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Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 
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Fidelia

El Flaco Pagés no es un “ilustre desconocido” sino, de verdad, un gran cuentista (“Doce cuentos peregrinos” Gabriel García Márquez). Todo el que ha leído uno de sus libros -pocos y breves, como El hombre de los perros dálmatas- se ha asombrado, fascinado, enloquecido… (La locura de Don Quijote).

Pero lo busco en Google (Trabajo práctico de informática) y, aparte de aparecer en un listado de escritores santafesinos, figura sólo como periodista (Ulrico Schmidel, un periodista sin periódico).

Y encuentro su nombre en una nota de hace menos de un mes, en “Rescate de la memoria”, una sección del diario El Litoral de la ciudad de Santa Fe (Santa Fe: geografía económica e inundaciones).

El artículo se refiere a José Alberto Tur -para mí era sólo “Alberto Tur”-: “‘Un típico intelectual de los años sesenta’, así lo definió el periodista José Luis Pagés, que este jueves declaró en el juicio por su secuestro el 16 de mayo de 1978. Pagés rememoró cuál era el ámbito en que ambos se vincularon…”.

El Malena

(Pagés) contó que “el Malena -como llamaban al Movimiento de Liberación Nacional argentino- promovía acciones barriales de conjunto para cohesionar el campo popular y lograr en él la inserción de ‘partido’ que haría desaparecer las injusticias sociales. El arma más utilizada era el ‘firmóscopo’, una carpeta que recorría los barrios para que los vecinos reclamaran con su firma el entubamiento de un zanjón a cielo abierto…”.

El 24 de marzo se cumplen 34 años del golpe militar más feroz de la historia argentina. Desaparecieron demasiados, y el Malena también (Primavera roja), y muchos de mis amigos que a la par eran amigos del Flaco, José Luis Pagés, mi adorado camarada de armas -lapiceras, biromes y hasta lápices lo eran (Verdad, justicia y memoria a 30 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976).

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Editorial

Ola de calor

Me despertó un viento ardiente desde el cielo, sobre la cara (Grandes circuitos que distribuyen calor); un soplo del infierno, el aliento de Vulcano.

No era Vulcano, ni ninguno de los dioses del fuego (Mitología griega)  pero ellos estaban casi presentes en mi macondiana habitación (Cien años de soledad): días y noches y semanas había funcionado el ventilador de techo que cuelga sobre mi cama; al fin se mimetizó con el calor, ya no era un instrumento refrescante, era el sol que colgaba del techo de mi cuarto (Cambio climático, problema de salud global).

Sentí en todo mi cuerpo convertido en brasa un aviso de catástrofe, y con mi mano de fuego prendí el televisor; el control remoto hervía y obtuve una quemadura en forma de rosa roja, una llaga preciosa que de haber estado en el dedo anular hubiera significado mi casamiento con el desaforado estío (Conexiones cíclicas de la naturaleza).

Noticias

Como he exagerado en todo lo que conté hasta ahora, me sorprendió ver en el noticiero (Noticieros argentinos, ¿por qué sólo malas noticias?) -sin ningún pudor ni alta conciencia de exageración como la mía- que la primera plana de las informaciones estuviera usurpada por una sola palabra, con diferentes predicados: Calor: Buenos Aires se consume…

Haití queda tan lejos (Demasiada gente, demasiada pobreza…), y Bolivia y la tragedia en Machu Picchu, ¡quedan tan lejos de Buenos Aires!

Los habitantes de Buenos Aires, los que estamos aquí y no tan lejos como en Haití, sufrimos calor, y algunos, como yo, ¡hasta sin aire acondicionado!

Me maravilló el carisma periodístico: hacía una semana que tenía hechizada a la población con problemas meteorológicos (Satélites artificiales). Todas las demás noticias habían dejado de tener interés; los gusanos hirvientes flotábamos en el caldo tratando de alcanzar una radio, un diario, un televisor, para saber si haría más calor, o menos.

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Editorial, Monografias

Vengo a despedir a mi segundo padre

En la Argentina, en la primavera del ‘83, el dolor se tocaba, era casi sólido (Los idus de marzo: el consenso civil al advenimiento de la dictadura militar argentina). Todos teníamos algún familiar, amigo o acaso sólo conocido al que le habían arrancado toda esperanza (De cómo se construye la esperanza).

Pero, paradójicamente, también la esperanza se tocaba (Finalidad y paradojas del comunismo platónico).

Una mañana de esa primavera –no sé si el recuerdo pinta colores y pone aromas frescos exquisitos, pero era la más espléndida que rememoro en muchos años- los argentinos fuimos a votar (El voto electrónico: el caso vasco).

Al entrar a una escuelita de barrio para depositar mi voto, una señora que tenía muchos años estaba discutiendo con los guardias: “¡No encuentro el cuarto donde se vota a Alfonsín!”, vociferaba (Calidad de vida en la tercera edad e hipoacusia).

Los policías trataban de explicarle que el voto no debía ser “cantado”, porque sería invalidado , y la señora persistía indignada en sus demandas: “¿No debería haber un cartel indicativo que dijera “Alfonsín”?”.

Entré y vote y nunca supe lo que ocurrió con la indignada dama, quedó como una anécdota pintoresca, pero todavía puedo revivir el especial latido que había en mi corazón esa mañana y, podría asegurarlo, en el corazón de casi todos (La felicidad, esa constante búsqueda).

Por la tarde fueron llegando los primeros cómputos, y los siguientes, y los definitivos al llegar la noche, y aunque allí lo que se esperaba no era específicamente el triunfo de una persona en particular, sino (¡oh, palabra!) el de la democracia, me alegró enormemente que Raúl Ricardo Alfonsín fuera elegido presidente (Golpes militares y salidas democráticas).

Yo vivía todavía en Santa Fe, así que no tuve oportunidad de concurrir a la archihistórica Plaza de Mayo (Historia de San Telmo -Buenos Aires, Argentina).

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Editorial

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