Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Sinfonía de otoño

Es como ir subiendo una montaña y estar bastante cerca de la cima; es como detenerse allí un momento y mirar para abajo aunque dé vértigo (Vértigo, ansiedad y sin sentido).

El paisaje: admirable (Ferreñafe: el bosque de Pomac, Perú).

Además, fastuosamente variado.

Hay selvas tropicales, mares tormentosos, nieve (Las Nubes).

Están las mañanas más hermosas del mundo y los atardeceres melancólicos.

Las noches “pecadoras” y el vino alegre (El vino como elixir sagrado…).

Da vértigo, pero todavía no nos falta el aire, se puede seguir subiendo…

La vejez

Al envejecer vamos devolviendo poco a poco los dones de que se nos hizo acreedores (Las dimensiones bioéticas de la vejez). Ya no está la piel “tirante como ráfaga” ni los ojos iluminan cualquier estancia: hay que frotarlos para que brillen, como a una lámpara, como a la de Aladino (La estrella resplandeciente. Fábula. Siglo XXI).

Algunos otros detalles -de mayor valor que los ojos y que la piel- también desaparecen.

Pero empieza a crecernos un órgano precioso e invisible del cual desconocíamos su existencia.

Primero es un latido, después inunda el corazón.

Los ojos -aunque no brillen- ven más y lo descubren todo, y me recuerdan el versito que repetía mi madre algunas veces, que trataba de un joven y un anciano que habían chocado en la calle: “-Perdonad, es que al pasar no os miré./ -A su edad nada se mira, joven, porque nada importa,/ cuando la vista se acorta/ es cuando se empieza a ver”.

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