la Fraternidad que tanto José como Ana y Joaquín (padres de María) eran esenios.

(*) Para evitar suspicacias, el autor informa que está casado (con la misma mujer) hace 53 años.

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