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por Mora Torres

 

Un ramo de flores del ciruelo para José Itriago

Sí, se escribe para decir algo que queda más allá de las palabras (Oralidad y escritura), pero si no se escribiera, mi querido, mi entrañable José -con el genio de tu hermano Francisco aleteándote en las espaldas como los ángeles (La historia de la pintura) y con tu propio genio recogiendo en tu austera habitación el universo para nosotros que te leemos (objeciones-al-que-no-objeta)-, si no se escribiera, digo, no tendríamos la esperanza o la posibilidad de llegar a decirlo alguna vez… Tú, o “cualquiera”, tan cualquiera como mi amigo José Luis Pagés, o Vancho y Osvaldo, o alguien futuro, con música, con palabras, con colores (La relación entre los colores y el conocimiento).

En este momento, por ejemplo, quiero estar en silencio para sentir tu gran silencio que llega desde lejos  José (La luna y el solitario), y es el silencio de la calma, aunque me lo transmitas con tu prosa compuesta de vocablos -pero el silencio de la escritura ordena a veces el caos, no es como vociferar, no es como hablar en las reuniones de escritores.

Me apoltrono en el jardín, lugar tan etéreo que el verbo apoltronarse es casi grosero (Las siete maravillas del Mundo) -ahora tengo jardín y árboles frutales en un lugar casi desierto de gente, pienso en vos, en ti, en usted, José I.

A mi lado se acomoda Polka, tan negra como la noche que nos ampara -pero ahora es mediodía y eso fue una licencia poética, un flash de frivolidad, una distracción. Veo, respecto de Polka, que la belleza también elige sus animales. En el caso de Polka la eligió, ella tiene uno de los rostros más bellos del mundo y ojos profundos y mirada sensible. (Continuar leyendo »)

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