Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Otra de fantasmas

Extiendo sobre el mantel las cosas que fueron mías, un viento de objetos que me persigue como mi preciosa cabellera, mi calma (Inteligencia Emocional), mi corazón desde donde yo nacía (Los problemas al nacimiento), mi vientre joven, mis hijos niños, la cuchara de plata con que removía el té y los días hermosos.

Comprendo que son remos para conducir mi barca en otro tiempo. Que ahora, tal vez, no necesito remos, sino bastones.

Vuelvo, entonces, a recordar al fantasma que ha matado a tantos… (El Fantasma del Teatro Municipal, de Enrique Butti).

El fantasma

Jamás pensó que alguna vez se encontraría con él, con el monstruo que había cazado a cazadores de letras manuscritas (Monstruos y animales desconocidos. El universo onírico de la criptozoología).

Tampoco pensó que, de encontrarse, descubriría en él una forma tan blanda y feroz a la vez, y que su beso dejaría un sabor tan amargo (El libro de la fuente de vida, de Salomón Ibn Gabirol).

Era pálido, era el silencio y el vacío (Del elogio de la nada a la ontología del lenguaje). Era la nada más allá de cualquier definición: la nada que no se encuentra en ningún libro de filosofía.

Que se mira cara a cara, como luchando con ella en un ring hasta la muerte (¿Qué es la muerte?).

Era no poder salir de algún lugar, sólo que ella no sabía el lugar de donde debía salir, escapar; era la falta de libertad de nombrar la cárcel y el enemigo, cuando sus palabras se iban borrando poco a poco de los cuadernos que había escrito.

La nada: había que mencionarla otra vez para decir que estaba atrapada allí, en ese ataúd sin bordes.

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Lecturas multicolores

En mis lecturas por placer (La Lectura no puede “pasar de moda”), he encontrado un tesoro de perlas negras, blancas y rosadas (El encuentro).

Quiero agradecer especialmente hoy a una de mis lectoras-escritoras; Ketty Martínez:

Su técnica, es decir escribir “solo lo que me dicta el corazón y el momento”, es la mía (Literatura). No puedo decirle más que eso, que siga en esta hermosa etapa de su vida haciendo lo que hace de ese modo admirable. La saludo por sus “primeros ochenta años” que cumplirá en breve, y le deseo una larga vida, hasta sus segundos, que serán tan felices como estos. Otro abrazo del alma.

La monja científica del siglo de la histeria

Sor María de Jesús de Agreda llamaba a aquel momento en que le había tocado vivir “el siglo miserable”. Era el XVII (Análisis metodológico de Coyunturas opuestas). Ella se había transformado en la consejera de un rey, nada menos que de Felipe IV de España, y había nacido en ese país, en Agreda, en 1602 (El Barroco español).

Se decía de ella, y ella misma lo sostenía con sus escritos y lo creía con sus fundamentos, que poseía la “ciencia infusa”. Escribió, por ejemplo, un libro llamado Mapa de los orbes celestiales y elementales, desde el cielo empíreo hasta el centro de la Tierra, y lo principal que en ella se contiene.

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La señora distinta (homenaje a una actriz)

Mis queridos:

Ayer murió Norma Pons, una vedette argentina de las de antes, talentosa, que demostró al final de su vida que también tenía genio para actriz (Exitosas mujeres de América Latina), y fue esplendorosamente la Bernarda de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca (Concepción de la tragedia).

Frecuentó la televisión, pero no los programas-basura.

Y fue reconocida, premiada y alabada en sus últimos días. Su caso no es precisamente el de “cinco segundos de fama”.

Mientras lloraba la esplendidez de esta señora (Duelo, muerte y desaparición), yo, ayer, encontré uno de mis cuentos viejos; lo debo haber escrito hace unos treinta años. La protagonista es también una señora antigua, pero la antítesis perfecta de Norma Pons, de humanidad tan cálida (El espectáculo de la vejez).

En homenaje a ella lo copio –reconozco que como homenaje es bien extraño, pero “me nace” así.

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Cuento erótico III

…Y reflexionó que estaba otra vez enredada en las palabras (Las palabras ocultas en la inteligencia), como en otra tela enmarañada, y que ésta era la más difícil de desenredar. La mujer la contempló un rato, deteniéndose, y dijo sí de la manera que Luna ya sabía, aunque quizás asentía a algo distinto, y continuaron caminando (Ciudades virtuales - Relaciones virtuales).

Se acercaban a un biombo que estaba en mitad de la carpa. El biombo crecía de manera sorprendente a medida que ellas se acercaban (Las diferentes percepciones), y cuando estuvieron enfrente era tan grande como la carpa, como el desierto, y llegaba hasta el cielo tal vez, pero no tanto, porque miró a la mujer y ésta dijo:

-Votre regard me trouble -y se tapó la cara con una parte de la túnica, descubriéndose de nuevo; Luna entonces quiso golpear su puño contra el biombo, tratando de romperlo (El deseo de la seducción) pero la dama, recuperada de su turbación, hizo ademán de abrir una ventana y, efectivamente, una ventana se abrió mientras decía:

-Yo soy aquí la que rasga los velos (La Mujer y el Nuevo Paradigma Femenino) -y del techo de adentro del biombo colgaban figuras que Luna pudo ver.

No colgaban del cielo sino de algunos metros hacia arriba, hasta donde los ojos le permitían distinguir, e iban descendiendo hacia el piso como visiones que se acumulaban y se tocaban, una sobre la otra y una al lado de otra.

En esta ocasión encontró hombres además de mujeres, pero hombres que estaban tan absortos, tan concentrados en lo que hacían, que parecía imposible que alguno saliera por un rato de su ensimismamiento y llegara a mirarla.

“No importa”, pensó Luna, “haré de espía o de voyeur“.

Estaban vestidos de una manera bastante anticuada, y sus parejas eran mujeres vestidas de ese mismo modo.

Cada pareja flotaba en un espacio único, particular y solitario, adentro del conjunto.

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Cuento erótico II

…Luna se atrevió a seguirla solamente porque en medio de la arena entrevió una baldosa de su patio.

A Luna no le extrañaba que le hablara en su idioma, en castellano (Origen y evolución del castellano), estando, como estaban, seguramente, en un país remoto y de idioma remoto, ya que consideraba que al traspasar la tela se encontraba en un sitio donde todo lo desconocido se hacía conocido, todo entregaba su secreto y todo lo deseado se hacía posible (Del morir al vivir). Lo que juzgaba fascinante era el modo como le había hablado ella, las palabras que había elegido para expresarse, que concordaban perfectamente con su aspecto, una concordancia tan extremada que parecía poco natural, y se dijo orgullosamente mientras la seguía: “Yo he creado esto” (Héroes).

La mujer se acercó a una carpa de colores que refulgía en el desierto, miró a Luna y corriendo una tela la invitó a pasar (El libro del desierto).

-Es la segunda tela que se rasga -dijo, sonriéndole a Luna que sonreía porque estaba diciéndose lo mismo.

“El adentro es el afuera del afuera”, fue lo primero que se le ocurrió pensar a Luna para contarse lo distinto que era ese mundo del interior de la carpa (Discriminación). El calor no existía ya, aunque tampoco el frío. Era una ola de tibieza manchada en partes por señales de algo menos que frío, sólo fresco. Sólo frescura tibia e inmensidad existían adentro de la carpa, que era mucho más grande por dentro que por fuera. Era infinitamente grande, acaso más grande que el desierto (La metamorfosis. Una metáfora de Kafka).

La mujer la tomó de la mano como si Luna fuera una niñita y empezaron a recorrer la carpa. Había perdido toda resistencia, estaba en un estado de abandono y recordó: “El Paraíso, es decir abandono” (Llegando al paraíso), y en eso vio un pedazo sombreado de la tina del patio, para caer de inmediato en preguntarle el nombre a la mujer:

-Mi pensamiento es pensar en ti -respondió ella (El pensamiento).

También esta respuesta le resultaba conocida, o quizás era la voz, lejanamente conocida. Caminaban hacia unos bultos dorados que estaban a lo lejos. Luna no se cansaba, pero sabía que habían hecho kilómetros.

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Cuento erótico

En el post pasado -una gran locura donde la mano escribe sin inhibiciones y los oídos escuchan (Wilhelm Reich)- tuve el apoyo de tres de mis mejores amigos (Amistad civil en Aristóteles)

José Itriago -digo y escribo y sueño su nombre con el apellido, no como si el apellido fuera un segundo nombre-, a quien no he visto nunca en persona, pero cuya presencia, si es que hay un modo de decirlo, está conmigo siempre. No sólo por su fuerza de escritor (Mi complejo de escritor).

Joise, a quien sí tuve el gusto de conocer en inolvidable reunión que realizamos en bar de Buenos Aires. Aparte de todo lo que es, de estudioso y filósofo, Joise se ha ganado hace mucho el título de “mi caballero andante” (Don Quijote de la Mancha).

Y Fabiana, que también estuvo en esa reunión, como con Joise suelen recordarlo. Fabiana es una dotada del dibujo y la pintura, una original del alma, una artista verdadera. Alguna vez veré si puedo rescatar de mis disfuncionales máquinas computadoras algunos dibujos que me ha enviado y mostrárselos a todos (Realismo: formas y expresiones).

Para todos aquellos que estén leyendo este post, pero muy en especial para mis tres amigos mencionados, transcribo uno de mis cuentos eróticos más ingenuos -de mi “época rosa” (Época rosa de Pablo Picasso…).

Tiene la propiedad de hacer pensar en cuestiones livianas y ágiles como cabellos de ángel. Ojalá sea una medicina para el que la necesite (Fenómenos psíquicos).

Advertencia: es un poco largo y quizá la última parte deba enviarla por separado, no estoy jugando a si quieren o no leerlo, es así.

Un pedido: el que tenga ganas, póngale título. Solía llamarse “Luna en el cielo”, pero no me termina de gustarme.

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Via Regia (asociación libre, o libérrima)

Hay mujeres y hombres que caminan por el camino real (Amar y sufrir en grande). Mirando desde arriba, un ángel de excelente vista (El Secreto de los Ángeles) los ve llevar trozos de metal, papel, bandas de cuero, larguísimos listones. Y todo para un acto que todavía no tiene nombre: escribir (El problema memoria-historia). Entran y salen dejando o alzando cargamentos. Más tarde, en la mesa, en la vereda de un café, olvidan un escrito, o lo completan.

Desde arriba no se piensa: ¡cuánto trabajan las hormigas, qué organizadas son! Arriba se es cigarra, son cigarras los ángeles (Poemas de Andrés Eloy Blanco).

Ahora encuentro un papel en la página 117 de un libro que es anuncio del pasado: este papel es mi futuro del pasado (Concepciones filosóficas naturaleza del enigmático universo del tiempo), un recado para quien sería yo leyendo por segunda vez el libro con ojos viejos. El libro se titula Tierna es la noche y es de Scott Fitzgerald (Ernest Hemingway).

Y recibo el papel, y escribo sobre él mi tinta nueva, ésta la dejo para alguien, este ahora papel escrito de seda en otra página, la última. Dice así:

Una hija de alemanes a quien llamaron Consuelo en homenaje a España nació en el Peñón de Gibraltar que era de los ingleses.

Consuelo, mi tatarabuela, encontró en el barco que la traía a mi tatarabuelo, un músico nacido en Como, Italia, el lugar del vino azul.

En la brillante y pobre Catedral de mi ciudad, Santa Fe, se casaron, esa iglesia donde había sido expuesta hacía poco la cabeza del caudillo Francisco Ramírez como trofeo de Estanislao López.

No sé mucho más de mis tatarabuelos pero yo estoy aquí, soy uno de sus sueños tejidos en el barco.

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Alguien que tiene cabellos de araña aparece ante mí

El ocultismo y la alquimia, alguna vez englobados en una sola palabra, magia, no son exclusivos de ninguna época (La puerta del alquimista); en todas las épocas hay un nacer y un morir que pertenecen a esa otra realidad, que poco o nada tienen de “naturales” y mucho, sí, de misteriosos -el nacer y el morir, digo.

Actualmente esa “otra realidad” ha adquirido matices más universales, y quizás alarmantes (La Nueva Era).

Se dice que vivimos en la Era de Acuario y que ésta empezó con los Beatles, los hippies, el musical de rock Hair (La década de los ‘60).

Significaría el reverdecer de tendencias de amor y de fraternidad (Una nueva expresión juvenil: Tribus urbanas).

Comprende, además, disciplinas que abarcan desde la vida extraterrestre (¿Estamos solos en el universo?) hasta la vida antes de la vida (Manipulación genética), hasta la vida después de la vida sin intervención de dioses sino de científicos, como la crioconservación de los cuerpos hasta que despertemos en quién sabe qué siglo inimaginablemente futuro; la ecología, la medicina holística. Algunos psicólogos han optado ahora por un aggiornamiento de Carl Jung, e incorporan terapias astrológicas o de vidas pasadas, y muchos médicos incluyen la oración entre sus prescripciones más conspicuas. ¡Bendita confusión, santísimo caos! (Los dos registros de la memoria).

Es que, como lo anticiparon Einstein y una gran variedad de poetas anteriores a él, la realidad es absolutamente relativa. Sería, según Octavio Paz, como una mariposa de alas dobles. Un para de alas abarcaría la realidad que vemos; el otro par,  aquella que, también invisible, se extiende a años y kilómetros de nuestros desafinados sentidos (Identidades: “Mundos Paralelos).

Todo lo que escribí al principio de esta nota, más el hecho de haber permanecido durante varios días junto a un bebé recién o casi recién nacido que me miraba con ojos indudablemente pensantes, me hizo buscar entre mis papeles un viejo manuscrito que escribí poniéndome en el lugar de mí cuando nacía, que me pareció auténticamente dictado por esa niña que acababa de nacer hacía años.

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Francisco e Inocencio III

Llegué en viaje rapidísimo a Buenos Aires (Viaje hacia los libros), conocí a Manuel, mi nuevo nieto, con sus cuarenta días y su mirada de pensador; encontré alta, bella y alegre a Lola, de casi cuatro años (Abuelos y nietos). Mane y Claudio me ofrecieron su pan y su amor, y descubrí -entre tantos y tantos libros que ellos tienen más los cuentos de hadas y sirenas- una nueva traducción de La cruzada de los niños (La croisade des enfants) de Marcel Schwob, en edición bilingüe  (En el principio es la relación). La traducción es de Leticia Hernando, para la editorial la mariposa y la iguana, de Dafne Pidemunt y Leticia Hernando. Y ya verán lo que se me ocurrió hacer con el capítulo llamado “Relato del papa Inocencio III” -¡Dios y las editoras me perdonen!

Relato de Francisco

Un libro de poemas dedicado a “la inmensa minoría”, como el de Juan Ramón Jiménez, es nuestra fe (El proyecto metafísico de Juan Ramón Jiménez). La fe de los poetas no es igual a la mía, ni la fe de los constructores de edificios. Lo bueno es que estas diversas formas de la creencia estén, coexistan. Que las palabras y los ladrillos oren modestamente (La resiliencia de la fe).

Yo, que vengo de lejos, del fin del mundo, ¿en qué mundo estoy? (Apocalipsis. El mundo y su cuenta regresiva). Si girara el tiempo con mis dedos, como un globo terráqueo, me encontraría en la misma celda sin oro de Gregorio III, esa celda que es mi cuerpo y que fue la de él.

Yo soy igual a él, me han dado como a él una corona de espinas. A él le brotaban fuegos artificiales de su corona, para distraer con regocijos al pueblo. De mis espinas nace un birrete simpático y colorido, como de clown. Me lo pongo y me extasío con la gente sonriendo. Toman mi sonrisa y me la devuelven por millones. Ellos entonces tienen mi sonrisa y yo las que no tuvo Gregorio III.

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El Palacio Siniestro

Ya que estamos de recuerdos de lugares extraños, llenos de leyendas y quizá con algún fantasmita corriendo por sus galerías, se me ocurre uno, bien porteño (Leyendas urbanas).

Y cómo no iba ocurrírseme si yo viví veinte años enfrente de esa reliquia. El aspecto exterior es el de un gran palacio implantado en el centro –casi llegando al microcentro- de Buenos Aires (Guía de Buenos Aires).

Cuando mi nieta Antonia tenía cinco o seis años, salíamos al balcón, a verlo por la noche, bajo la luna. Allí vivía el novio secreto de Antonia, un príncipe que llegó cabalgando de los cuentos de hadas (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?). Anto sabía señalarme exactamente la ventana del dormitorio del Imaginado; yo le creía. Y sacábamos fotos oscuras por la nocturnidad, dentro de las cuales cualquier sombra podía ser la del príncipe (Interpretación Hermenéutica de Fotografías).

Cada persona que llegaba a mi casa era conducida primeramente al balcón, el Palacio era un ambiente más de mi departamento del tercer piso; como si dijéramos, los jardines colgantes de Babilonia (Las siete maravillas del mundo).

Todo primero fue así, romántico pero nada tenebroso. Se llamaba, se llama, el Palacio de las Aguas Corrientes; al menos así lo nombraron cuando lo erigieron en 1882, y así lo mencionaba Borges en sus cuentos –ver, por ejemplo, “El Congreso”.

Pero después el romanticismo del edificio tomó un matiz sangriento.

Como yo ya lo tengo relatado hace mucho, en una especie de cuento o de novela que tal vez ya les comuniqué pero que vale para el caso, transcribo el inicio de esas calamidades… Creo que esa especie de novela empieza en el año 2001.

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