Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Las señoras de unos antiguos versos

He visto, o imaginado, a varias poetisas con párpados fosforescentes (Todo en el fin será silencio): verde para Olga Orozco (Romanticismo, Literatura Romance), morado para Marosa di Giorgio, y es posible que ambos colores y algunos más estuvieran en los párpados de Delmira Agustini (Una indagatoria sobre el feminismo en el Uruguay…) y de Juana de Ibarbourou (Guía para el análisis de poema), tal vez ninguno en Gabriela (Literatura Hispanoamericana) ni en Alfonsina (Literatura argentina: notas y entrevistas), no lo sé.

La enfermedad, y no siempre la actual, sino más bien antiguos padecimientos (El yo y la enfermedad), es otra de las lámparas que hacen la iluminación o el clima de algunas señoras. Por ejemplo, Milagros escribió: Enfermedad o locura que me criaste de niña con comida de pájaros, que me pusiste plumas y pico y piel antigua de muñeca en banquete de flores que me queman; enfermedad tan bella que me diste los ojos erizados de la fiebre y me alcanzaste libros de palabras cantoras; ahora te perdono, todo lo que no pude es lo que pude decir en mis cuadernos. (Continuar leyendo »)

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Niño enfermo

Las enfermedades de los niños tienen algo tan trágico -hablo de enfermedades menores sin embargo (Enfermedades más comunes en los niños)- y a la vez tanto hechizo (Cuentos Hadas - Magia, Fe y Encanto?), que quien ha sido tocado en su infancia por la visión de algún mal, o ha mirado como ese mal tocaba a su amigo o hermano, lo recuerda por siempre, con una idea de haber aprendido algo (Aprender a vivir - Cuatro actitudes y un camino).

Yo me acuerdo muy bien de un niño enfermo, un niño vecino, de mi infancia. Él ya amaba apasionadamente a la chica más linda del barrio, Indiana, e imaginar sus rizos oscuros lo calmaba instantáneamente, pero por un instante (Chicos, no hagan esto en sus casas).

La cama estaba en el medio de los reflejos de sus sueños afiebrados, lo hamacaba, la cama y los sueños lo hamacaban, aunque él sentía que lo que mecían no era del todo su cuerpo, que quizás era de otro y él no estaba allí sino en las nubes que pasaban por la ventana, o ni siquiera en las nubes, tal vez sólo era aire respirado (Narraciones infantiles: Universo complejo y desafiante).

De pronto volvía a ser él por el dolor; nada más material que el dolor, nada nos hace más terrenos que el dolor físico, y la sed de apagarlo, de calmarlo (Dolor físico y dolor emocional: el holograma de los sentidos).

El dolor de cabeza lo empujaba como un viento fuerte -había manos que le penetraban la cabeza, o ramas que caían de los árboles atravesándola, y llegaban justo a dos lugares cruciales de ella: la inteligencia y la locura (Hacia una enseñanza e investigación inteligente de la inteligencia).

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Hoy, hay que hablar de la muerte

Se siente la fricción, es el sonido, el roce (Del sonido al signo), que hacen las transacciones entre la vida y la muerte (Cómo se realizan los ciclos de transacciones). Mirando por la ventana puede verse adónde emigra el alma, en pájaros (Asambleas de pájaros), hacia el fuego y hacia el mar, hacia la tempestad y los volcanes, y lleva mensajes hacia arriba, de carne sutil, y viene hasta aquí abajo con espíritu ciego en apariencia, cruel en apariencia (Maus: Una herida que no cierra).

Nosotros, los espectadores, afilamos nuestros sentidos (Los Sentidos), afilamos el lápiz de la muerte para dibujar esos contornos, desde lejos. Desde lejos se puede mirar tanta muerte, tanto dolor, tanto sol, tanta nieve y desesperanza, y ver cambiar trajes por sombras, sombras por banderas (Rosario, esa Ciudad).

Se puede soportar la agonía que es transmitida por televisión (La Televisión), escuchar que el que agoniza muere con el llanto de los recién nacidos, y que el que nace nace con la sonrisa de la muerte (Sobre la muerte).

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No hay ángel en espejo que resista…

Considerando que “las cosas particulares son teofanías, o sea apariciones de Dios”, con Natalia, una amiga que se suicidó, jugábamos a enumerarlas vez por vez, día por día (Depresión y suicidio).

Y el sol brillaba más, o la lluvia era más brillante cuando Natalia estaba viva (La Vida).

Ella decía que sabía fumar de manera que el dueño del bar no la registrara; que sabía gozar y sufrir impidiendo que Buda, al que ninguno de los dos verbos le gustaba, la vigile (Los hombres contra lo humano).

Ella decía un poco antes de suicidarse que era hindú, budista, musulmana, cristiana, etc. (Otras religiones cristianas: mormones, adventistas y testigos de Jehová) pero que trataba de que nada de lo que se consideraba transgresión en esas religiones la perturbara; decía que haría todo lo posible por perdurar aunque los místicos cristianos abominaran la permanencia -sí, lo decía con estas palabras-, ya que en otra vida no estaría y necesitaba aprender ahora mismo -¡tantas religiones tenía Natalia, para ninguna verdadera fe! (Los dogmas y creencias religiosas. ¿Asunto de fe o de razón?).

Ahora no puedo hacer otra cosa -después de seis o siete años, ni siquiera lo sé con exactitud (La escalera)- que quedarme tranquila con su ausencia. Pero le pedí por todos los medios que no se ausentara, ya que se llevaba a la muerte un tesoro que compartían todos los que la conocían, y justo a la muerte, que suele ser tan desagradecida (Percepción de la muerte a lo largo de la vida).

El acto brutal de Natalia fue como una enorme puesta en escena, fue el día del estreno con la mejor producción del mundo, con el más triste de los velorios y el más grande y extenso de los llantos sinceros: cientos de amigos rodeaban a esa muñeca que se había convertido en cartón (Teatro).

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Meditaciones de cementerio

Hay como un canto encerrado dentro de mí que parecería poder brotar a cuchilladas (“Orfeo”, mito y notas hermenéuticas), con la violencia de la muerte (Sobre la muerte).

Y es posible que cuando ocurra eso se asomen los que están embalsamados en el fondo de mis ojos (Egipto), los que quedaron dentro del espejo, con siglos, con herrumbre, sellados de plata antigua (Época antigua).

Con un fino cincel o con tinta de sangre limaré la cofia de mi abuela hasta que sonría otra vez; abriré de hoja en hoja las partituras de mi abuelo para que las siga escribiendo en el fondo de la casa que era como un barco, y cree la música de su guitarra (La guitarra y su técnica… Reflexiones de un guitarrista).

Frente al papel en blanco a veces viene a visitarme mi niñez (Representaciones sociales sobre la niñez, la adultez y la sexualidad…).

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Humo

Sí, mi querido José Itriago, somos terriblemente anónimos, ya nos perdamos por los recovecos de las grandes ciudades (Las ciudades a través del tiempo), ya lo hagamos por las soleadas -o estrelladas, o nubladas- campiñas (El campesino en 22 preguntas).

Y sí también, María Celeste, a veces está bueno ser anónimo, casi mezclarse con los bordes de Dios, del Universo o de la eternidad (La eternidad o el cambio).

Precisamente cada muerte confirma que estamos solos para toda la eternidad, y si no estamos preparados, nos desconcierta, estremece para cada uno de los vivos los cimientos del mundo (De la visión sistémica del mundo real).

De a ratos pienso que podría escribir unos cuantos volúmenes sólo listando el nombre de los amigos desaparecidos, muertos -es decir, de amigos de quienes he conocido la cara y los gestos o de quienes he conocido el gesto, por ejemplo, de la escritura, o de la música, o de la pintura, y la sombra de su perfil reflejada sobre el papel o el lienzo.

Pero ocurre que no podría escribir esos volúmenes aburridísimos, esas guías telefónicas necrofílicas, porque… no recuerdo ni la octava parte de los nombres de quienes me han movido el alma alguna vez (La Memoria).

Drogas y muerte

Los principios de los años setenta (La “Comunicación Horizontal” a la vuelta de treinta años) estuvieron tan llenos -aparte de pasión y de pasiones- de cierto humo, de algo que se quema, de incienso y mirra digamos, que parece que cuando una los recuerda, obran en la memoria, desde aquí mismo, desde el hoy, los efectos tan dulces, tan peligrosos para los sentidos de la hierba celeste -digo, claro, la marihuana o María Juana, la inocente (Las Drogas).

Cuando fumé mi primer cigarrillo de marihuana -no fue el último, aunque casi- yo ya me había drogado varias veces con la realidad, con las confusiones de la realidad y, además, con las confirmaciones de la realidad -era y es tan irreal… (Realidades paralelas y la percepción de la realidad).

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Reencuentro con la vida

Leo en “La muerte en la historia” que la “existencia es la vida más la conciencia de la muerte”. Además encuentro al pie del mismo texto el comentario de una lectora, Ana María Martínez:

Un tema que siempre será un reencuentro con la vida. Paradoja podríamos pensar pero (…) su misterio y significado es el gran nudo al que todos los hombres a través de la historia quisieron darle sentido y razón. El gran misterio, el final de todo o el comienzo de algo, quizás…”.

Acaba de ocurrir la catástrofe de Chile que removió toda la Tierra y nuestro corazón. En parte porque para nosotros es más que un infortunio cósmico, es una tragedia personal (Los desastres naturales y sus consecuencias).

Y acabo de tener otra tragedia más personal aun, que sé es ínfima a escala cósmica por natural (Filósofos de la naturaleza) : murió mi madre y mi orfandad por momentos no tiene nombre, y por momentos se parece a una hermosa despedida con medida de tiempo.

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La destrucción fue mi Beatriz

Leo con un escalofrío una cita de Mallarmé, poeta extrañísimo: “La destrucción fue mi Beatriz”, frase que me conduce del infierno hacia el cielo (La teoría de la seudocultura).

Mallarmé está hablando de la inspiración y de la muerte. Beatriz, inalcanzable, casi parece no haber existido de tan lejana. Ella, sin embargo, fue la brisa que empujó a Dante al paraíso (Época del Renacimiento).

Me refiero a Dante, a Beatriz, a Mallarmé (él decía que todo existe para llegar a un libro), porque mi lápiz se atasca, pierde fuerza, cuestión que no le achaco a los años -y ya diré por qué- sino a un entumecimiento temporario de las emociones. En cuanto me mude a un lugar verde, apacible, serrano, donde canten los pájaros, volverá a cantar mi pluma, no importa si muy bien o muy mal (A orillas del Aqueronte).

Pero, amigos, ¿qué es la inspiración, quién es Beatriz? (El artista habla del artista).

Nadie se atrevería a decir hoy que la inspiración no existe, después de toda una polémica que abarcó el siglo XX, aunque a la palabra algunas veces se la despoje de su miriñaque y se la nombre como energía, como ímpetu (Lo siniestro en las Leyendas de Bécquer…).

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Vampiros y vampiresas

Música de la vida y de la muerte (La música de la India): cuando escucho una música amada siento que no es sólo música sino además colores, formas y una brisa muy tibia que suele darme un beso (El arte de hacer el amor).

Mi gran cuenco suele ser un tazón que puede tener las dimensiones de un volcán (Volcanes del Ecuador), donde se mezclan todas las cosas bellas naturales y las cosas más altas del espíritu, o el mal con sus hechizos (El Mal y las escuelas ocultistas).

Me fascina lo que puede hacer con nosotros el sonido: estamos, sin saberlo, en manos de él (Sonido).

Personalmente percibo cada día un poco más la muerte con cada ruido disonante, con las ambulancias, sirenas de bomberos y policías y frenos y corridas, gritos desesperados que pasan por la puerta y entran en mi hogar -lapsus por “hogar”, escribí “local” a cambio; y sí, estoy loca y vivo en un local-, aunque todo esté cerrado y haya hasta espuma de mar en las aberturas.

Me he ido retirando al centro de la casa, hacia el lugar más silencioso, pero los ruidos aunque algo domesticados llegan hasta allí (Contaminación sonora, un problema inherente a todos…).

Ellos son mis vampiros, me devoran y transforman en menos, me apagan sin cesar (Vampiros: los Moradores de las Tinieblas).

Pisadas de vampiros

Y sin embargo, qué extraña persistencia por adorar a todo tipo de vampiros que tiene el alma de la gente.

Ya no importa que sean reales o fantásticos los grandes monstruos de carne, hueso o sólo de perversa materia espiritual que nos absorben -aunque los creo mitad reales. Y no importa si son reales o no porque en verdad nos absorben y entonces son reales tal como siempre lo creí.

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Retratos íntimos

El arte de la amistad

JLB –que es Borges, ya no sé si recuerdan mis pequeños códigos: no nombrarlo porque lo menciono en exceso- tiene algunos escritos sobre la amistad (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad)
Por supuesto que no voy a poner adjetivos a su prosa (Borges: ¿Qué habré de temer?), pero quiero decir que, más allá de toda literatura, cuando tocó ese tema fue más que él mismo, que es mucho decir (Aprender a pensar la vida como la empresa más valiosa del universo).

Una prueba: Abramowicz

Abramowicz fue compañero de Borges en Ginebra, en el bachillerato, se hizo su amigo en la adolescencia y:  ”Descubrimos las cosas que descubren todos los jóvenes: el ignorante amor, la ironía, el anhelo de ser Raskolnikov o el príncipe Hamlet, las palabras y los ponientes”. Muchos años después, Borges escribió en una de sus visitas ginebrinas, en un poema en prosa llamado precisamente “Abramowicz”, sobre una flamante fe que le sobrevino -esta es mi opinión solamente- para de algún modo recuperar a su amigo Maurice:

Esta noche, no lejos de la cumbre de la colina de Saint Pierre, una valerosa y venturosa música griega nos acaba de revelar que la muerte es más inverosímil que la vida y que, por consiguiente, el alma perdura cuando su cuerpo es caos. Esto quiero decir que María Kodama, Isabelle Monet y yo no somos tres, como ilusoriamente creíamos. Somos cuatro, ya que tú también estás con nosotros, Maurice. Con vino rojo hemos brindado a tu salud. No hacía falta tu voz, no hacía falta el roce de tu mano ni tu memoria. Estabas ahí, silencioso y sin duda sonriente, al percibir que nos asombraba y maravillaba ese hecho tan notorio de que nadie puede morir. Estabas ahí, a nuestro lado, y contigo las muchedumbres de quienes duermen con sus padres, según se lee en las páginas de tu Biblia. Contigo estaban las muchedumbres de las sombras que bebieron en la fosa ante Ulises y también Ulises y también todos los que fueron o imaginaron los que fueron. Todos estaban ahí, y también mis padres y también Heráclito y Yorick. Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches.

Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra. Esta noche me has dicho sin palabras, Abramowicz, que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta.

Los amigos míos, no los de Borges

En los últimos días estuve algo melancólica (La serenata es nota efímera en nuestra hora hechizada) y me acordé de mis amigos; de aquellos que no veo ya y de los que están a mi lado. Pretendo hacer un pequeño cuaderno de retratos (Sujetos), al modo de quien pinta en lienzos –como pinta, por ejemplo, nuestra colaboradora Fabu del blog (Arte cubano del siglo XX)… que es Fabulosa pero no es cubana…

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