Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Todos los ríos corren hacia el fin

A los cuarenta años yo, a pesar de mi aspecto juvenil y mi filosofía “atemporal” (Fenomelogía y existencialismo), empecé a sentir el correr de los años. Eran momentos de iluminación, pensaba, aquellos en los que podía sentir nostalgia o comprender el espesor de lo que había dejado atrás de mí (La oscuridad que engorda: el lado apagado de la iluminación artificial).

También sentía que a medida que pasaba el tiempo agregaba rejas a mi prisión, o lo contrario a veces, las quitaba… ¿cuál de los dos hechos era auténtico en esos sentires? (El inquietante problema de la verdad).

Reconocía una falta en mis percepciones cotidianas (Nuestras percepciones): seguía siendo la niñita caprichosa, la niñita rebelde y otras niñitas aún, pero en algunos de esos momentos de iluminación no sólo entendía que estaba convirtiéndome en una mujer madura cronológicamente, sino que alcanzaba a ver en el espejo las líneas de esta cronología (Mis sentimientos al espejo).

¿Por qué solamente algunas veces? Me preguntaba entonces si los órganos de mi visión tenían la misma capacidad constantemente, porque yo registraba sólo en determinadas ocasiones los surcos que se ahondaban de la base de la nariz a las comisuras de los labios, cierto reblandecimiento de los tejidos de las mejillas que sin embargo no tenían arrugas, y los párpados inferiores hinchados, o, cuando no hinchados, tramados por un hilo de araña.

Y esto no era lo peor, lo peor era que aunque desesperadamente me esforzara por conservar la aureola juvenil (La juventud y la crisis de valores), la parte cuidada aparecía por un momento remozada, era cierto, pero surgía una contraparte inesperada que me descubría marchita. Y a través de mi cuerpo la marchitación se extendía a otros aspectos.

La memoria, la concentración, la atención y hasta la capacidad de imaginar comenzaban su paulatina desintegración muy suavemente ahora, era claro, pero yo podía esperar perfectamente la tragedia en algunos años más. (Continuar leyendo »)

Monografias

La destrucción fue mi Beatriz

Leo con un escalofrío una cita de Mallarmé, poeta extrañísimo: “La destrucción fue mi Beatriz”, frase que me conduce del infierno hacia el cielo (La teoría de la seudocultura).

Mallarmé está hablando de la inspiración y de la muerte. Beatriz, inalcanzable, casi parece no haber existido de tan lejana. Ella, sin embargo, fue la brisa que empujó a Dante al paraíso (Época del Renacimiento).

Me refiero a Dante, a Beatriz, a Mallarmé (él decía que todo existe para llegar a un libro), porque mi lápiz se atasca, pierde fuerza, cuestión que no le achaco a los años -y ya diré por qué- sino a un entumecimiento temporario de las emociones. En cuanto me mude a un lugar verde, apacible, serrano, donde canten los pájaros, volverá a cantar mi pluma, no importa si muy bien o muy mal (A orillas del Aqueronte).

Pero, amigos, ¿qué es la inspiración, quién es Beatriz? (El artista habla del artista).

Nadie se atrevería a decir hoy que la inspiración no existe, después de toda una polémica que abarcó el siglo XX, aunque a la palabra algunas veces se la despoje de su miriñaque y se la nombre como energía, como ímpetu (Lo siniestro en las Leyendas de Bécquer…).

(Continuar leyendo »)

Editorial
chatroulette chatrandom