Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El mapa de la fuga

Hoy mi propuesta es una nouvelle redactada en muy breves capítulos (El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza). Escribí apenas la primera parte, como prueba; ¿funcionará?

Se trata de expresar casi con monosílabos -esto es exagerado- las experiencias de una mujer-esclava (Trata de blancas en la Ciudad de Quito), cuya vida se centra en el diseño de un mapa de fantasía en donde están los lugares adonde desea fugarse, y tal vez lo consigue (Mapas conceptuales).

Plan de evasión, podría llamarse la nouvelle, si no fuera porque hacia 1945 se me anticipó Adolfo Bioy Casares con ese título y una novela deslumbrante (La invención de Morel y Algunos Borges de Jorge Luis Borges).

Un borrador del mapa de la fuga

I

Debí esperar un poco para abrir el libro. Sin costumbre de lectura más que la Biblia (Enseñanzas de vida), aunque sí ganas, desde lejos, esa tarde había entrado en una librería por primera vez (Libros para superarnos). Venía una música suave; las personas no hablaban, no parecía haber dueños ni vendedores. Los libros estaban apilados sobre las mesas, con carteles: “Ofertas: dos pesos, tres pesos, cinco pesos”. Yo había pensado que los libros eran inalcanzables.

II

El solo ruido de abrir el libro, con ser tan mínimo, me sonó fuerte, capaz de despertarlo a él, que no debía saber que yo tenía la luz encendida. Pero me dije que eran cosas mías, por el gran silencio de la noche. Él dormía bastante lejos, porque yo me acababa de trasladar a la piecita que estaba junto a la cocina. Minúscula, con un baño pequeñísimo también, me alegraba tener pieza y baño propios; “los de servicio”, decía él.

Convinimos dormir en habitaciones separadas un tiempo; yo deseaba que fuera para siempre.

Pensé que la pasaría mejor todavía, ya que estaba a partir de un confite por la alegría de no dormir con él, con esa novela entre las manos por las noches, por eso la compré, y además el título me pareció sabroso, como de un drama, pero que él no se enterara por la luz. Se enteraría sólo si venía a ver, porque entre la piecita y el dormitorio estaban la cocina y el living, no podía verse ninguna raya de luz (¿Qué es la luz?).

III

No sabía si me gustaría leer esas cosas aunque me gustara el título. Él no me permitía leer el diario ni libros más allá de mi Biblia, y yo podría haber perdido la costumbre; en mi pueblo leía algunas revistas y hasta libros de lectura que le habían quedado de la escuela a mi tía, nunca más había leído nada más que la Biblia, que me parecía un poco mi pueblo, la gente de mi pueblo, desde que llegué aquí; él tampoco tenía televisor.

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Editorial

Los puercoespines ateridos

Aparte de todo -todo tan mínimo como descubrir un continente sumergido, el inconsciente (El chiste y su relación con el inconsciente)-, Freud siempre me ha parecido un gran, chispeante escritor (Freud: Un Hombre para todas las épocas).

Recuerdo en uno de sus párrafos inigualables, la comparación que hace de la especie humana con un grupo de “puercoespines ateridos”. Es perfecta, y llena de gracia al mismo tiempo.

En cuanto a Lacan, lo considero poeta porque soy ignorante de su teoría: lo leo como se lee algo misterioso, bello y sólido (La Psicosis según Lacan. Evolución de un concepto). Con mucho optimismo a veces creo que Lacan se sentiría feliz de ser leído de ese modo también, como un poema a descifrar (La palabra, el escritor y la poesía).

Últimamente intenté descifrarlo leyendo el diario publicado de una psicoanalista que fue su paciente -y que escribió más que papeles íntimos, un “diario de sesiones”. Esta autora se llamaba Elizabeth Geblesco y narra de un modo algo cruel, aunque muy enamorado, los últimos años de Lacan: Un amor de transferencia, que no parece nada correspondido, aunque recomiendo su gratísima lectura (Dinámica de la transferencia en la dirección de la cura).

Una sesión de psicoanálisis

Tengo un año y dos meses, nace mi hermano. Voy a visitarlo. Lo envuelven en sábanas blancas y, a mi entender, enormes, para hacerle nebulizaciones (Infancia abandonada).

¿Eso que veo allí es sangre? ¿Cómo conozco el nombre de la sangre, como sé qué es sangre y qué no lo es? (La sangre).

En mi memoria hay una mancha roja, no comprendo cómo aparece, me han dicho luego que mi hermano no sangró.

Están matando al recién nacido, creo.

Tal vez por eso se formó una mancha roja en mi recuerdo.

Una mancha translúcida a través de la cual miro que matan a mi hermano.

Cuando salgo del hospital me llevan en tranvía y descendemos en la estación que está a la vuelta de mi casa (Patrimonio Familiar).

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Editorial

Fotografías en blanco y negro

El siglo XIX me da melancolía y, a veces,  un poco de terror metafísico -léase, miedo a los fantasmas (El fantasma victoriano). El XX , vértigo (El siglo XX y la producción armamentista mundial); del XXI todavía no puedo hablar y no sé si podré comprender alguna vez lo que me pasa con él: mis pasos se traban transcurriéndolo, como si tuviera puestos los zapatos al revés -el pie izquierdo en el zapato para el derecho y viceversa; explico para que no vayan a creer que pienso en zapatos pervertidos, como los del Marqués de Sade, o en las botas de siete leguas, no. El siglo XXI se camina con zapatos modernos, o posmodernos, cuyo diseño aún no aprendí (La Escuela del siglo XXI).

Si pudiera mirar a la Historia desde arriba, como un gran panel de gente que viene y va, imagino que en el siglo veinte esa gente de caminar pausado de pronto empieza a correr (Historia y anti historia). Veo en este sitio -o siglo- caras de todo tipo, rodeadas de objetos y de símbolos: la de Einstein y una pizarra con signos (El acertijo de Einstein); la de Freud y una lámpara art deco junto a un diván (Freud: Un Hombre para todas las épocas) por supuesto; veo a Anais Nin bajando apresurada la escalera de una casa en París -la casa de Henry Miller, digamos- para correr hacia el Sena, donde vive en un bote estacionado… (Anais Nin).

En el siglo veinte, sobre todo para cuando me vuelvo una niña que sueña, están Charlot y su galera (El cine), y de su galera sale un aire triste y, sin embargo, con gusto a chocolate (“Chocolate”, una visión antropológica del film).

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Editorial
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