Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El secretario II

…Un día vino con un recorte: “Se necesita secretario”, así de parco era el aviso.

Me entusiasmó la parquedad. ¿Secretario de qué, de quién? ¿De algún ministro o jugador de fútbol? ¿De una productora de TV? ¿De una anciana caprichosa? ¿De un príncipe exiliado?

Estaba en Buenos Aires y todo podía suceder.

El secretario II  (continúa de “El secretario”)

Llamé un jueves para solicitar una entrevista “por el aviso aparecido en el diario”. Me la otorgó una voz femenina para el lunes (Días fastos y días nefastos).

Durante la espera (¿Ya está listo?) fui instruido por Demetrio sobre lo que debía contestar al entrevistador (Entrevistas Laborales. Tips para tener en cuenta). A la vez, Demetrio me pidió el teléfono de Pedro:

-Tiene tus medidas -dijo-. Mis trajes te quedarían grandes (El espectáculo de la moda - Diseñadores).

Así se encontraron en mi departamento Demetrio y Pedro, y se hicieron amigos de tanto luchar juntos para civilizarme (La política y la sociedad argentina en el último tercio del siglo XIX). Pedro aportaba, además de su traje, su pensamiento estructurado y formal, las frases hechas que se supone debe tener a mano como respuesta una persona que trata de conseguir un trabajo (Lengua Oral y Escrita).

Demetrio, esencialmente de acuerdo con Pedro, alivianaba las mismas frases hechas y  daba vuelo.

El lunes me vistieron, me perfumaron, a último momento me cortaron el pelo (Historia de la peluquería) y me depositaron en la dirección que figuraba en el aviso.

Estuve parado un largo rato frente a esa mansión de Recoleta antes de hacer sonar el llamador -una mano de bronce, todavía no se usaban mucho los porteros eléctricos, excepto en los edificios de varios pisos que quedaban más bien en el microcentro de Buenos Aires y no en un barrio tan distinguido como Recoleta, con su cementerio y su “Biela” (Historia de la Recoleta…). Abrió la pesada y trabajada puerta una mujer vestida de azafata, o así me pareció el uniforme, que le quedaba tan bien, tan glamoroso.

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El secretario

Era un muchacho bastante singular, yo (Talentos de los niños especiales).

Tal vez alguno que me conoció en esa época piense que debería más bien definirme como excéntrico, extravagante. Pero se equivoca, y, en primer lugar, muy pocos me conocieron en esa época en que débil, de 25 años y muy tímido, hice votos para ser el humano más feliz de la tierra (La Felicidad).

Lo de “hice votos” no es una expresión al vuelo de la pluma. Los hice de verdad, como quien entra a un monasterio. Y entré a mi propio monasterio privado (Confidencialidad y privacidad).

En segundo lugar la excentricidad y la extravagancia se demuestran -se practican- en público, y yo no tenía público más que un espejo de tamaño reducido donde sólo aparecía mi cara, y dos amigos que me habían quedado de la infancia, un vecino y un compañero de escuela (¿Existe realmente la soledad?).

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Para leer en Navidad

“Dijeron los magos (Gog y Magog Ezequiel y los Reyes Magos): ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle’.

(…)

“…hicieron entonces las místicas y simbólicas ofrendas al niño: oro, incienso y mirra (Energía cósmica inteligente). Le ofrendaron oro como tributo pagado a un rey. Le ofrendaron incienso como signo de adoración… El tercero y último presente fue la mirra, que en el oculto y místico simbolismo denota la amargura de la vida mortal.”

Copio de mí misma, selecciono lo que se me antoja que escribí mejor, y que tal vez sea lo peor, para ofrendarles a ustedes, mis amigos, oro (Historia y leyenda de El Dorado), incienso y mirra.

Difícilmente lograré el oro, un poco más fácil me será perfumarlos de incienso (Historia del perfume), y, con mis escrituras, nada me impedirá conseguir mirra.

Para leer bajo las luces del arbolito, intermitentes, estos fragmentos hechos trizas. ¿Puede medirse la triza de un fragmento? (Festividad navideña).

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Pentimento

Nuestra vida se mueve con el viento de la música (Música), con el ardor de los colores que los pintores antiguos nos dejaron (La historia de la pintura), con palabras inmensas que trajeron los poetas a nuestros oídos (La incertidumbre del poeta).

De ahí la confusión (Asterión y el laberinto del eterno retorno).

Cuando queremos encontrar un retazo de nosotros mismos, hallamos una oración que nos dejó un santo -podría ser San Francisco (La Tau. Historia y significado), podría ser Buda (Un instante en la vida de buda)-, una mirada en el espejo transmitida por un artista, las melodías de Mozart (Historia de la música en la filosofía) o las últimas palabras de un poeta:

“Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

“Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

“Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

“para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…”.  Alfonsina Storni - “Último poema”

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Antología de ustedes

Quise hacer una antología de las respuestas que ustedes me han dado a lo largo del tiempo (Antología de los diferentes tipos de literatura…). Elegí al azar una de mis entradas (Las leyes del Azar), la del 24 de noviembre del 2010 -”Carta de despedida”, pueden buscarla en el archivo-, y la duda asomó. ¿Cómo elegir? ¿Cuál sería el criterio? (Las dudas).

¿Las respuestas elogiosas? ¿Las respuestas que están en desacuerdo conmigo? ¿Las “más geniales”? (Cuestiones relativas a la altura del ser).

Afortunadamente, el azar me condujo a abrir este post en el cual las respuestas son de todo tipo; y es más, se ha encendido una polémica. A partir de alguien que firma “a b” es donde comienza el simpático lío (Pequeños grupos de discusión).

Pero… ¡el contador registra más de  6000 palabras! ¡Un verdadero esfuerzo de lectura!

Y a mí no me parece justo pasarle el borrador a nadie, mucho menos a ustedes.

Si se animan, pueden resultarles muy curiosos estos comentarios, algunos de gran valor literario.

Hay personas que ya no están, como José Itriago, que se nos fue este mismo año y nos dejó acá y allá talento y valores. Otros Todavía No Habían Aparecido. Y esta es la parte que más me conmueve:

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Objetos raros

Amigos: en realidad no debí prometerles una explicación sobre por qué escribí para ustedes “El Diablo” el miércoles pasado (Anatomía de un escrito).

Desperté cierta expectativa que tal vez va a acabar en desilusión (Ilusión y desilusión estéticas).

La “musa” vino por este lado (Estatuto de poeta): recordé un momento de mi vida en el cual habitaba sola un departamento pequeñito.

Tenía una vecina en el mismo piso, que cuando yo llegaba del trabajo me esperaba en el pasillo con algún bocado delicioso, una masa fina, un chocolate, tortas o escones, etc. (Anecdotario erótico - sexológico).

Yo tomaba el obsequio, sonreía y entraba, casi escapando. Mi vecina, que sonreía a la par, mostraba en esa sonrisa algo amenazador, truculento (La violencia, una amenaza no tan silenciosa).

Tanto insistía con sus regalos que cuando llevó champán me vi obligada a invitarla a pasar a beber una copa conmigo (El Alcoholismo).

Brindamos. Conversamos un poco. Al rato me pidió ir al baño -y ella vivía, como ya les dije, en el mismo piso que yo, a unos metros.

Salió del baño y conversamos otro poco -no encontrábamos suficientes temas ninguna de las dos-, y en una hora se despidió y se fue.

El esfuerzo de todo un día de trabajo y el de responder con alegría fingida a alguien que me caía mal me llevaron al agotamiento. Me daría un baño antes de cenar (Stress).

Entré desesperada en la bañera, y me lastimé con pequeños trozos de vidrio muy delgado, como de lamparilla eléctrica, que yo no había dejado desparramados allí.

Nadie iba a mi casa en esos días; sólo había ido mi vecina (Soledad y género viviendo en soledad).

Claro que huí de ella como del Diablo.

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El Diablo

Yo del Diablo nunca supe nada, hasta que me invitó a bailar (Bailando con el diablo…).

La historia es larga. Yo era una mujer muy alegre y un poquito astuta; decían que era muy inteligente a pesar de mi frivolidad (El hombre light).

No me gustaba leer, coser, limpiar la casa ni cocinar. Por eso mi último marido encontró una excusa perfecta para dejarme, tan sola y ya bastante mayor, a mí que, aparte de dinero, lo que más necesitaba era compañía (¿Existe realmente la soledad?).

Me gustaba, me encantaba, me fascinaba bailar. Bailar sobre las mesas de los bares y los boliches, o bailar en el piso como volando, volando tanto que parecía un ave -un ave de rapiña- o una bruja (Brujería: un aprendizaje ancestral).

Las pulseras tintineaban en mis brazos, las cincuenta pulseras de mi brazo izquierdo y mi brazo derecho; la minifalda se me subía hasta el comienzo de los muslos flacos, algo arrugados, siempre bronceados falsamente por el sol. Al final de los brazos mis manos se sacudían espásticamente mostrando uñas larguísimas y coloradas; mi pelo se sacudía también, un pelo rubio que llegaba hasta mi cintura de muñeca y era como un mar dorado que hacía olas por toda la pista de baile (La mujer, un ícono de contraste en la obra de Frémez).

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Nombres traspapelados en dulce montón

Recibo online, en mi correo electrónico, el diario de mi pueblo (Tía María: Not In My Backyard). Aunque hace mucho que vivo en Buenos Aires, en materia de información no puedo leer otros periódicos. Estoy hecha a que las noticias se cuenten de modo más personal y colorido, lo que está muy mal visto en la Capital. “Impersonal” es el adjetivo mágico en estas latitudes. Y a mí eso no me satisface (Fabricación de noticias).

Esta noche algo me inquieta al abrir el diario virtual (¿Desafíos de los diarios para no morir?). Busco en todos los rubros pero no encuentro nada que pueda producirme ese escalofrío que ahora siento en la espalda, esa opresión en el pecho, las manos que se me convierten en garras por el frío de las articulaciones. Tengo miedo.

Nada especial. Las noticias internacionales y nacionales no superan las tragedias de todos los días; en las locales encuentro viejos amigos que presentan un libro, abren un bar temático u obtienen una distinción en astrofísica. Nada, nada terrible.

Sin embargo, al llegar a determinada sección del diario está escrito un nombre que me sobresalta: Bernarda Montes (La catarsis).

Lo miro muchas veces; no es tan raro que figure en el diario de mi pueblo ese nombre, pero no en esa sección que es, por supuesto, la de Necrológicas (La estructura perversa).

No sé qué hacer, a quién preguntar por ese nombre.

No, no puede ser, es un error. Si de algo estoy segura es de que vive todavía. ¿Pero por qué estoy tan segura?

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Vestidos fúnebres

De chicos, la muerte nos parecía algo tan fascinante e inexplicable a mi hermana y a mí, que todos los sábados por la tarde, junto con otros jóvenes, nos reuníamos en el cementerio del pueblo (La muerte).

El cementerio estaba dividido en ricos y pobres, exactamente como el pueblo (Sobrevivir en el naufragio).

Y era la parte de panteones con escaleras, caoba y llaves de plata la que nos atraía (Los relámpagos de la muerte).

Nos sentábamos a conversar en algún frío escalón de mármol, y a fumar, mientras fantaseábamos sobre lo que había allí dentro (Generaciones que consumen generaciones). Calculábamos cuestiones desagradables como el grado de corrupción de los cadáveres, pero enseguida pasábamos a vestirlos de fiesta e imaginarlos vivos en un incalificable escenario del pasado (El cuento de terror).

Nos maravillaban los nombres que estaban inscriptos en cada panteón.

Había Hans, Hellen, Frida, Jacques y Madeleine, Ilsa y Frederik (Inmigración a la Argentina).

Nosotros, los más pobres, ya habíamos olvidado nuestras raíces y nos llamábamos Jacinta, Elena, María, Eduardo, Julio.

Es que nuestro pueblo pertenecía a una colonia que había llegado de diversos lugares de Europa y a la que el Estado le donó una enorme cantidad de tierra. Una parte de los campesinos europeos que vinieron habían hecho fortuna, y la otra parte éramos nosotros, los descendientes de aquellos que no se habían esforzado bastante o bien no habían tenido suerte en las cosechas. Cuando yo era chico, ricos y pobres se la pasaban mirando el cielo y exclamando: “¡que llueva!, ¡que no llueva!, ¡que no caiga granizo!”.

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Les presento a un poeta

Alberto Girri además era tanguero, con una flor en el ojal (Géneros, movimientos literarios y la literatura en el Río de la Plata).

Nació en 1918 y murió en 1991, el día que se daba a conocer que había obtenido un importante premio nacional de poesía.

Su estampa de bailarín de tango (El Tango) y sus vivaces ojos claros ocultaban a un iluminado poeta, expresión que en este caso tiene dos sentidos: era además alguien relacionado con el budismo, un “poeta zen” que elaboraba su trabajo con sobriedad y con la paciencia de un dibujante japonés (El camino a la libertad).

En 1985 yo escribí en el diario El Litoral, de Santa Fe, la siguiente nota sobre su último libro, Monodia. Me parece que es bueno recordar a este poeta cada vez más olvidado y que “cada vez canta mejor”.

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