Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El hombre se enfría

Pensaba en Alejandra Pizarnik (La poesía de Alejandra Pizarnik) para  iluminar este post con sus enigmas, sus versos, sus muñecas, sus tazas de té bebidas en el país de las maravillas con Lewis Carroll y la muerte (La magia semántica: Destructo/Constructo? ¿Qué es?), y su indudable construcción consciente de un personaje mítico, poético, secreto. Con lo indescifrable, también, que dejó en suspenso su propia muerte tan juvenil y atormentada (Suicidio).

Pero me encaminé a la biblioteca en busca de material pizarkniano (¿se dirá así), y antes de encontrarlo tropecé con un libro que nada tiene que ver con Alejandra, más viejo que ella, más antiguo también (Fragmento del diccionario de la evolución), nada más que un ensayo inteligente en buena prosa francesa (El Ensayo). Y desistí de los verdes ojos de Alejandra y su mirada oscura; la suspendí para otro post.

Porque había hallado un escrito que quiero fervientemente compartir con ustedes (Comunidades virtuales), aunque sea en fragmentos (Doce Fragmentos). Porque está escrito luego de la Primera Guerra Mundial (La Primera Guerra Mundial), pero parece -en su contenido- escrito hoy. Porque se dirige a los europeos de esa época, pero parece dirigirse a todo el universo contemporáneo. Y además porque esta mañana, al levantarme, leí en no sé qué diario, o quizá en Internet, esta cita de Einstein: “El hombre se enfría mucho más rápidamente que el planeta que pisa”, o algo así…

La crisis del espíritu

Ahora, sobre una inmensa explanada de Elsinor, que va desde Basilea hasta Colonia, que toca las arenas de Nieuport, los pantanos del Somme, el gres de la Champagne, los granitos de Alsacia, el Hamlet europeo mira millones de espectros. (Continuar leyendo »)

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No hay ángel en espejo que resista…

Considerando que “las cosas particulares son teofanías, o sea apariciones de Dios”, con Natalia, una amiga que se suicidó, jugábamos a enumerarlas vez por vez, día por día (Depresión y suicidio).

Y el sol brillaba más, o la lluvia era más brillante cuando Natalia estaba viva (La Vida).

Ella decía que sabía fumar de manera que el dueño del bar no la registrara; que sabía gozar y sufrir impidiendo que Buda, al que ninguno de los dos verbos le gustaba, la vigile (Los hombres contra lo humano).

Ella decía un poco antes de suicidarse que era hindú, budista, musulmana, cristiana, etc. (Otras religiones cristianas: mormones, adventistas y testigos de Jehová) pero que trataba de que nada de lo que se consideraba transgresión en esas religiones la perturbara; decía que haría todo lo posible por perdurar aunque los místicos cristianos abominaran la permanencia -sí, lo decía con estas palabras-, ya que en otra vida no estaría y necesitaba aprender ahora mismo -¡tantas religiones tenía Natalia, para ninguna verdadera fe! (Los dogmas y creencias religiosas. ¿Asunto de fe o de razón?).

Ahora no puedo hacer otra cosa -después de seis o siete años, ni siquiera lo sé con exactitud (La escalera)- que quedarme tranquila con su ausencia. Pero le pedí por todos los medios que no se ausentara, ya que se llevaba a la muerte un tesoro que compartían todos los que la conocían, y justo a la muerte, que suele ser tan desagradecida (Percepción de la muerte a lo largo de la vida).

El acto brutal de Natalia fue como una enorme puesta en escena, fue el día del estreno con la mejor producción del mundo, con el más triste de los velorios y el más grande y extenso de los llantos sinceros: cientos de amigos rodeaban a esa muñeca que se había convertido en cartón (Teatro).

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