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por Mora Torres

 

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La perritud

Me sorprendió encontrar el jardín resplandeciente después de la lluvia (Cómo hacer un jardín Zen en 10 pasos), y me fui escondiendo entre sus glicinas y jazmines, jazmines azules y blancos entremezclados, con perfume fatal (Las joyas de la hornera). Dicen que este jazmín azul y blanco es la más venenosa de las flores.

Yo tenía dos miedos (Miedos existenciales).

El miedo de quedarme atrapada en el pasado, que es un castillo tan hermoso y feliz (Relación entre el pasado y el presente). Allí vagan amores míos como Dante (Cronología de la vida de Dante Alighieri), como Proust, como Borges, como Olga Orozco con sus sombríos ojos verdes, como Alejandra con sus pájaros húmedos…

A ese miedo se agregó, al venir a Agua de Oro, otro muy novedoso.

Todo empezó cuando conocí a Polka, la perra filósofa, belga, negra y dulcísima que me legó su dueña anterior (Perros para Epilepsia)

Nuestras charlas con Polka ya las he reproducido, cuando conté el día de su muerte.

Después, busqué otra vez un consuelo canino, y conseguí a alguien adorable: Topita -le puse el nombre de una perrita de mi infancia.

Topita, en muchos sentidos, es la cara más oculta de Polka, esa ternura que Polka, tan seria a pesar de su dulzura, sólo dejó entrever en su enfermedad y en su muerte.

Topita es rubia, de ojos dorados que se ponen verdes cuando está nublado -”ojos color del tiempo”-; es parecida a un bambi y corre y camina con exquisita coquetería: es una “chica” algo frívola, extremadamente cariñosa, que bebe mi café por la mañana -unos sorbitos de café…


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Las manos

Anoche soñé (La Depresión).

Los sueños pueden ser las historias más bellas del mundo, aun cuando incluyan al terror que a muchos deleita (El cuento de terror), o las más melancólicas (Cuentos y fábulas infantiles), o las más venenosas (Las pesadillas y los terrores nocturnos -temas de la niñez-).

Lola, mi nieta de dos años como es bien sabido por todos ustedes -tal como saben de Antonia, mi nieta de catorce-, Lola, digo, me contó una mañana mientras desayunábamos alimento para bebés, café y tostadas, que acababa de soñar con vacas que viajaban en moto por la calle (A través de los ojos de los niños).

¡Vacas adorables que cuidaron la noche de mi niñita!

Esos son los sueños más hermosos del mundo.

Antes de soñar, yo

Antes de dormir, yo tenía entre las manos un libro llamado La escritura y la etimología del mundo, de Riccardo Campa (La escritura).

Cuando el autor habla del primer utensilio, es decir de las manos (Antropología social, cultural y biológica), dice -espérenme, voy a buscar el libro y lo copio, porque su síntesis es irreemplazable:

“Al pasar  a la posición erecta el homínido liberó las manos, usándolas desde entonces en adelante para fabricar algo, y una vez liberadas las manos de toda función locomotriz,  también la cara se vio eximida de sus tareas precedentes, liberada (…) de la pesada y penosa función de procurar el alimento. La cara pudo prolongarse entonces mediante un utensilio inédito, el lenguaje: la mano que libera la palabra es exactamente el hecho a que nos lleva la paleontología.

“He aquí cómo se presenta el cuadro de la humanidad durante algunos milenios: liberada una gracias a la otra, tenemos por un lado la mano -el gesto- y sus funciones artesanales, por el otro la cara -la palabra- y sus funciones fonéticas. ¿Y la escritura? Esta, naturalmente, es un retorno a la mano. Aun cuando su función es transcribir los sonidos de la palabra en los alfabetos (…) pasa nuevamente por la mano: el lenguaje retorna a ese pedacito de cuerpo cuya independencia le había permitido nacer.”

Después avancé en el ensayo de Campa hasta llegar a un hecho que disparó en mí imágenes actuales, aunque ocurrió en el siglo XIII:

“Gerson -supongo yo, Mora, que se trata de un profesor o un académico, que es acaso lo mismo- en 1402, prohíbe a sus alumnos el uso de papel y recomienda el pergamino, la única materia subjetiva que se concilia con la perennidad de los textos”.

Allí dejé el libro y muchas metáforas y comparaciones entrelazadas en donde aparecían computadoras, pergaminos, impresoras, papeles, me llevaron al sueño.


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Sueños y proyectos

Hay algo -¿un monstruo?- que me impide soñar (El insomnio y cuando los sueños -sueños- no lo son), tener sueños durante la noche (Guardianes de la noche, la memoria). Algo que es de la misma materia que me impide tener ensoñaciones durante el día (Día de los Muertos).

Algo que pone límites, como una voz que me induce a atenerme a la sola realidad de lo mirado (La “realidad” y la “nada”).

Esa sola sería la realidad, y es tristemente lúgubre, de contornos grises.

Yo que he dicho tantas veces –y algunas he sentido- que la realidad no tiene límites, que está mucho más allá de las sensaciones, es como si no lo creyera. Todo nace de un confuso, incambiable, ingobernable escepticismo (La relevancia filosófica de Vico hoy).

Un escepticismo que tiene la nostalgia de lo contrario. Lo que no puede imaginarse no se puede sentir.

Para vivir en esta realidad tan estrecha, para sobrevivir, también yo tengo que tener estrechos límites. No puedo permitirme imaginar más allá de mí misma o caería en el pozo de los otros, en la realidad de los otros, lo que extendería esa realidad que yo quiero disminuir, hacer pequeña, para yo caber adentro de ella (Mitología y cine. Las fuentes de la imaginación).

Para contrarrestar, para contrariar, lo que acabo de escribir, acá les mando algunos proyectos de cuentos, o poemas, o novelas, o sueños.


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Teofanías, o apariciones de Dios mismo

“Teofanía” (El hombre, animal religioso) me parece un nombre enorme para mi pobre visión, por eso lo encomillo (Lo asombroso y lo increíble: ¿Por qué pensamos así?).

Pero pensándolo mejor, ¿ustedes no han sentido que algo les ha sucedido alguna vez, algo muy pequeño y sutil, que los llevó a comprender algo, tal vez hace mucho tiempo? (El espíritu del tiempo).

A comprender algo muy pequeño y sutil, además (La Estética).

Pero esos momentos de comprensión instantánea son para mí una teofanía (Dos cosmovisiones renacentistas: Rabelais y Moro).

Sé tan poco, que tal vez mis palabras sepan más que yo, que tal vez haya algunas que se escriben solas mientras yo hago garabatos sobre el papel o en el teclado, y que después cuando las leo, descubro qué descubrí (La vivienda… ¿último reducto de la identidad?).

A ustedes seguro les sucede lo mismo.

¿Se animan a mandarme “teofanías”?

Yo sí me animo, y se las mando con amor.


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Relato de la Noche Vieja

En la noche el silencio para mí es como que da pasos el papel donde está escrito tu nombre (EL Papel y su Utilidad). La oscuridad es la escritura de aquellos que velan dulcemente mi insomnio de Fin de Año (Historia del sueño y su estudio), y a pesar de que los años y los meses cambian de nombre de continuo, yo descifro en la sábana en sombras la eternidad del tiempo (El destiempo).

Empiezo a caminar por la casa, confundida, errática, diciéndome que están esperándome laberintos, abracadabras, difuntos, fantasmas (Angustia y miedo). Diciéndome que soy pequeña, que mi bastón apenas es un fósforo encendido por miedo de niña (Los derechos del niño), y la casa que tiene enredadas memorias de doncella me busca (Búsqueda heurística).

Sí, me busca la casa antes, un poco antes de las doce de la noche (Cómo prepararse para un año nuevo), y yo la sigo cuarto por cuarto en una solitaria procesión que persigue la divinidad de no sé qué Todo (Curso de meditación…). Escucho los ruidos acercarse, pregunto: “¿Es la paloma, es el murciélago, es el topacio que cayó de los libros de versos; qué sonidos son éstos?

Algo o algunos que me escucharon se movilizan, mueven sus lenguas al compás de la bruma quieta: “No, pequeña, eres vieja -me responden-; somos los huesos rotos de la vida”.


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Cómo escribir una novela…

Ahora enseguida les enseño, apronten lápices para tomar nota (La novela). Dejo que me citen en cualquier lugar (Citas y Frases por personajes conocidos de la historia); ya pronto, en pocos minutos, sabrán escribir una novela.

Lo difícil no es ni siquiera que haya que tener talento (El talento). Yo hablo de, aunque sea, escribir una mala novela. Lo importante es que diga algo chiquito en muchas, muchas páginas (Administración en una página). De que un concepto mínimo pueda estirarse hasta casi, casi, ser un sistema, una teleología -acabo de aprender que télos es traducible por objetivo, meta, sistema.

Y yo puedo enseñarles, de eso no me cabe duda (Diario trágico de una joven maestra). He escrito tantas cosas… tilingas… que han ocupado dentro de todo mucho espacio (El espacio-tiempo se curva en torno al observador). Fíjense. Lo que hago es mezclar la vida cotidiana y mis reflexiones de entrecasa con un ponerme seria como un filósofo y delirar, delirar profanaciones (Cátaros).

Es cuestión de atreverse. Otros se atreven a ganar dinero vendiendo útiles… innecesarios. Yo a tanto no me atrevería jamás. Y tampoco atraparía a nadie. No soy vendedora de objetos y cosas lindas, vendo, módicamente, palabras.

Me atrevo a hablar de la teoría de la relatividad, de los quantos y de los quepos; imagínense si no voy a atreverme a dar cátedra sobre juntar los cadáveres de muchas frases con cierta organización, y un mínimo de imaginación, para por lo menos sorprender. Una vez sorprendido, el lector sigue leyendo; una vez que sigue leyendo, y sigue las “ideas”, estas ideas son tan “imaginativas” que no muchos se atreven a refutarlas; no es una mala novela en todo caso, es apenas una novela incomprensible que cuenta algunos sabrosos chismes además, uno puede leer sólo la parte de lo cotidiano -la otra parte no existe; es una partitura pero que ningún músico adiestrado descifraría, es una partitura que sólo yo -el propio autor- descifro. Y además otros se hacen los que descifran, como me hago la que descifra a Joyce cuando no sé siquiera inglés, cómo podría…
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Algunas descripciones sobre el momento de la muerte

Como este blog bastante a menudo se parece a un Taller Literario (Cómo concibo un taller literario-Balance de una experiencia), y aunque “mis alumnos” a menudo me superen y me enseñen más allá de todo lo que yo pueda hacerles comprender (¿Alguien quiere aprender?), estoy a punto de hacerles un regalo: les ofrezco un tema, con algo de argumento o de trama, que me fascina pero que no voy a escribir. Mejor dicho, que no voy a seguir escribiendo, porque dos de esos relatos creo alguna vez haberlos publicado aquí mismo y, para mí, se agotó todo esfuerzo (La mujer mapuche y el esfuerzo de su trabajo).

Antes que nada quiero decirle a Eric Polten que su tía de la Rioja (Región de Cuyo-Argentina) no sólo agregó perejil a su siembra de papas, sino que he entrevisto -en un viaje astral a lo de su tía (¿Es realmente el sol una bola de fuego)- unas bellas y altas y bien cuidadas plantas de marihuana (Legalización de la Marihuana).

Proyecto El Instante (de la muerte)

No se trata de túneles ni de nada que haya transmitido alguien que vuelve, sino de documentos desde afuera del más allá, aunque vengan del mismo moribundo, justo hasta el momento de la muerte; no el túnel, no la luz, nada (La muerte).

En primera persona en algunos casos, pero la mayoría en tercera, como que contengan a un narrador que lo ve todo, el remanido narrador Omnisciente (Un constructo: el narratario).

Son distintos modos de morir -la muerte en sí es el modo, no lo que provoca cada muerte; no vamos a plagiar al temible programa de la TV “Mil maneras de morir”.

Puede morir la modelo, cuya última visión sea el más fulgurante vestido, o bien la chica feúcha que quiere ser modelo; o el decorador de interiores, persona muy interesante en cuanto a que también se preocupa por el ambiente de su cercano velorio y por la estética de su ataúd.
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La poesía de ciertas ropas antiguas

Me encantaba el título de ese cuento de Henry James (El doble como recurso literario en El rincón feliz), “La poesía de ciertas ropas antiguas”. Ahora ya no sé si me gusta.

Tengo los roperos atestados de ropa (Historia del vestuario). A veces sueño -durante la vigilia- que la doy, que decido donarla, pero no puedo (Egoísmo y nobleza: las dos caras de un héroe).

Sueño que la vida se me hace más fácil con dos o tres prendas esenciales colgando de las perchas. Esas dos o tres prendas que en definitiva son las únicas que uso todos los días, siempre, para cualquier ocasión, y después lavo y plancho para volver a usar (Ciudades en uso y desuso).

Pero en mis estantes hay historia (La ley periódica de la historia: Análisis y demostración). Y leyendas, hasta de gente que no conocí, como “un abrigo de Loden” de tela y corte impecable, afamado en todo el mundo, que recogí en la casa de una amiga. “Lo dejó olvidado mi suegra cuando volvió a Europa, allá tuvo el accidente y ya no regresó a la Argentina. ¿Te gusta? Te lo doy” (Inmigración y exilio español en la Argentina: personalidades). Y yo cargué con un abrigo que también es leyenda como marca de fábrica: encontré estos sobretodos -en este caso en masculino- en una novela de Hermann Broch, El maleficio. Al pasar, recomiendo encarecidamente toda la obra del genial Broch que me parece bastante olvidada (La novela).

La desnudez

¿Por qué no puedo desprenderme de tantos inútiles objetos, digo? Y ahora, que tengo un jardín y veo cómo las flores de los árboles se cierran, se oscurecen, ya no adornan, para dejar nacer lentamente los frutos, siento con más fuerza el pecadillo: el pecadillo de la voluptuosidad de las palabras y la ropa, de los colores y la ropa, de las texturas y de las formas.
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De cuadros y de sonrisas

Siempre me pregunté -además de los que todos se preguntaron desde el siglo XVI (El estilo barroco aristocrático), es decir, ¿qué esconde la sonrisa de La Gioconda?- qué quedaba detrás de ese cuadro cuando estaba pintándolo Leonardo (Leonardo Da Vinci).

Más claramente, no en el cuadro, sino atrás, pero sí pasando por la puerta de su sonrisa. Y mi respuesta, porque todos tenemos una respuesta especial para cada una de nuestras preguntas más “originales”- era que había una construcción de abismos y retablos con fuego. En esa construcción, estaban parados Leonardo y su amante (De amor y de sombra).

Leonardo y su amante, que era su amado transparentemente (Homosexual: natural o de crianza), se abrazaban por fin sin pecar, sin violar esa envoltura tan fina -y esplendorosa- que se bifurca en lagos en dos lugares de la carne. Allí me parecía que detrás de las vírgenes y de los mantos, de la escenografía renacentista (Renacimiento), mientras entre los mantos un pliegue dibujaba el buitre de la infancia de Leonardo -el buitre que “descubrió” Freud (Freud y El Éxodo)- ellos se abrazaban y se besaban, y también atrás de toda sonrisa, en la profunda realidad (De la visión sistémica del mundo real).

Es anecdótico para mí que algunos científicos estén tratando de ubicar el paradero de quien fue la modelo del cuadro, de la joven, Gioconda. Lo que importa está mucho más lejos, detrás del cuadro pero también del tiempo, Leonardo es libre y está seguro (La libertad).


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Imágenes para una infancia más feliz

Cuando ya estábamos acostados se oían conversaciones (El velero de cristal). Los padres hablaban de sus amigos, de la muchacha que se iba de la casa, de documentos de oficina (Distribución de espacio). De uno de mis hermanos decían que tenía los ojos más vivos del mundo; hablaban de su sonrisa, de que tendría talento como actor (El teatro como recurso para la educación ambiental).

Algunas noches jugaban a las cartas, mi madre recordaba a su padre mezclando la baraja, mi padre también, al padre de mi madre, porque era músico y lo admiraba (Wolfgang Amadeus Mozart).

Además ella solía reír, él hacer bromas hablando de escribir una novela con personajes conocidos, novela que tendría por título “La casa gris” (La Novela y la Historia).

Organizaban partidas de póquer para el sábado (El Poker). Se oía tintinear las monedas que nos dejaba mi padre sobre la parte ancha de la varanda de la escalera (Algo sobre la Historia del Dinero…), para la merienda de la mañana, en la escuela: cinco centavos de bizcochos, unos bizcochos que nunca más comí, que nunca jamás volveré a comer, porque tenían el gusto de todas las ilusiones, y además manteca de la buena…

Ya se iban a acostar, me parecía. Me llegaba un arrullo cuando empezaban a bajar la voz; ya casi me dormía, hablaban cada vez más suave. Pero yo escuchaba mi nombre de repente: estaban hablando de mí.


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