Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Cuando partió el joven Eros

Cuando el joven Eros partió de mi vida (La forma del conocimiento del amor en Sócrates), yo intenté dedicarme a la hechicería (La danza de las tijeras). Sí, quise ser una bruja consagrada, una augurante de días bellos o terribles (Milagro en el bosque).

El Joven Eros había apoyado su cabeza en mis rodillas (Del Amor y Otras Yerbas), había dejado la forma de su cabeza en mi falda y un cabello de oro, me había abrigado siete inviernos y dorado siete veranos (El calendario), y de pronto levantó la cabeza y se fue hacia las flores jóvenes, divinas. Iba con la mirada baja, sin embargo, llevando toda la oscuridad que había absorbido de mí (Tactos en la Oscuridad).

El cabello de oro lo usé para iniciarme en brujería (Hechicería e imaginario social). Lo puse bajo mi almohada y me dormí (Historia del sueño y su estudio), y entró en mis sueños una niña perfumada que se convirtió en sombrilla, sombrilla que se convirtió en el sol, sol que se convirtió en toda la hierba, y por esa hierba caminé y me perdí, hasta despertar finalmente. Cuando desperté, estaba comiendo una ciruela…

De ahí en más me entrené pidiéndole al viento pájaros que me trajeran mensajes secretos de los niños, pidiéndole al sol un fósforo pequeño para iluminar mis noches sobre las cunas y los rostros de los niños. Y me puse a arrullar, a acomodar las mantas y las sábanas y a soplarles los besos de la nodriza ausente que, tal como Eros partió, ella había ingresado a mi alma cuando sus pechos se durmieron extenuados.

Abro mi consultorio

Ya estuve lista para abrir mi mansión de adivinanzas.

Mis ojos se abrían por la mañana buscando en la ventana el gris ominoso o el claro día, o el viento que empujaba una hoja que se pegaba al vidrio, y yo leía en sus nervaduras las líneas de una mano muy antigua, que era quizá de Dios, y ya sabía los frutos que me traería el día. Es decir, sabía también por la lectura de esas líneas quiénes vendrían a consultarme. (Continuar leyendo »)

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La Nochebuena de los vivos y los muertos

La noche (La noche de fin de año y la quema de los años viejos) es un lugar de encuentro de lejanos, extraños pasajeros (El Cochero del Virrey).

Como un alma es la noche (Al encuentro del alma), oscura, confusa, llena de diamantes (Los diamantes de Monrovia).

Los diamantes son los ojos tallados en nosotros de quienes ya no están en esta tierra pero están en las sombras, en el día de luz, en nuestro corazón (El camino de los muertos).

La noche de Navidad (Origen y procedencia de la Navidad) es una fiesta a la que nadie falta, ni vivos, ni muertos, ni ateos, ni cristianos, ni judíos ni musulmanes, ni hindúes, ni budistas, ni ninguna tribu lejana y cercana del espíritu (Las religiones).

La otra Nochebuena con sus regalos de ocasión, árboles iluminados para la ocasión y manjares cocidos para la ocasión es sólo un diminuto festejo del que podemos participar o no, sin perder nada (Análisis del poema “Papa Noel nunca llega en la Navidad a los hogares pobres…”).

La fiesta es en el cielo del alma, en ese palacio. En la noche del alma, hacia donde confluyen los muertos y los vivos, todos vestidos diferente: velos islámicos; trajes judíos, sobrios; coloridas túnicas hindúes, algunas muy doradas; modestas telas budistas; occidentales vestiditos frescos de la gente de acá.

El sol sale para siempre esa Noche. (Continuar leyendo »)

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Todos los ríos corren hacia el fin

A los cuarenta años yo, a pesar de mi aspecto juvenil y mi filosofía “atemporal” (Fenomelogía y existencialismo), empecé a sentir el correr de los años. Eran momentos de iluminación, pensaba, aquellos en los que podía sentir nostalgia o comprender el espesor de lo que había dejado atrás de mí (La oscuridad que engorda: el lado apagado de la iluminación artificial).

También sentía que a medida que pasaba el tiempo agregaba rejas a mi prisión, o lo contrario a veces, las quitaba… ¿cuál de los dos hechos era auténtico en esos sentires? (El inquietante problema de la verdad).

Reconocía una falta en mis percepciones cotidianas (Nuestras percepciones): seguía siendo la niñita caprichosa, la niñita rebelde y otras niñitas aún, pero en algunos de esos momentos de iluminación no sólo entendía que estaba convirtiéndome en una mujer madura cronológicamente, sino que alcanzaba a ver en el espejo las líneas de esta cronología (Mis sentimientos al espejo).

¿Por qué solamente algunas veces? Me preguntaba entonces si los órganos de mi visión tenían la misma capacidad constantemente, porque yo registraba sólo en determinadas ocasiones los surcos que se ahondaban de la base de la nariz a las comisuras de los labios, cierto reblandecimiento de los tejidos de las mejillas que sin embargo no tenían arrugas, y los párpados inferiores hinchados, o, cuando no hinchados, tramados por un hilo de araña.

Y esto no era lo peor, lo peor era que aunque desesperadamente me esforzara por conservar la aureola juvenil (La juventud y la crisis de valores), la parte cuidada aparecía por un momento remozada, era cierto, pero surgía una contraparte inesperada que me descubría marchita. Y a través de mi cuerpo la marchitación se extendía a otros aspectos.

La memoria, la concentración, la atención y hasta la capacidad de imaginar comenzaban su paulatina desintegración muy suavemente ahora, era claro, pero yo podía esperar perfectamente la tragedia en algunos años más. (Continuar leyendo »)

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El corazón de Dostoievski

Ya que estamos a punto de escribir nuestras propias novelas (Inmigración y literatura: novelas) voy a hablarles un poco, lo poquito que sé, del hombre que hizo una obra extraordinaria con la materia de su vida, Fiodor Dostoievski (Crimen y castigo de Fedor Dostoievski) -me sentí raramente orgullosa cuando recibí como regalo, en respuesta al post de la semana pasada, el saber que tanta gente está dispuesta a empeñarse en escribir una novela, trabajo que no necesita de genios (Mistificaciones del culto al genio) -no hay demasiados Dostoievskis- sino de constancia, y que además, resulte lo que resulte de lo escrito, es sanador y protector de nosotros y nuestra memoria (La memoria social como construcción colectiva del presente).

En los días vertiginosos de mi primera juventud -porque ésa es la edad de las tragedias del corazón (La juventud)-, yo leía con fervor a Dostoievski.

Lo leía de una manera diferente a como lo hacía con otros escritores: Proust, por ejemplo (Re-descubrir el fuego). Proust, en aquella época en que nada se ahonda, era como saborear un exquisito pastel, escuchar músicas delicadas, vestirse de princesa.

Dostoievski era lo oscuro del corazón, aunque yo ya podía percibir dentro de esa fatalidad la ingenuidad, la ternura de los “retratos” que pintaba, las personas que eran su materia, esas “pobres gentes” llenas de grandeza y de drama que tenían un aire de mi tierra latinoamericana (Investigación documental acerca de los escritores latinoamericanos y su enfoque de la humanidad).

Y como era para mí el momento de los grandes amores, yo estaba enamorada -además de un muchacho real que bien recuerdo- del protagonista de Crimen y castigo. (Continuar leyendo »)

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Cómo escribir una novela…

Ahora enseguida les enseño, apronten lápices para tomar nota (La novela). Dejo que me citen en cualquier lugar (Citas y Frases por personajes conocidos de la historia); ya pronto, en pocos minutos, sabrán escribir una novela.

Lo difícil no es ni siquiera que haya que tener talento (El talento). Yo hablo de, aunque sea, escribir una mala novela. Lo importante es que diga algo chiquito en muchas, muchas páginas (Administración en una página). De que un concepto mínimo pueda estirarse hasta casi, casi, ser un sistema, una teleología -acabo de aprender que télos es traducible por objetivo, meta, sistema.

Y yo puedo enseñarles, de eso no me cabe duda (Diario trágico de una joven maestra). He escrito tantas cosas… tilingas… que han ocupado dentro de todo mucho espacio (El espacio-tiempo se curva en torno al observador). Fíjense. Lo que hago es mezclar la vida cotidiana y mis reflexiones de entrecasa con un ponerme seria como un filósofo y delirar, delirar profanaciones (Cátaros).

Es cuestión de atreverse. Otros se atreven a ganar dinero vendiendo útiles… innecesarios. Yo a tanto no me atrevería jamás. Y tampoco atraparía a nadie. No soy vendedora de objetos y cosas lindas, vendo, módicamente, palabras.

Me atrevo a hablar de la teoría de la relatividad, de los quantos y de los quepos; imagínense si no voy a atreverme a dar cátedra sobre juntar los cadáveres de muchas frases con cierta organización, y un mínimo de imaginación, para por lo menos sorprender. Una vez sorprendido, el lector sigue leyendo; una vez que sigue leyendo, y sigue las “ideas”, estas ideas son tan “imaginativas” que no muchos se atreven a refutarlas; no es una mala novela en todo caso, es apenas una novela incomprensible que cuenta algunos sabrosos chismes además, uno puede leer sólo la parte de lo cotidiano -la otra parte no existe; es una partitura pero que ningún músico adiestrado descifraría, es una partitura que sólo yo -el propio autor- descifro. Y además otros se hacen los que descifran, como me hago la que descifra a Joyce cuando no sé siquiera inglés, cómo podría… (Continuar leyendo »)

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El hombre se enfría

Pensaba en Alejandra Pizarnik (La poesía de Alejandra Pizarnik) para  iluminar este post con sus enigmas, sus versos, sus muñecas, sus tazas de té bebidas en el país de las maravillas con Lewis Carroll y la muerte (La magia semántica: Destructo/Constructo? ¿Qué es?), y su indudable construcción consciente de un personaje mítico, poético, secreto. Con lo indescifrable, también, que dejó en suspenso su propia muerte tan juvenil y atormentada (Suicidio).

Pero me encaminé a la biblioteca en busca de material pizarkniano (¿se dirá así), y antes de encontrarlo tropecé con un libro que nada tiene que ver con Alejandra, más viejo que ella, más antiguo también (Fragmento del diccionario de la evolución), nada más que un ensayo inteligente en buena prosa francesa (El Ensayo). Y desistí de los verdes ojos de Alejandra y su mirada oscura; la suspendí para otro post.

Porque había hallado un escrito que quiero fervientemente compartir con ustedes (Comunidades virtuales), aunque sea en fragmentos (Doce Fragmentos). Porque está escrito luego de la Primera Guerra Mundial (La Primera Guerra Mundial), pero parece -en su contenido- escrito hoy. Porque se dirige a los europeos de esa época, pero parece dirigirse a todo el universo contemporáneo. Y además porque esta mañana, al levantarme, leí en no sé qué diario, o quizá en Internet, esta cita de Einstein: “El hombre se enfría mucho más rápidamente que el planeta que pisa”, o algo así…

La crisis del espíritu

Ahora, sobre una inmensa explanada de Elsinor, que va desde Basilea hasta Colonia, que toca las arenas de Nieuport, los pantanos del Somme, el gres de la Champagne, los granitos de Alsacia, el Hamlet europeo mira millones de espectros. (Continuar leyendo »)

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Algunas descripciones sobre el momento de la muerte

Como este blog bastante a menudo se parece a un Taller Literario (Cómo concibo un taller literario-Balance de una experiencia), y aunque “mis alumnos” a menudo me superen y me enseñen más allá de todo lo que yo pueda hacerles comprender (¿Alguien quiere aprender?), estoy a punto de hacerles un regalo: les ofrezco un tema, con algo de argumento o de trama, que me fascina pero que no voy a escribir. Mejor dicho, que no voy a seguir escribiendo, porque dos de esos relatos creo alguna vez haberlos publicado aquí mismo y, para mí, se agotó todo esfuerzo (La mujer mapuche y el esfuerzo de su trabajo).

Antes que nada quiero decirle a Eric Polten que su tía de la Rioja (Región de Cuyo-Argentina) no sólo agregó perejil a su siembra de papas, sino que he entrevisto -en un viaje astral a lo de su tía (¿Es realmente el sol una bola de fuego)- unas bellas y altas y bien cuidadas plantas de marihuana (Legalización de la Marihuana).

Proyecto El Instante (de la muerte)

No se trata de túneles ni de nada que haya transmitido alguien que vuelve, sino de documentos desde afuera del más allá, aunque vengan del mismo moribundo, justo hasta el momento de la muerte; no el túnel, no la luz, nada (La muerte).

En primera persona en algunos casos, pero la mayoría en tercera, como que contengan a un narrador que lo ve todo, el remanido narrador Omnisciente (Un constructo: el narratario).

Son distintos modos de morir -la muerte en sí es el modo, no lo que provoca cada muerte; no vamos a plagiar al temible programa de la TV “Mil maneras de morir”.

Puede morir la modelo, cuya última visión sea el más fulgurante vestido, o bien la chica feúcha que quiere ser modelo; o el decorador de interiores, persona muy interesante en cuanto a que también se preocupa por el ambiente de su cercano velorio y por la estética de su ataúd. (Continuar leyendo »)

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Las escrituras de las sábanas

Cuando rescato algunos de mis cuentos perdidos en antiguos cuadernos (Hölderlin y su Tiempo), parecería que el tiempo pasó dos o tres veces por allí (Huellas de mi silencio).

Los recuerdo muy poco, casi nada, y a veces ni siquiera los recuerdo (Olvido), por lo que algunas veces la lectura se convierte en la primera lectura de un escrito de fantasmas que hurgaron mis papeles (Fantasmas. Crónicas de un viaje al interior).

No tengo mucho de que admirarme, la verdad, cuando eso sucede. No son narraciones de gran porte ni de buena factura ni de imaginación desbocada (El bosque. La imaginación y el miedo).

Pero sí, a veces, me sorprenden los temas, por lo simples (Simplicidad y Complejidad).

Muchas veces aspiré a la simplicidad, y alguna vez, se ve, la he conseguido.

¿A quién se le ocurre un cuento tan sencillo como el de alguien que empieza a dirigir un taller literario, y que está a punto de caer en el punto ciego en donde se juntan los hechizos con las manchas cotidianas, de suciedad o de dolor? (La rutina expulsa el pensamiento creador).

Pues, a mí.

Las escrituras de las sábanas

Era domingo por la noche y era un ambiente de milagro el que creaban las sábanas dibujadas con raros caracteres, la vacilante luz que llegaba desde la cocina, la ropa amontonada a los pies de la cama, el silencio surcado de pequeñas respiraciones y del sonido del reloj, que no hacía tic tac sino que repetía locamente una palabra, una palabra que golpeaba, como hu-lé hu-lé, o col-mó col-mó.

“¡Basta”, se ordenó a sí mismo Guido; “ahora debo dormir.”

Mañana empezaría a dirigir el Taller Literario y esto lo importunaba.

Él era un escritor, no un profesor, ni un crítico, ni un erudito. ¿Y qué significaba un taller literario?

Taller era una escuela, un seminario, un estudio de pintor, no de escritor.

No entendía muy bien, pero había aceptado el nombramiento porque el trabajo como cronista de policiales en el pequeño diario El Regional estaba muy mal pago. (Continuar leyendo »)

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Esa cosa insensata, trivial…

Un barco se hundió hace doscientos años y una moneda de oro se hundió con él (Sobrevivir en el naufragio). Hubo diecisiete tormentas, fatales, azarosas. También estamos hechos de azar. Los hechos de nuestra vida son como las monedas que los naufragios y las tormentas arrojan o no arrojan a la arena (El azar). Los libros, las visiones, son como la moneda que llega o que no vuelve nunca. Tengo ante mí a “Shakespeare” en Borges obras completas porque compré el libro (La Tempestad de Shakespeare y una visión en la literatura latinoamericana), pero compré el libro porque un millón de azares prepararon éste. Un ramo de azares: de niña aprendí a leer; a mi papá le gustaba leer; gané un concurso escolar que me cruzó con el Bonzo que me cruzó con Hugo Mandón que me cruzó con el Flaco Pagés -el gran José Luis, el gran cuentista-, y con Enrique Butti (El Fantasma del Teatro Municipal, de Enrique Butti). Y me crucé al fin con Ernesto Costa, que hoy o mañana presenta uno de sus libros y a quien desde aquí mismo quiero saludar por El pez y su ceniza.

Todos fueron mis maestros, no sé que maestría dominaré, pero me legaron conocimientos sobre cuestiones muy diversas (Maestros en convivencia: habilidades conversacionales).

Y ahora de pronto aparecen ante mí libros que hace mucho tiempo no encuentro ni frecuento, aparecen como monedas de oro, como si las cosas giraran en la casa al compás de no se sabe qué azar, o bien, qué destino (El destino del hombre).

Y la coincidencia es significativa, diría el maestro Jung. De pronto encontré en mi biblioteca, sin buscarlo, la Política del espíritu, de Paul Valéry, con su magnífica y ominosa frase: “Vosotras, civilizaciones, sóis mortales…”, que parece tan aplicable a cualquier rincón de la actualidad (Jorge Guillén o El paraíso, no su sombra).

El diario íntimo de Eugène Ionesco

Entre esas monedas que el mar arroja apareció una rarísima, el diario íntimo de Eugène Ionesco, llamado -al ser editado por Gedisa, Buenos Aires, 1989- La búsqueda intermitente.

Y lo abro, y no logro saber con exactitud a qué años corresponde, pero seguro que a los últimos de vida del gran dramaturgo y novelista, más o menos por algunas referencias calculo que entre 1983 y 1986. (Continuar leyendo »)

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“Usted será siempre la brújula nuestra…”

Mi madre (La madre en César Vallejo) -que murió hace menos de dos años (Ciclo vital humano)- era una persona con el don de la gracia (¿En qué consiste esa gracia, piedad o sabiduría de la infancia), hasta el final. Tenía una extraordinaria gracia natural y todo -versos, cuentitos, chismes, recuerdos de su infancia y juventud- lo convertía en historias humorísticas (Sentido del humor), durante cuyo relato nadie paraba de reírse -tal vez por eso, cuando murió a los 88 años, la gente me decía: “No, María Matilde no puede haber muerto, era inmortal” (El problema del sentido de la vida), y alguno hasta recordó allí mismo sus últimas anécdotas -parece mentira: tenía tanta gente amiga a pesar de su edad y de que hubieran muerto ya muchas de sus amigas históricas… (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad), pero tampoco era que no quedara ninguna de ellas; aún hay varias que se florean por el centro de la ciudad de Santa Fe (El origen de la etnia argentina) con sus noventa fresquísimos abriles, y hacen la primavera…).

Hace poco fue el Día de la Madre en Argentina, y yo la recordé a la mía de este modo: no fui a ponerle flores a sus cenizas porque estoy lejos de donde ella descansa, pero días y días me acordé de sus dichos, su ingenio de doble filo, su risa honda (La risa como terapia).

Sabía de memoria cientos de versos que, sin maldad, ridiculizaba, o exageraba, para que nos divirtiéramos todos, todos los que éramos su público -y acá es conveniente que mencione a mis hermanos entre su público, tal vez por agradecimiento, y porque hablo de ellos muy poco y quiero presentarlos: Carlos, “el memorioso”, es contador y profesor de ciencias económicas, ha escrito varios libros sobre su materia que son de uso común en la facultad, y también escribe libros sobre el tango, una de sus pasiones: otra de sus pasiones es su hijo Emanuel, tan estudioso como él; Luis, llamado por nosotros y por sus amigos Pato, es comerciante, escribe aunque no públicamente y le apasiona la literatura española y creo, en especial, la poesía del siglo de oro; en su infancia fue un gran actor de las galas de la escuela, en su adolescencia un seductor, en su adultez un amoroso padre; y María del Huerto, diez años menor aproximadamente que nosotros, sus veteranos hermanos: una linda señora que se dedica a la enseñanza, que es psicopedagoga, que tiene cinco hijos y es cálida y brillante.

Pero mi madre…! si hasta de su infancia más remota hacía gala; mi abuelo, músico y empresario del teatro de la ciudad, la llevaba a los conciertos allá por 1925 o 26, y ella con sus cinco años preguntaba sobre una soberbia matrona de gran renombre que tocaba el piano: “Papá, ¿toca con los dedos o con el busto?”. Mi abuela le había enseñado que “teta” era una palabra sólo aplicable a la alimentación del bebé; que las mujeres que no amamantaban tenían “busto” como cualquier estatua. “Pero”, me decía mi mamá, ya octogenaria, ”¡Esmeralda Lotringer tocaba verdaderamente con las tetas…! “. (Continuar leyendo »)

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