Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Teofanías: la dicha de ser Yo

Para decirlo muy sencillamente, una teofanía (El hombre, animal religioso) es un momento en que se ve clarísimo lo del alma (Alma platónica), lo del tiempo, lo del paisaje (El espacio-tiempo se curva en torno al observador).

Los humanos, casi sin darnos cuenta, tenemos a menudo alguna teofanía, por más solemne o sagrada que suene la palabra (El Razonamiento en los Humanos).

Hay teofanías muy poéticas, como cuando alguien que está meditando oye el caer de la ceniza del sahumerio (La conciencia) y otras que no parecen más que razonadas e inteligentes reflexiones, como el siguiente fragmento de una nota periodística de Chesterton (La novela policial), en la que además de genio sospecho la iluminación -en este y en muchísimos escritos del glorioso escritor inglés:

“Si no tenemos más remedio que presumir, mejor será que sea de talentos o méritos que no tengamos. Porque entonces nuestra vanidad será superficial, un simple error, como el de quien cree tener sangre real o un sistema infalible para ganar en Montecarlo. Como no son méritos reales, no corromperán ni desvirtuarán nuestros méritos reales. Y aunque presumamos de virtudes que no tenemos, siempre podremos ser humildes con las que sí tenemos. Las cualidades que de verdad nos honran conservarán su inocencia original, porque no podremos verlas ni viciarlas..(…) Hay, sin embargo, otro género de satifacción que no es ni orgullo por virtudes que tenemos ni orgullo por virtudes que no tenemos… Y es la satisfacción que se siente por poseer o no poseer ciertas cualidades sin preguntarnos si eso constituye una virtud. Podemos felicitarnos por no ser malos en un determinado sentido, cuando la verdad es que no lo somos en ese sentido porque no somos lo bastante buenos. Dirá algún cleriguillo: ‘Tengo razones para congratularme de ser una persona civilizada y no tan sanguinaria como el Mad Mullah’. Y alguien tendría que decirle: ‘Un hombre realmente bueno sería menos sanguinario que el Mullah. Pero si es usted menos sanguinario que él, no es porque sea mejor hombre, sino porque es mucho menos que un hombre. No es sanguinario porque perdone a su enemigo, sino porque huiría de él’. Por lo mismo dirá algún puritano: ‘Tengo razones para jactarme de no adorar ídolos como los infieles griegos antiguos’. Y alguien tendría que decirle: ‘…si usted no adora ídolos, es solo por ser moral y mentalmente incapaz de esculpirlos. Quizá la religión esté por encima de la idolatría, pero usted está por debajo de la idolatría’”.

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José Pedroni: “mi corazón venido del desierto”

A pesar de lo dicho en el post anterior, los niños tienen la capacidad de formar el paraíso con cuatro muros blancos y una luz, y de encontrar el arco iris en las gotas de agua (El genio y el olvido).

Por eso pienso que casi ninguna infancia es infeliz; ninguna infancia (La Segunda Infancia) ni ninguna tercera o cuarta infancia como lo es la vejez, esa “segunda inocencia” que menciona Antonio Machado (Antonio Machado, el poeta del pueblo…)

Pero ahora hablo de la infancia biológica, casi llegando a la adolescencia, ese tiempo exagerado de abismos y de brumas y soles y esperpentos (Adolescencia).

En esa época fue que conocí casualmente a un gran poeta -yo tenía quince años, él unos setenta; amigo de mis padres por una circunstancia de oficinas y funcionarios y luego por deberes del corazón.

Veo la fotografía de José Pedroni en sus últimos días y lo veo, y escucho su voz recordando poesías o hablando de trovadores y otras diversas hierbas parecidas (Inmigración a la Argentina: los gringos).

Creo que -desde lejos, porque tampoco era que yo me pasaba todo el día a su lado- sus limpios ojos azules sostuvieron la parte más simpática de mi destino; su sed llamó a mi sed de simplicidad y de poesía, su vida que se acercaba al final se encontró con la mía que comenzaba y fue vivificante para mí.

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Poesía salvadora

Claro que yo leí Crimen y Castigo (Crimen y castigo) y a De Quincey con cierta ligereza (Los caminos de -hacia- Parménides), pero fue mucho antes de eso, fue casi desde el día en que en el sanatorio donde nacía mi hermano -y por lo tanto yo no podía tener más de un año y medio- me di cuenta de que era una persona, que sentía mi ser, pequeño y definido, como un punto, como una estrella o una mesa: era (Contra el chip filosófico).

Y fue desde entonces quizá que sentí esas oscuridades peligrosas de mi ser, esos deseos como de cometer un acto irremediable, matar, zozobrar, flotar en esas tinieblas que eran el infierno y que colgaban iguales a cortinas negras de todos los lugares de mi casa de infancia (La escena en Foucault); el negro aburrimiento era una bruja que iba a buscarme y me llevaba de la mano hacia todos los juegos, porque en el fondo de cada diversión había un hueco con un cartel que yo aprendí a leer perfectamente que decía “la alegría no es verdadera”, o “la alegría no está”, o “la alegría no existe” (Universo consciente).

Tenía siete años cuando hice la comunión y ya desde entonces casi no dormía (Religiones). Era el fantasma del -voy a nombrarlo otra vez- infierno verdadero, con fuego y con demonios, al que yo había empezado a temer en las clases de catecismo el que ocupaba todo el espacio de mis sueños. Había una oración de la cual ya no recuerdo más que la palabra pompas unida a demonio y a mundo con la que yo quería desterrar del corazón todo ese sufrimiento, pero a qué precio…

Era, o así lo entendía, al precio de no ser jamás feliz en este mundo como se conseguía el cielo. Y el cielo era una parcela de azul anodino donde se contemplaba eternamente el rostro barbado de Dios, donde una también se aburría infinitamente pero estaba salvada, al menos un lugar donde una no se quemaba para siempre.

La oración que había aprendido a rezar con más unción la había inventado yo misma: -Dios, que no haya otra vida; Dios, que no existas… -al rezarla imaginaba un sencillo paisaje de hierbas y de flores y allá abajo yo estaba sola, solo mi cuerpo. Y mi alma había muerto.

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Los asesinos de los días de fiesta

Marco Denevi –que ahora está en el cielo soñando cuentos maravillosos- me prestó el título, Los asesinos de los días de fiesta.

Además de gustarme mucho ese nombre para mi post, el préstamo me sirve para que ustedes puedan leer dos palabras, o tres, sobre ese gran escritor que me parece un poco, algo, olvidado. Y si son verdad mis pareceres, sería muy injusto.

Marco Denevi es reconocido en Monografías.com por los siguientes trabajos:

Ceremonia Secreta;

Rosaura a las Diez;

La novela policial;

Romanticismo, Literatura Romance;

Literatura argentina: notas y entrevistas;

Un constructo: el narratario;

Los muchachos de antes no planchaban camisas.

Los asesinos de los días de fiesta

Los cuentos de hadas con sus ogros, árboles retorcidos llenos de ojos que miran con maldad, duendes perversos y brujas que envenenan, son el antecedente de los relatos de exquisitos crímenes, que hipnotizan a la gente mayor. Nietzsche asegura que el hombre es un niño y que ese niño necesita seguir jugando, y lo dice como si dijera que el hombre es un niño y ese niño necesita seguir horrorizándose.

Creo que Poe puso de moda –o inventó, para ser más respetuosa del genio- estas narraciones “para grandes”; crímenes que exigen racionalidad y astucia para ser resueltos pero dentro de los cuales también se acaricia lo sobrenatural del terror o el terror de lo sobrenatural, según sea el relato; esos temores que nos gusta desde siempre temer.

Poe fue durante toda su vida un niñito que jugaba con el desamparo y el miedo, pero además, como no podía ser de otro modo, algunos biógrafos dejan deslizar que él sabía tanto de determinado crimen que narró, extraído de la vida real, que era sospechoso de haberlo cometido.

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Una mujer desesperada

Me alegró encontrar entre las sombras (El valor alegría), entre los residuos de mi vieja poesía, el retrato de dos o tres personas que quiero, el retrato de mí cuando era niña, y el de mi más que amada niñera -o nana, como la llaméis (La descripción: huérfana literaria).

Me dije: -En este tiempo de desencanto, cuando mi mano ya no escribe y mi alma ya está desentonada -¿o será pasajero el desencanto y la inmovilidad de las letras? (Posmodernidad y desencanto)- sería bueno pasarles a ustedes, mis amigos, esos fragmentos de esperanzas tristes.

Cuando tenía unos treinta años me preguntaron si había leído a Olga Orozco (Romanticismo, Literatura Romance). Y no; pero fue entonces cuando la leí. Y esa lectura hizo que me fuera volando en una escoba a vivir en Buenos Aires, donde ella vivía (Historia de la Recoleta-Buenos Aires-Argentina) . Sin ningún deseo de dar a conocer lo que yo escribía ni nada (Entre escritura pedagógica y literatura pedagógica): sólo el deseo de hablar y ser respondida por los ojos de Olga y por su voz increíble (Conversaciones con el ermitaño).

Pero de esto hace mucho tiempo, tanto que ahora ya ni siquiera vivo en Buenos Aires, pero tampoco volví a mis pagos nativos; estoy en las montañas de Agua de Oro, esperando que nieve, por el momento. Y lo cuento porque son mis antecedentes, o “los” antecedentes, de los humildes poemas que paso a transcribir:

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Otra de fantasmas

Extiendo sobre el mantel las cosas que fueron mías, un viento de objetos que me persigue como mi preciosa cabellera, mi calma (Inteligencia Emocional), mi corazón desde donde yo nacía (Los problemas al nacimiento), mi vientre joven, mis hijos niños, la cuchara de plata con que removía el té y los días hermosos.

Comprendo que son remos para conducir mi barca en otro tiempo. Que ahora, tal vez, no necesito remos, sino bastones.

Vuelvo, entonces, a recordar al fantasma que ha matado a tantos… (El Fantasma del Teatro Municipal, de Enrique Butti).

El fantasma

Jamás pensó que alguna vez se encontraría con él, con el monstruo que había cazado a cazadores de letras manuscritas (Monstruos y animales desconocidos. El universo onírico de la criptozoología).

Tampoco pensó que, de encontrarse, descubriría en él una forma tan blanda y feroz a la vez, y que su beso dejaría un sabor tan amargo (El libro de la fuente de vida, de Salomón Ibn Gabirol).

Era pálido, era el silencio y el vacío (Del elogio de la nada a la ontología del lenguaje). Era la nada más allá de cualquier definición: la nada que no se encuentra en ningún libro de filosofía.

Que se mira cara a cara, como luchando con ella en un ring hasta la muerte (¿Qué es la muerte?).

Era no poder salir de algún lugar, sólo que ella no sabía el lugar de donde debía salir, escapar; era la falta de libertad de nombrar la cárcel y el enemigo, cuando sus palabras se iban borrando poco a poco de los cuadernos que había escrito.

La nada: había que mencionarla otra vez para decir que estaba atrapada allí, en ese ataúd sin bordes.

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Lecturas multicolores

En mis lecturas por placer (La Lectura no puede “pasar de moda”), he encontrado un tesoro de perlas negras, blancas y rosadas (El encuentro).

Quiero agradecer especialmente hoy a una de mis lectoras-escritoras; Ketty Martínez:

Su técnica, es decir escribir “solo lo que me dicta el corazón y el momento”, es la mía (Literatura). No puedo decirle más que eso, que siga en esta hermosa etapa de su vida haciendo lo que hace de ese modo admirable. La saludo por sus “primeros ochenta años” que cumplirá en breve, y le deseo una larga vida, hasta sus segundos, que serán tan felices como estos. Otro abrazo del alma.

La monja científica del siglo de la histeria

Sor María de Jesús de Agreda llamaba a aquel momento en que le había tocado vivir “el siglo miserable”. Era el XVII (Análisis metodológico de Coyunturas opuestas). Ella se había transformado en la consejera de un rey, nada menos que de Felipe IV de España, y había nacido en ese país, en Agreda, en 1602 (El Barroco español).

Se decía de ella, y ella misma lo sostenía con sus escritos y lo creía con sus fundamentos, que poseía la “ciencia infusa”. Escribió, por ejemplo, un libro llamado Mapa de los orbes celestiales y elementales, desde el cielo empíreo hasta el centro de la Tierra, y lo principal que en ella se contiene.

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La señora distinta (homenaje a una actriz)

Mis queridos:

Ayer murió Norma Pons, una vedette argentina de las de antes, talentosa, que demostró al final de su vida que también tenía genio para actriz (Exitosas mujeres de América Latina), y fue esplendorosamente la Bernarda de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca (Concepción de la tragedia).

Frecuentó la televisión, pero no los programas-basura.

Y fue reconocida, premiada y alabada en sus últimos días. Su caso no es precisamente el de “cinco segundos de fama”.

Mientras lloraba la esplendidez de esta señora (Duelo, muerte y desaparición), yo, ayer, encontré uno de mis cuentos viejos; lo debo haber escrito hace unos treinta años. La protagonista es también una señora antigua, pero la antítesis perfecta de Norma Pons, de humanidad tan cálida (El espectáculo de la vejez).

En homenaje a ella lo copio –reconozco que como homenaje es bien extraño, pero “me nace” así.

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Cuento erótico III

…Y reflexionó que estaba otra vez enredada en las palabras (Las palabras ocultas en la inteligencia), como en otra tela enmarañada, y que ésta era la más difícil de desenredar. La mujer la contempló un rato, deteniéndose, y dijo sí de la manera que Luna ya sabía, aunque quizás asentía a algo distinto, y continuaron caminando (Ciudades virtuales - Relaciones virtuales).

Se acercaban a un biombo que estaba en mitad de la carpa. El biombo crecía de manera sorprendente a medida que ellas se acercaban (Las diferentes percepciones), y cuando estuvieron enfrente era tan grande como la carpa, como el desierto, y llegaba hasta el cielo tal vez, pero no tanto, porque miró a la mujer y ésta dijo:

-Votre regard me trouble -y se tapó la cara con una parte de la túnica, descubriéndose de nuevo; Luna entonces quiso golpear su puño contra el biombo, tratando de romperlo (El deseo de la seducción) pero la dama, recuperada de su turbación, hizo ademán de abrir una ventana y, efectivamente, una ventana se abrió mientras decía:

-Yo soy aquí la que rasga los velos (La Mujer y el Nuevo Paradigma Femenino) -y del techo de adentro del biombo colgaban figuras que Luna pudo ver.

No colgaban del cielo sino de algunos metros hacia arriba, hasta donde los ojos le permitían distinguir, e iban descendiendo hacia el piso como visiones que se acumulaban y se tocaban, una sobre la otra y una al lado de otra.

En esta ocasión encontró hombres además de mujeres, pero hombres que estaban tan absortos, tan concentrados en lo que hacían, que parecía imposible que alguno saliera por un rato de su ensimismamiento y llegara a mirarla.

“No importa”, pensó Luna, “haré de espía o de voyeur“.

Estaban vestidos de una manera bastante anticuada, y sus parejas eran mujeres vestidas de ese mismo modo.

Cada pareja flotaba en un espacio único, particular y solitario, adentro del conjunto.

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Cuento erótico II

…Luna se atrevió a seguirla solamente porque en medio de la arena entrevió una baldosa de su patio.

A Luna no le extrañaba que le hablara en su idioma, en castellano (Origen y evolución del castellano), estando, como estaban, seguramente, en un país remoto y de idioma remoto, ya que consideraba que al traspasar la tela se encontraba en un sitio donde todo lo desconocido se hacía conocido, todo entregaba su secreto y todo lo deseado se hacía posible (Del morir al vivir). Lo que juzgaba fascinante era el modo como le había hablado ella, las palabras que había elegido para expresarse, que concordaban perfectamente con su aspecto, una concordancia tan extremada que parecía poco natural, y se dijo orgullosamente mientras la seguía: “Yo he creado esto” (Héroes).

La mujer se acercó a una carpa de colores que refulgía en el desierto, miró a Luna y corriendo una tela la invitó a pasar (El libro del desierto).

-Es la segunda tela que se rasga -dijo, sonriéndole a Luna que sonreía porque estaba diciéndose lo mismo.

“El adentro es el afuera del afuera”, fue lo primero que se le ocurrió pensar a Luna para contarse lo distinto que era ese mundo del interior de la carpa (Discriminación). El calor no existía ya, aunque tampoco el frío. Era una ola de tibieza manchada en partes por señales de algo menos que frío, sólo fresco. Sólo frescura tibia e inmensidad existían adentro de la carpa, que era mucho más grande por dentro que por fuera. Era infinitamente grande, acaso más grande que el desierto (La metamorfosis. Una metáfora de Kafka).

La mujer la tomó de la mano como si Luna fuera una niñita y empezaron a recorrer la carpa. Había perdido toda resistencia, estaba en un estado de abandono y recordó: “El Paraíso, es decir abandono” (Llegando al paraíso), y en eso vio un pedazo sombreado de la tina del patio, para caer de inmediato en preguntarle el nombre a la mujer:

-Mi pensamiento es pensar en ti -respondió ella (El pensamiento).

También esta respuesta le resultaba conocida, o quizás era la voz, lejanamente conocida. Caminaban hacia unos bultos dorados que estaban a lo lejos. Luna no se cansaba, pero sabía que habían hecho kilómetros.

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