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por Mora Torres

 

“Usted será siempre la brújula nuestra…”

Mi madre (La madre en César Vallejo) -que murió hace menos de dos años (Ciclo vital humano)- era una persona con el don de la gracia (¿En qué consiste esa gracia, piedad o sabiduría de la infancia), hasta el final. Tenía una extraordinaria gracia natural y todo -versos, cuentitos, chismes, recuerdos de su infancia y juventud- lo convertía en historias humorísticas (Sentido del humor), durante cuyo relato nadie paraba de reírse -tal vez por eso, cuando murió a los 88 años, la gente me decía: “No, María Matilde no puede haber muerto, era inmortal” (El problema del sentido de la vida), y alguno hasta recordó allí mismo sus últimas anécdotas -parece mentira: tenía tanta gente amiga a pesar de su edad y de que hubieran muerto ya muchas de sus amigas históricas… (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad), pero tampoco era que no quedara ninguna de ellas; aún hay varias que se florean por el centro de la ciudad de Santa Fe (El origen de la etnia argentina) con sus noventa fresquísimos abriles, y hacen la primavera…).

Hace poco fue el Día de la Madre en Argentina, y yo la recordé a la mía de este modo: no fui a ponerle flores a sus cenizas porque estoy lejos de donde ella descansa, pero días y días me acordé de sus dichos, su ingenio de doble filo, su risa honda (La risa como terapia).

Sabía de memoria cientos de versos que, sin maldad, ridiculizaba, o exageraba, para que nos divirtiéramos todos, todos los que éramos su público -y acá es conveniente que mencione a mis hermanos entre su público, tal vez por agradecimiento, y porque hablo de ellos muy poco y quiero presentarlos: Carlos, “el memorioso”, es contador y profesor de ciencias económicas, ha escrito varios libros sobre su materia que son de uso común en la facultad, y también escribe libros sobre el tango, una de sus pasiones: otra de sus pasiones es su hijo Emanuel, tan estudioso como él; Luis, llamado por nosotros y por sus amigos Pato, es comerciante, escribe aunque no públicamente y le apasiona la literatura española y creo, en especial, la poesía del siglo de oro; en su infancia fue un gran actor de las galas de la escuela, en su adolescencia un seductor, en su adultez un amoroso padre; y María del Huerto, diez años menor aproximadamente que nosotros, sus veteranos hermanos: una linda señora que se dedica a la enseñanza, que es psicopedagoga, que tiene cinco hijos y es cálida y brillante.

Pero mi madre…! si hasta de su infancia más remota hacía gala; mi abuelo, músico y empresario del teatro de la ciudad, la llevaba a los conciertos allá por 1925 o 26, y ella con sus cinco años preguntaba sobre una soberbia matrona de gran renombre que tocaba el piano: “Papá, ¿toca con los dedos o con el busto?”. Mi abuela le había enseñado que “teta” era una palabra sólo aplicable a la alimentación del bebé; que las mujeres que no amamantaban tenían “busto” como cualquier estatua. “Pero”, me decía mi mamá, ya octogenaria, ”¡Esmeralda Lotringer tocaba verdaderamente con las tetas…! “. (Continuar leyendo »)

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