Vampiros y vampiresas
Música de la vida y de la muerte (La música de la India): cuando escucho una música amada siento que no es sólo música sino además colores, formas y una brisa muy tibia que suele darme un beso (El arte de hacer el amor).
Mi gran cuenco suele ser un tazón que puede tener las dimensiones de un volcán (Volcanes del Ecuador), donde se mezclan todas las cosas bellas naturales y las cosas más altas del espíritu, o el mal con sus hechizos (El Mal y las escuelas ocultistas).
Me fascina lo que puede hacer con nosotros el sonido: estamos, sin saberlo, en manos de él (Sonido).
Personalmente percibo cada día un poco más la muerte con cada ruido disonante, con las ambulancias, sirenas de bomberos y policías y frenos y corridas, gritos desesperados que pasan por la puerta y entran en mi hogar -lapsus por “hogar”, escribí “local” a cambio; y sí, estoy loca y vivo en un local-, aunque todo esté cerrado y haya hasta espuma de mar en las aberturas.
Me he ido retirando al centro de la casa, hacia el lugar más silencioso, pero los ruidos aunque algo domesticados llegan hasta allí (Contaminación sonora, un problema inherente a todos…).
Ellos son mis vampiros, me devoran y transforman en menos, me apagan sin cesar (Vampiros: los Moradores de las Tinieblas).
Pisadas de vampiros
Y sin embargo, qué extraña persistencia por adorar a todo tipo de vampiros que tiene el alma de la gente.
Ya no importa que sean reales o fantásticos los grandes monstruos de carne, hueso o sólo de perversa materia espiritual que nos absorben -aunque los creo mitad reales. Y no importa si son reales o no porque en verdad nos absorben y entonces son reales tal como siempre lo creí.
Retratos íntimos
El arte de la amistad
JLB –que es Borges, ya no sé si recuerdan mis pequeños códigos: no nombrarlo porque lo menciono en exceso- tiene algunos escritos sobre la amistad (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad)
Por supuesto que no voy a poner adjetivos a su prosa (Borges: ¿Qué habré de temer?), pero quiero decir que, más allá de toda literatura, cuando tocó ese tema fue más que él mismo, que es mucho decir (Aprender a pensar la vida como la empresa más valiosa del universo).
Una prueba: Abramowicz
Abramowicz fue compañero de Borges en Ginebra, en el bachillerato, se hizo su amigo en la adolescencia y: ”Descubrimos las cosas que descubren todos los jóvenes: el ignorante amor, la ironía, el anhelo de ser Raskolnikov o el príncipe Hamlet, las palabras y los ponientes”. Muchos años después, Borges escribió en una de sus visitas ginebrinas, en un poema en prosa llamado precisamente “Abramowicz”, sobre una flamante fe que le sobrevino -esta es mi opinión solamente- para de algún modo recuperar a su amigo Maurice:
Esta noche, no lejos de la cumbre de la colina de Saint Pierre, una valerosa y venturosa música griega nos acaba de revelar que la muerte es más inverosímil que la vida y que, por consiguiente, el alma perdura cuando su cuerpo es caos. Esto quiero decir que María Kodama, Isabelle Monet y yo no somos tres, como ilusoriamente creíamos. Somos cuatro, ya que tú también estás con nosotros, Maurice. Con vino rojo hemos brindado a tu salud. No hacía falta tu voz, no hacía falta el roce de tu mano ni tu memoria. Estabas ahí, silencioso y sin duda sonriente, al percibir que nos asombraba y maravillaba ese hecho tan notorio de que nadie puede morir. Estabas ahí, a nuestro lado, y contigo las muchedumbres de quienes duermen con sus padres, según se lee en las páginas de tu Biblia. Contigo estaban las muchedumbres de las sombras que bebieron en la fosa ante Ulises y también Ulises y también todos los que fueron o imaginaron los que fueron. Todos estaban ahí, y también mis padres y también Heráclito y Yorick. Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches.
Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra. Esta noche me has dicho sin palabras, Abramowicz, que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta.
Los amigos míos, no los de Borges
En los últimos días estuve algo melancólica (La serenata es nota efímera en nuestra hora hechizada) y me acordé de mis amigos; de aquellos que no veo ya y de los que están a mi lado. Pretendo hacer un pequeño cuaderno de retratos (Sujetos), al modo de quien pinta en lienzos –como pinta, por ejemplo, nuestra colaboradora Fabu del blog (Arte cubano del siglo XX)… que es Fabulosa pero no es cubana…
