Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Las palabras pueden tocar lo invisible, querido Madariaga

“Las palabras pueden tocar lo invisible” es una frase de Confucio (Confucio: El pensamiento y el estudio deben combinarse).

Me impresiona, me hace ver las palabras como desmoronando muros y mirando detrás (Relación entre el pasado y el presente).

Sobre el papel de los libros leídos parece hallarse la sombra que dejó el escritor (Mi complejo de escritor); alguien muy secreto, muy profundo y antiguo (Egipto antiguo), o quizá también el escritor futuro cuya sombra puede llegar a rozarse en un cruce del tiempo (El espacio-tiempo se curva ante el observador), su música oírse en oídos presentes y pasados (La música de la India) silencios guardados hasta que sea la hora de entenderlos -¡oh Flaco Pagés, oh José Itriago, oh Vancho, oh Joise!, oh tantos etcéteras!!!

Y digo, hasta a mi propia voz le digo que repta en la quietud como si fuera un amante o un ladrón (Voz de un poeta), hasta a mi propia voz, humilde voz, le digo que ella abre el vacío donde los amantes se abren prohibidos del deseo y las gemas de los ladrones brillan por un instante de temblor como si toda la eternidad los perdonara, y que tal es el misterio de cantar y el otro de romper la oscuridad con palas, ¿no, Osvaldo? (Continuar leyendo »)

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Las señoras de unos antiguos versos

He visto, o imaginado, a varias poetisas con párpados fosforescentes (Todo en el fin será silencio): verde para Olga Orozco (Romanticismo, Literatura Romance), morado para Marosa di Giorgio, y es posible que ambos colores y algunos más estuvieran en los párpados de Delmira Agustini (Una indagatoria sobre el feminismo en el Uruguay…) y de Juana de Ibarbourou (Guía para el análisis de poema), tal vez ninguno en Gabriela (Literatura Hispanoamericana) ni en Alfonsina (Literatura argentina: notas y entrevistas), no lo sé.

La enfermedad, y no siempre la actual, sino más bien antiguos padecimientos (El yo y la enfermedad), es otra de las lámparas que hacen la iluminación o el clima de algunas señoras. Por ejemplo, Milagros escribió: Enfermedad o locura que me criaste de niña con comida de pájaros, que me pusiste plumas y pico y piel antigua de muñeca en banquete de flores que me queman; enfermedad tan bella que me diste los ojos erizados de la fiebre y me alcanzaste libros de palabras cantoras; ahora te perdono, todo lo que no pude es lo que pude decir en mis cuadernos. (Continuar leyendo »)

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Los bellos tiempos de las lecturas en voz alta

No es molestia ni crítica (La medida de nuestro desconocimiento), pero los poemas actuales, y tal vez hasta honorablemente, se han convertido en partituras.

Una partitura es además de una música ímplicita, dormida pero a punto de despertar, una bella obra gráfica (Arquetipos).

Tengo fotografías de antiguas partituras (Inmigración: fotografías), porque hacen agradable el lugar. Como un Mondrian, por ejemplo, cuelgan de las paredes (Mistificaciones del culto al genio).

Pero las “partituras” de poesía no son aptas para ser leídas en voz alta entre amigos, derramando sobre el papel una gota de ron, como le gusta a Vancho (Tipos de bebidas alcohólicas); necesitan una lectura silenciosa y una mirada también silenciosa que capte el extramundo del poema, allí adonde se va hacia el otro lado y se sigue y se sigue con palabras casi inexistentes -y cuando digo casi recuerdo la definición de José Itriago-, con letras raras que no pueden sonar (Caracteres y cadenas), como espacios en blanco, como ampliaciones y disminuciones de la tipografía, como el duende que está oculto dentro del papel pero que le habla a cada lector de manera distinta (Las diferentes percepciones del mundo).

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Sin Título Número Uno

Las explicaciones psicoanalíticas no consiguen que la sorpresa sea menor por el inefable misterio de las cosas (Lo que la Filosofía debe al Psicoanálisis).

Por ejemplo, que un poco de sed se convierta en el desierto del Sahara (El Sahara).

O que una infancia -con o sin “problemas”- devenga en una enfermedad en la que aparecen ojos en todo el cuerpo, y hasta en la planta de los pies, de modo que se pueda verlo todo, hasta el suelo pisado (El todo y la nada).

I

A mis quince años, yo tenía dos novios: uno diurno y otro nocturno (Bioquímica y sociología del amor).

Con el diurno íbamos a la plaza, nos robábamos besos entre los árboles, mirábamos hechizados las olitas del lago del Parque del Sur, como si fueran las del mar, y el mundo empezaba todos los días con nuestro amor, y terminaba a las ocho de la noche en punto también con él, despidiéndonos en la puerta de mi casa (El arte de hacer el amor).

El novio nocturno era otra cosa: aparecía después de cerrar los ojos, pero, a pesar de esto, siempre cuando yo estaba leyendo en una silenciosa habitación de algún lugar desconocido (Monstruos y animales desconocidos. El universo onírico de la criptozoología).

Se sentaba a mi lado y continuábamos la lectura de unos versos redactados en claves casi musicales sobre algo así como papel de pentagrama -signos de un idioma tal vez extraterrestre (Memoria “Ovnis”).

Después que terminábamos el libro, mi novio me miraba a los ojos un momento, me besaba la mano con unción y remontaba vuelo; salía por una ventanita que aparecía siempre en el momento preciso.

Esto sucedió durante muchas noches, hasta que en una no vino él, sino el poeta Baudelaire (Entre palíndromos y retruécanos: cuando el aparato social se pone en marcha).

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La destrucción fue mi Beatriz

Leo con un escalofrío una cita de Mallarmé, poeta extrañísimo: “La destrucción fue mi Beatriz”, frase que me conduce del infierno hacia el cielo (La teoría de la seudocultura).

Mallarmé está hablando de la inspiración y de la muerte. Beatriz, inalcanzable, casi parece no haber existido de tan lejana. Ella, sin embargo, fue la brisa que empujó a Dante al paraíso (Época del Renacimiento).

Me refiero a Dante, a Beatriz, a Mallarmé (él decía que todo existe para llegar a un libro), porque mi lápiz se atasca, pierde fuerza, cuestión que no le achaco a los años -y ya diré por qué- sino a un entumecimiento temporario de las emociones. En cuanto me mude a un lugar verde, apacible, serrano, donde canten los pájaros, volverá a cantar mi pluma, no importa si muy bien o muy mal (A orillas del Aqueronte).

Pero, amigos, ¿qué es la inspiración, quién es Beatriz? (El artista habla del artista).

Nadie se atrevería a decir hoy que la inspiración no existe, después de toda una polémica que abarcó el siglo XX, aunque a la palabra algunas veces se la despoje de su miriñaque y se la nombre como energía, como ímpetu (Lo siniestro en las Leyendas de Bécquer…).

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Puntadas y poesía

Coso (Reflexiones sobre la moda); corto vestidos y hago una pollera, saco una falda nueva de pantalones viejos y, al fin, quizá, algunas veces, termino una bizarra colcha con retazos y con los tonos del atardecer (Discurso por el día internacional de la mujer).

Es mi manera de jugar con los colores y las formas, ya que… soy una “plástica” fracasada (Las Bellas Artes).

Amo los materiales, sus colores (Teoría del color), sus olores, tocarlos, mezclarlos, pero coso (Materiales modernos).

Frente a mi mesa de costura hay una reproducción del cuadro La bordadora, de Vermeer (Estudio comparativo entre Vermeer y Courbet). Ella está inclinada sobre su tela, pero la miro y estoy segura de que en el momento en que bajo la cabeza para dar una puntada, levanta la suya … y también me mira.

Ayer, estaba cosiendo cuando mi hija Magdalena vino a visitarme, muy bella, con su bella, incipiente pancita de bebe o beba (Alimentación antes, durante y después del embarazo) -la bordadora de Vermeer suele desaparecer en estos momentos en que estoy acompañada; no sé cómo hace, debe de tener un nido dentro de la pared.

Magdalena -Mane para mí y para ustedes- venía con algo así como un libro diminuto en la mano. Se trataba de la Pequeña antología de textos escritos por estudiantes del bachillerato de educación popular Rodolfo Walsh, para la materia lengua, de la que Mane está a cargo (Operación masacre, de Rodolfo Walsh).

Creo que vale la pena todo el cuadernillo, con autores que, en general, no se dedican en absoluto a la literatura -hay enfermeras, artesanos, amas de casa, cadetes, etc.- pero que la expresan y en ciertos momentos la exhalan -esta gente exhala poesía, digo, que es literatura.

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Pocas palabras para la muerte y la poesía

La santidad del poeta, que existe en realidad, le viene por estar distraído del mundo (El lugar de las devociones). Uno cuando come no es poeta, uno cuando fuma no es poeta, y no porque esas tareas sean convencionalmente “prosaicas”. El poeta hace viajes fuera del mundo y percibe (Los Mecanismos Físicos y Metafísicos de la Existencia Relativa); el poeta es ocasional, viajeramente poeta. Cuanto más permanece en su condición, más adquiere esa pureza, esa incontaminación, que hace al santo. No es difícil verlo.

Pero más allá, estoy empezando a Ver (Hacia la Construcción de una Logoterapia Organizacional)

VEO: me pregunté esta tarde por el deseo de lo Más y lo Mejor. Ser el más inteligente, bueno, y bello. Ser el Mejor poeta.

El trabajo es silencio, es Menos (Significado y motivación del trabajo).

El trabajo del poeta es silencio (Hacia una pedagogía del silencio). Volver milagro las palabras (Vírgenes negras), hacerlas sonar, se hace en pleno silencio. Por eso escribí un verso que cuenta telarañas. Que ninguna vibración invada el trabajo del poeta para que no se rompan esas telas que se rompen con suspiros apenas; telas de telaraña que son los signos que el poeta descifra y traduce.

Quiero: trabajar en silencio, en modestia, casi en misticismo, digamos en ascesis, la poesía de mi alma que es como la poesía de todas las almas (Carta a los adolescentes infames). Lo que me diferencia es, en los que no son poetas -o no trabajan la poesía- que ellos no lo saben o, acaso, no lo desean.

Pero el que Ve del todo lo desea.

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Los puercoespines ateridos

Aparte de todo -todo tan mínimo como descubrir un continente sumergido, el inconsciente (El chiste y su relación con el inconsciente)-, Freud siempre me ha parecido un gran, chispeante escritor (Freud: Un Hombre para todas las épocas).

Recuerdo en uno de sus párrafos inigualables, la comparación que hace de la especie humana con un grupo de “puercoespines ateridos”. Es perfecta, y llena de gracia al mismo tiempo.

En cuanto a Lacan, lo considero poeta porque soy ignorante de su teoría: lo leo como se lee algo misterioso, bello y sólido (La Psicosis según Lacan. Evolución de un concepto). Con mucho optimismo a veces creo que Lacan se sentiría feliz de ser leído de ese modo también, como un poema a descifrar (La palabra, el escritor y la poesía).

Últimamente intenté descifrarlo leyendo el diario publicado de una psicoanalista que fue su paciente -y que escribió más que papeles íntimos, un “diario de sesiones”. Esta autora se llamaba Elizabeth Geblesco y narra de un modo algo cruel, aunque muy enamorado, los últimos años de Lacan: Un amor de transferencia, que no parece nada correspondido, aunque recomiendo su gratísima lectura (Dinámica de la transferencia en la dirección de la cura).

Una sesión de psicoanálisis

Tengo un año y dos meses, nace mi hermano. Voy a visitarlo. Lo envuelven en sábanas blancas y, a mi entender, enormes, para hacerle nebulizaciones (Infancia abandonada).

¿Eso que veo allí es sangre? ¿Cómo conozco el nombre de la sangre, como sé qué es sangre y qué no lo es? (La sangre).

En mi memoria hay una mancha roja, no comprendo cómo aparece, me han dicho luego que mi hermano no sangró.

Están matando al recién nacido, creo.

Tal vez por eso se formó una mancha roja en mi recuerdo.

Una mancha translúcida a través de la cual miro que matan a mi hermano.

Cuando salgo del hospital me llevan en tranvía y descendemos en la estación que está a la vuelta de mi casa (Patrimonio Familiar).

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