Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Vestidos fúnebres

De chicos, la muerte nos parecía algo tan fascinante e inexplicable a mi hermana y a mí, que todos los sábados por la tarde, junto con otros jóvenes, nos reuníamos en el cementerio del pueblo (La muerte).

El cementerio estaba dividido en ricos y pobres, exactamente como el pueblo (Sobrevivir en el naufragio).

Y era la parte de panteones con escaleras, caoba y llaves de plata la que nos atraía (Los relámpagos de la muerte).

Nos sentábamos a conversar en algún frío escalón de mármol, y a fumar, mientras fantaseábamos sobre lo que había allí dentro (Generaciones que consumen generaciones). Calculábamos cuestiones desagradables como el grado de corrupción de los cadáveres, pero enseguida pasábamos a vestirlos de fiesta e imaginarlos vivos en un incalificable escenario del pasado (El cuento de terror).

Nos maravillaban los nombres que estaban inscriptos en cada panteón.

Había Hans, Hellen, Frida, Jacques y Madeleine, Ilsa y Frederik (Inmigración a la Argentina).

Nosotros, los más pobres, ya habíamos olvidado nuestras raíces y nos llamábamos Jacinta, Elena, María, Eduardo, Julio.

Es que nuestro pueblo pertenecía a una colonia que había llegado de diversos lugares de Europa y a la que el Estado le donó una enorme cantidad de tierra. Una parte de los campesinos europeos que vinieron habían hecho fortuna, y la otra parte éramos nosotros, los descendientes de aquellos que no se habían esforzado bastante o bien no habían tenido suerte en las cosechas. Cuando yo era chico, ricos y pobres se la pasaban mirando el cielo y exclamando: “¡que llueva!, ¡que no llueva!, ¡que no caiga granizo!”.

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Les presento a un poeta

Alberto Girri además era tanguero, con una flor en el ojal (Géneros, movimientos literarios y la literatura en el Río de la Plata).

Nació en 1918 y murió en 1991, el día que se daba a conocer que había obtenido un importante premio nacional de poesía.

Su estampa de bailarín de tango (El Tango) y sus vivaces ojos claros ocultaban a un iluminado poeta, expresión que en este caso tiene dos sentidos: era además alguien relacionado con el budismo, un “poeta zen” que elaboraba su trabajo con sobriedad y con la paciencia de un dibujante japonés (El camino a la libertad).

En 1985 yo escribí en el diario El Litoral, de Santa Fe, la siguiente nota sobre su último libro, Monodia. Me parece que es bueno recordar a este poeta cada vez más olvidado y que “cada vez canta mejor”.

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Proyecto Elegancia

Estaba hojeando un diccionario enciclopédico cuando me topé con el nombre de alguien que definiría toda mi vida (El diccionario).

Yo era un niño de diez años en la mitad del siglo XX, y él un personaje del siglo XVIII, inglés (Viajeros ilustrados. El siglo XVIII y el mundo catalogado). No un héroe, no un pirata. Sólo un monumento a la mayor frivolidad y a la mayor estupidez: el Bello Brummell.

Las noticias que daba el diccionario resultaban enigmáticas, demasiado sutiles. Me entregué en cuerpo y alma a averiguar con precisión quién había sido esa persona. Finalmente creo que lo averigüé, después de dedicarle gran parte de mis días de escolar.

Salía de la escuela e iba directo a alguna biblioteca (La biblioteca escolar como vehículo del goce por la lectura). En las de mi barrio encontré poco, alguna que otra referencia más (Esa otra manera de vivir). Cuando cumplí los trece años mis padres me permitieron tomar ómnibus y subtes para acceder a las bibliotecas del centro. Eran otros tiempos. Con sólo decirles adónde iba y a qué hora volvería aproximadamente, me daban libertad.

Papá era un señor formal, alto, delgado, pálido o gris. Su único gasto suntuario consistía en comprar un billete de lotería para Navidad (Un acto informal: juguemos a la lotería). Trabajaba como vendedor en una zapatería de marca conocida, famosa. Éramos casi pobres, pero, según Mamá, felices. Mamá, ama de casa, se afanaba para que así lo fuéramos. La casa resplandecía de limpia como nuestras ropas; la comida era siempre abundante y casera; ella se las ingeniaba para fabricar manjares con poco, con lo elemental (Encuentro con la felicidad).

Y ahora regreso al Bello Brummell. Conseguí averiguar que era hijo de un pastelero del reino y nieto de un portero del tesoro, y que había logrado hacerse amigo íntimo del príncipe regente. Su profesión: árbitro de la moda.

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La rehén

Encontré un cuento de hace algunos años entre mis papeles (La problemática de la mujer en la sociedad a través del tiempo). No sé inclusive si no lo publiqué en alguna oportunidad en este blog. Si fuera el caso, no tiene importancia, porque algo quiero decir también a mis nuevos amigos (Hannah Arendt, la dimensión de la amistad).

Ni siquiera tenía título, y en este momento me importa el título que encontré para ustedes (Bondades o maldades de la globalización en el mundo).

Creo que en algún momento fantaseé con hacer de él una novela, pero ocurrió que en la lengua de la narradora me es un poco difícil imaginar y componer. Yo había encontrado el tono, o creía haber encontrado el tono, de una muchacha del interior con todos los modismos de allí -formoseña, jujeña, riojana, a lo mejor-, y con todo lo que de la lengua culta perdura en las provincias. En Buenos Aires, donde escribí el cuento y viví varios años, eso ya se había perdido hacía mucho (Incomprensión por dos lenguas diferentes).

Antes que nada les diré que, aunque tal vez no sepa resolverlos del todo, me gustan los finales truncados, aquello que se nos pide que construyamos los lectores, el remate. Cada lector le da su forma definitiva, melancólica, terrible, o feliz (Los Tiempos Hipermodernos).

El porteño que llevó a Buenos Aires a mi formoseña o riojana puede quedarse solo o no, puede morir o no, y mi muchacha, si consiguiera huir, puede llegar al paraíso, al país del nunca jamás o al infierno. Todo depende de ustedes… (Es hora de leer).

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Lorelei

Soy Lorelei (Mitología Nórdica 6. Dioses menores); somos tantos fragmentos, que aunque solo apareciera mi cara en esta bola de cristal sobre la que a veces me inclino, podría ver y examinar el mundo (Brujería, un aprendizaje ancestral).

Vi los altos fuegos (Sexocidio en la Edad Media: el peligro de ser mujer).

Los inquisidores sólo deseaban que las malas personas se quemaran en la hoguera para que no tuvieran que hacerlo en el infierno (Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu).

Los inquisidores parecían querer hallar el secreto de mi ser que no habían encontrado en ellos (El gran secreto).

Fui una peregrina por los secretos de la Edad Media, fui una mujer que iba por los caminos enseñando un lenguaje difícil, el de los cátaros –la secta de los puros (Los cátaros del Languedoc)- y a mi lado iba mi marido, que nada tenía que ver con eso, solo era un poeta trovador (Literatura medieval y humanismo).

Nos habíamos conocido en el trayecto, mientras yo predicaba y él trovaba. La gente no sabe cuán grande es el alma de los trovadores, y su amor (Visión general del amor en Persiles).

Yo, como cátara, no debía entregar mi cuerpo al juego del deseo, pero los trovadores tampoco. Aseguraban que el amor es castidad. El juego amoroso para ellos consistía en escandir palabras preciosas de sus versos, darlas como ramos de flores, casi sin mirar a sus amadas.

Las palabras, los versos, iniciaban y terminaban la gran fogata del amor, se brindaba con esto: un vaso de vino compartido era toda la ilusión de una noche, pero qué noche, qué ilusión que quedaba prendida y alegraba el corazón y entibiaba los lechos.

Establecimos con mi trovador una casa, un hogar.

Aunque, como dije, yo sólo predicaba mis creencias.

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La noticia que conmovió al mundo

Gracias por tu inquietante relato, Felipe. Muy bueno (Acerca de “El escuchar: el lado oculto del lenguaje”).

Y por tus disquisiciones crítico-filosóficas, Joise (Hacia una comprensión pedagógica de los valores humanos).

Por la nostalgia de tu amoroso poema, José María (Amor es Nostalgia. Psicoanálisis).

Por tu inspiración, Jesús, Jesús Castillo, escritor cubano, “cuentista a ultranza”: claro que quiero leer todo lo tuyo (A orillas del Aqueronte).

Como siempre, gracias a todos los que posaron sus ojos por aquí, ¡oh golondrinas! (/”La luna de setiembre/” de David Auris Villegas).

Hoy mi cuento es muy raro, y ya verán por qué (El número áureo).

La noticia que conmovió al mundo

Me desperté esa mañana y, antes de levantarme, ya sentí que algo parecía cambiado en el mundo. Los ruidos de siempre -autos, frenadas, ambulancias- se habían atenuado tanto que se oían los cantos de los pájaros, la luz era un milagro al entrar por la ventana y hasta mi cuarto se veía ordenado y las paredes limpias, sin una mancha de humedad.

Me había dormido mirando “Mentes criminales”, serie de la cual era fanática desde que me separé de mi marido, desde que ocupaba la gran cama yo sola; el control remoto todavía estaba en mi mano, sólo había tenido fuerzas para apretar el botón que apaga el televisor y me dormí, anoche. Ahora todo estaba transformado; una fuente de agua muy pura lavaba toda la tierra, imaginé.

Tenía que llamar a los chicos, pero a pesar de mi alegría y de mi calma tenía miedo de que se rompiera el encantamiento. Todas las mañanas luchaba para que salieran de las sábanas tibias, se bañaran, se lavaran los dientes, desayunaran, se pusieran los guardapolvos blancos, reunieran útiles y cuadernos en la mochila, dejaran las lombrices que habían juntado en el jardín, no discutieran sobre de quién era la birome verde y partieran, al fin, cada uno de mi mano, hacia la escuela.

“Un minuto más” -me rogué a mí misma-, “sólo un minuto más en este sosiego inesperado.”

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Mi Emily

Escribo un cuento cada miércoles (Cuentos cortos del profesor Juan Bosch) -a veces esos miércoles se transforman en jueves, y de esto hace más de diez años (La mujer de los jueves no habla)-, para ustedes, y es un acto de amor (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad).

Aunque a algunos mis cuentos les parezcan siniestros o necrófilos, doy lo mejor de mí. Que tal vez, considerando, sea lo peor (Lo siniestro en las Leyendas de Bécquer: La ajorca de oro).

Me divierten el suspenso (Relato policial), la magia y el terror (El terror tiene nombre propio: Stephen King).

Me parecen refrescantes porque -en especial dentro de un cuento- no son reales, y contrastan con las noticias de los diarios. Los crímenes y los horrores sin encanto. El dolor de la gente que camina o navega por el mundo buscando un lugar y de otros detalles de la realidad (¿Es realidad la realidad?).

Elijo en general la primera persona del singular para escribirlos, y me elijo a mí como la relatora o el relator. Es extraño también que a veces me convierta en hombre, que tenga varios oficios y que lo que relato, por desopilante que sea, no me sorprenda mucho (Matemagia: Magia y Matemáticas).

Sea como fuere, les escribo, y recibo a cambio narraciones maravillosas que enriquecen mis historias.

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La rúbrica del artista

Por primera vez desde que estoy aquí conseguí buen cuaderno y buenas lapiceras (Cuaderno hallado en una casa deshabitada, de Robert Bloch). Es un papel ya amarillento  -el amarillo es mi color preferido- con el perfume del papel de alto gramaje cuando se pone viejo: muy dulce, parecido al del bizcochuelo; ¿contendrá azúcar y vainilla? (Coloreando con Martí).

La lapicera es otro objeto amable; se acomoda a mi mano y fluye tinta más rápida que el pensamiento; llega hasta esa región desolada que antes aparecía cuando estábamos solas ella -la lapicera- y yo, frente al cuaderno virgen y yo empezaba a dibujar mis signos (Del sonido al signo) -la escritura, para mí, es pedir socorro en esa región desolada que nombré (Escribir en el Siglo XXI).

Hace ya muchos años que no escribo; lo hago por primera vez desde que me trajeron. Creo que nunca más quise tomar la pluma, de otro modo habría conseguido antes estos refinados instrumentos de placer, al menos hubiera logrado hacerme de un lápiz y una libretita (Trastorno por estrés postraumático).

Pero no, no quería. Escribir fue la causa de todo; la causa de que me condenaran. Es inconcebible la injusticia (La justicia a través de la filosofía); es inexplicable la mente del ser humano, lo impresionante de que una imaginación coincida parte por parte con los hechos y los reconstruya sobre nada, o sobre una página, con una lapicera (La gente me ha dado permiso para pensar. Entrevista).

Era joven y había publicado un libro de cuentos -más delgado que un libro, parecía un folleto. Trabajaba en una revista de turismo, redactaba artículos bastante frívolos y coloridos (Viajeros ilustrados. El siglo XVIII y el mundo catalogado).

El dueño de la revista -además era su director, es decir mi jefe- cambió de pronto de rubro; los placenteros viajes terminaron y la revista se volvió amarilla. Él había advertido que el crimen y el terror resultan más atractivos para los lectores que los paisajes bellos.

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Los misterios del amor

Cuando me preguntan por qué no me casé (Hermógenes calla), o tuve alguna novia, alguna amante fija, contesto que no tengo el don de enamorarme; evado fácilmente con esa respuesta posibles acosos del tipo: “Todavía estás a tiempo”, o “Podría presentarte una señorita” (El amor, un sentimiento que mueve al mundo)

Es que aunque al mencionado “don” lo poseo en grado extremo (Test de Dominancias Cerebrales), tal vez por eso mismo sigo enamorado de la misma persona imposible desde hace cuarenta años -ahora tengo sesenta (La media luna, o lo que ya no será)

Fue un rayo (La orden del caballero maestro). Cayó sobre mí partiéndome. Me dividió en muchos fragmentos, ninguno de los cuales logró amar nunca otra vez más que a ella, cuyo nombre supe unas horas después del rayo: Elisa.

El lugar y el instante en que la conocí podría parecer peligroso, casi perverso, pero es más puro aún que un nacimiento, porque se podría decir que nací allí mismo (Amores altamente peligrosos).

Mi trabajo, mi esfuerzo, se acrecentaron. Y ya sabía que jamás iba a tenerla. No me esforzaba por Elisa, sólo para olvidarla. Y era tanta mi imposibilidad de hacerlo que debí redoblar mis esfuerzos y luego triplicarlos, y cuatriplicarlos, y así hasta el infinito, sin conseguir absolutamente nada de olvido. Sólo me convertí en un magnate, alguien lleno de citas y esperas, congresos, vacaciones exprés, almuerzos de trabajo, en eso que nunca quise ser, lleno de lujos que no quería tener y de empleados que, por mi solo poder, me temían (El Poder).

El principio de la historia es sencillo. Yo iba a la facultad de ingeniería, y el único horario en que podía concentrarme para estudiar era de noche.

En el aula conseguí a una compañera que estaba dando las mismas materias que yo y que tenía el mismo problema: sólo a la noche podía concentrarse.

Lara y yo nos empezamos a reunir ya bien caído el sol, para estudiar juntos en mi casa o en la suya.

Ella era inteligente y con ese encanto de las chicas serias que, aun siendo atractivas, no piensan en el amor. O todavía no piensan.

Yo tampoco pensaba en el amor, aunque ella un poco me gustaba.

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“Dejar la red abierta por un lado”

La asombrosa frase que da nombre a mi entrada de hoy es de Chao-Hsiu Chen. Su libro se llama Astucia sonriente, con traducción de Mónica Scholz para la Editorial Edaf, de Madrid, en 2001. En su tapa reza además del título: “108 estrategias de la antigua China para conseguir el éxito” (La breve sonrisa de Confucio…).

No me lo regalaron, ni lo encontré entre los ocultos libros-sorpresa de mi biblioteca (Saber leer).

Lo compré para ustedes en una mesa de saldos -generalmente compro allí mis libros en la actualidad, y son los que más placer me producen (La felicidad, esa constante búsqueda).

Quería devolverles algo, hacerles un regalo, no sabía cómo, algo muy personal para cada uno de ustedes (Entre Eva y Pandora - Cuento).

Confieso que estoy un poco harta de los párrafos, las frases, las líneas, cada palabra, de los textos llamados de autoayuda (Impacto de los libros de autoayuda en el desarrollo de la sociedad en el siglo XXI).

Siempre estuve harta, antes de siquiera abrirlos.

Pero a éste lo hojeé -parada frente a la mesa de saldos- y le encontré algo distinto.

Será por su antigüedad, por su “sabiduría milenaria”, por lo original y ácido de su enfoque, por la falta de mermelada y confites pero no de poesía.

Son bocados de la más alta cocina china, pero salados. Condimentados a veces, a veces exquisitamente amargos (Los pares de opuestos).

Pensé en ustedes, en qué les iba mejor uno por uno.

Todo puramente intuitivo, ayudada por un poco de raciocinio -de eso, en mí, no hay sobrantes- considerando lo que me han escrito (Informe del juicio, el raciocinio y el razonamiento).

Hay gente nueva que apenas conozco, aunque soy tan valiente que me animé a equivocarme.

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