Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Las aventuras de un enfermo

No quiero ser ni parecer trágica -después de todo la vida a todos nos pone manchas o cadenas y nos hace probar cosas que no son precisamente fresas con chantilly (Dossier para el maridaje en la restauración), a esta monografía la recomiendo encarecidamente: da placer)-, por eso digo que la enfermedad es como el amor (Del Amor y Otras Yerbas), y parece que hoy me dediqué a poner buenas monografías, lean ésta), ya que al amor se lo bebe en una pócima bien caliente, preparada con extrañas raíces, veneno de víbora y ¡rocío del amanecer! -a Borges no le gustaban los signos tipográficos de los cuales yo hago uso y abuso; en realidad, me encantan para hablar con ustedes esos signos, y también me encanta transgredir las reglas de mi vate preferido, como llamarlo vate, sin ir más lejos… (Borges y la eternidad en construcción).

Y al amor se lo llama con la voz de más allá de los huesos, como a la muerte (La muerte en la historia).

Y para el amor es siempre primavera (Primaver Roja) -no importa la edad que el que lo padece tenga-, pero primavera atravesada con lágrimas y lluvia: una verdadera, una exquisita alergia  (Miastenia grave, Disforesis profusa y otros): aclaro que no recomiendo está monografía por el hecho de tener yo misma miastenia, sino por las alergias -que nunca tuve-, de las que el estudio también trata, y porque admiro la sabiduría de su autor)-  -ahora, al escribir la palabra alergia, me doy cuenta de que es palíndroma de alegría (¿Quién tiene un libro de Juan Filloy? Informe sobre la obra de un escritor singular).

Para aliviar las enfermedades crónicas hay que trabajar duro con el alma, llegar a conocerse a uno mismo al menos en cuanto actor (Artaud, surrealismo y teatro), al menos en cuanto a que uno es el que representa, el que lleva a la escena, por medio de su cuerpo, la enfermedad que le ha tocado en gracia -además, por ejemplo, cuando acaricio el lomo de mi perra la salud desciende instantáneamente sobre cualquiera de mis heridas. (Continuar leyendo »)

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En las letras de rosa está la rosa…

Se está derritiendo la nieve de la primera nevada que contemplé en mi vida (La Antártica) si exceptúo la que asombrosamente ocurrió en Buenos Aires -donde nunca nieva- el 9 de Julio del 2007 (Bs. As. breve cronología 1810 ? 1880). Y no eran estos copos, eran más pequeños que las manos de los niños que alegremente intentaban formar un muñeco (Festividad navideña).

Hoy es lunes al mediodía, el miércoles es mi cumpleaños, y yo esperaba que fuera entonces que la blancura me festejara. Pero no (Inmigración y literatura: Festejos).

A la una de la mañana, hoy empezaron a descender sobre los árboles aureolas enormes, de luz blanca y muy suave en la noche (El borde de la noche).

Yo tenía la chimenea encendida -había alimentado el fuego durante toda la jornada; había visto transformarse esos alucinados gusanillos de brasas en salamandras, había hablado con ellas (Psiquismo y elementales). Después tomé un libro y me puse a leer hasta que leí en el aire oscuro esa escritura nívea. (Continuar leyendo »)

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Miscelánea

Borges

Me pregunto si él estaba allí, si yo estaba allí, si conversamos, si aquella vez, antes, cuando yo tenía 17 o 18 años, rocé su traje (Los adolescentes en busca de su identidad).

¿Cómo puede existir un amor así, sin sexo, sin deseo, sin que el destinatario lo conozca, pero apasionado, total? (Bioquímica y sociología del amor).

Me parece que de esta manera aman a Dios los místicos (El Inmortal).

Cuando se habla de Borges (Algunos Borges de Jorge Luis Borges), o cuando en mi trabajo de correctora me toca algún ensayo que lo nombra, siento como si mencionaran a mi hijo, a mi hermano, a mi padre, a mi amante, a alguien tan familiar y tan querido, pero que debo mantener en secreto (El secreto de la ley de la atracción).

¿Cuál es la cuestión? ¿Borges es mío? Seguro me están diagnosticando -locura-, pero, absolutamente, Borges es mío (La idea de la palabra según Platón).

Cuando lo leo, y leo una de esas frases en las cuales está todo su humor, su ironía perfecta, siento que es un juego para mí, un código que sólo él y yo compartimos. Y me río como de una danza particular que disfruto, un misterio de amantes.

¿Puede estar muerto quien está tan vivo que parece salirse de sus libros, emerger de sus frases con una carcajada, con aquella sonrisa tan fresca, tan hermosa en aquella cara que nunca pude ver como la de un anciano ciego? (La muerte en la historia).

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Editorial

Las ciudades de Borges

Resulta curioso que Jorge Luis Borges haya sido durante toda su vida un viajero entusiasta (Inmigración y literatura: el viaje), y más aún durante la segunda mitad de su vida, cuando ya era ciego (Borges, religión y filosofía).

Había ciudades que Borges consideraba suyas, como Ginebra, Londres, la Córdoba de España (La conquista de Córdoba y su reino) y, por supuesto, Buenos Aires (Ciudades y escritores). A lo largo de su obra aparecen, entre éstas que fueron sus “diversas e íntimas patrias”, otras con las cuales no tuvo afinidad. Enumerarlas a todas, las amadas y las no tan amadas, volvería a esta nota insoportablemente extensa.

Sin embargo resulta interesante intentar, en una especie de juego que quizá a J. L. B. no le hubiera desagradado, la reconstrucción, a vuelo de pájaro, de algunas de esas ciudades, con retazos de sus textos o con sus originales opiniones.

Ginebra, la de la felicidad

Ginebra, el sitio donde la felicidad es posible según nuestro escritor, resalta en el conjunto de las ciudades borgeanas como la humilde -en el sentido de la ausencia de vanidad, de boato-, la sobria, la sin énfasis: “París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres; Ginebra casi no sabe que es Ginebra”, afirma, él sí, con algún énfasis (Suiza). A grandes rasgos, Ginebra es para Borges una ciudad llena de librerías y comercios modernos donde el pasado está presente en las perdurables fuentes y campanas y en las calles montañosas de la Vieja Ciudad, y también en las grandes sombras de Calvino (La Reforma), Rousseau (Jean-Jacques Rousseau y la ilusión burguesa de la voluntad general), Amiel, de las que nadie habla.

Un año antes de morir, Borges escribe en 1983, premonitoriamente o quizá obedeciendo a una voluntad que jamás expresó ya que siempre aseguró -también lo hizo en un poema- tener su lugar en La Recoleta (Historia de la Recoleta…): “Sé que volveré a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo”.

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Editorial

Entre la realidad y la escritura

Los escritores (La palabra, el escritor y la poesía) suelen ser confundidos por la gente con los propios personajes que crean.

Ellos mismos, a veces, se confunden (Verdad, verosimilitud y realidad en el Cervantes de Don Quijote).

Existen casos como el de Borges, de quien alguna vez se corrió la voz, en Europa especialmente, de que no existía, que se trataba de un seudónimo adoptado por un grupo de conocidos escribas para despistar a los lectores. Es asombroso, pero hasta lo leí en Monografias.com, aunque ahora trato de encontrar ese ensayo y en la cantidad existente referida al tema de nuestro gran escritor, no puedo hallarlo… (Ciudades y Tesoros Perdidos).

En ocasiones no es necesario ser escritor para confundirse con una historia que uno mismo se cuenta a sí mismo (Historias galantes). Tal es el caso de este cuento que les ofrezco hoy, el de una viejecita adorable, yo misma no sé si real o imaginada por mí, soñada o descripta rápidamente por la urgencia de toda escritura (La transmutación de la escritura).

Juzguen ustedes, con o sin piedad (Eutanasia).

Mejor dicho, tengan piedad por esa viejecita, no por mí, que no hago trajes de novia y apenas sé coser… (Historia del vestuario).

Blanca Yacente, Novias

De día aún se veía el cartel desteñido, que fuera sobrio y parisién: “Blanca Yacente, Novias” (Publicidad y mercadeo). De noche, si uno pasaba por la ventana de la casa, distinguía una figura afantasmada que, con escasa luz, cosía una enorme tela clara. Si uno se detenía un poco más, podía observar los rasgos del fantasma: no, no lo era, no era un fantasma; era una viejecita de ojos verdes, eléctricos (Tres flores blancas en el muladar).

Blanca Yacente cosía noche tras noche su vestido de novia (Fiestas de febrero).

Cuando era jovencita, Blanca juró no cambiarse jamás su nombre ni su apellido; sabía que eran un destino, tal vez una señal; y muchas veces se dijo que peor hubiera sido llamarse Rosa o Iris Violeta, así que cuando se casó nunca fue la señora de Flores o Blanca Flores, ni tan siquiera Blanca Yacente de Flores.

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Editorial

El mapa de la fuga

Hoy mi propuesta es una nouvelle redactada en muy breves capítulos (El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza). Escribí apenas la primera parte, como prueba; ¿funcionará?

Se trata de expresar casi con monosílabos -esto es exagerado- las experiencias de una mujer-esclava (Trata de blancas en la Ciudad de Quito), cuya vida se centra en el diseño de un mapa de fantasía en donde están los lugares adonde desea fugarse, y tal vez lo consigue (Mapas conceptuales).

Plan de evasión, podría llamarse la nouvelle, si no fuera porque hacia 1945 se me anticipó Adolfo Bioy Casares con ese título y una novela deslumbrante (La invención de Morel y Algunos Borges de Jorge Luis Borges).

Un borrador del mapa de la fuga

I

Debí esperar un poco para abrir el libro. Sin costumbre de lectura más que la Biblia (Enseñanzas de vida), aunque sí ganas, desde lejos, esa tarde había entrado en una librería por primera vez (Libros para superarnos). Venía una música suave; las personas no hablaban, no parecía haber dueños ni vendedores. Los libros estaban apilados sobre las mesas, con carteles: “Ofertas: dos pesos, tres pesos, cinco pesos”. Yo había pensado que los libros eran inalcanzables.

II

El solo ruido de abrir el libro, con ser tan mínimo, me sonó fuerte, capaz de despertarlo a él, que no debía saber que yo tenía la luz encendida. Pero me dije que eran cosas mías, por el gran silencio de la noche. Él dormía bastante lejos, porque yo me acababa de trasladar a la piecita que estaba junto a la cocina. Minúscula, con un baño pequeñísimo también, me alegraba tener pieza y baño propios; “los de servicio”, decía él.

Convinimos dormir en habitaciones separadas un tiempo; yo deseaba que fuera para siempre.

Pensé que la pasaría mejor todavía, ya que estaba a partir de un confite por la alegría de no dormir con él, con esa novela entre las manos por las noches, por eso la compré, y además el título me pareció sabroso, como de un drama, pero que él no se enterara por la luz. Se enteraría sólo si venía a ver, porque entre la piecita y el dormitorio estaban la cocina y el living, no podía verse ninguna raya de luz (¿Qué es la luz?).

III

No sabía si me gustaría leer esas cosas aunque me gustara el título. Él no me permitía leer el diario ni libros más allá de mi Biblia, y yo podría haber perdido la costumbre; en mi pueblo leía algunas revistas y hasta libros de lectura que le habían quedado de la escuela a mi tía, nunca más había leído nada más que la Biblia, que me parecía un poco mi pueblo, la gente de mi pueblo, desde que llegué aquí; él tampoco tenía televisor.

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Fuego sobre la historia

Hace unos días me subí a un taxi, y mientras empezaba a darle las señas de mi destino al conductor, pasó un carro de bomberos (Los incendios. Causas de los incendios). Miramos, él y yo, y continué, pero me interrumpió otra formación, y en segundos una tercera y una cuarta. El chofer se quedó casi hipnotizado unos segundos y al rato dijo: “cuatro dotaciones son un incendio grande… Yo fui  bombero” (El afronte de la muerte).

Y desde allí a mi destino, bastante lejano, mi nuevo amigo el bombero jubilado me relató toda la saga de sus incendios, por lo que bajé del coche con un respeto renovado y estremecimientos nuevos ante la palabra fuego (Todos los fuegos el fuego).

Con un toque de humor, el único incendio que aconteció en mi vida fue de fantasía, gracias a Dios (Sentido de humor y perfeccionismo).

Mi hija Mane, que era pequeña, vio mucho humo en el balcón de un edificio aledaño a donde vivíamos, e insistió tanto y con tanta determinación que llamé a los bomberos y exageré la cantidad de humo para que llegaran pronto. Fue fatídico para mí, y también para Mane, porque sólo se trataba de una infracción de los vecinos a las reglas estipuladas: ¡no se puede hacer asado en los balcones de los edificios! (Sistema de convivencia en la consolidación de valores).

Pero ya no es momento de humor; el fuego que invade Grecia, que podría llegar al Partenón, me hizo recordar e investigar sobre los grandes incendios de la historia (Estructura e historia…).

Para no repetir aquellos más conocidos, el de Roma, en el 64 (Rafael), o el de Jerusalén en 587 a.C., comienzo recordando unas hogazas de pan que hicieron época (Procesamiento del trigo).

Los pequeños olvidos y el Incendio de Londres

A cierta edad uno empieza a guardar los anteojos en el refrigerador, o a caminar con paso decidido en busca de un objeto que al llegar a la puerta de donde uno cree que debería encontrarlo desaparece de la mente: “¿Qué era lo que yo venía a buscar aquí?” (Trastornos y patologías de la vejez…).

No sé qué edad tendría el panadero John Farymor en 1666, en Londres, pero ya había conseguido, en su por entonces humilde oficio, unas glorias de persona mayor: era quien proveía de pan al rey Carlos II.

John Farymor se fue a dormir después de un día trabajoso; su hogar ocupaba el piso de arriba de la panadería.

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Una historia real

Los espectadores de hoy esperan con impaciencia el cartelito que al iniciarse una película, o una serie de TV, contenga las hechizadas palabras: “Basada en un hecho real” (Cuando la TV tiene alma de cine).

Igual fenómeno invade la literatura; lo saben bien los escritores de best sellers: es el mismo abracadabras que abre la cueva de Aladino (Literatura y Alquimia), y lámpara y genio aparecen (La estrella resplandeciente. Fábula- Siglo XXI).

Parece un problema de falta de fe, como si ya nadie pudiera sostener la apuesta de Borges sobre leer ficción y suspender voluntariamente la incredulidad durante el transcurso de las páginas (El milagro secreto de Jorge Luis Borges).

Pero ficción y realidad -y ésta es la apuesta que Borges oculta- son gemelas idénticas, o clones, o, para ser aún más original, son las dos caras de la misma moneda (Realidad y ficción en la relación de Gaspar de Carvajal).

Hay y ha habido tanta gente pisando el planeta, que nada puede haber dejado de suceder (Artistas: ¡salven el planeta!; El planeta humano).

Todas las historias son reales (La Naturaleza Humana).

La que sigue, también.

Alicia

Elbio debió viajar a su ciudad natal durante cuatro días.

Alicia se despidió de él y sintió de pronto dentro de sí un golpe de tempestad, un incomprensible pero claro llamado.

Escuchó el ascensor llegar a planta baja llevando a su marido, escuchó abrirse la puerta ruidosa del mismo y volver a cerrarse.

¡Estaba libre! ¿Pero libre de qué? ¿Acaso había estado encarcelada? ¿En los amorosos brazos y abrazos de Elbio, encarcelada?

Tal vez…

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Retratos íntimos

El arte de la amistad

JLB –que es Borges, ya no sé si recuerdan mis pequeños códigos: no nombrarlo porque lo menciono en exceso- tiene algunos escritos sobre la amistad (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad)
Por supuesto que no voy a poner adjetivos a su prosa (Borges: ¿Qué habré de temer?), pero quiero decir que, más allá de toda literatura, cuando tocó ese tema fue más que él mismo, que es mucho decir (Aprender a pensar la vida como la empresa más valiosa del universo).

Una prueba: Abramowicz

Abramowicz fue compañero de Borges en Ginebra, en el bachillerato, se hizo su amigo en la adolescencia y:  ”Descubrimos las cosas que descubren todos los jóvenes: el ignorante amor, la ironía, el anhelo de ser Raskolnikov o el príncipe Hamlet, las palabras y los ponientes”. Muchos años después, Borges escribió en una de sus visitas ginebrinas, en un poema en prosa llamado precisamente “Abramowicz”, sobre una flamante fe que le sobrevino -esta es mi opinión solamente- para de algún modo recuperar a su amigo Maurice:

Esta noche, no lejos de la cumbre de la colina de Saint Pierre, una valerosa y venturosa música griega nos acaba de revelar que la muerte es más inverosímil que la vida y que, por consiguiente, el alma perdura cuando su cuerpo es caos. Esto quiero decir que María Kodama, Isabelle Monet y yo no somos tres, como ilusoriamente creíamos. Somos cuatro, ya que tú también estás con nosotros, Maurice. Con vino rojo hemos brindado a tu salud. No hacía falta tu voz, no hacía falta el roce de tu mano ni tu memoria. Estabas ahí, silencioso y sin duda sonriente, al percibir que nos asombraba y maravillaba ese hecho tan notorio de que nadie puede morir. Estabas ahí, a nuestro lado, y contigo las muchedumbres de quienes duermen con sus padres, según se lee en las páginas de tu Biblia. Contigo estaban las muchedumbres de las sombras que bebieron en la fosa ante Ulises y también Ulises y también todos los que fueron o imaginaron los que fueron. Todos estaban ahí, y también mis padres y también Heráclito y Yorick. Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches.

Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra. Esta noche me has dicho sin palabras, Abramowicz, que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta.

Los amigos míos, no los de Borges

En los últimos días estuve algo melancólica (La serenata es nota efímera en nuestra hora hechizada) y me acordé de mis amigos; de aquellos que no veo ya y de los que están a mi lado. Pretendo hacer un pequeño cuaderno de retratos (Sujetos), al modo de quien pinta en lienzos –como pinta, por ejemplo, nuestra colaboradora Fabu del blog (Arte cubano del siglo XX)… que es Fabulosa pero no es cubana…

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