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LA ESPIRITUALIDAD AUTÉNTICA COMO COMPONENTE DEL SER HUMANO (PARTE II)

Escrito por el Profesor José A. Bonilla (Universidad de la República, Uruguay; Universidad Nacional de Tucumán, Argentina; Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil).  bonilla.bhz@terra.com.br

En este texto continuamos con la Parte I de a monografía anterior Veamos cada caso por separado:, analizando dos líneas de pensamiento, que son las prevalecientes, en lo relativ al área espiritual humana.

Materialismo. Los materialistas niegan lo espiritual, El Creador, Dios… y todo lo demás que se oponga al dominio material y mental, pues serían conceptos subjetivos, tal vez válidos individualmente, pero no colectivamente, por lo que serían inaptos para la construcción de una sociedad mejor, más justa, más digna, más humana y… ¡más feliz! (La Gran Utopía), ver Bonilla, 1).

En primer lugar, se debe reconocer que la mente racional y los pensamientos que de ella emanan son extremadamente valiosos para el crecimiento de la sociedad humana. Pero ¿ellos serán suficientes para este propósito?. Además ¿quien pesó, fotografió, radiografió o vio en un microscopio (o en un telescopio), un pensamiento Él no parece estar constituido por materia de ningún tipo; ciertamente será, pues, una energía, de naturaleza invisible, pero real.

Las diferentes tendencias del pensamiento humano deben ser entendidas dentro de los contextos específicos donde ocurrieron. En particular, el desarrollo de la Ciencia (moderna) tiene menos de 400 años, siendo que en la época de su inicio, prevalecía pesadamente una única forma de ver el mundo: aquella expuesta por los dogmas de una Iglesia todo poderosa, apoyada en una institución represiva, llamada nada menos que “Santa” Inquisición, la que llevó a la hoguera, ¡más de tres millones de personas! Eran los famosos “herejes”.

En ese marco referencial, la Ciencia se fue alejando cada vez más de la idea del Ser Supremo (supuesto mandante de tales acciones macabras). Esto aconteció a pesar de que los creadores del método científico moderno, como Bacon o Descartes, así como el mayor científico de los siglos XVII y XVIII (Newton), eran practicantes de misticismo.

Así con el paso del tiempo, el Dios de la religión pasó a desempeñar como Creador, el papel del “Gran Relojero” primero y después se dio a entender que él se habría jubilado una vez que dejó el “reloj” del mundo (el Universo) funcionando plenamente. Es claro que en esta interpretación, Él ya no jugaba ningún papel significativo en la evolución humana. Por lo tanto, acabó siendo suprimido.

Así entramos en el siglo XIX. Para agravar la situación, la religión predominante, abandonando desde hace varios Concilios, la esencia de las enseñanzas del Maestro Jesús El Cristo, adoptó un concubinato inadmisible con el poder temporal. Así, entre otras muchas cosas, decretó que los habitantes de Indo América no tenían alma (por lo tanto eran como animales, para los cuales no valía ninguna ley humana; apenas la arbitrariedad del vencedor).

Ese contexto se agudiza en el siglo XIX, con el apoyo abierto de la Iglesia al poder económico emergente de la Revolución Industrial. Por lo tanto, no es de extrañar que la intelectualidad que influía en los movimientos revolucionarios, especialmente de la segunda mitad del siglo XIX, fueran no apenas anticlericales y sí declaradamente ateos.

En ese marco represivo es que Marx pronuncia su célebre frase: “la religión es el opio de los pueblos”. A partir de ahí se identifica la religión con el Creador, con el Ser Supremo, con Dios, con las Altas Energías y por lo tanto, se la elimina como figura tenebrosa que militaba al lado de los explotadores.

El siglo XIX ve nacer así una nueva línea de pensadores, preocupados sobre todo por la justicia social (Marx, Engels, Proudhon, Bakunin) y en el siglo XX, otros (Kropotkin, Lenin, Trotsky). Confundiendo religión con el Ser Supremo, que sobrevuela todas ellas, antiguas y modernas, los grandes movimientos sociales, especialmente la Revolución Rusa (1917) quedaron impregnados de materialismo, a pesar de la religiosidad que era muy fuerte, sobre todo en los campesinos rusos.

Hoy, ya entrado el siglo XXI, debemos comprender que materialismo y espiritualismo, si bien pueden ser considerados opuestos, ellos son, en realidad, complementarios: uno prevalece en la vida física, el otro en la vida interior.

Invitamos pues, a los luchadores de todas las tendencias, a que reexaminen este punto, pues precisamos de todas las potencialidades humanas(*) para enfrentar el desafío final; la creación de la Gran Utopía: una sociedad mejor, más justa, más digna, más humana… ¡y más feliz! (Ver Bonilla, 1)

Religiosidad dogmática. En este caso, el problema es totalmente diferente, pues la espiritualidad y el Ser Supremo (llamado de Dios, con nombres diferentes por cada una de ellas: Ra, Brahma, Ormuz, Jehová, El Señor, Alá, etc.), son unánimemente reconocidos.

Pero, simultáneamente, cada religión proclama una única versión verdadera de ese Dios Omnipotente, la cual ha llevado a innumerables guerras “santas”, como las famosas Cruzadas.

La gran objeción que tenemos a esta manera de pensar es que según ellas, para entender las “Sagradas Escrituras” (de cualquier religión), precisamos de intermediarios (sean curas, rabinos, pastores, etc.)

Lamentablemente, en general, estas Escrituras son interpretadas, no en función de los mensajes originales del respectivo Avatar(**), especialmente el Maestro Jesús El Cristo. En realidad, la evolución real de la mayoría de las religiones marca otra dirección: expandirse, crecer y dominar a las otras, queriendo colocar en la cabeza de las personas, la idea de que existe una única religión verdadera. En el caso de la religión prevaleciente en Occidente, autodenominada de cristiana, subdividida en innumerables tendencias, sectas y corrientes, varias de ellas se proclaman como el espejo auténtico de la verdad (especialmente aquellas que, en realidad, son empresas comerciales, disfrazadas de religiosidad para engañar incautos)(***).

¡Como si la verdad se pudiera enseñar! ¡La verdad se vive! (o no se vive). Ella es una experiencia interna, no una repetición de papagayos de lo que algún ilustrado sacerdote dice ser la verdad.

En resumen, el siglo XXI nos presenta un desafío crucial: se trata de no pasar para otros (sacerdotes o filósofos materialistas) nuestra obligación irrenunciable de tentar responder las grandes interrogaciones de la vida humana. Claro que esto no es fácil, porque nuestro camino está lleno de malezas (consumismo, comodismo, egoísmo) y el tiempo es muy escaso para dialogar con nosotros mismos, así como para leer los libros que aquellas figuras luminosas, sabios y maestros espirituales, antiguos y modernos nos han legado.

Despreciar la espiritualidad auténtica, porque fue reemplazada con fines espurios por una espiritualidad falsa (o pseudo-espiritualidad), es un error muy profundo, del cual precisamos salir inmediatamente. En efecto, para alcanzar la Gran Utopía, a través de la Revolución Integral de las Conciencias, se necesita colocar en juego todas las potencialidades humanas, constituidas por lo mental y lo material sí (principio auto-afirmativo), pero también por lo afectivo y lo espiritual (principio integrativo). Esto es el significado básico de la visión holística. .

En monografías futuras, presentaremos una propuesta relativa a la re-creación del Socialismo, que bautizamos como Socialismo Holístico, que incorpora la espiritualidad auténtica como argamasa insustituible de una visión más amplia de justicia social, no solo dirigida a cambios exteriores y sí y sobre todo a cambios interiores. Aquí retorna la frase del Presidente Mujica: “Si no cambias vos… no cambia nada”.

Bibliografia consultada

1. BONILLA J. A. El Cambio de Verdad: La Gran Utopía se transforma en Realidad. . Montevideo: Nordan. 2006, 254 p.

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