Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El Marqués de Sade y la niña bonita

Puede parecer extrañamente cruel que el bocado de pudín (Comer y saber comer), o sea, el relato que voy a enviarles hoy, trate de una niña, y del Marqués, el divino, como lo bautizaron los surrealistas -André Breton lo convirtió en dios (Surrealismo y Anarquismo).

Tengo dos explicaciones para ello, pero la segunda -y la más importante- la revelaré al final (Saer, lector de Adorno) -si me preguntan por qué elegí esta monografía para recomendar en este punto, también tengo dos explicaciones: puse en mi búsqueda en Monografías la palabra suspenso, y apareció este trabajo junto con otros; además, en mi tierna adolescencia y en su tierna juventud, yo he leído con ese mismo Saer a nuestro Sade.

La primera explicación respecto de mi propio relato, tiene relación con el mismo Sade: no era un dios, es verdad; pero tampoco tenía mucho de demonio (Apologética).

Sólo con leer su biografía -y sin ir muy lejos, en Wikipedia- se advierte que más bien su papel fue el de  víctima de la represión de esos años oscuros que fueron su época, y de la demonización de todo lo que a sexo se refiere (Wilhelm Reich), “virtudes” prevalecientes antes de la Revolución Francesa (La vida en la Revolución Francesa), y después, de un modo más sutil -además de víctima de sistema carcelarios inquisitoriales que aún perduran, y de impericias, por decirlo de alguna manera, para tratar enfermedades físicas y mentales, lo que en no menor grado se prolonga hasta hoy (El poder de encerrar).

La figura del Marqués no es “divina” pero sí es frágil, conmueve; más aún si se tienen en cuenta la limpidez de su prosa y el nivel de su talento.

En cuanto al personaje que da denominación al complementario de “sadismo”, es decir al “masoquismo” (Un caso clínico supervisado por André Green), se trata de Leopold von Sacher-Masoch, sólo “Masoch” para nosotros, y su historia no es menos conmovedora que la de Sade pero sí tal vez un poco más bella. Hay que averiguar sobre él todo lo que Freud supo averiguar para denominar al impulso masoquista, presente en todo ser humano, y si no se tienen ganas de llevar a cabo semejantes exploraciones indagatorias, basta leer la contratapa de La Venus de las Pieles de Masoch, con traducción de José Amícola  (El cuenco de plata, Buenos Aires, 2008). Está sacada de una escritura de nada menos que Gilles Deleuze -¡!- (Deleuze en Nietzsche: fuerza, voluntad y metafísica), y dice:

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