Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Imágenes para una infancia más feliz

Cuando ya estábamos acostados se oían conversaciones (El velero de cristal). Los padres hablaban de sus amigos, de la muchacha que se iba de la casa, de documentos de oficina (Distribución de espacio). De uno de mis hermanos decían que tenía los ojos más vivos del mundo; hablaban de su sonrisa, de que tendría talento como actor (El teatro como recurso para la educación ambiental).

Algunas noches jugaban a las cartas, mi madre recordaba a su padre mezclando la baraja, mi padre también, al padre de mi madre, porque era músico y lo admiraba (Wolfgang Amadeus Mozart).

Además ella solía reír, él hacer bromas hablando de escribir una novela con personajes conocidos, novela que tendría por título “La casa gris” (La Novela y la Historia).

Organizaban partidas de póquer para el sábado (El Poker). Se oía tintinear las monedas que nos dejaba mi padre sobre la parte ancha de la varanda de la escalera (Algo sobre la Historia del Dinero…), para la merienda de la mañana, en la escuela: cinco centavos de bizcochos, unos bizcochos que nunca más comí, que nunca jamás volveré a comer, porque tenían el gusto de todas las ilusiones, y además manteca de la buena…

Ya se iban a acostar, me parecía. Me llegaba un arrullo cuando empezaban a bajar la voz; ya casi me dormía, hablaban cada vez más suave. Pero yo escuchaba mi nombre de repente: estaban hablando de mí.

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Monografias

Carnavales íntimos

Extiendo sobre el mantel las cosas que fueron mías, un viento de objetos y hechos que me persiguen (El Sendero de la Mente al Cuerpo: Derrotero de dos vías): ¡oh mi preciosa cabellera, mi calma, mi corazón desde donde yo nacía, mi vientre joven, mis hijos (Abuelos y nietos), la cuchara de plata con que removía el té y los días hermosos, remos de otro tiempo! (Administración del tiempo).

En el espacio que me queda -no quiero, o no puedo, mencionar el tiempo que me queda y lo llamo espacio (Nivel existencial del espacio)-, hago hogueras quemando lo que sobra, y hay una máscara festiva.

En el mantel hay una máscara festiva (Máscaras).

No se puede haber sido tan feliz como lo éramos mis hermanos y yo, y algunos amigos del barrio, en los días de carnaval de cuando éramos niños, en los años 60 (La simiente del arte conceptual).

Un mes antes ya hablábamos de tan augusta fiesta (Fiestas de febrero). De la cantidad de bombitas -globos inflados con agua que se arrojan durante el juego- que podríamos conseguir con nuestros ahorros, de que nuestros padres nos permitirían hacer cualquier tipo de ruidos durante la siesta de esos días (El lugar de Rulfo). De que los juegos de agua terminaban en el crepúsculo y después había que pasar por la sala de disfraces e ir ¡tan felices y deslumbrados! al corso (La felicidad).

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Editorial

La Nochebuena de mi nostalgia

¿Algunos de ustedes conocen historias sobre el árbol de Navidad? (Qué fue la Estrella de Navidad). Yo sí, pero las he repetido tanto que ya me han aburrido (Fatiga y aburrimiento), y he escuchado hablar de otras tan espléndidas… (La princesa que creía en los cuentos de hadas…).

Cómo me perturban la Navidad (La Navidad en Venezuela), la Nochebuena, cómo me espían por todos los rincones y los ojos de buey que dan hacia mi infancia.

En esos paisajes móviles de mi memoria siempre estamos mis hermanos y yo en un lugar sin tiempo y -aunque lugar- casi sin espacio, donde la luz es sagrada porque viene de nuestra propia e inocente luz de niños, también con una sensación de algo sagrado en el pecho (Recuerdos). ¡Qué enormes eran esas navidades, la Nochebuena y el Niñito!

En mi primera infancia, hasta los diez años míos (Fragmento del diccionario de la evolución), éramos tres hermanos, casi de la misma edad los tres, que vestidos iguales -recuerdo unas remeras a rayas y unos pantalones blancos para los muchachos y una falda blanca para mí- salíamos a saludar a los vecinos, a la maestra, al cura (Cultura Medieval: Los Campesinos y el Miedo).

Y aunque teníamos, como todos los hermanos, la costumbre de discutir y hacernos bromas y “cargarnos” hasta terminar bastante heridos a menudo, en ese día caminábamos muy serios y unidos por la calle, en silencio, con la idea de algo poderoso, inexpresable, que nos envolvía en su aura.

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Editorial
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