Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Pentimento

Nuestra vida se mueve con el viento de la música (Música), con el ardor de los colores que los pintores antiguos nos dejaron (La historia de la pintura), con palabras inmensas que trajeron los poetas a nuestros oídos (La incertidumbre del poeta).

De ahí la confusión (Asterión y el laberinto del eterno retorno).

Cuando queremos encontrar un retazo de nosotros mismos, hallamos una oración que nos dejó un santo -podría ser San Francisco (La Tau. Historia y significado), podría ser Buda (Un instante en la vida de buda)-, una mirada en el espejo transmitida por un artista, las melodías de Mozart (Historia de la música en la filosofía) o las últimas palabras de un poeta:

“Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

“Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

“Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

“para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…”.  Alfonsina Storni - “Último poema”

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Antología de ustedes

Quise hacer una antología de las respuestas que ustedes me han dado a lo largo del tiempo (Antología de los diferentes tipos de literatura…). Elegí al azar una de mis entradas (Las leyes del Azar), la del 24 de noviembre del 2010 -”Carta de despedida”, pueden buscarla en el archivo-, y la duda asomó. ¿Cómo elegir? ¿Cuál sería el criterio? (Las dudas).

¿Las respuestas elogiosas? ¿Las respuestas que están en desacuerdo conmigo? ¿Las “más geniales”? (Cuestiones relativas a la altura del ser).

Afortunadamente, el azar me condujo a abrir este post en el cual las respuestas son de todo tipo; y es más, se ha encendido una polémica. A partir de alguien que firma “a b” es donde comienza el simpático lío (Pequeños grupos de discusión).

Pero… ¡el contador registra más de  6000 palabras! ¡Un verdadero esfuerzo de lectura!

Y a mí no me parece justo pasarle el borrador a nadie, mucho menos a ustedes.

Si se animan, pueden resultarles muy curiosos estos comentarios, algunos de gran valor literario.

Hay personas que ya no están, como José Itriago, que se nos fue este mismo año y nos dejó acá y allá talento y valores. Otros Todavía No Habían Aparecido. Y esta es la parte que más me conmueve:

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Objetos raros

Amigos: en realidad no debí prometerles una explicación sobre por qué escribí para ustedes “El Diablo” el miércoles pasado (Anatomía de un escrito).

Desperté cierta expectativa que tal vez va a acabar en desilusión (Ilusión y desilusión estéticas).

La “musa” vino por este lado (Estatuto de poeta): recordé un momento de mi vida en el cual habitaba sola un departamento pequeñito.

Tenía una vecina en el mismo piso, que cuando yo llegaba del trabajo me esperaba en el pasillo con algún bocado delicioso, una masa fina, un chocolate, tortas o escones, etc. (Anecdotario erótico - sexológico).

Yo tomaba el obsequio, sonreía y entraba, casi escapando. Mi vecina, que sonreía a la par, mostraba en esa sonrisa algo amenazador, truculento (La violencia, una amenaza no tan silenciosa).

Tanto insistía con sus regalos que cuando llevó champán me vi obligada a invitarla a pasar a beber una copa conmigo (El Alcoholismo).

Brindamos. Conversamos un poco. Al rato me pidió ir al baño -y ella vivía, como ya les dije, en el mismo piso que yo, a unos metros.

Salió del baño y conversamos otro poco -no encontrábamos suficientes temas ninguna de las dos-, y en una hora se despidió y se fue.

El esfuerzo de todo un día de trabajo y el de responder con alegría fingida a alguien que me caía mal me llevaron al agotamiento. Me daría un baño antes de cenar (Stress).

Entré desesperada en la bañera, y me lastimé con pequeños trozos de vidrio muy delgado, como de lamparilla eléctrica, que yo no había dejado desparramados allí.

Nadie iba a mi casa en esos días; sólo había ido mi vecina (Soledad y género viviendo en soledad).

Claro que huí de ella como del Diablo.

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El Diablo

Yo del Diablo nunca supe nada, hasta que me invitó a bailar (Bailando con el diablo…).

La historia es larga. Yo era una mujer muy alegre y un poquito astuta; decían que era muy inteligente a pesar de mi frivolidad (El hombre light).

No me gustaba leer, coser, limpiar la casa ni cocinar. Por eso mi último marido encontró una excusa perfecta para dejarme, tan sola y ya bastante mayor, a mí que, aparte de dinero, lo que más necesitaba era compañía (¿Existe realmente la soledad?).

Me gustaba, me encantaba, me fascinaba bailar. Bailar sobre las mesas de los bares y los boliches, o bailar en el piso como volando, volando tanto que parecía un ave -un ave de rapiña- o una bruja (Brujería: un aprendizaje ancestral).

Las pulseras tintineaban en mis brazos, las cincuenta pulseras de mi brazo izquierdo y mi brazo derecho; la minifalda se me subía hasta el comienzo de los muslos flacos, algo arrugados, siempre bronceados falsamente por el sol. Al final de los brazos mis manos se sacudían espásticamente mostrando uñas larguísimas y coloradas; mi pelo se sacudía también, un pelo rubio que llegaba hasta mi cintura de muñeca y era como un mar dorado que hacía olas por toda la pista de baile (La mujer, un ícono de contraste en la obra de Frémez).

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Nombres traspapelados en dulce montón

Recibo online, en mi correo electrónico, el diario de mi pueblo (Tía María: Not In My Backyard). Aunque hace mucho que vivo en Buenos Aires, en materia de información no puedo leer otros periódicos. Estoy hecha a que las noticias se cuenten de modo más personal y colorido, lo que está muy mal visto en la Capital. “Impersonal” es el adjetivo mágico en estas latitudes. Y a mí eso no me satisface (Fabricación de noticias).

Esta noche algo me inquieta al abrir el diario virtual (¿Desafíos de los diarios para no morir?). Busco en todos los rubros pero no encuentro nada que pueda producirme ese escalofrío que ahora siento en la espalda, esa opresión en el pecho, las manos que se me convierten en garras por el frío de las articulaciones. Tengo miedo.

Nada especial. Las noticias internacionales y nacionales no superan las tragedias de todos los días; en las locales encuentro viejos amigos que presentan un libro, abren un bar temático u obtienen una distinción en astrofísica. Nada, nada terrible.

Sin embargo, al llegar a determinada sección del diario está escrito un nombre que me sobresalta: Bernarda Montes (La catarsis).

Lo miro muchas veces; no es tan raro que figure en el diario de mi pueblo ese nombre, pero no en esa sección que es, por supuesto, la de Necrológicas (La estructura perversa).

No sé qué hacer, a quién preguntar por ese nombre.

No, no puede ser, es un error. Si de algo estoy segura es de que vive todavía. ¿Pero por qué estoy tan segura?

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Vestidos fúnebres

De chicos, la muerte nos parecía algo tan fascinante e inexplicable a mi hermana y a mí, que todos los sábados por la tarde, junto con otros jóvenes, nos reuníamos en el cementerio del pueblo (La muerte).

El cementerio estaba dividido en ricos y pobres, exactamente como el pueblo (Sobrevivir en el naufragio).

Y era la parte de panteones con escaleras, caoba y llaves de plata la que nos atraía (Los relámpagos de la muerte).

Nos sentábamos a conversar en algún frío escalón de mármol, y a fumar, mientras fantaseábamos sobre lo que había allí dentro (Generaciones que consumen generaciones). Calculábamos cuestiones desagradables como el grado de corrupción de los cadáveres, pero enseguida pasábamos a vestirlos de fiesta e imaginarlos vivos en un incalificable escenario del pasado (El cuento de terror).

Nos maravillaban los nombres que estaban inscriptos en cada panteón.

Había Hans, Hellen, Frida, Jacques y Madeleine, Ilsa y Frederik (Inmigración a la Argentina).

Nosotros, los más pobres, ya habíamos olvidado nuestras raíces y nos llamábamos Jacinta, Elena, María, Eduardo, Julio.

Es que nuestro pueblo pertenecía a una colonia que había llegado de diversos lugares de Europa y a la que el Estado le donó una enorme cantidad de tierra. Una parte de los campesinos europeos que vinieron habían hecho fortuna, y la otra parte éramos nosotros, los descendientes de aquellos que no se habían esforzado bastante o bien no habían tenido suerte en las cosechas. Cuando yo era chico, ricos y pobres se la pasaban mirando el cielo y exclamando: “¡que llueva!, ¡que no llueva!, ¡que no caiga granizo!”.

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Les presento a un poeta

Alberto Girri además era tanguero, con una flor en el ojal (Géneros, movimientos literarios y la literatura en el Río de la Plata).

Nació en 1918 y murió en 1991, el día que se daba a conocer que había obtenido un importante premio nacional de poesía.

Su estampa de bailarín de tango (El Tango) y sus vivaces ojos claros ocultaban a un iluminado poeta, expresión que en este caso tiene dos sentidos: era además alguien relacionado con el budismo, un “poeta zen” que elaboraba su trabajo con sobriedad y con la paciencia de un dibujante japonés (El camino a la libertad).

En 1985 yo escribí en el diario El Litoral, de Santa Fe, la siguiente nota sobre su último libro, Monodia. Me parece que es bueno recordar a este poeta cada vez más olvidado y que “cada vez canta mejor”.

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Proyecto Elegancia

Estaba hojeando un diccionario enciclopédico cuando me topé con el nombre de alguien que definiría toda mi vida (El diccionario).

Yo era un niño de diez años en la mitad del siglo XX, y él un personaje del siglo XVIII, inglés (Viajeros ilustrados. El siglo XVIII y el mundo catalogado). No un héroe, no un pirata. Sólo un monumento a la mayor frivolidad y a la mayor estupidez: el Bello Brummell.

Las noticias que daba el diccionario resultaban enigmáticas, demasiado sutiles. Me entregué en cuerpo y alma a averiguar con precisión quién había sido esa persona. Finalmente creo que lo averigüé, después de dedicarle gran parte de mis días de escolar.

Salía de la escuela e iba directo a alguna biblioteca (La biblioteca escolar como vehículo del goce por la lectura). En las de mi barrio encontré poco, alguna que otra referencia más (Esa otra manera de vivir). Cuando cumplí los trece años mis padres me permitieron tomar ómnibus y subtes para acceder a las bibliotecas del centro. Eran otros tiempos. Con sólo decirles adónde iba y a qué hora volvería aproximadamente, me daban libertad.

Papá era un señor formal, alto, delgado, pálido o gris. Su único gasto suntuario consistía en comprar un billete de lotería para Navidad (Un acto informal: juguemos a la lotería). Trabajaba como vendedor en una zapatería de marca conocida, famosa. Éramos casi pobres, pero, según Mamá, felices. Mamá, ama de casa, se afanaba para que así lo fuéramos. La casa resplandecía de limpia como nuestras ropas; la comida era siempre abundante y casera; ella se las ingeniaba para fabricar manjares con poco, con lo elemental (Encuentro con la felicidad).

Y ahora regreso al Bello Brummell. Conseguí averiguar que era hijo de un pastelero del reino y nieto de un portero del tesoro, y que había logrado hacerse amigo íntimo del príncipe regente. Su profesión: árbitro de la moda.

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La rehén

Encontré un cuento de hace algunos años entre mis papeles (La problemática de la mujer en la sociedad a través del tiempo). No sé inclusive si no lo publiqué en alguna oportunidad en este blog. Si fuera el caso, no tiene importancia, porque algo quiero decir también a mis nuevos amigos (Hannah Arendt, la dimensión de la amistad).

Ni siquiera tenía título, y en este momento me importa el título que encontré para ustedes (Bondades o maldades de la globalización en el mundo).

Creo que en algún momento fantaseé con hacer de él una novela, pero ocurrió que en la lengua de la narradora me es un poco difícil imaginar y componer. Yo había encontrado el tono, o creía haber encontrado el tono, de una muchacha del interior con todos los modismos de allí -formoseña, jujeña, riojana, a lo mejor-, y con todo lo que de la lengua culta perdura en las provincias. En Buenos Aires, donde escribí el cuento y viví varios años, eso ya se había perdido hacía mucho (Incomprensión por dos lenguas diferentes).

Antes que nada les diré que, aunque tal vez no sepa resolverlos del todo, me gustan los finales truncados, aquello que se nos pide que construyamos los lectores, el remate. Cada lector le da su forma definitiva, melancólica, terrible, o feliz (Los Tiempos Hipermodernos).

El porteño que llevó a Buenos Aires a mi formoseña o riojana puede quedarse solo o no, puede morir o no, y mi muchacha, si consiguiera huir, puede llegar al paraíso, al país del nunca jamás o al infierno. Todo depende de ustedes… (Es hora de leer).

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Lorelei

Soy Lorelei (Mitología Nórdica 6. Dioses menores); somos tantos fragmentos, que aunque solo apareciera mi cara en esta bola de cristal sobre la que a veces me inclino, podría ver y examinar el mundo (Brujería, un aprendizaje ancestral).

Vi los altos fuegos (Sexocidio en la Edad Media: el peligro de ser mujer).

Los inquisidores sólo deseaban que las malas personas se quemaran en la hoguera para que no tuvieran que hacerlo en el infierno (Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu).

Los inquisidores parecían querer hallar el secreto de mi ser que no habían encontrado en ellos (El gran secreto).

Fui una peregrina por los secretos de la Edad Media, fui una mujer que iba por los caminos enseñando un lenguaje difícil, el de los cátaros –la secta de los puros (Los cátaros del Languedoc)- y a mi lado iba mi marido, que nada tenía que ver con eso, solo era un poeta trovador (Literatura medieval y humanismo).

Nos habíamos conocido en el trayecto, mientras yo predicaba y él trovaba. La gente no sabe cuán grande es el alma de los trovadores, y su amor (Visión general del amor en Persiles).

Yo, como cátara, no debía entregar mi cuerpo al juego del deseo, pero los trovadores tampoco. Aseguraban que el amor es castidad. El juego amoroso para ellos consistía en escandir palabras preciosas de sus versos, darlas como ramos de flores, casi sin mirar a sus amadas.

Las palabras, los versos, iniciaban y terminaban la gran fogata del amor, se brindaba con esto: un vaso de vino compartido era toda la ilusión de una noche, pero qué noche, qué ilusión que quedaba prendida y alegraba el corazón y entibiaba los lechos.

Establecimos con mi trovador una casa, un hogar.

Aunque, como dije, yo sólo predicaba mis creencias.

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