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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 
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Fuego sobre la historia

Hace unos días me subí a un taxi, y mientras empezaba a darle las señas de mi destino al conductor, pasó un carro de bomberos (Los incendios. Causas de los incendios). Miramos, él y yo, y continué, pero me interrumpió otra formación, y en segundos una tercera y una cuarta. El chofer se quedó casi hipnotizado unos segundos y al rato dijo: “cuatro dotaciones son un incendio grande… Yo fui  bombero” (El afronte de la muerte).

Y desde allí a mi destino, bastante lejano, mi nuevo amigo el bombero jubilado me relató toda la saga de sus incendios, por lo que bajé del coche con un respeto renovado y estremecimientos nuevos ante la palabra fuego (Todos los fuegos el fuego).

Con un toque de humor, el único incendio que aconteció en mi vida fue de fantasía, gracias a Dios (Sentido de humor y perfeccionismo).

Mi hija Mane, que era pequeña, vio mucho humo en el balcón de un edificio aledaño a donde vivíamos, e insistió tanto y con tanta determinación que llamé a los bomberos y exageré la cantidad de humo para que llegaran pronto. Fue fatídico para mí, y también para Mane, porque sólo se trataba de una infracción de los vecinos a las reglas estipuladas: ¡no se puede hacer asado en los balcones de los edificios! (Sistema de convivencia en la consolidación de valores).

Pero ya no es momento de humor; el fuego que invade Grecia, que podría llegar al Partenón, me hizo recordar e investigar sobre los grandes incendios de la historia (Estructura e historia…).

Para no repetir aquellos más conocidos, el de Roma, en el 64 (Rafael), o el de Jerusalén en 587 a.C., comienzo recordando unas hogazas de pan que hicieron época (Procesamiento del trigo).

Los pequeños olvidos y el Incendio de Londres

A cierta edad uno empieza a guardar los anteojos en el refrigerador, o a caminar con paso decidido en busca de un objeto que al llegar a la puerta de donde uno cree que debería encontrarlo desaparece de la mente: “¿Qué era lo que yo venía a buscar aquí?” (Trastornos y patologías de la vejez…).

No sé qué edad tendría el panadero John Farymor en 1666, en Londres, pero ya había conseguido, en su por entonces humilde oficio, unas glorias de persona mayor: era quien proveía de pan al rey Carlos II.

John Farymor se fue a dormir después de un día trabajoso; su hogar ocupaba el piso de arriba de la panadería.

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