Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Todos los ríos corren hacia el fin

A los cuarenta años yo, a pesar de mi aspecto juvenil y mi filosofía “atemporal” (Fenomelogía y existencialismo), empecé a sentir el correr de los años. Eran momentos de iluminación, pensaba, aquellos en los que podía sentir nostalgia o comprender el espesor de lo que había dejado atrás de mí (La oscuridad que engorda: el lado apagado de la iluminación artificial).

También sentía que a medida que pasaba el tiempo agregaba rejas a mi prisión, o lo contrario a veces, las quitaba… ¿cuál de los dos hechos era auténtico en esos sentires? (El inquietante problema de la verdad).

Reconocía una falta en mis percepciones cotidianas (Nuestras percepciones): seguía siendo la niñita caprichosa, la niñita rebelde y otras niñitas aún, pero en algunos de esos momentos de iluminación no sólo entendía que estaba convirtiéndome en una mujer madura cronológicamente, sino que alcanzaba a ver en el espejo las líneas de esta cronología (Mis sentimientos al espejo).

¿Por qué solamente algunas veces? Me preguntaba entonces si los órganos de mi visión tenían la misma capacidad constantemente, porque yo registraba sólo en determinadas ocasiones los surcos que se ahondaban de la base de la nariz a las comisuras de los labios, cierto reblandecimiento de los tejidos de las mejillas que sin embargo no tenían arrugas, y los párpados inferiores hinchados, o, cuando no hinchados, tramados por un hilo de araña.

Y esto no era lo peor, lo peor era que aunque desesperadamente me esforzara por conservar la aureola juvenil (La juventud y la crisis de valores), la parte cuidada aparecía por un momento remozada, era cierto, pero surgía una contraparte inesperada que me descubría marchita. Y a través de mi cuerpo la marchitación se extendía a otros aspectos.

La memoria, la concentración, la atención y hasta la capacidad de imaginar comenzaban su paulatina desintegración muy suavemente ahora, era claro, pero yo podía esperar perfectamente la tragedia en algunos años más. (Continuar leyendo »)

Monografias

Para Osvaldo

Mi corazón estaba muy alejado de las cosas reales y es por eso que intentaba escribir cuando era joven (El autismo, El autismo y su entendimiento).

Había cosas sencillas que me hubiera gustado tener, como la concentración de un contador en sus cálculos (Definición personal de la contabilidad), de un abogado en sus alegatos (Introducción al Derecho), de la vendedora que empaquetaba con tanta habilidad los objetos que yo compraba diciendo que eran “para regalo” (La Navidad en Venezuela).

Había llenado mi cuarto de objetos para regalo, envueltos, que jamás se me ocurría abrir hasta pasados unos cuantos años, a cuyo contenido ya le había perdido el rastro (Veinte reglas para escribir una historia de detectives). (Continuar leyendo »)

Editorial, Monografias

Sin Título Número Uno

Las explicaciones psicoanalíticas no consiguen que la sorpresa sea menor por el inefable misterio de las cosas (Lo que la Filosofía debe al Psicoanálisis).

Por ejemplo, que un poco de sed se convierta en el desierto del Sahara (El Sahara).

O que una infancia -con o sin “problemas”- devenga en una enfermedad en la que aparecen ojos en todo el cuerpo, y hasta en la planta de los pies, de modo que se pueda verlo todo, hasta el suelo pisado (El todo y la nada).

I

A mis quince años, yo tenía dos novios: uno diurno y otro nocturno (Bioquímica y sociología del amor).

Con el diurno íbamos a la plaza, nos robábamos besos entre los árboles, mirábamos hechizados las olitas del lago del Parque del Sur, como si fueran las del mar, y el mundo empezaba todos los días con nuestro amor, y terminaba a las ocho de la noche en punto también con él, despidiéndonos en la puerta de mi casa (El arte de hacer el amor).

El novio nocturno era otra cosa: aparecía después de cerrar los ojos, pero, a pesar de esto, siempre cuando yo estaba leyendo en una silenciosa habitación de algún lugar desconocido (Monstruos y animales desconocidos. El universo onírico de la criptozoología).

Se sentaba a mi lado y continuábamos la lectura de unos versos redactados en claves casi musicales sobre algo así como papel de pentagrama -signos de un idioma tal vez extraterrestre (Memoria “Ovnis”).

Después que terminábamos el libro, mi novio me miraba a los ojos un momento, me besaba la mano con unción y remontaba vuelo; salía por una ventanita que aparecía siempre en el momento preciso.

Esto sucedió durante muchas noches, hasta que en una no vino él, sino el poeta Baudelaire (Entre palíndromos y retruécanos: cuando el aparato social se pone en marcha).

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Reencuentro con la vida

Leo en “La muerte en la historia” que la “existencia es la vida más la conciencia de la muerte”. Además encuentro al pie del mismo texto el comentario de una lectora, Ana María Martínez:

Un tema que siempre será un reencuentro con la vida. Paradoja podríamos pensar pero (…) su misterio y significado es el gran nudo al que todos los hombres a través de la historia quisieron darle sentido y razón. El gran misterio, el final de todo o el comienzo de algo, quizás…”.

Acaba de ocurrir la catástrofe de Chile que removió toda la Tierra y nuestro corazón. En parte porque para nosotros es más que un infortunio cósmico, es una tragedia personal (Los desastres naturales y sus consecuencias).

Y acabo de tener otra tragedia más personal aun, que sé es ínfima a escala cósmica por natural (Filósofos de la naturaleza) : murió mi madre y mi orfandad por momentos no tiene nombre, y por momentos se parece a una hermosa despedida con medida de tiempo.

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Editorial

Extraterrestre en el balcón

Fragmento extraído de un diario íntimo futuro, cuya autora firma sólo “Sobreviviente”:

Lunes

Cuando era joven -tenía apenas sesenta años (La juventud)- trabajaba en una antigua red -”Internet” (Internet)- en un sitio denominado Monografías.com.

Debía preparar un editorial para todos los miércoles, y a veces se me hacía pedregoso; me parecía que ya había tocado todas la cuestiones -aunque apenas con la punta de los dedos, es cierto (Días fastos y días nefastos).

Los días martes -el calendario era el mismo que ahora (Arqueología)- me levantaba con anticipación llena de ideas (Sed de ideas, ¿qué hacemos con este mundo?); me ponía frente a un arcaico aparatejo al que le decían ordenador, computador o computadora, según los países (Historia de la Computadora) -existían “países” divididos por “fronteras”, pero ese ya es otro tema- e iba viendo cómo desaparecían, una a una, aquellas ideas; hasta una vez escribí sobre el vacío terrorífico de lo que todavía se llamaba “página” (ver diccionario), y, en este caso, “página en blanco”.

Uno de esos días estaba en lo que cuento, frente a la “computadora”, en la sala de casa -en otra parte de mi diario explico lo que significaban “sala” y “casa”, pero aún pueden hallarse en el diccionario inconsciente, si tienen ganas de revisar esa zona.

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