Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

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Elogio de la locura, y de Van Gogh

No todos los genios están locos (Por María Zambrano), y las teorías psicoanalíticas más recientes prescriben que la locura es más bien un impedimento que una ayuda para los talentosos (El estigma de la locura). Aseguran sobre la cantidad de cuadros y las perfecciones suplementarias que hubieran tenido los mismos si Van Gogh, por ejemplo Van Gogh, no hubiera estado loco (Mistificaciones del culto al genio).

Yo discrepo de esa teoría porque, sencillamente, llegué a conocer el alma de Van Gogh (El asesinato del alma).

Copio un fragmento referido a este artista, escrito por el psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera:

Por la originalidad absoluta de su modo de hacer, se pensó en la enfermedad mental como trampolín para saltar hacia ese mundo nuevo y distinto, en una reencarnación del mito de la fecundidad del genio y la locura. Lógicamente, su caso fascinó a los psiquiatras. Sobre nadie se ha escrito tanto intentando perfilar un diagnóstico retrospectivo. Si tuviésemos duda sobre la limitación de nuestra ciencia, bastaría Van Gogh para demostrarla.

El alma de Van Gogh

En una época, trabajaba como correctora en la editorial Adriana Hidalgo de Argentina (Producción de textos), y me tocó en suerte un volumen de las cartas de Vincent a Theo, su hermano.

Siempre digo que la lectura que debo hacer en mi oficio editorial es, y a veces obligadamente, más rigurosa que las lecturas que realizo por elección. En muchas ocasiones, coincide suerte con elección, y es una delicia.

De todos modos, antes de repasar las cartas (Correspondencia), no consideraba que, de los múltiples títulos que hay en esa editorial, fuera éste el más atractivo. Van Gogh me fascinaba como pintor (Historia de la Pintura), sabía de sus problemas y de su vida trágica, pero, me decía, debe bastar con ver sus cuadros, él no es un literato, me voy a aburrir.

Y en verdad si uno leyera la biografía escueta de este artista único, no encontraría grandes aventuras ni arribos a puertos felices, o siquiera interesantes.


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Editorial

Invasión extraterrestre

Leí en estos días diarios cuyos titulares en cuerpo catástrofe decían: “Crack”, “El mundo cae con la Bolsa”, “Aprendiendo a ser tercer mundo” (¿Desafíos de los diarios para no morir?) -éste último en un periódico norteamericano con fotos de familias de desocupados en Nueva York, y noticias de suicidios (Factores extrasociales. El suicidio).

Había otros títulos que no enfocaban el mismo tema. Por ejemplo: “Al planeta le quedan 50 años de vida, no más”, “El hombre es el responsable de su extinción como especie” o “El cambio climático y la desaparición de la vida” (Cambio climático: ¿la hora de la verdad?).

Por eso, pensé que un artículo cuyo título fuera de menor impacto que una simple invasión de alienígenas no sería leído por nadie, y elegí “Invasión extraterrestre” para mi nota aunque, ¿cómo justificarlo? (Memoria “Ovnis”).

De cualquier modo existe la invasión: les cuento:

Hay un lugar delicado y pequeño que ha sido tomado por invasores que vociferan y maldicen.

Se escuchan voces alarmadas, agresivas, apocalípticas (El reino milenial).

Golpeteos de pájaro carpintero con mensajes que invitan a escapar.

Ese lugar es parecido a un cuadro de Picasso, es parecido específicamente al Guernica (Picasso y el cubismo).

Ese lugar es mi cerebro.

Antecedentes de la invasión

Mi sistema nervioso había colapsado (Topografía del Sistema Nervioso); dentro de mí había voces que parecían venir de otro tiempo, de otro espacio o de otra dimensión (Ética del Límite y Condición Humana)  -aparte, había estado tratando de entender el espacio-tiempo de Einstein, su maravillosa teoría en la que ambos son la misma cosa y la velocidad anula al tiempo, “en especial al tiempo”, me decía a mí misma, seguro sin entender ni de lejos a mi ídolo científico (La teología de la relatividad).

Mis voces preguntaban: “¿Qué haces para que el mundo sea un lugar mejor”, o, más fuerte aún: “¿Qué haces para que el mundo no termine, como decía Eliot en un poema, ya no con un grito sino con un gemido?” (Es Tarde para el Hombre).

De pronto un terrible dolor de cabeza, mientras la imagen de un gato volador de bigotes como cuchillos que se clavaban en mi nuca me hizo reaccionar al menos lo suficiente como para tomarme la presión en el tensiómetro casero: altísima, tan alta que corrí a verificarlo en la farmacia, en cuyo tensiómetro tenía más fe. Pero era igual de alta, y el farmacéutico me recomendó acudir a una guardia.


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El vino añejo y el excelente whisky

Guarden el vino añejo y el excelente whisky para el juez rubio que fuma, encontré copiado con mi letra de hace algunos años en un papel volatinero (Historia de los payasos).

Papel volatinero llamo yo a uno de ésos que hallo al pasar en mi casa, llena de inspiración, generalmente por las noches; los escribo porque no quiero olvidar algo que leí o que pensé (Los dioses del cotidiano).

Pero en general los pierdo, o vuelven a mí como los objetos que entrega el mar, intermitentemente (El agua). Un día se aparece un recibo de impuestos en cuya parte en blanco copié por ejemplo: “No tengo lo que quería, es verdad, pero quiero lo que tengo”, y sí recuerdo de dónde lo saqué -lo dice un personaje de Tom Stoppard en La invención del amor, obra dramática que recomiendo lean (El teatro del absurdo, de vanguardia, y la vida y obra de Lope de Vega y de William Shakespeare).

Mas la frase que transcribí al comienzo me llevó muchos días, aplicada a la investigación de sus orígenes (Mito, mitología poética y razón especulativa en los orígenes de la filosofía).

Anduve por mis libros más queridos, acudí a “todo Borges”, por supuesto, por si él la hubiera analizado. “Brillantemente” -obviamente- busqué la Antología Surrealista (Surrealismo y Anarquismo).

Pasaron por mis manos los más viejos tesoros que acumulé en la biblioteca, ya que estaba escrita en un papel que ya llegaba al amarillo -¡ah, mis flores amarillas! (La educación de la China).

El misterio mayor no consistía en qué fragmentos de mi memoria se habían perdido irremediablemente, me habían abandonado y yo ya no era yo en alguna parte -eso sucede todo el tiempo

El misterio era la frase en sí, ¿qué significado objetivo tenía?

¿Y qué significado podía tener para mí especialmente? ¿Habría estado jugando juegos de palabras con amantes o amigos lejanos?


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Firmar el mundo

La gente lamenta no poder participar de cuestiones relacionadas con “la poesía” -no estoy hablando de los versos sino también de la poesía que no está escrita, como “perder” horas mirando los paisajes y las arquitecturas (La arquitectura con otras disciplinas), los amaneceres y los atardeceres.

La gente suele dejar de lado la poesía mencionada para ocuparse de lo que verdaderamente importa.

No estoy diciendo todo esto con el propósito de confrontar ninguna actitud opuesta a la mía, y mucho menos refrescar el dogma de vivir la poesía (La palabra, el escritor y la poesía).

Estoy más que nada hablando conmigo misma -mi único interlocutor constante, el conejillo de indias que siempre me acompaña- para tratar de contestarme qué hice en mi vida que no tuviera que ver con la poesía y que tuviera, a la vez, ese sentido que las personas le dan a lo que verdaderamente importa.

Tres cosas esenciales

Las tres cosas esenciales que, según es clásico, hay que hacer en la vida, consisten en escribir un libro (Veinte reglas para escribir una historia de detectives), plantar un árbol (Proyecto arborización), tener un hijo (Pautas de crianza)…

Supongo que este credo que resume de modo magistral las limitaciones del género humano debe de incluir metáforas: que uno puede no escribir un libro sino pintar un cuadro -la cuestión es dejar la firma puesta-; no plantar un árbol sino regar una azalea; no tener un hijo sino cuidar cariñosamente alguna noche a algunos hijos de los otros…

Pero, aun metaforizada, esta premisa que suele estar congénitamente en el corazón de cada uno tiene poco espacio y aire, es estrechísima: como dije, la cuestión sólo estriba en poner la firma de uno a la “creación” (De la creación a la psicología)… y mi firma… ¿a quién le importa y a quién debe importarle?


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Secreto revelado en Nochebuena

Con 42 grados centígrados (¿Cambio de clima o calentamiento global?)  , no hay otro modo de caminar en la casa que no sea descalza, pero mi pie no toca frescas baldosas sino cálida madera (Cuidar los bosques naturales fabricando tableros derivados de la madera) .

En ese mismo instante de pisar, me cierra el círculo de algo que ya empecé a comprender ayer en la reunión de Nochebuena (Festividad navideña) . Anoche fue 24 de diciembre y vinieron todos los infantes de la familia a esperar la navidad en casa de mi madre, en Santa Fe, Argentina.

Los niños eran muchos ojos y cuerpos frágiles corriendo por la casa, atravesando el árbolito.

Esos ojos brillaban por la espera de los regalos, seamos sinceros, no por el Nacimiento; había miradas azules, negras, color miel.

Los mayores esperábamos también, entre otras cosas la alegría de esos chicos. Además, la cena de ricos platos tradicionales y tradicionalmente nutritivos de navidad -cremas, jamones, pavos y cerdos glaceados, y el entretenimiento del final que consiste bajo cualquier clima en almendras, chocolates, turrones llenos de nueces y peligrosos para dentaduras algo ancianas, mazapán, el pan dulce… (Historia de la gastronomía).

De pronto, en el momento justo en que una de las numerosas gotas de sudor de mi cara se mezcló en mis labios con el sabor de una garrapiñada, algo empezó a molestarme, esas cosas que se abren paso en la oscuridad de los fantasmas hacia la conciencia al contemplar algo que no parece ser la realidad.

Miré a mis hermanos, a sus parejas, a mi madre,  a los niños que jugaban.


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¿Qué es erotismo, qué pornografía?

El sexo y el espanto

No debería ser así –aunque, ¿quién determina lo que “debería” o no ser? (De Sade a Freud: el mal como un deber kantiano)-, pero el sexo es una de las cuestiones que más problemas trae y más “espanto” causa (Informe sobre sexualidad, sensualidad y sexo).

Es agradable y nutritivo –nutritivo del alma (La historia de tu vida).

Nos obliga a ser dulces, cariñosos, y hasta a embellecernos un poquito (Memoria: peluquería).

A ser sinceros, porque a la oscuridad casi siempre, en cuestiones de sexo, digo, suele vencerla la luz (La luz para los artistas, los museólogos y los arquitectos).

Digo suele, tan sólo suele, porque hay vampiros ávidos y vampiros temerosos también de su apariencia (Vampiros: los Moradores de las Tinieblas).
Con el pretexto del erotismo y la perversión (¿Qué son las parafilias?), tengo una amiga que jamás se desnudó frente a nadie ni dejó ver más que una pequeñísima parte de su anatomía (Tania Bruguera o el performance como medio de reflexión).

Ahora dice que es porque está un poco vieja; antes, acusaba a la voluptuosidad de su cuerpo.


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Carta cuento

(sobre unos días de retiro)

Enrique: estoy viendo las hojas cerrarse después de haber tomado un bocado de mí, bastante grande. Son plantas carnívoras, o llamadas así (Histología vegetal), pero no creas que han devorado una parte de mi cuerpo; sólo, te darás cuenta, de lo que se conoce con el nombre de alma, espíritu, psiquis (Ontogénesis de la Psiquis y del Sentido: debato la idea con cualquiera). Más aún, casi estoy segura de que lo que te comen es una buena parte del pasado, para que, una vez digerido, nazca de él una flor (Viejos dilemas, nuevos recorridos). No sé cuánto es el tiempo que toma la deglución y el nacimiento de la flor, pero estoy varada aquí esperando que eso suceda. ¿Te imaginas cómo será el pimpollo, criado con mi alimento antiguo y un poco rutinario? ¿Cómo seré?.

Hay varias cosas que no puedo creer de acá. Lo que pasa es que sería bueno que además de hacerte a ti el favor de venir a investigar esta “clínica del alma” o “sanatorio meditativo-curativo” como le dicen otros, pudiera escribir algo mientras tanto, sería extraordinario: dos pájaros de un tiro: lo que tanto soñé, y ayudarte en tu investigación (El destino del hombre).
Digamos que lo que te envío es, además de un informe, parte de mi escritura (La transmutación de la escritura).
Respecto a lo que decía antes, que hay varias cosas que no puedo creer, justamente estoy en el jardín, esperando, además de la deglución de la planta, la hora exacta de la tarde en que el sol se está por ir y, es milagroso, por eso mismo los objetos le responden intentando seducirlo para que se quede, teniendo más brillo, mejor definición, se dibujan mejor en el espacio, y hoy dan ellos -los objetos- música, acordes (Música del siglo XX)


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Canto de Primavera

En mi país es primavera (Primavera roja), es decir que sentimos que vamos a nacer. El velado, el oscuro y, según cuentos de infancia (Cuentos de hadas; magia, fe y encanto), malhumorado invierno nos deja pasar hacia el sol (El Sol y su estructura).

Todo empieza a vestirse de inocencia: la primavera es naiff (Arte y diseño en discusión).

También la gente de Oriente lo considera así, y yo creo mucho en la sabiduría oriental: para ellos, las estaciones del año representan edades del desarrollo humano (Lilah).

Toda la vida preferí el invierno (¿quiere decir que toda la vida fui una anciana?) por lo privado, pero además porque me gusta afrontar el frío, la tempestad y las lluvias heladas como si estuviera dentro de una película de aventuras: siempre al final llego a mi casa entibiada por el fuego de la estufa con olor a eucalipto (Consumo y ahorro de energía en el hogar y la oficina). O elijo un atardecer ventoso para andar por un barrio de casas viejas (Rescate y conservación del patrimonio local) y siento que fui a dar con mi máquina del tiempo a la Edad Media.

Sin embargo, la primavera tiene más delicadezas y ha inspirado música como la de Vivaldi, cuadros como los de Boticelli; yo misma, modestamente, escribí un cuento - “Parece que están floreciendo las violetas”- sobre algo que le pasó a mi amigo Silvio cuando vino una vez a Buenos Aires en primavera.
Alguien que conozco hizo un cuadrito con un sentido parecido a ese cuento: copió con lápiz una antigua fotografía donde hay dos nenas jugando con un aro, y muebles oscuros y almohadones y flores claras: a una le pintó el camisón de negro, a la otra de blanco, hizo el fondo morado y las caritas inocentes rosa pálido, como si fueran niñas fúnebres.

Parece que están floreciendo con ganas las violetas

La mujer que entraba aquel domingo en el cementerio de la Recoleta no llevaba paraguas. Silvio acababa de abrir el suyo, porque la llovizna, que le permitió curiosear tranquilamente tumbas y mausoleos, inscripciones y lápidas, se había convertido en temporal. A tal punto había sido apenas húmeda la siesta dominguera, que Silvio pudo sentarse a observar largo rato muy cerca de un panteón, a un señor con termo en ristre, que golpeaba la puerta y llamaba en voz alta: “¡Ojeda, Ojeda!” El hombre persistía en su llamado, en el que se mezclaban cierta sorpresa y cierta preocupación. Al rato –Silvio me lo contó- apareció uno de los cuidadores del lugar, que le dijo: “Ojeda salió y no va a volver hasta la noche”. El cuidador, viendo que Silvio observaba la escena, se le acercó y le contó que esta persona solía venir venía todos los domingos a la tarde, con su termo y su taza de aluminio, y que cada vez debía encontrar una historia distinta: “Ojeda pidió que no lo despierten, porque anoche no consiguió pegar un ojo”, u, “Ojeda se quedó a dormir en lo del hermano, porque la mujer tuvo familia”, o bien, “Ojeda se fue al campo, porque tenía que vender unas vacas”. Lo curioso es que el amigo de Ojeda aceptaba siempre con simpatía estas excusas y se iba diciendo: “Dígale que el domingo que viene vuelvo a visitarlo”. Ojeda parecía tenerlo todo: hermana, hermano, hijos, nietos, sobrino, abuelos, padres, campos, insomnio. Ninguna excusa le sonaba incongruente sospechosa al visitante que, además, demostraba al marcharse algo de alivio. Pero nunca dejaba de volver.


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Editorial

Cuando pienso en la Muerte

Cada vez que me enfermo, aunque sea de gripe (La peor pandemia de la historia de la humanidad, la gripe española), como ahora, pienso en la indescifrable muerte (Percepción de la muerte a lo largo de la vida).

Sobre el cuadrado saliente de la puerta que está frente a mi cama veo, tal vez por una ilusión óptica conjugada con mi propio estado de debilidad, El entierro del conde de Orgaz, cuadro del Greco que se va formando a medida que los rayos de luz declinan o se intensifican o se entrelazan con el color brillante de la madera (El estilo barroco aristocrático). Está la parte de abajo; cuando esté la de arriba, completa, mi superstición asegura que moriré (Una breve observación sobre las propuestas acerca de la religión de Tylor y Frazer).

Cuando era muy chica intentaba sacar de los cuadros naturalistas que colgaban de las paredes de casa algunas frutas y hasta a veces un poco de pan y de agua, solamente para probar el agua y el pan pintados en esos paraísos, con las mismas intenciones con que otros niños robaban de los árboles de los vecinos duraznos o naranjas, aunque los tuvieran en sus propios huertos (Informe del Manzano). Pero después, aunque en la infancia todavía, creía que los cuadros continuaban en alguna parte a lo mejor lejana (Camille Pisarro, biografía), y buscaba esa continuación siguiendo la baranda de la escalera, por ejemplo, o el hilo que colgaba; persiguiendo a una mujer parecida a algún retrato de la pared de la sala, al que no le habían dibujado una parte de la falda, la parte que se ensancha en las caderas, porque no entraba en la perspectiva del artista. Pero una vez mi padre me mostró una fotografía (Fotografía versus escritura. Civilización y barbarie en el cuento “Fotos” de Rodolfo Walsh) -yo todavía era muy chica-, y me dijo que ni siquiera una fotografía es capaz de abarcar la totalidad de un objeto, el adelante y el atrás, el adentro y el afuera, el costado derecho y el izquierdo. En aquella época, para mí era lo mismo una fotografía que un cuadro, era el mismo misterio apretar el gatillo de la cámara que el pincel sobre la tela, pero le creí a mi papá. Se trataba de algo científico, no artístico, lo de la fotografía. Es decir, científicamente, los objetos eran y no eran, por lo cual podían ser representados sólo a medias. Algo de esto fue lo que entendí.

Ya un poco más grande, quise crear por mí misma objetos integrales, como los llamaba, y me hice pintora, pintora cubista (Picasso y el cubismo).

De todos modos la pintura no era mi vocación; mi vocación eran los objetos. Y de tal modo, porque no conseguí nunca crear un cuadro que me dejara satisfecha, dejé el cubismo e intenté representar con realce, como lo hacían los pintores antiguos (Movimientos artísticos).

Tanto frecuenté museos y libros de arte que al final me hice “artista” (Museología y museos) –por un tiempo-, no solamente por amor al objeto y por querer verlo desde todos sus ángulos, cuestión que nunca conseguí, ni como cubista, ni como hiperrealista, ni cuando finalmente decidí adscribirme a la abstracción, que en realidad era sólo naturalismo disfrazado. No había ningún objeto que fuera representado íntegramente, pero tampoco existía ningún objeto representado en un cuadro que no existiera en realidad.

Un día tuve una visión (Visiones del orden mundial). No podría describir ni pintar esa visión. No la tengo dibujada en la mente, ni la tengo expresada en la mente con palabras. No es color, forma ni sonido, pero está. Ese era el objeto que estaba buscando, lo que habría querido pintar: una sensación que no es entregada por los sentidos, un pensamiento que no nace en el entendimiento. Es el atrás de los retratos, pero mezclado con un inabordable centro donde todo está: el atrás, el delante, el adentro, el afuera y, al mismo tiempo, el no-atrás, el no-delante, el no-adentro, el no-afuera. “Al mismo tiempo” es una expresión que estoy usando mal, porque también estaban el tiempo y el no-tiempo, pero además algo que no era ninguno de los dos. Y la verdad de la visión parecía sostenerse más bien por lo negado que por lo habido, aunque, insisto, estaba.

De pronto, no ahora, en aquellos días, sentí un estado en mí misma, y quizá dependiente de la visión, que me embargó; embriagante de felicidad y de dolor y de la negación, otra vez, de estos estados. Era, para aproximarme a describirlo, un enamoramiento sin objeto amado.

Tampoco se trataba de lo que por aquellos días se tenía como suprema idea, que quizá provenía de otro de aquellos movimientos que terminaron siendo ismos: enamorarse del amor. No se trataba en absoluto -pero tampoco existía el absoluto- de esta vulgar cuestión. Yo no sentía ningún tipo de enamoramiento específico, sino el éxtasis, no ante objeto concreto o abstracto (y el amor era de todos modos un objeto, aunque abstracto). Lo que sí podría hacer -me dije por aquellos días- es utilizar este estado y aplicarlo sobre algún objeto de los que pasan ante mí. Un planeta, un libro, una persona.

Pasó un muchacho en el momento preciso en que estaba pensando lo anterior, y apliqué a él mi estado, con lo que conseguí un verdadero amor. En realidad, me decía muchas veces que quizá sólo había hecho lo mismo que toda la gente cuando se enamora, sólo que yo había logrado percibir los detalles porque me había entrenado desde la niñez en la observación de estas cuestiones. Pero, una vez aplicado el estado que había surgido por la visión, quedó en mí de todos modos la visión, y como si fuera ciega, sorda y muda de nacimiento no pude explicársela a nadie ni a mí misma, sino guardarla, atesorarla ¡para sentir el mismo éxtasis cuando estuviera por morir!: enamorarme de la muerte que está llegando.

Pero, ¿ustedes me entienden?

¿Alguno de ustedes sufre de este mal, o bien, recibió este don o bendición?

Y digo don pues yo a la Indescifrable ya no le tengo miedo, y creo descifrarla con rompecabezas como armar el cuadro de El Greco, o con trabalenguas, o con filosofías.

Por supuesto que otra vez no se completó el cuadro del Greco, y la semana que viene estaré viva -y sana- para volver a Monografías.

Envío

Mis queridas, mis queridos: cada semana doy un suave empujoncito al viejo sillón de hamaca donde hay voces que tejen y destejen historias desde el principio de los tiempos, y ustedes están allí; ¿se dan cuenta de que están reescribiendo la Comedia Humana?
Los escucho vivir; acá preparan cumpleaños infantiles, allá celebran vidas extraordinarias; la gente salva gente o cura heridas o trae a sus amores nuevos o antiguos, siempre vivientes, nunca en la oscuridad de la muerte, como los amados de Gloria Piña Piña y de Norma, por ejemplo.
Algunos intentan seguir con mejor estilo el cuento que conté -no es cuento, es fragmento de novela- y nos regalan uno mil veces más hermoso (¿cómo darte las gracias, José Itriago?); otros escriben sus historias con talento y, además, traducen las mías (¿darte las gracias otra vez, Osvaldo, y Celeste y Socorro que curan almas y cuerpos y festejan interminablemente), u otros que bajan al fondo de la tierra a buscar y salvar sus tesoros o tratan de explicarse todas las formas de ser hombres y mujeres -Osvaldo tiene razón, Joise, en tus temores-, o ven el mundo de un modo completamente diferente, como otros perceptivos escritores que hay aquí… Vancho!… y Oswaldo y hasta aquel que se aburre o que se ofende es digno de ser considerado, ya que “tomó la pluma y el papel” y se impuso el trabajo de opinar, o el joven dominicano, y quienes reaparecen para darnos cuenta de que existen -Ylba María-, o Blanca Estela, de cuyos testimonios quisiéramos participar: fiestas de almas, para mí que no les veo las caras desde acá, y las exageraciones irreverentes de José Mlin junto con la novísima “invitada por una amiga” Gloria Angelina, que no se confunda con Gloria y su derecho de piso en este espacio.

Estoy maravillada.
Estoy maravillada.
Estoy maravillada y tartamuda; se me fueron adjetivos, exclamaciones, palabras exultantes.
Los amo y los abrazo y hasta ojalá pudiera darles besos en mejillas tibias, no virtuales.

Mora Torres

Editorial

Desmayarse, atreverse, estar furioso

El amor tiene tantas definiciones y, a la vez, nombra a tantos objetos -”amores”- distintos, que tengo que hacer una aclaración sobre lo restringido del tema de hoy.

Trato de tratar sobre el amor “de novios”, como se llamaba “antiguamente” (Filosofía del amor).

No es un misterio superior que el del Amor entero (El amor, un sentimiento que mueve al mundo), pero está lleno de secretos (Extendiendo la autopercepción o la autoconciencia, desde el punto de vista metafísico y racional).

Se dice que es una construcción cultural que empezó con el amor cortés (Le Roman de la Rose, de Guillaume de Lorris).

Yo no lo creo; el amor cortés organizó sus rituales, a lo sumo.

Dicen también que los poetas románticos lo refrescaron y le dieron matices de sueño; eso es verdad, pero no sé muy bien qué es primero, si el Joven Werther creado por Goethe muriendo por amor o los suicidios en masa de jóvenes -previamente “románticos”- después de llorar sus aventuras.

El amor es la gran pesadilla: uno siente que los violines se desangran de verdad, como si la poesía no fuera ninguna “construcción”; que el mundo no tiene importancia, sólo la tiene la burbuja donde como en los cuadros de El Bosco paseamos él y yo, o él y ella, o él y él, o ella y ella.

Como es una burbuja, con un soplo se rompe, pero la experiencia es para bien: un crecimiento en los jardines secretos del corazón y de la mente.

Qué es el amor cortés

El amor cortés es el de los caballeros andantes por sus damas -y no a la inversa pero a veces sí…-, y
he aquí una delicia de definición de caballero que da el sabio alquimista Ramón Llull:
“…Y por eso se hicieron del pueblo grupos de mil, y de cada mil fue elegido el hombre más amable, sabio, leal y fuerte y con espíritu más noble, mejor educación y modales. Se buscó entre los animales cuál es el más bello y el que corre más y puede sostener más trabajo, y cuál es el más conveniente para servir al hombre, y por eso se eligió entre todos los animales el caballo, y se le dio al hombre que había sido elegido entre mil hombres: por eso aquel hombre se llama caballero” (Caballería Medieval y Los caballeros: el mensaje detrás de la espada).

-Yéndonos por las ramas, ¡qué bello, fotogénico, agraciado y agradecido es el caballo!- (El Caballo)

Tratemos de ser inocentes para hablar de él

Pero tratemos de ser inocentes; no discutamos -ni con nosotros mismos- sobre si el amor es o no un invento -lo que parece refrendar Arthur Rimbaud (La edad de oro de la burguesía) con su “orden”: “Hay que reinventar el amor”.

Tampoco, si tienen razón los científicos que aseguran que se trata de una patología pasajera (Bioquímica y sociología del amor).

Hay que tener presentes las deficiencias del idioma, de cualquier idioma, para distinguir las infinitas mezclas de invención, costumbre, “glándulas” y ritos heredados que conforman aquello que al principio -cuando se llama enamoramiento- nos hace vislumbrar o volver al paraíso.

Ahora, es digno de recordarse que no hay místico que no hable de esas mismas limitaciones del lenguaje en cuanto a referir experiencias sobrenaturales: ¿no tendrá algo de eso el amor “de novios”?

Psicólogos y en especial psicoanalistas gustan del amor, ya sea para rebatirlo o comprenderlo; ya sea para hacernos pensar en que si les quitamos el celofán y los moñitos, nuestros enamoramientos son parecidos a los de los insectos y los pájaros; o para asombrarse hondamente, como Jung, y considerar que el amante ve a Dios en el amado: “Amada en el Amado transformada”, escribiría San Juan de la Cruz (en lo que dicen es una metáfora del amor a Jesús, su poema Noche Oscura del Alma).

Lope de Vega dijo con otra gracia que la de San Juan, pero también inmejorablemente:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde, animoso,
no hallar, fuera del bien, centro y reposo:
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso.
Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor; quien lo probó lo sabe.

Envío:

El tema de hoy es una desviación, o ramificación, de la entrada anterior: se cocina con amor, se atrae con la comida que es como una caricia, la voluptuosidad tiene colores, saberes y sentires…

De “la comida” participaron amorosamente además todos ustedes, cada uno con su contribución, llevando su platillo; luego José Itriago contabilizó además las viandas que habían servido.

Espero historias de amor ahora, si es que tienen ganas de contármelas.

Espero la Diotima de Joise, y tantas otras Dulcineas esquivas y Quijotes, y castos Abelardos o Eloísas.

Y los abrazo con un abrazo puro, no vayan a creer…

Mora Torres

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