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por Mora Torres

 

Habla Sidarta, el príncipe

Una sombra rondaba la puerta del palacio y yo la vi (Las sombras de la infancia…), se parecía ligeramente a un hombre (Quién es el hombre) y sus manos anudaban un pedazo de madera. Se agachaba para hacerlo, y el viento le desparramaba los cabellos que se parecían a las cenizas sucias del hogar de mi padre, cada invierno (Eje Terrestre). De su boca brotaban palabras en un idioma que yo podía comprender sin entender el tono (Uso de lenguas originarias), y que eran una música triste -para mí, que nunca escuché música triste (Inmigración: música y danza)- o eran el sol cuando de pronto deja la ventana de mi palacio vuelto nube. “Las palabras se han hecho para cantar”, pensé en ese momento, “los rostros se han hecho para mirar con una sonrisa, los ojos para brillar bajo la luna, divinos peces dorados del lago de la noche” (La Felicidad).

La verdad, no sentí simpatía aquella vez por esa figura de hombre o animal que quebraba la ley de la armonía, las dulces reglas para amar que había en mi palacio (Amor). (Continuar leyendo »)

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