Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Todo está como era entonces

Los fantasmas adoran el sitio donde habitaron cuando estaban vivos y no lo abandonan jamás (Fantasmas. Crónicas de un viaje al interior). Resisten a los cambios, aunque, aunque les molesta cuando la gente realiza refacciones, o reciclados (Reciclado).

Los fantasmas se angustian cuando los cambian de lugar… (El lugar de Rulfo).

Y, aunque estemos vivos, somos igualitos a los fantasmas.

El lugar lo es todo para nosotros; nuestros lugares son nuestro presente y nuestro pasado y de ellos rebosa el recuerdo (La escalera).

Lo que queda de cada historia está en el lugar donde ocurrió.

Tal vez sea el modo de las personas sin conocimientos científicos, como yo, de comprender a Einstein (El sueño de Einstein): el espacio y el tiempo se confunden; por ejemplo, cuando visitamos la casa donde nacimos y en la que estuvimos hasta los veinte años para después abrir las alas… (El Humano, una especie de suicida).

En mi caso, hay otro lugar más intenso.

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Editorial

Fotografías en blanco y negro

El siglo XIX me da melancolía y, a veces,  un poco de terror metafísico -léase, miedo a los fantasmas (El fantasma victoriano). El XX , vértigo (El siglo XX y la producción armamentista mundial); del XXI todavía no puedo hablar y no sé si podré comprender alguna vez lo que me pasa con él: mis pasos se traban transcurriéndolo, como si tuviera puestos los zapatos al revés -el pie izquierdo en el zapato para el derecho y viceversa; explico para que no vayan a creer que pienso en zapatos pervertidos, como los del Marqués de Sade, o en las botas de siete leguas, no. El siglo XXI se camina con zapatos modernos, o posmodernos, cuyo diseño aún no aprendí (La Escuela del siglo XXI).

Si pudiera mirar a la Historia desde arriba, como un gran panel de gente que viene y va, imagino que en el siglo veinte esa gente de caminar pausado de pronto empieza a correr (Historia y anti historia). Veo en este sitio -o siglo- caras de todo tipo, rodeadas de objetos y de símbolos: la de Einstein y una pizarra con signos (El acertijo de Einstein); la de Freud y una lámpara art deco junto a un diván (Freud: Un Hombre para todas las épocas) por supuesto; veo a Anais Nin bajando apresurada la escalera de una casa en París -la casa de Henry Miller, digamos- para correr hacia el Sena, donde vive en un bote estacionado… (Anais Nin).

En el siglo veinte, sobre todo para cuando me vuelvo una niña que sueña, están Charlot y su galera (El cine), y de su galera sale un aire triste y, sin embargo, con gusto a chocolate (“Chocolate”, una visión antropológica del film).

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