Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Ser poeta cuesta, pero no vale…

Yo trabajé toda mi vida (El trabajo como concepto- valor- contenido), pero no puedo jubilarme (Factores psicológicos intervinientes en la calidad de vida de las personas en la etapa de la vejez).

Ni siquiera con la jubilación de ama de casa (Madres trabajadoras), porque para eso necesitaría no haber hecho nunca aportes, y a veces, pero pocas, tan pocas que no alcanzan, trabajé en blanco y efectué los aportes consabidos.

Hay una pensión para escritores y poetas que están en esta situación (La Sociedad de los Poetas Muertos y Teorías de Educación): tanto en la ciudad de Buenos Aires, donde residí hasta hace poco, como en la ciudad de Santa Fe, donde nací (Aportes del cine documental a la construcción de la memoria y el pasado reciente).

Para la pensión en Buenos Aires me presenté con algún currículum, como ser dos veces premio del Fondo Nacional de las Artes -y otros premios también, algo importantes-, pero no alcanzó; me contestaron que no podían otorgarme el subsidio por escasez de antecedentes (Buenos Aires, una ciudad que enamora). (Continuar leyendo »)

Editorial

Ola de calor

Me despertó un viento ardiente desde el cielo, sobre la cara (Grandes circuitos que distribuyen calor); un soplo del infierno, el aliento de Vulcano.

No era Vulcano, ni ninguno de los dioses del fuego (Mitología griega)  pero ellos estaban casi presentes en mi macondiana habitación (Cien años de soledad): días y noches y semanas había funcionado el ventilador de techo que cuelga sobre mi cama; al fin se mimetizó con el calor, ya no era un instrumento refrescante, era el sol que colgaba del techo de mi cuarto (Cambio climático, problema de salud global).

Sentí en todo mi cuerpo convertido en brasa un aviso de catástrofe, y con mi mano de fuego prendí el televisor; el control remoto hervía y obtuve una quemadura en forma de rosa roja, una llaga preciosa que de haber estado en el dedo anular hubiera significado mi casamiento con el desaforado estío (Conexiones cíclicas de la naturaleza).

Noticias

Como he exagerado en todo lo que conté hasta ahora, me sorprendió ver en el noticiero (Noticieros argentinos, ¿por qué sólo malas noticias?) -sin ningún pudor ni alta conciencia de exageración como la mía- que la primera plana de las informaciones estuviera usurpada por una sola palabra, con diferentes predicados: Calor: Buenos Aires se consume…

Haití queda tan lejos (Demasiada gente, demasiada pobreza…), y Bolivia y la tragedia en Machu Picchu, ¡quedan tan lejos de Buenos Aires!

Los habitantes de Buenos Aires, los que estamos aquí y no tan lejos como en Haití, sufrimos calor, y algunos, como yo, ¡hasta sin aire acondicionado!

Me maravilló el carisma periodístico: hacía una semana que tenía hechizada a la población con problemas meteorológicos (Satélites artificiales). Todas las demás noticias habían dejado de tener interés; los gusanos hirvientes flotábamos en el caldo tratando de alcanzar una radio, un diario, un televisor, para saber si haría más calor, o menos.

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Editorial, Monografias

Las ciudades de Borges

Resulta curioso que Jorge Luis Borges haya sido durante toda su vida un viajero entusiasta (Inmigración y literatura: el viaje), y más aún durante la segunda mitad de su vida, cuando ya era ciego (Borges, religión y filosofía).

Había ciudades que Borges consideraba suyas, como Ginebra, Londres, la Córdoba de España (La conquista de Córdoba y su reino) y, por supuesto, Buenos Aires (Ciudades y escritores). A lo largo de su obra aparecen, entre éstas que fueron sus “diversas e íntimas patrias”, otras con las cuales no tuvo afinidad. Enumerarlas a todas, las amadas y las no tan amadas, volvería a esta nota insoportablemente extensa.

Sin embargo resulta interesante intentar, en una especie de juego que quizá a J. L. B. no le hubiera desagradado, la reconstrucción, a vuelo de pájaro, de algunas de esas ciudades, con retazos de sus textos o con sus originales opiniones.

Ginebra, la de la felicidad

Ginebra, el sitio donde la felicidad es posible según nuestro escritor, resalta en el conjunto de las ciudades borgeanas como la humilde -en el sentido de la ausencia de vanidad, de boato-, la sobria, la sin énfasis: “París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres; Ginebra casi no sabe que es Ginebra”, afirma, él sí, con algún énfasis (Suiza). A grandes rasgos, Ginebra es para Borges una ciudad llena de librerías y comercios modernos donde el pasado está presente en las perdurables fuentes y campanas y en las calles montañosas de la Vieja Ciudad, y también en las grandes sombras de Calvino (La Reforma), Rousseau (Jean-Jacques Rousseau y la ilusión burguesa de la voluntad general), Amiel, de las que nadie habla.

Un año antes de morir, Borges escribe en 1983, premonitoriamente o quizá obedeciendo a una voluntad que jamás expresó ya que siempre aseguró -también lo hizo en un poema- tener su lugar en La Recoleta (Historia de la Recoleta…): “Sé que volveré a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo”.

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