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	<title>Editorial Monografias.com</title>
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	<description>por Mora Torres</description>
	<pubDate>Thu, 19 Nov 2009 12:13:53 +0000</pubDate>
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		<title>El mapa de la fuga</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Nov 2009 18:52:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Editorial]]></category>

		<category><![CDATA[Adolfo Bioy Casares]]></category>

		<category><![CDATA[Borges]]></category>

		<category><![CDATA[Freud]]></category>

		<category><![CDATA[nouvelle]]></category>

		<category><![CDATA[novela]]></category>

		<category><![CDATA[Truman Capote]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy mi propuesta es una nouvelle redactada en muy breves capítulos (El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza). Escribí apenas la primera parte, como prueba; ¿funcionará?
Se trata de expresar casi con monosílabos -esto es exagerado- las experiencias de una mujer-esclava (Trata de blancas en la Ciudad de Quito), cuya vida se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy mi propuesta es una<em> nouvelle </em>redactada en muy breves capítulos (<a href="http://www.monografias.com/trabajos34/corazon-herido/corazon-herido.shtml" target="_blank">El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza</a>). Escribí apenas la primera parte, como prueba; ¿funcionará?</p>
<p>Se trata de expresar casi con monosílabos -esto es exagerado- las experiencias de una mujer-esclava (<a href="http://www.monografias.com/trabajos36/trata-de-blancas/trata-de-blancas.shtml" target="_blank">Trata de blancas en la Ciudad de Quito</a>), cuya vida se centra en el diseño de un mapa de fantasía en donde están los lugares adonde desea fugarse, y tal vez lo consigue (<a href="http://www.monografias.com/trabajos49/mapas-conceptuales/mapas-conceptuales.shtml" target="_blank">Mapas conceptuales</a>).</p>
<p><em>Plan de evasión</em>, podría llamarse la <em>nouvelle</em>, si no fuera porque hacia 1945 se me anticipó Adolfo Bioy Casares con ese título y una novela deslumbrante (<a href="http://www.monografias.com/trabajos5/invmor/invmor.shtml" target="_blank">La invención de Morel</a> y <a href="http://www.monografias.com/trabajos17/algunos-borges/algunos-borges.shtml" target="_blank">Algunos Borges de Jorge Luis Borges</a>).<br />
<strong><br />
<span style="color: #990000">Un borrador del mapa de la fuga</span></strong></p>
<p><span style="color: #990000"><strong>I</strong></span></p>
<p>Debí esperar un poco para abrir el libro. Sin costumbre de lectura más que la Biblia (<a href="http://www.monografias.com/trabajos67/aprender-vida/aprender-vida.shtml" target="_blank">Enseñanzas de vida</a>), aunque sí ganas, desde lejos, esa tarde había entrado en una librería por primera vez (<a href="http://www.monografias.com/trabajos50/libros-para-superarnos/libros-para-superarnos.shtml" target="_blank">Libros para superarnos</a>). Venía una música suave; las personas no hablaban, no parecía haber dueños ni vendedores. Los libros estaban apilados sobre las mesas, con carteles: “Ofertas: dos pesos, tres pesos, cinco pesos”. Yo había pensado que los libros eran inalcanzables.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>II</strong></span></p>
<p>El solo ruido de abrir el libro, con ser tan mínimo, me sonó fuerte, capaz de despertarlo a él, que no debía saber que yo tenía la luz encendida. Pero me dije que eran cosas mías, por el gran silencio de la noche. Él dormía bastante lejos, porque yo me acababa de trasladar a la piecita que estaba junto a la cocina. Minúscula, con un baño pequeñísimo también, me alegraba tener pieza y baño propios; “los de servicio”, decía él.</p>
<p>Convinimos dormir en habitaciones separadas un tiempo; yo deseaba que fuera para siempre.</p>
<p>Pensé que la pasaría mejor todavía, ya que estaba a partir de un confite por la alegría de no dormir con él, con esa novela entre las manos por las noches, por eso la compré, y además el título me pareció sabroso, como de un drama, pero que él no se enterara por la luz. Se enteraría sólo si venía a ver, porque entre la piecita y el dormitorio estaban la cocina y el living, no podía verse ninguna raya de luz (<a href="http://www.monografias.com/trabajos12/quesluz/quesluz.shtml" target="_blank">¿Qué es la luz?</a>).</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>III </strong></span></p>
<p>No sabía si me gustaría leer esas cosas aunque me gustara el título. Él no me permitía leer el diario ni libros más allá de mi Biblia, y yo podría haber perdido la costumbre; en mi pueblo leía algunas revistas y hasta libros de lectura que le habían quedado de la escuela a mi tía, nunca más había leído nada más que la Biblia, que me parecía un poco mi pueblo, la gente de mi pueblo, desde que llegué aquí; él tampoco tenía televisor.</p>
<p><span id="more-1414"></span></p>
<p><span style="color: #990000"><strong>IV</strong></span></p>
<p>La tía Estercita era maestra de escuela en el pueblo y le encantaba leer y escribir versos, y hacía entre nosotras, con mis primas y mi hermana, concursos de composiciones. Ella primero nos hablaba de la belleza de las flores, del canto de los pájaros, de la pureza de los ríos, para que después escribiéramos. Nunca me gané ninguno de los concursos porque no me gustaba poner tantas veces juntas hermoso y delicado y bello y cristalino, pero sí me gustaba cuando la tía Estercita, en lugar de hablar de la naturaleza, nos contaba cuentos de terror o cosas que habían pasado en el pueblo que daban miedo. También me gustaba que nos leyera la Biblia; un día me la regaló y yo la seguí leyendo hasta ahora, me la traje cuando huí del pueblo. Por la tarde, después de hacer las cosas, me sentaba a leer la Biblia; eso era lo único que él me permitía. Ya me sabía de memoria las carpas y las arenas, las familias de esos hombres y el cantar del rey (<a href="http://www.monografias.com/trabajos28/freud-exodo/freud-exodo.shtml" target="_blank">Freud y El Éxodo</a>).<br />
<strong><br />
<span style="color: #990000">V</span></strong></p>
<p>Escuché un ruido, apagué la luz.</p>
<p>No era nadie, me pareció, o los vecinos, o gente que andaba, lejos, por la calle. Distanciados, sí se escuchaban sonidos sedosos que formaban parte del gran silencio que ya dije.<br />
<strong><br />
<span style="color: #990000">VI</span></strong></p>
<p>Menos le gustaría que yo leyera una novela, no solamente el gasto de la luz. Eso era lo primero, que no leyera, más que el gasto. O las dos cosas, porque él era mezquino, pero especialmente quería como mujer una dócil sumisa que no aprendiera en ningún libro nada, ni diversiones ni filosofía, él decía que era boñiga, para las mujeres, la filosofía. Y yo le contestaba que de todos modos aprendía filosofía en la Biblia. Él insinuaba que era lo único permitido en ese aspecto.<br />
<strong><br />
<span style="color: #990000">VII</span></strong></p>
<p>Miraba la rosa en el vaso que puse en la piecita y le preguntaba, como si la rosa fuera la médica del pueblo que siempre contestaba sobre amores, especialmente, o sobre las cosas del cuerpo. No me contestaba la rosa pero me parecía que las palabras venían de allí como consejos. Y escuchaba. Decía “no”. Lo decía como una madre, una curandera, alguien mayor, y ya entendía que tenía que decirlo yo misma. Al lado estaba el reloj despertador que era el que decía “no”, con la palabra que yo le ponía para que dijera repiqueteándome en la cabeza: “no”. La rosa estaba allí en el vaso, y yo en la pieza me vi presa en un vaso de agua. Si me encogía me ahogaba, si trataba de salir me marchitaba donde estaba la sequía. Él era el carcelero dándome agua, porque si no me moría como la rosa. Las cosas de mi pieza eran mis únicos compañeros, y me veía aparecer entre ellas, podía verme bien allí como si mirara a otra persona o estuviera soñando conmigo misma. Veía mi propia figura caminar por el escaso lugar, de aquí para allá, tigre encerrado o canario de Estefanía. En jaulas. Aunque al canario de Estefanía no lo conocía porque aún no había abierto el libro, lo tenía en mis manos todavía cerrado.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>VIII</strong></span></p>
<p>¿Quién llevó mis manos a elegir la novela que me iba a revelar todo eso? Me parecía asombroso, después, que me dijera todo, porque ni más ni menos era la historia de una vieja y nada más. Me revelaba todo porque tenía que ver con destinos de gente, porque una cosa me pedía en mí que hiciera por salir de la cárcel, y mostraba, por ejemplo, las cartas que Estefanía, la protagonista, escribía. Para que hiciera algo parecido para buscar a alguien.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>IX</strong></span></p>
<p>Lo que más temía él no era que yo leyera ni encendiera la luz, aunque eran graves esas cosas, sino que me acostara con otro. Yo lo dejaba que pensara en esa posibilidad porque lo único que me distraía de vivir con él era ese miedo, un poco, que yo le tenía, como si fuera un ogro de los cuentos, pero sabía perfectamente, yo, que no me acostaría con ningún otro hombre porque no me gustaba. Enamorarme sí podía, aun con el peligro, pero acostarme no porque no me gustaba que me arrancaran la ropa y me tiraran en el piso o en la cama y me hicieran doler; no entendía cómo a algunas mujeres sí.</p>
<p>Ahora, por suerte, él decía que era porque se daba cuenta que a mí no me gustaba que hicimos el acuerdo, pero desde antes no me gustaba y él sabía, me parece que quiso el acuerdo de cuarto separado porque estaba viejo; ya mucho antes me buscaba menos, y yo feliz, pero más feliz todavía de dormir sola.</p>
<p><strong><span style="color: #990000">X</span><br />
</strong><br />
No conocía muchas personas de acá; salía a pasear por las calles del centro, porque vivíamos en pleno centro, pero no hacía relaciones, por la prohibición; yo no quería que se me complicara la vida cuando salía a hacer las compras. No tenía tampoco tanto miedo; si hubiera sentido una fuerte necesidad de hacer una amistad o compañía lo hubiera enfrentado, pero no; me quedaba sumisa porque no tenía ganas de nada, no por dócil. Yo no era mujer dócil como creía él. Ahora empezaba a leer porque tenía ganas. Pensaba también que en cualquier momento él iba a querer que volviera al menos una noche a su cuarto, así que debía disfrutar por ahora.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>XI</strong></span></p>
<p>En mi pueblo las pasaba peor, acá era reina y dueña si no fuera por las descrencias de él en los hombres y desprecio de las mujeres. Lo único, que me hubiera gustado enamorarme. Él me salvó cuando me trajo, sí, pero me gustaría el amor de verdad, no el de compromiso, no el de gracias. No, como en la cocina de mi casa, que se juntaban muchos hombres a beber, casi todos los del pueblo, que me tocaban y llenaban de zalemas, y alguno me quería llevar hasta la cama, pero yo era la más fuerte. Me admiraba, mi hermana. Y mis primas también. No sabían cómo podía resistir, hablaban de mi carácter como una prenda, una joya de firmeza. Y al final, tuve que darle lo que conservaba con ese esfuerzo, a manotazos, sacándomelos de encima como quien mata moscas, dárselo a él.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>XII</strong></span></p>
<p>Abrí el libro, dije, y el chasquidito me asustó, era por el silencio que había. Yo conocía otros silencios más inmensos, me quedaba como si no hubiera nacido, de tan quieta y callada, mirando las luces malas, los demonios que estallaban adentro, y la risa de mi hermana me partía en dos, porque era el momento en que yo estaba sola, recogida, aguardando por mi pensamiento del miedo, o me retiraba en mí para pensar qué iba a ser de grande. Me proponía cosas del futuro, sobre todo soñaba un chico pálido, de dientes muy blancos y sonrisa inocente, que parecía tener el corazón de diamante transparentándosele en la sonrisa. Esas eran mis cosas de moza, cándidas. Y por eso luchaba contra los de la cocina. La fuerza me la había dado tía Estercita, la maestra del pueblo, a quien jamás podía hablarle de esas defensas mías; ella había vencido todo destino para ser maestra, pero no contra hombre. Contra los hombres había que callar y dejar, decía. Ella me había dado la fuerza de la inteligencia solamente. La inteligencia de no aceptarlo todo, aunque ella eso lo aceptaba.</p>
<p><strong>XIII</strong></p>
<p>A mí que me dijeran que esto era blanco o negro no me conformaba; quería tocar lo blanco, si se pudiera, llegar a oler lo blanco, si también se pudiera, usar instrumentos propios que certificaran que era blanco, o negro, pero no porque me lo enseñaran creerlo así; por eso solamente estaba de acuerdo con algunas cosas que él decía, y a lo demás no le decía que sí, le discutía aunque él me prohibiera discutir y no siguiera con la discusión porque tenía palabra santa. Todo siempre empezaba y terminaba en el silencio.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>XIV</strong></span></p>
<p>Él me sacó de un apuro infinito cuando llegó al pueblo. Estaba bebiendo con la gente de mi casa, no sé cómo llegó de Buenos Aires allí. Uno de ellos, de los amigos de mis parientes, era policía, y esa vez no pude evitar que el policía me arrastrara a algún sitio, pero no a la cama sino a un descampado. En el campo, un descampado. La gente de acá se cree que un pueblo es el campo y no lo es, queda cerca pero no lo es. Hay casas una al lado de otra como en Buenos Aires. Me llevó a un descampado y quiso besarme antes, pero yo no quise y él me dijo que tenía el revólver, el revólver de policía del pueblo, que fuera buena. Le dije que no creía que me fuera a matar y él lo sacó. Yo se lo arrebaté y no me acuerdo, se me borró, pero dijeron que yo lo había matado.</p>
<p>Y él me sacó del pueblo diciéndome que me iban a meter en la cárcel, pero yo sé que no porque fue en defensa propia, si es que fue. Él, que es abogado, me lo dijo después. Pero él cree que sí fue, y que como era policía de todos modos me iban a encerrar. Igual me salvó, porque hubiera sido para siempre la marcada, yo, y nadie me hubiera elegido por esposa, mucho menos el pálido, mucho menos hubiera llegado a enamorarme.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>XV </strong></span></p>
<p>Venir con él a Buenos Aires me encantó al principio. Casi nos fugamos, me hizo creer que era una especie de rapto, me hablaba con romanticismo. Yo tenía dieciocho años y él cincuenta, ahora tengo 25. Nunca más supe de mi pueblo; no les escribí. Mejor dicho, un día empecé a sentir que en realidad me habían puesto presa, que en realidad yo había matado y me habían puesto presa de verdad, acá, y ya no soportaba la cárcel, esta cárcel. Entonces escribí en un papel, pero no mandé nada, porque de pronto comprendí que él tenía todo el derecho a hacerme prisionera, aunque más que eso, era esclava.</p>
<p>No pienso ya lo mismo ahora. Primero porque no lo maté, me lo hizo creer él y los de la cocina; segundo, porque si fue en defensa propia, el culpable era el policía; tercero porque aun habiendo matado, yo no tengo por qué sufrir así, aun si hubiera matado no por defensa propia sino por simple gusto. Y no escribí además porque no me hubieran hecho caso; consideraban que yo había tenido mucha suerte al juntarme con él y venirme a vivir a una ciudad como ésta.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>XVI</strong></span></p>
<p>Salía solamente a hacer las compras; él me daba justo la plata que tenía que gastar y ésas eran mis salidas. A la novela la compré porque se juntaron dos liquidaciones, la de la librería y la del supermercado. Con lo que me sobró del supermercado, apenas dos pesitos, compré el libro que ahora iba a leer<br />
<strong><br />
<span style="color: #990000">XVII</span></strong></p>
<p>Parece que él vio la luz; no dijo nada, pero hizo insinuaciones: si había dormido, si había estado hasta tarde dando vueltas en la pieza. Yo le quería preguntar algo que leí, que me quedó como curiosidad extrema: ¿hombres vestidos de mujer y llamados con nombre de mujer? No sabía cómo preguntarle, de dónde, decirle, lo saqué.</p>
<p>Estábamos en la mesa, con la calabaza rellena de queso y de la propia calabaza, que preparé, al horno.</p>
<p>Hacía ruido al tragar el vino, porque tenía dificultad. Las gotas de vino bailaban después alrededor de su bigote, a mí me fascinaba mirarlas, pero me daba asco, aunque ya estaba acostumbrada. También me daba asco que se pusiera la dentadura en la mesa para poder comer y que después se la sacara, de sobremesa, y la dejara al lado de la copa.</p>
<p>Empecé a preguntarle pero no me escuchó. Se levantó para salir. Era mejor todavía eso que yo saber qué es un hombre vestido de mujer y con nombre de mujer, María, por ejemplo.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>XVIII</strong></span></p>
<p>Al nombre María Venus nunca lo había escuchado, lo vi en la novela. Me dieron ganas de seguir leyéndola, pero eso me delataría en algo, porque él se daría cuenta de que yo no había arreglado la casa, no había hecho los mandados, que por algo sería, y empezaría la pesquisa. Era abogado, aunque ya no quería trabajar; trabajaba apenas en uno o dos casos, y más jugaba al póquer.</p>
<p>Mejor leía de noche, cada noche. Total me parecían largas, la noche y la novela. Era otra vida, como estar viviendo otra vida, me parecía. Y otra cosa que me parecía era que la verdulería de la novela quedaba cerca de mi casa. La había visto al pasar. Sí, en el centro, como en la novela.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>XIX</strong></span></p>
<p>A Estefanía se le había descompuesto la aspiradora y tenía que dejar todo arreglado antes de salir de viaje. Limpió hasta los techos, y de pronto se sintió libre porque podía limpiarlo todo sin temor a que la alfombra se ensuciara; ya estaba muy sucia, no había arreglo. Aunque lustró muebles y bronces, vidrios y fuentes de plata, el piso, todo alfombrado, quedó sucio, y ella se sentía libre; cuando la aspiradora funcionaba, no podía limpiar de esa manera.</p>
<p>Estefanía era parecida a mí en eso de la libertad. Ser libre, muy libre, pero hasta donde las circunstancias lo permitieran. Ella necesitaba dejar muy limpia toda la casa antes de irse de viaje, y la dejó completamente limpia. El piso, o sea la alfombra, ya era otra cosa, porque se le había descompuesto la aspiradora. No se podía.</p>
<p>Estefanía, después de limpiar toda la casa, se ponía a preparar la valija. Se había comprado una valija de cuero, muy fina, y la estaba preparando con ilusión. Parece que iba a hacer un viaje para encontrarse con Blas, a quien había conocido por carta.<br />
<strong><br />
<span style="color: #990000">XX</span></strong></p>
<p>En el primer capítulo yo había leído que, en la esquina de Estefanía, habían inaugurado una fantástica verdulería, y que se hizo amiga de la verdulera, no del verdulero. Era serio, ceñudo, como él.</p>
<p>Esta verdulería me intrigó, ya lo dije. Había una igualita muy cerca de mi casa.</p>
<p>Porque Estefanía era viuda, se compró un canario para que le hiciera compañía. Mientras hacía la valija pensaba en estas cosas; lo único que no decía era con quién quedaba el canario ahora que ella se iba de viaje.</p>
<p><strong><span style="color: #990000">XXI</span><br />
</strong><br />
En la verdulería, Estefanía conoció a María Venus, un hombre con traje de mujer que actuaba como mujer. Pero ella reconoció en esa mujer a un antiguo vecino, un chico de dieciséis años que solía ir a su casa a mirar televisión mientras ella cosía. La primera vez, cuando María Venus se dio vuelta y la vio de frente, Estefanía exclamó: “¡Pero Panchito!, ¿de qué te disfrazaste?”. Ella después iba a contar cómo volvió a hacerse amiga de Panchito –porque, con mi curiosidad, espié algunas hojas que estaban más adelante en el libro-, pero por ahora estaba ocupada con su propia historia: se había enamorado por carta de Blas, un hombre de 35 años, y ella tenía 60 y le mintió que 47. También le mintió diciéndole que vivía en una ciudad del interior, y desde allí le escribía, porque todos los meses iba a ver a su hermana, postrada. Estaba haciendo la valija para viajar a esa ciudad, llegar a la estación y volver, como si viviera allí y viniera por primera vez a Buenos Aires para encontrarse con Blas, su enamorado por epístolas.<br />
<strong><br />
XXII</strong></p>
<p>Me proponía crear de nuevo el mundo, pero las cosas se me escapaban. Eran un naipe de él, el alpiste del canario de Estefanía, los ojos de Blas, y en el momento en que los reunía se derrumbaban porque decía: el naipe tiene que irse, ése no es parte, y en realidad era lo único tangible; estaba ahí. También podía tocar la novela, pero no la mano escribiendo de Blas o Estefanía ni la verdulera o el verdulero acomodando fruta. Y todo eso, sin embargo, estaba ahí.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>XXIII</strong></span></p>
<p>Compré esa misma tarde un mapa para ponerles a las provincias los nombres de lo que quería para mí. A Buenos Aires, primero, le puse Malos, y no Aires sino Vientos: Malos Vientos. Enseguida me di cuenta que no hacía más que jugar con las palabras. Malos Vientos significaba para mí tan poco como Buenos Aires, así que taché y escribí Corazón Desganado, que era lo que significaba, para mí. Era el corazón de Blas. A la provincia de Santa Fe le puse Puerto de Palos. Porque de allí zarpó Estefanía, en realidad, para venir a encontrarse con su ángel. Y después, sobre mi provincia escribí Pueblo del Muerto, y a otras las tomé, en parte, mías, y les escribí nombres con un significado secreto; Tucumán era “María Venus”; Córdoba, “El nombre del marido”. Este último era doble, de sentido: el nombre que no podía pronunciar Estefanía, porque para ella era imposible pronunciar el nombre de los que se mueren, menos parientes tan cercanos, y el nombre, también desconocido, de mi futuro marido, cuando fuera.</p>
<p>Ahora tenía otra cosa para esconder con el libro, ese mapa.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><span style="color: #990000"><strong>Envío</strong></span></p>
<p>Hoy no quiero dar nombres, tan sólo por hacerme la misteriosa&#8230;</p>
<p>Pero esos tres a quienes dedico todos mis besos, y también mis amores, saben bien que son ellos&#8230; (aunque no uso anteojos para leer, a pesar de que, en ocasiones, como personaje, me he adornado con ellos en mis escritos).</p>
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		</item>
		<item>
		<title>Pocas palabras para la muerte y la poesía</title>
		<link>http://blogs.monografias.com/editorial/2009/11/11/pocas-palabras-para-la-muerte-y-la-poesia/</link>
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		<pubDate>Wed, 11 Nov 2009 18:36:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Editorial]]></category>

		<category><![CDATA[poesía]]></category>

		<category><![CDATA[poeta]]></category>

		<category><![CDATA[versos]]></category>

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		<description><![CDATA[La santidad del poeta, que existe en realidad, le viene por estar distraído del mundo (El lugar de las devociones). Uno cuando come no es poeta, uno cuando fuma no es poeta, y no porque esas tareas sean convencionalmente &#8220;prosaicas&#8221;. El poeta hace viajes fuera del mundo y percibe (Los Mecanismos Físicos y Metafísicos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La santidad del poeta, que existe en realidad, le viene por estar distraído del mundo (<a href="http://www.monografias.com/trabajos909/lugar-devociones/lugar-devociones.shtml" target="_blank">El lugar de las devociones</a>). Uno cuando come no es poeta, uno cuando fuma no es poeta, y no porque esas tareas sean convencionalmente &#8220;prosaicas&#8221;. El poeta hace viajes fuera del mundo y percibe (<a href="http://www.monografias.com/trabajos44/existencia-relativa/existencia-relativa.shtml" target="_blank">Los Mecanismos Físicos y Metafísicos de la Existencia Relativa</a>); el poeta es ocasional, viajeramente poeta. Cuanto más permanece en su condición, más adquiere esa pureza, esa incontaminación, que hace al santo. No es difícil verlo.</p>
<p>Pero más allá, estoy empezando a Ver (<a href="http://www.monografias.com/trabajos62/logoterapia-organizacional/logoterapia-organizacional.shtml" target="_blank">Hacia la Construcción de una Logoterapia Organizacional</a>)</p>
<p>VEO: me pregunté esta tarde por el deseo de lo Más y lo Mejor. Ser el más inteligente, bueno, y bello. Ser el Mejor poeta.</p>
<p>El trabajo es silencio, es Menos (<a href="http://www.monografias.com/trabajos67/significado-trabajo/significado-trabajo.shtml" target="_blank">Significado y motivación del trabajo</a>).</p>
<p>El trabajo del poeta es silencio (<a href="http://www.monografias.com/trabajos45/pedagogia-del-silencio/pedagogia-del-silencio.shtml" target="_blank">Hacia una pedagogía del silencio</a><a href="http://www.monografias.com/trabajos45/pedagogia-del-silencio/pedagogia-del-silencio.shtml"></a>). Volver milagro las palabras (<a href="http://www.monografias.com/trabajos902/las-virgenes-negras/las-virgenes-negras.shtml" target="_blank">Vírgenes negras</a>), hacerlas sonar, se hace en pleno silencio. Por eso escribí un verso que cuenta telarañas. Que ninguna vibración invada el trabajo del poeta para que no se rompan esas telas que se rompen con suspiros apenas; telas de telaraña que son los signos que el poeta descifra y traduce.</p>
<p>Quiero: trabajar en silencio, en modestia, casi en misticismo, digamos en ascesis, la poesía de mi alma que es como la poesía de todas las almas (<a href="http://www.monografias.com/trabajos910/carta-adolescentes-infames/carta-adolescentes-infames.shtml" target="_blank">Carta a los adolescentes infames</a>). Lo que me diferencia es, en los que no son poetas -o no trabajan la poesía- que ellos no lo saben o, acaso, no lo desean.</p>
<p>Pero el que Ve del todo lo desea.</p>
<p><span id="more-1381"></span></p>
<p>Quiero quedarme quieta, silenciosa, sin guerras interiores; dar mi poema.</p>
<p>&#8220;He tenido mi visión&#8221;, dice la pintora de <em>Al faro</em>, de Virginia Woolf (<a href="http://www.monografias.com/trabajos26/literaturas/literaturas.shtml" target="_blank">Literaturas</a>)</p>
<p>Cada poeta que se sabe así, debe dar un fragmento, buscarlo hasta tallarlo, conseguirlo, revolver cielo y tierra hasta eso, su fragmento. No abatirse por lo innumerable, por lo genial, que ya está dado. Ninguna biblioteca está completa hasta que no contenga ese fragmento (<a href="http://www.monografias.com/trabajos902/sentido-de-babel/sentido-de-babel.shtml" target="_blank">El sentido de Babel</a>).</p>
<p>Trabajo velado, silencioso, de mendigo, sin fastos, sin fiesta, sin dinero (<a href="http://www.monografias.com/trabajos51/el-dinero/el-dinero.shtml" target="_blank">El Dinero</a>). El más lujoso del hombre, sin embargo (<a href="http://www.monografias.com/trabajos36/siete-maravillas-mundo/siete-maravillas-mundo.shtml" target="_blank">Las siete maravillas del mundo</a>).</p>
<p>¿Y por qué el Más? ¿Por qué el Mejor? ¿Por qué el Más? ¿No era que debían eliminarse el Más, el Mejor?</p>
<p>Sí lujoso, no el Más. Quise contrastar, perdón.</p>
<p>Sin más, en vías del menos en realidad. Existe lo menor. Lo que no existe es lo mayor.</p>
<p>Es precioso. No es lo más precioso. No es lo menos precioso.</p>
<p>Conseguir un poema, una vida, un soplo. Un instante de paz. Un poco de belleza, éxtasis, perfumes. Transmutar lo horrible en palabras que no sean horribles y formando lo hermoso digan lo horrible, tarea de poetas. Pero no la única tarea del hombre. Tarea mía y de otros, no de todos. Hay otras. Ninguna Más ni Menos importante.</p>
<p>Hay otras caras que han sido bellas. Unas fueron particular, individual o deformadamente bellas. Otras tuvieron la belleza que todos ven. Ninguna fue la más bella.</p>
<p>Y la inteligencia&#8230; Oh, Dios, dame inteligencia para pensar sobre la inteligencia. Creo con sinceridad y quizá con locura que el hombre está equivocado.</p>
<p>Belleza, bondad, inteligencia, talento: mundo suave.</p>
<p>La santidad y la poesía se hacen con materia distinta:</p>
<p>Atravesar el papel hasta lo desconocido, con música de solas palabras, poner los dedos en la luna con la mirada, irse hacia dentro del espejo más. Atravesar el papel y por ese agujero llegar al conocimiento íntimo de lo extraño, esto quiero fijar en un poema que tenga lo menos posible de palabras, incendiar las páginas como hojas resecas que se queman para ordenar el paisaje, incendiar y agujerear el papel hasta lo inconcebible que será concebido en ese lugar de llegar en el preciso momento de llegar cuando caigan los velos.</p>
<p><strong>Perdón, voy a hablar de la muerte</strong></p>
<p>Debo escribir lo que es la muerte para mí, pero con sinceridad, sin subterfugios: un horror sagrado del mármol y el olor descompuesto de las flores y de la ceremonia y el cajón. En el fondo, y no quisiera hacer una acotación excesivamente cruel o cínica, para curarme del espanto de la muerte bastaría con que los muertos desaparecieran, fueran ocultados al morir.</p>
<p>Uno se entera de que alguien murió y puede llorar sin pompa su ausencia; nada ve de la carne de los muertos. ¿Por qué ocuparse los vivos de la carne muerta? ¿Qué ansiamos proteger, qué guardar?</p>
<p>La muerte debería ser una desintegración en humo, y aun este humo, invisible. ¿Y si los científicos encontraran el modo? Dirían: qué infame el progreso, cómo deshumaniza a la muerte.</p>
<p>Pero la muerte es inhumana, y en realidad nada mejor que su deshumanización. ¿Qué son los muertos ahora? O sólo polvo o algo más que humanos.</p>
<p>Y como nunca sabremos desde acá&#8230;</p>
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		<title>Las palabras obscenas entre las azucenas</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Nov 2009 17:52:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Editorial]]></category>

		<category><![CDATA[adolescencia]]></category>

		<category><![CDATA[Eros]]></category>

		<category><![CDATA[ética]]></category>

		<category><![CDATA[palabras obscenas]]></category>

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		<description><![CDATA[Me digo -con humor (Sentido de humor y perfeccionismo)- que últimamente estoy tocando temas algo desenfrenados, y siempre referidos a lo sexual (Crítica a la moral sexual autoritaria).
Yo, tan seriecita desde joven (Identidad juvenil), ¿seré confundida con una pornógrafa?
Mis entradas, ¿serán buscadas con frenesí en Internet, como se buscan las &#8220;malolientes&#8221; páginas de pornografía? (Consideraciones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me digo -con humor (<a href="http://www.monografias.com/trabajos47/sentido-de-humor/sentido-de-humor.shtml" target="_blank">Sentido de humor y perfeccionismo</a>)- que últimamente estoy tocando temas algo desenfrenados, y siempre referidos a lo sexual (<a href="http://www.monografias.com/trabajos43/moral-sexual/moral-sexual.shtml" target="_blank">Crítica a la moral sexual autoritaria</a>).</p>
<p>Yo, tan seriecita desde joven (<a href="http://www.monografias.com/trabajos64/identidad-juvenil/identidad-juvenil.shtml" target="_blank">Identidad juvenil</a>), ¿seré confundida con una pornógrafa?</p>
<p>Mis entradas, ¿serán buscadas con frenesí en Internet, como se buscan las &#8220;malolientes&#8221; páginas de pornografía? (<a href="http://www.monografias.com/trabajos49/etica-internet/etica-internet.shtml" target="_blank">Consideraciones de carácter ético y moral en el desarrollo de Internet</a>)</p>
<p>Bueno, no me contesten, ya sé que no. Era sólo una broma (<a href="http://www.monografias.com/trabajos910/mas-alla-feminismo/mas-alla-feminismo.shtml" target="_blank">Más allá y más acá del Feminismo</a>) para celebrar la erotización de mis últimos escritos (<a href="http://www.monografias.com/trabajos910/transmutacion-escritura/transmutacion-escritura.shtml" target="_blank">La transmutación de la escritura</a>).</p>
<p>¿Y por qué no agasajar a Eros, a Eros que está vivo todavía, y no al doliente Tánatos? (<a href="http://www.monografias.com/trabajos44/la-muerte/la-muerte.shtml" target="_blank">La muerte en la historia</a>)</p>
<p>El cuento (<a href="http://www.monografias.com/trabajos37/el-cuento/el-cuento.shtml" target="_blank">El cuento y sus características</a>) que transcribo para ustedes es inédito pero fue escrito ya hace unos años. Pretende ser el extracto del diario de una mujercita muy libre y singular, castigada por estas dos hermosas virtudes al punto de ser internada en un colegio de monjas.</p>
<p>En mis tiempos -y en la Argentina- se llamaban &#8220;pupilas&#8221; las niñas que vivían en colegios privados lejos de su familia, y hasta a veces muy lejos, en otros países.</p>
<p>Niñas ricas de tintes melancólicos, blancos en Suiza, por ejemplo (<a href="http://www.monografias.com/trabajos10/suiz/suiz.shtml" target="_blank">Suiza</a>).</p>
<p>Gracias a Dios, fui de escasas posesiones durante toda mi vida.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>Las palabras obscenas entre las azucenas</strong></span></p>
<p><span style="color: #990000"><strong>(del diario de una adolescente de hace 40 años)</strong></span></p>
<p><span style="color: #990000"><strong>1970</strong></span></p>
<p>Sé que soy un prodigio. Yo pronuncio terribles blasfemias o las peores malas palabras y tienen un valor. Yo digo la palabra azucena y tiene otro. Si mezclo las palabras tienen otro valor, ninguna es despreciable.</p>
<p>Yo puedo ir más allá. Sé que soy un prodigio, dije, y no dije de qué: de obscenidad. Nadie sabe que en su oscuro cuartito se ocultan los tesoros, las joyas, los rubíes, las perlas.</p>
<p>Un rubí era cuando yo me tocaba, sola en mi cuarto. Si no estaba sola era mucho mejor, era un diamante. Un muchacho me hundía, me atravesaba con su miembro. Y digo miembro pero conozco todas las palabras obscenas en todos los idiomas obscenos, y es por eso, ¿por eso?, que yo estoy encerrada.</p>
<p>Estoy pupila, pero más que pupila. Estricta vigilancia.</p>
<p>Una monja pasa y me mira mientras voy escribiendo.</p>
<p><span id="more-1367"></span></p>
<p>Me vigila.</p>
<p>Sabe a qué puedo llegar -yo no lo sé muy bien.</p>
<p>La monja tiene miedo de que yo sea demasiado inteligente, me mira como si fuera una estrella negra, en realidad me admira. No me puede dejar de mirar.</p>
<p>Esto va más allá de &#8220;estricta vigilancia&#8221;.</p>
<p>Siente curiosidad, quiere mirarme el alma, y mi alma es preciosa.</p>
<p>Es redonda y preciosa, perfecta como un círculo, aunque junte tinieblas, como el ombligo junta mugre. &#8220;Juntatinieblas&#8221;, ese nombre le puse.</p>
<p>¿De un ramo de flores blancas no caen abismos?, abismos que me gustan, siempre que leo un libro y dice <em>abismos</em> yo dejo el libro y me pongo a pensar en los abismos. Busqué en el diccionario -ya sabía el significado, pero quería la definición exacta- y decía profundidad muy grande, infierno, cosa inmensa, incomprensible.</p>
<p>Esas profundidas, esas cosas inmensas, lo incomprensible, esos infiernos, tienen otros vocablos en los lenguajes obscenos, pero abismo en sí podría ser obsceno, una palabra obscena.</p>
<p>Yo podría ir reemplazando mis palabras por palabras así, para escribir en clave, digamos: un nardo o un clavel en el abismo, y ya sabría de qué se trata. O utilizando la palabra <em>hiena</em>, que también tiene fuerza destructiva, lujuria. Porque este cuaderno corre un peligro extremo.</p>
<p>Recién la monja se paró atrás de mí. ¿Está leyendo lo que escribo?</p>
<p>Me miró con una sonrisa tan dulce que parecía la sonrisa de una mujer hermosa:</p>
<p>-No pienses que estoy leyendo lo que escribes, es tuyo. No lo puedo leer sin tu permiso -dijo.</p>
<p>Yo no le pregunté por qué se había parado detrás de mí entonces, porque me había gustado su sonrisa y lo que dijo: &#8220;Es tuyo, no lo puedo leer&#8221;; pero sé que algo debe haber leído.</p>
<p>Tuve de pronto el impulso de entregarle el cuaderno y decirle que le daba permiso, que leyera, pero me contuve. Y en realidad no fue por mí, fue por ella que me contuve.</p>
<p>Escribí antes que este cuaderno corre extremo peligro, pero lo escribí por ampulosidad -yo quiero dominar además el idioma corriente, y <em>ampulosidad</em> es un hermoso sustantivo-, ya que&#8230; ¿qué peligro podríamos correr este cuaderno y yo si más allá de este colegio de monjas en donde estoy pupila no hay nada, no hay otro lugar? -otro lugar que tenga algún sentido.</p>
<p>Aquí me pasaría el resto de la vida escribiendo encerrada en la sala de estudio, adonde las otras chicas no vienen casi nunca, estamos eternamente solas la hermana Inés y yo.</p>
<p>Haría un análisis de mis palabras y de las palabras de los otros y fundaría la obscenidad, quizá en otro cuartito.</p>
<p>Acá no hay chicos varones, es lo malo.</p>
<p>Y las chicas parece que me escapan.</p>
<p>Ellas se pintan, pasan horas probándose ropas y maquillaje que les mandan los padres. Se miran en el espejo, no se gustan y borran, hacen otra pintura. O se gustan y se miran doblemente en el espejo, una hora seguida, haciendo muecas, tirándose besitos, guiñándose un ojo o pestañeando con las pestañas erizadas, con pedacitos de algo negro flotando entre los ojos. Pero yo no me maquillo, ni me pruebo la ropa que me mandan.</p>
<p>Quisiera estar desnuda, desnuda de cosméticos y ropa y hasta pelada, para sentir, para pensar, para aprender todos los idiomas, obscenos o no, y poder decirlo todo de una vez por todas, y siento que lo que más tengo es sentir.</p>
<p>Sentir en la piel y adentro y más adentro -ya dije de mi alma que es como que la toco- y poder a ese sentir decirlo con palabras, cualquier palabra vale: caca, o lila, o celeste, o acabar. Sí, acabar, que es tener un orgasmo, pero más suave.</p>
<p>Escribo todo seguido, pero hay un ayer y hasta hay un hoy y un mañana y un pasado mañana, y meses y años, y seguiré escribiendo cada día.</p>
<p>Porque no hay tiempo, no existe para mí.</p>
<p>Lo que existe acá que hace de tiempo es como un largo corredor, no es para mí.</p>
<p>Anoche salté en la cama. Me quería probar. Mi sentir. Mi piel, mis pelitos nacientes, como pelusitas, recién lo descubrí. Me acaricié Allí, y percibí que mientras lo hacía mi Allí, la sublime palabra más obscena que no debe nombrarse a partir de ahora, se ponía duro y yo me iba en el aire, por los aires y por los polvos de los polvos.</p>
<p>El polvo y los gusanos. Tan cerca de la muerte estoy al acabar que siento que caminan gusanos por allí, esos suaves gusanos del final, y es terrible, la suavidad y lo terrible juntos me dan miedo. Y me da tanto miedo después que no sé, me tapo la cara con las manos y me pregunto si es esto, justamente esto -el encuentro de la suavidad y lo terrible- lo que llaman pecado, o lo que verdaderamente así se llama. Pero cuando me tapo la cara con las manos siento el olor, siento en los dedos el olor -muerte o sexo- y me quedo dormida tan tranquila porque es como una cuna el olor. Y estar toda mojada pero tibia.</p>
<p>Volvió a pasar la monja y volvió a pararse atrás de mí.</p>
<p>Yo di vuelta la hoja y ella no dijo nada, pero me pareció que había leído las últimas palabras porque sus fosas nasales se abrían y cerraban. Me estaba oliendo, la hermana Inés me estaba oliendo, y yo intenté explicarle de repente que había leído en un libro que el olor del pescado recién pescado era muy fuerte, muy sensual, aunque estuviera muerto o se estuviera muriendo. Que era un olor magnífico que hablaba de la vida y el sexo, de mi sexo, y el sexo es importante pero de él no se puede hablar, es lo más importante y por eso de él no se puede hablar.</p>
<p>-¿Por qué? -me preguntó ella -y yo creía que ella tampoco podría hablar jamás.</p>
<p>-Porque no hay un lenguaje -le expliqué-, y le dije:</p>
<p>-Si yo apenas puedo entender algunas cosas cuando reúno palabras de todos los lenguajes.</p>
<p>-¿De cuáles? -me preguntó la hermana Inés, y era tan dulce como si con una caricia me hiciera cosquillas cerca del ombligo.</p>
<p>-De todos, de los comunes, de los obscenos, de los otros -pero yo sentía que no podía soportar más la cosquilla, la risa. Era nacer y desmayarse, porque ella me escuchaba, me quería.</p>
<p>Anoche, cuando estaba en la cama, a punto de llegar a los gusanos, oí que alguien me llamaba: era la hermana Inés.</p>
<p>Pero no me llamaba, era como un soñar, y acabé despacito, creyendo que su hábito me perfumaba, me envolvía. Me protegía del pecado.</p>
<p>Hoy recordé el pecado mucho tiempo, me había olvidado el terror que tenía cuando era chica, cuando hacía maldades. Pero fue el terror el que me entregó -quiero decir que me entregó a la maldad- para olvidarme del pecado. Seguí haciendo maldades cada vez más, y recordando la maldad, y olvidando el pecado.</p>
<p>Pero ayer lo escribí, lo recordé.</p>
<p>¿Me habrá traído la hermana Inés una nostalgia?</p>
<p>Me gustan las historias de mujeres perversas.</p>
<p>Leí una de una mujer y de una hiena que se hacían amigas en un zoológico de Francia. La mujer le enseñaba francés, y la hiena le enseñaba su idioma.</p>
<p>Pero la madre de la jovencita -porque esta mujer era como yo, muy joven- iba a dar una fiesta en su honor, y ella no quería ir. Le propuso a la hiena que fuera en su lugar.</p>
<p>La hiena se preparó desde temprano. Fue a la casa de la joven perversa y se comió a la criada, con cuidado de comer bordeándole la cara, para que le quedara la máscara de ella. Cuando la hiena estuvo enteramente vestida con los vestidos de Leonora, bajó a la fiesta pensando en que tendría mucho éxito y que nadie la iba a desconocer en la penumbra.</p>
<p>Leonora le había dicho a la hiena: &#8220;Recuerde que no debe ponerse junto a mi madre: seguro que ella sabría que no soy yo. Y buena suerte&#8221;.</p>
<p>Leonora se encerró en su cuarto y se puso a leer Gulliver. Una hora después entró su madre &#8220;pálida de rabia&#8221;:</p>
<p>&#8220;Terminábamos de sentarnos a la mesa -dijo- cuando la cosa que estaba en tu lugar se levanta y grita: &#8216;Huelo un poco mal, ¿no?, bueno, yo no como precisamente pasteles&#8217;. Y a continuación se arrancó la cara y se la comió&#8221;.</p>
<p>-Es de Leonora Carrington -dijo detrás de mí la hermana Inés-. ¿Vas a ser escritora?</p>
<p>-¿Cómo -le pregunté-, está leyendo mi cuaderno?</p>
<p>La hermana Inés se puso colorada.</p>
<p>-Sólo quería conocerte -dijo con su sonrisa de mujer.</p>
<p>Yo me sentí muy fuerte, muy feliz. Había tocado fondo, estaba ya en el preciado fondo, y no tenía miedo. Me envanecí:</p>
<p>-¿Y leyó todas las palabras?</p>
<p>-Leí todo el cuaderno, sí, poquito a poco. Dios sabe que mi peor defecto es la curiosidad, y como veía que escribías tanto, y que eras tan seria, tan distinta&#8230;</p>
<p>-¿Y qué le pareció? -le pregunté ejercitando mi vanidad de presidiaria-. Las palabras malditas, digo, ¿qué le parecieron?</p>
<p>-Me pareces encantadoramente ingenua -dijo-. Y mucho más ingenua que cualquiera, que las chicas, que las monjas, que yo. Es verdad que tu alma es muy hermosa -suspiró.</p>
<p>Yo entonces recordé el <em>acto irremediable</em> que quería cometer desde hacía tiempo: me paré y la besé en la boca.</p>
<p>Ella dijo:</p>
<p>-Qué linda, pero qué linda eres, Lila -sin ninguna palabra, con los ojos.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>Envío</strong></span></p>
<p>A cambio de completar la novela que les anticipé, y con el agradecimiento por haberme estimulado tanto, les mando este &#8220;pecaminoso&#8221; cuento adolescente. Tengan piedad de él; la protagonista es verdaderamente inocente de haberlo escrito&#8230;</p>
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		<title>Mujeres condenadas</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Oct 2009 19:21:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Editorial]]></category>

		<category><![CDATA[mujeres asesinas]]></category>

		<category><![CDATA[novela]]></category>

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		<description><![CDATA[Entre mis viejos escritos (Fighting for the Freedom) encontré una novela que no recordaba mucho (La novela).
Se llama &#8220;Mujeres condenadas&#8221; (Mujeres asesinas: ¿criminales o heroínas?), título que cambiaría por otro menos monumental, pero respecto a éste hay varias observaciones dentro del manuscrito: &#8220;Citar a Baudelaire&#8221;, por ejemplo (Bien vale un verso).
Otra reflexión que encuentro: &#8220;Es probable que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Entre mis viejos escritos (<a href="http://www.monografias.com/trabajos33/fighting-freedom/fighting-freedom.shtml" target="_blank">Fighting for the Freedom</a>) encontré una novela que no recordaba mucho (<a href="http://www.monografias.com/trabajos7/lano/lano.shtml" target="_blank">La novela</a>).</p>
<p>Se llama &#8220;Mujeres condenadas&#8221; (<a href="http://www.monografias.com/trabajos60/mujeres-asesinas/mujeres-asesinas.shtml" target="_blank">Mujeres asesinas: ¿criminales o heroínas?</a>), título que cambiaría por otro menos monumental, pero respecto a éste hay varias observaciones dentro del manuscrito: &#8220;Citar a Baudelaire&#8221;, por ejemplo (<a href="http://www.monografias.com/trabajos68/bien-vale-verso/bien-vale-verso.shtml" target="_blank">Bien vale un verso</a>).</p>
<p>Otra reflexión que encuentro: &#8220;Es probable que el libro se llame <em>Mujeres condenadas</em> ¡en latín!. En cálculos, se supone que mi abuela nació en 1890 (<a href="http://www.monografias.com/trabajos62/fotografia-post-mortem/fotografia-post-mortem.shtml" target="_blank">Fotografía post mortem en el Perú siglo XIX</a>); que la parió a mi madre en 1930 (<a href="http://www.monografias.com/trabajos55/teorias-del-poder/teorias-del-poder.shtml" target="_blank">Totalitarismo 1930 y totalitarismo siglo XXI</a>), y que yo vine al mundo en 1970. Ahora tendría 25 años y estaría en la cárcel desde hace cinco por un crimen que cometí a los 20 (<a href="http://www.monografias.com/trabajos64/asesina-ilustrada/asesina-ilustrada.shtml" target="_blank">La asesina ilustrada; el libro de la muerte</a>). Aunque todo esto es, quizá, demasiado redondo&#8221;.</p>
<p>Transcribiré algunos capítulos salteados y reducidos, porque me parece que a mis amigos y colaboradores puede llegar a interesarles (<a href="http://www.monografias.com/trabajos57/afecto-amor-amistad/afecto-amor-amistad.shtml" target="_blank">Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad</a>).</p>
<h5>Capítulo I</h5>
<p>Si maldita, que me maldigan las cosas más sólidas. Que me maldigan no los pequeños momentos en que al mirar la estrella (que yo llamo Clara) apresé el inmóvil perfil de la belleza muerta, sino las muchas horas en que se desprende de mí una esencia mortal. Que mis ojos sean capaces de cubrir la reliquia de un hombre que se pudre y de observar la fosa abierta de su corazón, y la aberración de ser todos los hombres sea yo misma, llamándome Hitler y Teresa y Calígula y Agustín y Francisco, y ésos que no fueron ni esto ni lo otro, apenas los peluqueros, los diáconos y los sirvientes de ellos; apenas los que viven a ciegas porque nacidos como ciertos roedores en un lugar estrecho y oscuro, no necesitan de la vista para encontrar alimentos y perdurar su tiempo de sepulcros.</p>
<p><span id="more-1326"></span></p>
<p>Estoy presa, y me parece que he nombrado mi vida al hablar de esos ciertos roedores. La condena que me impusieron es semejante, mirada panoránicamente, a mis días anteriores a ella. Si no recuerdo mi nacimiento, sí en cambio mi infancia fue como ese tubo negro que se sospecha que observamos al nacer; el patio gris y las paredes leprosas que me albergaron eran el envejecido útero de mi madre; también el de mi abuela, que parió a mi madre a los cuarenta años inaugurando una tradición de progenitoras añosas en la familia, cuando a su vez sus antepasados ya habían legado a la ciudad varias generaciones de bellas prostitutas.</p>
<p>La más bella de todas fue mi abuela, Corina, y por eso fue menos prostituta que dama de compañía de varones de altísimo rango, que hembra amancebada de un político de renombre, que enjoyada muñeca de palcos de ópera alquilados. El dinero que su hermosura consiguió se lo comieron estos vicios inocentes que le dejaron los mismos que la sacaron del horror. Vestidos caros y perfumes, carruajes ricos, espectáculos y viajes por el mundo -después, cuando yo era adolescente y ella una anciana legendaria, como en un golpe de dados, el dinero volvió.  (&#8230;) Puedo decir que mi abuela me dio también un sentido de la vida; un modo sutil de mirarla como a un reloj de arena cuya arena se acaba en poco rato, que es delicioso ver caer con blandura, deformando el montón de horas que fueron.</p>
<p>Mi madre, Iris, fue entre mi abuela y yo un puente devastado por el que crucé para alcanzar a Corina.</p>
<p>La primera vez que descubrí a mi madre ella estaba sentada en un sillón, un poco a oscuras, tejiendo con la luz que entraba escasamente por ser casi de noche. La cara parecía roja, el pelo era gris, las manos, las de una viejecita de cuento; la ropa, igual, como la de una viejecita protagonista de un cuento de pobres; pero estaba calzada con un par de zapatos de salir, y daban una impresión grotesca esos tacos aguja, relustrados, en el conjunto de miseria. Yo sabía sin entender del todo que estas incongruencias correspondían a una eterna contienda con mi abuela, que Iris alternaba su resignado estar con fragmentos de lucha. Le pregunté por los zapatos y ella dejó la masa de tejido rosado y corrió al dormitorio; se encerró a llorar. La curiosidad por esta pequeña historia me persiguió durante largo tiempo. La actitud de mi madre me hizo pensar en algo más que en una simple competencia con Corina, y adjudiqué a ese par de charoles un valor de misterio que tal vez no tenía,  pero que curiosamente influyó mucho más tarde en los sucesos que me trajeron hasta aquí. Yo buscaba manchas de sangre en los zapatos; si no, el modo de que me revelara el amante escondido por detrás, o a la persona que refugiáramos en casa, de la que mi madre hubiera tomado el par. Si eran un robo, un asesinato, o memoria de alguien.</p>
<p>Salí a jugar al patio. Ya era de noche y yo suponía que una de esas estrellas del cielo me pertenecía; la tenía identificada y la llamaba Clara; Clara tenía una voz dentro de mí. Yo preguntaba y eran otras palabras, no las de una niña, las que respondían en mi interior cuando le preguntaba a Clara; el tono era insidioso, maligno. Me contestaba con ecos de la voz de una antigua amiga de mi abuela que yo no conocí pero cuya historia me contaron. Tan bien descripta por mi abuela Corina, yo identificaba la voz de Anabela, esa amiga suya, sin haberla escuchado jamás, y nacía en mí misma bajo el influjo de mi estrella.</p>
<h5>Capítulo II</h5>
<p>Anabela -y esto ocurría en los últimos años del siglo XIX- empezó correteando con Corina por las calles más negras de Buenos Aires. El barrio se llamaba Las Quintas, y había burdeles, claveles en un rectangulito de jardín, patios clandestinos donde comenzaba a insinuarse la locura del tango. La casa donde vivía Anabela era la misma que la de Corina, un prostíbulo en el cual ambas nacieron sencillamente porque tenían un serio destino de nacer, inclusive entre abortos de sietemesinos de las mujeres del lugar y muertes de las mismas provocadas por precariedad y mugre. Aunque Anabela y Corina no se llamaron así desde el principio, ya a los doce años les otorgaron esos nombres los primeros, generalmente decrépitos, amantes.</p>
<p>La madre de Anabela murió un día de la segunda infancia de ésta y de mi abuela, y la velaron en la sala de espera del burdel. A Corina le impresionó que, en el ataúd, la muerta pareciera más joven y desamparada que su propia hija; un pajarito congelado, una mujer con destino de pájaro debajo del sombrero de plumas rojas con que habían decidido completar la mortaja, roja también, de su vestido de fiesta.</p>
<p>Anabela lloraba desconsoladamente, más que por su madre, por su propia suerte futura. Corina trataba de calmarla con un código de abrazos secretos y de besos que habían inventado las dos, pero sin conseguirlo. Se acercó la Encargada, Madame Beatriz, y acarició  el enrulado pelo de Anabela penetrando con las manos en un territorio de sensualidad inexplorada. La revisó de arriba a abajo; pesó sus pechos incipientes, siguió con los dedos la curva del vientre demasiado joven, tanteó los muslos y finalmente dictaminó que podía ocupar el sitio de su madre en la casa; habría comida, alojamiento y algún dinero extra. Anabela no se horrorizó, siguió llorando, aunque decidió al mismo tiempo comenzar su trabajo lo antes posible. A Corina la conmovió la desgracia de su amiga y sintió que no debía dejarla sola; la única solidaridad posible consistía en compartir el oficio. Lo consultó con Madame Beatriz, quien inmediatamente asintió; a ella no necesitaba revisarla, su encanto era visible.</p>
<p>Esa misma noche, mientras el velorio seguía entre copitas de licor de naranja y de menta y tazas de café, Anabela y Corina, mi abuela, sufrieron la embestida del primer hombre gordo, viejo y voluptuoso que las tuvo a las dos, una detrás de otra, y las dejó abrazadas entre sí, temblorosas, diciéndose palabras de ternura después de la brutalidad del macho, reconociendo que el amor entre mujeres era tal vez lo único que podía componerles el alma.</p>
<p>Aún en sus doce años, la voz de Anabela era grave, madura -como la de Clara, mi estrella de los cielos-, con la suave ronquera de penumbra que las niñas quieren a menudo imitar de algunas mujeres mayores. Esa voz le proponía a Corina, entre las sábanas, delicias que las llevaban lejos de la sala de velatorio improvisada, de la muerte y la vida, de las gotas de sangre que certificaban sus recientes bautismos. Se acariciaron hasta que el dolor por la reciente penetración del viejo cliente dio paso al deseo más inesperado, hasta que finalmente encontraron la forma -la forma eterna- del sexo entre amigas.</p>
<p>Corina se asombró de &#8220;sentir&#8221;, pero Anabela sintió, más que nada, la emoción de tener a una mujer. Ya los papeles habían sido otorgados por el extraño dios a cuyo cargo están las extravagantes ramificaciones del placer. Mi abuela &#8220;sentía&#8221; todo lo relacionado con éste, en cualquier circunstancia, reservándose sólo una estimación estética del otro o de la otra, que tanto podía consistir en él mismo como en sus modales o en el clima que se creaba entre los dos; prefería, de todos modos, a los hombres, pero jamás le disgustó una bonita muchacha en la cama. Anabela había despertado al amor -a la pasión- en brazos de Corina, y la mujer fue su elección para toda la vida; lo demás sólo fueron cuestiones comerciales.</p>
<h5>Capítulo III</h5>
<p>A pesar de su profesión antigua, que le había servido para aprender las artes de la simulación, para encubrir y falsificar situaciones, Corina le dijo siempre la verdad a su nieta, es decir a mí, inclusive desde que yo era muy pequeña. Mi abuela era inteligente y por eso mismo me confería inteligencia, don que sólo pueden otorgar los que lo tienen en grande; los apenas lúcidos califican de estúpida e ignorante a media humanidad, los genios encuentran el reflejo de su propio genio inscripto hasta en su sombra, y son genios todos aquellos que, como mi abuela, han conseguido trascender su propia vida no con la fama o el recuerdo, sino con haber sido únicos en cada instante por delicadeza y originalidad. (&#8230;)</p>
<h5>Capítulo VI</h5>
<p>El grupo que se reunió en el pobre cementerio, casi un camposanto, era patético pero bizarro, original. Las compañeras de la madre de Anabela habían improvisado un coro de lloronas, pero tomaban cada treinta segundos un recreo que les permitía regocijarse de su propia suerte. La muerte de otro parece dar más chance a los que quedan; las chicas del prostíbulo, secretamente cada una, respiraban la dicha de no haber sido las elegidas para la ocasión, y de un modo oscuro se proponían algún pequeño cambio para mañana. La muerte les recordaba sus pecados, pero ellas tenían todo el futuro para reconstruirse. Los proyectos de Corina y Anabela eran exactamente opuestos; ese día habían entrado en dos planetas asimétricos, pero igualmente peligrosos; y la más eufórica de las dos jóvenes era la que se había quedado huérfana.</p>
<p>Anabela gritó junto con las demás cuando echaron la primera palada de tierra sobre el ataúd; Corina no, pero observó con deleite la dramatización de su amiga. En alguna revista de las que navegaban ajadas y sin tapas por la casa había leído que el terciopelo negro no era luto; menos aún, pensó, con lentejuelas cosidas en forma de dragones y serpientes. Pero Anabela estaba espléndida en su papel, y hasta parecía más una viuda muy joven que hubiera asesinado a su marido y actuara de sufriente y desesperada. Pocas veces, pensó Corina, tendría ella la oportunidad de ser tan importante y tan compadecida como Anabela esa mañana. Y desde esa mañana su admiración actuó como el amor, y se propuso enamorarse además, cambiando lo que hubiera que cambiar en Anabela para su propio goce.</p>
<p>Parada frente a la fosa abierta, Anabela era alta, magra, un poco impresionante; la cabeza pequeña equilibrada por una enorme masa de cabello enrulado; la cara diminuta, con rastros de vampiro, pero los ojos de seda o raso muy oscuros, grises y negros, extrañísimos. Sus rasgos angulosos no estaban de moda en esa época, aunque podían ser apreciados por alguien como mi abuela, que intuía más allá de patrones pasajeros otra estética de las cosas y de la gente. Si ese delgado cuerpo se encontrara cubierto con telas sencillas pero caras; si esos cabellos fueran domesticados en un peinado alto; si el rostro apenas maquillado; si los gestos estudiados sabiamente, Anabela sería digna de una o muchas pasiones. La de Corina, en primer lugar; la de los hombres también, para mejor florecimiento del negocio que recién, de modo clandestino hasta para la profesión elegida, habían iniciado las dos. (&#8230;)</p>
<h5>Capítulo VII</h5>
<p>Para el entierro de la madre de Anabela se tomó en préstamo, por orden de la Encargada, Madame Beatriz, casi todo el dinero de la casa; las mujeres fueron poniéndolo en un antiguo sombrero hongo que alguien había olvidado y que a veces servía de complemento de un disfraz. Beatriz era bastante vieja y todo lo elegante que puede ser un mujer en ese entorno y bajo la influencia de los gustos baratos de sus pupilas. Como ella era consciente de este influjo, trataba de ser sobria, y a veces su sobriedad era distinción, y otras falta de afeites y cuidados, al punto de que las empleadas comentaban su rareza atribuyéndole matices lésbicos. Los tenía, pero no estaban en relación con el atuendo. De joven, de alhajada, de preciosa, había elegido la profesión de prostituta porque, como los hombres le producían náuseas, no le comprometían el corazón. Con mentalidad masculina había logrado una pequeña fortuna; las mujeres, para ella, significaban lo que las hembras para el macho: había que sacarles el mejor partido posible, aun cuando esto significara cerrarse a sus amores.</p>
<p>La madre de Corina, Bibi -es decir mi bisabuela-, era entre todas las mujeres de la casa su única amiga personal. Le gustaba secretamente, y oficialmente la distinguía porque la consideraba más astuta y más ruin que las demás. La ponía de ejemplo entre las otras chicas; era la requerida por viejos y por jóvenes, trabajaba muy bien, con vocación, ofrecía a precio de oro exquisiteces amatorias  que sólo ella había inventado; cuidaba perfectamente su salud, se conservaba juvenil, apenas si después del parto de Corina había ganado dos kilos que le sentaban extraordinariamente. Beatriz le retenía a Bibi un porcentaje menor del que les retenía a las otras; entre las dos habían establecido una especie de sociedad aparte, y eran socias comerciales también en la distribución de morfina en pequeña escala, ya que Bibi era además la preferida de uno de los clientes de la casa, Belisario, un médico nada ortodoxo que en esos tiempos ya curaba con métodos orientales, psicología refinada y morfina todos los malestares de este mundo (&#8230;)</p>
<h5>Capítulo IX</h5>
<p><em>La voz de Clara dice que</em> el aire es de presagios después de los entierros, se congela; a cada instante alguien va a decir una cosa y se calla por no decir algo que roce alguna herida; como si el muerto estuviera presente censurando, reclamando su lugar. En general, esto lo siente la gente demasiado sencilla, pero cuando todas llegaron del entierro, en compañía del único hombre que estuvo allí, el doctor Belisario, si bien las chicas participaron del aire congelado, se repartieron en secreto los chismes y las lágrimas; Madame Beatriz y Bibi, mi bisabuela, demostraron su independencia respecto a todo sentimiento y a toda tradición, aun la de la muerte.</p>
<p>Se sentaron ante la mesa de la sala recientemente enlutada. Parecía apagarse la decoración fin de siglo con las voces veladas, si bien ya la habían apagado previamente el deterioro de los objetos y la lobreguez del ambiente. Beatriz y el doctor Belisario ocupaban las cabeceras; Bibi estaba sentada al lado de Beatriz; la mano de Corina se enredaba en el pelo de Anabela; comían un banquete fúnebre que estaba delicioso.</p>
<p>El doctor Belisario comenzó a decir que <em>dicen que la muerte</em> pero Bibi parecía tener guardado en una caja fuerte un misterio importante y querer descubrirlo en ese momento preciso. Comenzó preguntando por la noche de ayer:</p>
<p>&#8220;Supe, Beatriz, que les indicaste el camino a Anabela y Corina&#8221;, dijo, y siguió: &#8220;No por nada las caras de estos angelitos se ven tan marchitas.&#8221;</p>
<p>Beatriz se acomodó en la silla, mientras ajustaba su chalina y se arreglaba con las manos el rodete buscando las palabras como si éstas estuvieran en algún lugar de su vestido.</p>
<p>&#8220;Creo que ya están suficientemente buenas y en edad; ya tienen 12 años y aun parecen mayores&#8221;, afirmó.</p>
<p>Bibi no tomó tiempo para pensar, pero su estrategia fue dirigirse al comensal más prestigioso:</p>
<p>&#8220;¿Cree, doctor Belisario, que a la edad de las chicas puede abrirse un negocio como éste? ¿No le parece que a Beatriz se le haya ido la mano, o al menos que tenía que consultármelo?&#8221;</p>
<h5>Algunos planes de la novela (apuntes)</h5>
<p>Escribo desde la cárcel. Cuento lo que ya conté rápidamente: mi madre como puente hacia mi abuela. La vida entera de mi abuela Corina. Detalle: después del entierro de la madre de Anabela, Bibi, madre de Corina, provoca un escándalo en el prostíbulo porque Beatriz, la Encargada, asintió en que Corina se prostituyera la noche del velatorio, junto con Anabela; en realidad es porque ella quiere explotar a Corina sin compartirla. En el escándalo interviene el médico que cura con morfina y técnicas espirituales. La violencia de la pelea entre Beatriz y Bibi termina con ellas dos también en la cama, ya no con la inocencia de Corina y Anabela pero en el mismo sentido, aunque de una manera inmensamente sórdida.</p>
<p>En otro momento futuro Corina conoce a alguien muy importante y de ahí en más se lanza al gran y fastuoso mundo. Después de mucho Corina pierde toda la pequeña fortuna que logró, envejece y se deprime por una tiempo, y a los 40 años se encierra a parir a Iris, la madre de la narradora. A Iris hay que elaborarla, pero evidentemente no debe ser tan bonita ni inteligente como su madre; hay que adjudicarle alguna seducción proveniente de sus rasgos tiernos o infantiles, tanto físicos como psicológicos, y menos inteligencia pero sí mayores estudios; ella sí completa el secundario y lee muchísimo, aunque sin ningún sentido crítico. Lega a su hija -digamos a mí, la narradora, la encarcelada- la pasión de la lectura, quien desde la niñez a la juventud primera lee como una rata y escribe, y además es refinada y educada en realidad por su viejísima abuela Corina,  a quien ella -yo- termina asesinando por piedad. Como por piedad quiere asesinarla pero es justamente la piedad la que se lo impide, cuando Corina se convierte en un vegetal de unos 100 años la protagonista se da ánimos haciendo una curiosa recapitulación de los motivos que la llevarían a matar a su abuela ya no por piedad sino por odio. Aquí aparece el episodio de los zapatos de Iris y del sufrimiento que supone que Corina causó a Iris. La mata entonces, y una vez en la cárcel observa la vida de roedores de las otras presas y su propia vida anterior de rata. Recuerda el lugar común &#8220;rata de biblioteca&#8221; y el nacimiento de ratas en un rincón del patio de la infancia, de noche, bajo la estrella Clara; el nacimiento de ratas a las cuales ella, la niña, al principio, identifica con hadas.</p>
<h5>Envío</h5>
<p>Si les gustó, aliéntenme a seguir, por favor, o denme comentarios sobre qué modificar en mis ideas. Si a pesar de que les gustó no tienen ganas de escribirme, no lo hagan; yo desde acá recibo efluvios buenos. Si no les gustó es importante que me escriban, pero sé que en este último caso, es cuando menos ganas dan de tomar un lápiz -bueno, ustedes saben, de empujar una tecla&#8230;</p>
<p>De cualquier modo, todo mi afecto, todos mis besos, y mil promesas de mejorar.</p>
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		<title>La pasión</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Oct 2009 15:31:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Editorial]]></category>

		<category><![CDATA[Adriana Varela]]></category>

		<category><![CDATA[estampillas]]></category>

		<category><![CDATA[Iguazú]]></category>

		<category><![CDATA[Isadora Duncan]]></category>

		<category><![CDATA[pasión]]></category>

		<category><![CDATA[Tango]]></category>

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		<description><![CDATA[Sentada en el balcón lleno de primavera (Primavera roja)  -de las plantas subían flores de pasión, bailarinas vestidas de rojo fuego (Las plantas)-, con mis anteojos de abuelita, seguía con el tejido del invierno: una larga bufanda, una bufanda interminable que, quizá, a modo de remedio homeopático, podría revivir a la bella Isadora -Isadora Duncan, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sentada en el balcón lleno de primavera (<a href="http://www.monografias.com/trabajos45/primavera-roja/primavera-roja.shtml" target="_blank">Primavera roja</a>)  -de las plantas subían flores de pasión, bailarinas vestidas de rojo fuego (<a href="http://www.monografias.com/trabajos58/clasificacion-plantas/clasificacion-plantas.shtml" target="_blank">Las plantas</a>)-, con mis anteojos de abuelita, seguía con el tejido del invierno: una larga bufanda, una bufanda interminable que, quizá, a modo de remedio homeopático, podría revivir a la bella Isadora -Isadora Duncan, que murió asfixiada por larguísima estola (<a href="http://www.monografias.com/trabajos57/serguei-yesenin/serguei-yesenin.shtml" target="_blank">Serguéi Yesenin: &#8220;Un solitario ante el espejo destrozado&#8221;</a>).</p>
<p>De pronto se hizo un silencio en mí, un poco melancólico, y al mismo tiempo empecé a escuchar, seguramente de una radio encendida en el balcón del vecino, que una mujer cantaba (<a href="http://www.monografias.com/trabajos55/clasificacion-voces/clasificacion-voces.shtml" target="_blank">Clasificación de voces</a>). Era una voz arenosa, una garganta con arena, pero no se trataba de Adriana Varela (<a href="http://www.monografias.com/trabajos/tango/tango.shtml" target="_blank">El Tango</a>) sino de un tono más maduro y con letra más suave; suave pero terrible, la letra del bolero hablaba de <em>la pasión</em>.</p>
<p>De la pasión &#8220;perdida&#8221;.</p>
<p>Su eco rebotó sobre mi tejido (<a href="http://www.monografias.com/trabajos38/hilados/hilados.shtml" target="_blank">Hilados</a>), mis manos y, en especial, mi corazón.</p>
<p>Momento de luz: las cataratas del Iguazú (<a href="http://www.monografias.com/trabajos61/provincia-misones-argentina/provincia-misones-argentina.shtml" target="_blank">Provincia de Misiones - Argentina</a>) de la pasión -aunque sólo en recuerdos, pero vivos como aguas vivas- comenzaron una función interminable.</p>
<p>Aquello estaba en mí aunque viniera del pasado, y me produjo nuevas felicidades.</p>
<p>Cuando la iluminación terminó, vine a la computadora, para buscar en Google. Escribí &#8220;la pasión&#8221; y pinché en &#8220;buscar&#8221;.</p>
<p>Nada, o casi nada, que no fuera pasión por el fútbol, las estampillas (<a href="http://www.monografias.com/trabajos16/filatelia/filatelia.shtml" target="_blank">La palabra escrita y la filatelia</a>), los dedales antiguos o, un poco más artísticamente por la música o la pintura, hallé en las entregas. ¡Dios mío!, ¿acaso soy una sobreviviente de tiempos en que pasión se escribía con a de adoración o con hache de hechizo?</p>
<p>Intenté entonces escribir sobre el sexo sin pasión, pero me parece que desbordé la página con lo que dice Pródico: &#8220;El amor es un deseo redoblado, el amor redoblado deviene locura&#8221; (<a href="http://www.monografias.com/trabajos17/literatura-y-sexualidad/literatura-y-sexualidad.shtml" target="_blank">Literatura y Sexualidad</a>).</p>
<p>Encontré este título para mi escrito:</p>
<h5><strong>La parición del místico animal</strong></h5>
<p>Nosotros no somos dos sino un extraño, místico, fascinante animal. Los pensamientos bordean su figura como estrellas fugaces; los pensamientos existen tenuemente.</p>
<p>Este cuerpo sagrado tiene dos grandes senos con redondeles rosas. En uno permanece una boca que succiona, similar a la boca de un niño de meses, y más abajo se encuentran dos piernas abiertas y dobladas hacia los lados que contienen a su vez dos piernas estiradas, del revés. En el centro de ellas hay una especie de látigo firme y grueso que conecta con una hendidura profunda tapizada de una tela exquisita parecida a la de las flores rojas pero más resistente; el látigo conecta y desconecta, sale y entra.</p>
<p><span id="more-1300"></span></p>
<p>El cuerpo tiene movimientos de mar, de trote de caballos, de pasar los monjes rozando con sus túnicas los muros.</p>
<p>El ritmo sólo puede derivar de una música antigua, no demasiado suave.</p>
<p>La piel es verdaderamente angelical en algunas regiones, como si tocaras seda; en otras está cubierta por tierno vello y en otras se vuelve gruesa, áspera al tacto y no con vellos sino con cortos y espesos pelitos negros. Además hay una cabellera larga y rubia y otra de pelo negro y lacio no muy largo.</p>
<p>Lo que sí no se puede describir son las sensaciones de este animal tan solitario.</p>
<p>Por momentos parece sufrir horriblemente y sufre, en realidad, pero de manera deliciosa, no horrible.</p>
<p>No, no es dolor. Es algo que quiere dejar ir.</p>
<p>No, no es dolor. Es algo que quiere devorar.</p>
<p>Mientras, el sufrimiento es delicioso porque es en sí la sensación de la expulsión, pero más atenuada; la sensación de devorar, pero infinitamente menos intensa.</p>
<p>Hay una cara que mira al cielo. Los ojos no se ven aunque los párpados tienen vibraciones, giran movimientos, como si miraran las figuras de un sueño.</p>
<p>Pero no, el animal gime, resuena, rumorea, hasta dice palabras: está completamente despierto.</p>
<p>Se contesta a sí mismo con otra voz más gutural. La boca de su otra cara que se desprende del pezón también dice alguna palabra ahogada en sus propios rumores.</p>
<p>El animal percibe el sufrimiento y la delicia cada vez más a medida que se va hundiendo, y los susurros de sus bocas se mezclan con un susurro de agua viscosa removida.</p>
<p>El ritmo se acelera, la música cambia y se rompe en un galopar frenético, también antiguo, como el de dos reyes enemigos que vienen velozmente a establecer un pacto.</p>
<p>En el mismo momento el animal se libra de ese líquido que carcomía ansiosamente sus entrañas, y del deseo de devorar, pues está devorando. De una de sus bocas sale un sonido alargado, grave y terminante que finaliza en A, y de la otra más pequeña vocablos entrecortados, como un sollozo o una risa muy fina. Enloquece, por un segundo, de placer; el placer es excesivo y no proviene tanto de la expulsión y de la deglución como de una misteriosa e inhallable glándula que se cree situada entre el cerebro en conexión singular con Dios, o con los dioses.</p>
<p>La parición significa por supuesto dar vida, y al hacer nacer de sí, este individuo al mismo tiempo nace en dos mitades. Nunca debe olvidarse que se trata del místico animal.</p>
<h5><strong>Envío</strong></h5>
<p>No me olvidé de la promesa de continuar con &#8220;El Marqués de Sade y la niña bonita&#8221;. Sólo les ruego que esperen un poquito que la &#8220;inspiración&#8221; siga su curso. También podrían ayudarme con sugerencias, mis queridos&#8230;</p>
<p>Y aunque los quiero a todos mucho, hoy siento el impulso de mandarle un gran beso a Celestino.</p>
<p><em>(Último momento: llegó una colaboración de</em> Wilfredo Bohórquez <em>que cierra con una espectacular vuelta de tuerca el cuento &#8220;<a href="http://blogs.monografias.com/editorial/2009/10/14/el-marques-de-sade-y-la-nina-bonita/" target="_blank">El Marqués de Sade y la niña bonita</a>&#8220;. Por favor, léanla y comenten al respecto. ¡Gracias!).</em></p>
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		<title>El Marqués de Sade y la niña bonita</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Oct 2009 20:20:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Editorial]]></category>

		<category><![CDATA[Marqués de Sade]]></category>

		<category><![CDATA[Saer]]></category>

		<category><![CDATA[suspenso]]></category>

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		<description><![CDATA[Puede parecer extrañamente cruel que el bocado de pudín (Comer y saber comer), o sea, el relato que voy a enviarles hoy, trate de una niña, y del Marqués, el divino, como lo bautizaron los surrealistas -André Breton lo convirtió en dios (Surrealismo y Anarquismo).
Tengo dos explicaciones para ello, pero la segunda -y la más [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Puede parecer extrañamente cruel que el bocado de pudín (<a href="http://www.monografias.com/trabajos49/saber-comer/saber-comer.shtml" target="_blank">Comer y saber comer</a>), o sea, el relato que voy a enviarles hoy, trate de una niña, y del Marqués, el divino, como lo bautizaron los surrealistas -André Breton lo convirtió en dios (<a href="http://www.monografias.com/trabajos59/surrealismo-anarquismo/surrealismo-anarquismo.shtml" target="_blank">Surrealismo y Anarquismo</a>).</p>
<p>Tengo dos explicaciones para ello, pero la segunda -y la más importante- la revelaré al final (<a href="http://www.monografias.com/trabajos917/saer-lector-adorno/saer-lector-adorno.shtml" target="_blank">Saer, lector de Adorno</a>) -si me preguntan por qué elegí esta monografía para recomendar en este punto, también tengo dos explicaciones: puse en mi búsqueda en Monografías la palabra <em>suspenso</em>, y apareció este trabajo junto con otros; además, en mi tierna adolescencia y en su tierna juventud, yo he leído con ese mismo Saer a nuestro Sade.</p>
<p>La primera explicación respecto de mi propio relato, tiene relación con el mismo Sade: no era un dios, es verdad; pero tampoco tenía mucho de demonio (<a href="http://www.monografias.com/trabajos14/apologetica/apologetica.shtml" target="_blank">Apologética</a>).</p>
<p>Sólo con leer su biografía -y sin ir muy lejos, en Wikipedia- se advierte que más bien su papel fue el de  víctima de la represión de esos años oscuros que fueron su época, y de la demonización de todo lo que a sexo se refiere (<a href="http://www.monografias.com/trabajos16/critica-moral-sexual/critica-moral-sexual.shtml" target="_blank">Wilhelm Reich</a>), &#8220;virtudes&#8221; prevalecientes antes de la Revolución Francesa (<a href="http://www.monografias.com/trabajos40/revolucion-francesa/revolucion-francesa.shtml" target="_blank">La vida en la Revolución Francesa</a>), y después, de un modo más sutil -además de víctima de sistema carcelarios inquisitoriales que aún perduran, y de impericias, por decirlo de alguna manera, para tratar enfermedades físicas y mentales, lo que en no menor grado se prolonga hasta hoy (<a href="http://www.monografias.com/trabajos6/poen/poen.shtml" target="_blank">El poder de encerrar</a>).</p>
<p>La figura del Marqués no es &#8220;divina&#8221; pero sí es frágil, conmueve; más aún si se tienen en cuenta la limpidez de su prosa y el nivel de su talento.</p>
<p>En cuanto al personaje que da denominación al complementario de &#8220;sadismo&#8221;, es decir al &#8220;masoquismo&#8221; (<a href="http://www.monografias.com/trabajos6/poen/poen.shtml" target="_blank">Un caso clínico supervisado por André Green</a>), se trata de Leopold von Sacher-Masoch, sólo &#8220;Masoch&#8221; para nosotros, y su historia no es menos conmovedora que la de Sade pero sí tal vez un poco más bella. Hay que averiguar sobre él todo lo que Freud supo averiguar para denominar al impulso masoquista, presente en todo ser humano, y si no se tienen ganas de llevar a cabo semejantes exploraciones indagatorias, basta leer la contratapa de <em>La Venus de las Pieles </em>de Masoch, con traducción de José Amícola  (El cuenco de plata, Buenos Aires, 2008). Está sacada de una escritura de nada menos que <em>Gilles Deleuze</em> -¡!- (<a href="http://www.monografias.com/trabajos910/politica-y-ontologia/politica-y-ontologia.shtml" target="_blank">Deleuze en Nietzsche: fuerza, voluntad y metafísica</a>), y dice:</p>
<p><span id="more-1256"></span></p>
<p><em>(&#8230;) Alma eslava y que recibe las influencias del romanticismo alemán, Masoch utiliza no tanto el sueño romántico sino la fantasía y todos los poderes de la fantasía en literatura. Literariamente, Masoch es el maestro de la fantasía y del suspenso. ¿No será debido a esta técnica un gran escritor que alcanza la fuerza del mito a través del folklore, así como Sade supo alcanzar la fuerza demostrativa a través de sus descripciones? El hecho de que sus nombres hayan servido para designar las dos perversiones básicas debe recordarnos que las enfermedades son denominadas más por sus síntomas que por sus causas.</em></p>
<p>De cualquier modo en mi relato Sade no es Sade sino un disfraz de Sade que tal vez ni siquiera tenga cuerpo (<a href="http://www.monografias.com/trabajos16/identidades/identidades.shtml" target="_blank">Identidades: &#8220;Mundos Paralelos&#8221;</a>).</p>
<h5><strong>El Marqués de Sade y la niña bonita</strong></h5>
<p>El mismísimo Marqués de Sade estaba en su presencia, aunque es difícil responder cómo Julita había llegado hasta él.</p>
<p>Julita era una niña de quince años muy siglo veintiuno. Sus ocupaciones favoritas tenían una mediadora llena de encanto: su computadora, a la que incluso le había puesto nombre.</p>
<p>Mayra era una computadora de imponente presencia, no por el tamaño -todo lo contrario, era pequeñísima- sino por hermosa, moderna, lustrosa, cuidada.</p>
<p>Julita limpiaba con precisión a Mayra día por medio; antes, cuando tenía un cachorro de fox terrier en lugar de a Mayra, ella lo bañaba una vez por semana. Pero ahora con la computadora todo era más simple y más limpio, y aparte percibía que había ganado mucho con el cambio cuando se vino a la ciudad y dejó el fox terrier en manos de sus primos, allá en el campo.</p>
<p>Tal vez su corazón no había ganado mucho, pero su inteligencia, su comprensión de las cosas, sí. Y eso la llevaría nuevamente al lugar de los afectos, sospechaba. Tal vez conocer el nombre y la situación de los países como ella estaba aprendiendo a hacerlo no, pero intuía que podía conocer y amar gente a través de su Mayra además de ser sabia a través de su Mayra, si se lo proponía. Juguetes como Mayra todo lo revelaban del mundo.</p>
<p>Su Mamá, claro que más chica que ella, había tenido muñecas que todavía adornaban la salita de estar, donde se alojaba su computadora. Bellas momias de exquisita porcelana, &#8220;boquitas pintadas de rojo carmesí&#8221;.</p>
<p>-Yo hablaba con mis muñecas, las llamaba cuando estaba triste, las vestía, a veces mi abuelita le hacía vestidos iguales a los míos -solía contarle a Julia.</p>
<p>¿Pero qué podría hablarse con una muñeca?, se preguntaba Julia.  Mayra podía no sólo hablar sino contestar concretamente casi todas las preguntas, y sus paisajes competían con cualquier belleza inclusive la de la  porcelana de Sevres o la de las puntillas de Holanda.</p>
<p>En fin, que Mayra en una página de chat le había presentado hacía unos días a Julita al mismísimo Marqués de Sade, o al menos ese era el disfraz de un magnífico joven de dieciséis años cuya foto mostraba, para mayor placer, melancolía: nostálgicos ojos grises cubiertos de pestañas muy espesas.</p>
<p>Pero su nombre tenía alguna tumultuosa resonancia: en su memoria los cuentos de hadas estaban llenos de marqueses, como el del Gato con Botas con su Marqués de Calatrava. Aunque claro, de ningún modo permitiría que sus deseos de conocer el mundo a través de Mayra se mezclaran con tales ingenuidades superadas ya hacía mucho tiempo; si fuera así, era preferible coleccionar frías pero tangibles Marilús de porcelana.</p>
<p>Le preguntó a su Mamá:</p>
<p>&#8220;¿No te &#8217;suena&#8217; el Marqués de Sade de algún lado?</p>
<p>Notó la palidez de su Mamá, y vino enseguida una pregunta alarmada:</p>
<p>&#8220;¿Leíste al Marqués de Sade, Julia?&#8221;</p>
<p>&#8220;No lo leí, lo conozco&#8221;, contestó.</p>
<p>Mamá suspiró aliviada; eran las fantasías de su niña, habría escuchado ese nombre sonoro y lo habría incorporado al día de primavera.</p>
<p>&#8230;CONTINUARÁ</p>
<h5><strong>Envío</strong></h5>
<p>Queridos amigos: sucesos de último momento me impiden continuar con mi relato. Pero se me ocurre que lo que lamento puede resultar mejor: ¿alguno -o muchos- de ustedes puede darle finales diversos? El que quieran, sólo que mi intención, esta vez, era en cierto modo &#8220;alertante&#8221;. Ustedes pueden soñar otro The End, siempre será espléndido en este blog nuestro.</p>
<p>De todos modos para comparar, en la próxima entrega continuaré con el de mi autoría. Y saldré perdidosa, pero nobleza obliga.</p>
<p>Los quiero muy apuradamente.</p>
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		<title>La vida en todas sus formas</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Oct 2009 19:00:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Para contarlo muy rápidamente, hace 20.000 millones de años la Gran Explosión (Del Big Bang al origen de la vida) dio  como resultado toda la materia del universo que ahora conocemos (lo que había antes era energía,  materia en potencia). Poco después una gran estrella comenzó a formarse en nuestra galaxia  -el Sol (El sol: [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para contarlo muy rápidamente, hace 20.000 millones de años la Gran Explosión (<a href="http://www.monografias.com/trabajos65/historia-desde-big-bang/historia-desde-big-bang.shtml" target="_blank">Del Big Bang al origen de la vida</a>) dio  como resultado toda la materia del universo que ahora conocemos (lo que había antes era energía,  materia en potencia). Poco después una gran estrella comenzó a formarse en nuestra galaxia  -el Sol (<a href="http://www.monografias.com/trabajos70/sol-fuente-energia/sol-fuente-energia.shtml" target="_blank">El sol: fuente de energía</a>)- lo que permitió que por medio de múltiples y complicados procesos más se constituyeran los planetas, entre ellos la Tierra. De la aparición de la Tierra -como si de una cosa a otra no hubieran transcurrido millones de años- nos dirigimos directamente a la pregunta sobre el origen de la vida en ella. ¿Cómo surgió?</p>
<p>Según el autor de la monografía &#8220;<a href="http://www.monografias.com/trabajos10/trabi/trabi.shtml" target="_blank">Trabajo de biología. ¿Cómo surgió la vida?</a>&#8220;, la vida es la propiedad &#8220;más elemental, que comparten la ballena azul, que llega a alcanzar 33 metros de longitud y 200 toneladas de peso, con los virus más pequeños, de sólo 10 nanómetros; y el cefalópodo abisal vampyroteuthis, que nada en aguas a 11.000 m de profundidad, con los microorganismos que la NASA ha recogido flotando a 41 km de la superficie terrestre&#8221;.</p>
<p>Es curioso el estilo en que este autor presenta sus afirmaciones: &#8220;Se trata de la facultad -(la facultad de la vida)-, desgraciadamente bastante imprecisa, muy difícil de concretar, aunque cualquier mortal acierta a distinguir entre un ser vivo y un pedazo de materia inerte&#8230;&#8221;. La aparente ingenuidad de esta definición no nos permite olvidar la hondura de nuestro desconocimiento. Leemos unas palabras más y nos hallamos ante esta afirmación: &#8220;No es difícil adivinar que la meta de algo viviente es sobrevivir, competir y reproducir su especie&#8221;.</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>¿Adivinar? Pero, ¿estamos leyendo una nota de biología o de ocultismo?</strong></span></p>
<p>Nada de eso, lectores; es ciencia pura (<a href="http://www.monografias.com/trabajos908/la-ciencia/la-ciencia.shtml" target="_blank">¿Qué es la Ciencia?</a>). La ciencia ha jugado a demostrar (o a no poder demostrar) lo que adivina de la Naturaleza. Siempre lo ha hecho así. Lo que nos sorprende es que la definición de un biólogo coincida casi literalmente con la de un filósofo, es decir, entre &#8220;&#8230;la meta de algo viviente es sobrevivir&#8230;&#8221; del autor de la monografía que mencionamos, a &#8220;el hombre quiere perserverar en su ser&#8221; del filósofo alemán Schopenhauer, hay apenas una diferencia: uno habla en general sobre la vida y otro se refiere exclusivamente a la del ser humano.</p>
<p><span id="more-1057"></span></p>
<p>Pero antes de comenzar con los orígenes de &#8220;el hombre que persevera&#8221;, resultaría interesante recorrer todo tipo de vida desde que ésta empezó a circular por la Tierra, deteniéndonos un poco en lo que fascina a niños, adolescentes y adultos, los dinosaurios, y en el porqué de esa fascinación. Leemos en &#8220;<a href="http://www.monografias.com/trabajos/dinosaurios/dinosaurios.shtml" target="_blank">Los Dinosaurios</a>&#8221; que lo que hay que &#8220;tener en cuenta sobre las formas simples de vida es que no tienen nada de simples. La célula más rudimentaria puede ser comparada con una factoría que desarrolla tantas funciones diferentes como todas las industrias del mundo juntas. Así pues, el misterio sigue cubriendo todavía el proceso mediante el cual se iniciaron las primeras formas de vida, aunque los científicos creen que en los orígenes del planeta las lluvias depositaron compuestos químicos sobre la tierra y los océanos, disponiendo así los principios básicos para el inicio de la vida. (&#8230;) Sin embargo, otros científicos como el bioquímico y premio Nobel Francis Crick (&#8230;) especulan con la posibilidad de que las primeras formas de vida procedieran del espacio exterior&#8221;.</p>
<p>Finalmente nuestro autor comienza su exposición sobre los dinosaurios explicándonos que los reptiles fueron los primeros vertebrados que lograron salir de las aguas y reproducirse en tierra, lo que no es en absoluto un &#8220;acontecimiento insignificante&#8221;, ya que de los reptiles derivarían importantes clases de vida, como la de los dinosaurios, de los cuales hace una interesante recopilación de hábitos de alimentación, lugares donde vivieron y nombres científicos de los más conocidos, para terminar con el subtítulo que lo conduce a otra especulación: &#8220;¿Qué mató a los dinosaurios?&#8221;, apartado que empieza de este modo: &#8220;Es como un clásico misterio de Sherlock Holmes. Los cadáveres han sido encontrados y disponemos de toda clase de pistas, pero, ¿quién fue el asesino?&#8221; Expone algunas probabilidades, pero nosotros ya tenemos a mano otra nota más explícita en cuanto a este tema en particular. Se trata de &#8220;<a href="http://www.monografias.com/trabajos5/exdin/exdin.shtml" target="_blank">45 hipótesis acerca de la extinción de los dinosaurios</a>&#8221; (¡45!), ensayo realizado por Manuel Tamayo H., de Chile.</p>
<p>En &#8220;<a href="http://www.monografias.com/trabajos26/buscando-origen/buscando-origen.shtml" target="_blank">Buscando el origen</a>&#8220;, claro que en la última página, ya nos encontramos con nosotros mismos, y de nosotros dice el autor, entre otras cosas: “En la actualidad la   única especie del género homo, el hombre, no sólo está totalmente adaptado a su entorno, sino que adapta el entorno a sus propias necesidades”. Pero agrega: “Existen menos diferencias entre el hombre y un lince ibérico que entre el felino y una bacteria. (&#8230;) De hecho, si hemos de encontrar animales evolutivamente perfectos, debemos buscar en otro sitio”. Y menciona a una especie que, asegura, ha conseguido sobre nosotros “una supremacía evolutiva”. ¿Habrá muchos humillados al saber que los cocodrilos, en ese sentido, nos superan?</p>
<p><span style="color: #990000"><strong>¿Es posible el diálogo entre Ciencia y Religión?</strong></span></p>
<p>La ciencia necesita mucho silencio para llevar a cabo los procedimientos que conducen a grandes descubrimientos; la religión, más silencio todavía para intentar apresar la verdad en sus meditaciones.</p>
<p>Y la ciencia le pide a veces prestada a la religión la calmada intuición; y la religión pide a menudo ser racionalizada.</p>
<p>Respecto a estos temas, veamos qué ampliación de conocimientos podemos encontrar en dos monografías de títulos prometedores: &#8220;<a href="http://www.monografias.com/trabajos39/filosofia-religion-ciencia/filosofia-religion-ciencia.shtml" target="_blank">Filosofía, religión y ciencia. Una solución integral a la crisis mundial</a>&#8220;, y &#8220;<a href="http://www.monografias.com/trabajos7/ejfi/ejfi.shtml" target="_blank">El ejercicio filosófico de la razón como instrumento de la teología</a>&#8220;.</p>
<p>Claro que, a pesar de lo dicho sobre la palabra y el silencio, jamás podríamos dejar de advertir que  el  lenguaje oral y escrito es el que hace toda la diferencia entre los otros individuos del reino animal y nosotros. Quizá al encarecimiento de silencio de científicos y religiosos debería agregársele que &#8220;sólo después de conocer, callar en busca de más conocimiento&#8221;.</p>
<p>Y no siempre callar, ya que de ese modo no podríamos aprovechar este momento de comunicación entre los lectores y nosotros para hablar y recomendar trabajos, ya sea por buenos, originales o curiosos. Por ejemplo, enfatizar la necesidad de la lectura de &#8220;<a href="http://www.monografias.com/trabajos902/alma-ciencia-dimension/alma-ciencia-dimension.shtml" target="_blank">Alma y Ciencia</a>&#8220;, uno de nuestros artículos que fuera publicado previamente en la importante revista Esfinge. Pertenece a Fernando Fígares y, a pesar de ser breve, abre y cierra con dos subtítulos que despiertan muchos deseos de leerlo: el primero es <em>Un encuentro en la cuarta dimensión</em>; el último: <em>Un Dios matemático</em>.</p>
<p>Es precisamente desde este trabajo de donde partimos de manera puntual hacia nuestro tema, para tener en cuenta que las religiones más antiguas crearon a sus dioses de la observación de la naturaleza, y que estos dioses fueron, en esencia, metáforas o símbolos de fuerzas y sucesos naturales.</p>
<p>Y, sin dejar de lado la hipótesis de un Creador al cual se consagran civilizaciones muy evolucionadas, retomamos la última monografía citada para tomar otro de sus subtítulos y preguntarnos: <em>¿El diálogo entre la ciencia y la religión se hace posible? </em>. Con toda sinceridad, nos gustaría conocer la opinión de menos algunos de nuestros lúcidos lectores.</p>
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		<title>Extraterrestre en el balcón</title>
		<link>http://blogs.monografias.com/editorial/2009/09/30/extraterrestre-en-el-balcon/</link>
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		<pubDate>Wed, 30 Sep 2009 17:10:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Editorial]]></category>

		<category><![CDATA[civiliazación]]></category>

		<category><![CDATA[Computación]]></category>

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		<category><![CDATA[historia]]></category>

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		<description><![CDATA[Fragmento extraído de un diario íntimo futuro, cuya autora firma sólo &#8220;Sobreviviente&#8221;:
Lunes
Cuando era joven -tenía apenas sesenta años (La juventud)- trabajaba en una antigua red -&#8221;Internet&#8221; (Internet)- en un sitio denominado Monografías.com.
Debía preparar un editorial para todos los miércoles, y a veces se me hacía pedregoso; me parecía que ya había tocado todas la cuestiones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h5><span style="color: #990000">Fragmento extraído de un diario íntimo futuro, cuya autora firma sólo &#8220;Sobreviviente&#8221;:</span></h5>
<p><strong><em>Lunes</em></strong></p>
<p>Cuando era joven -tenía apenas sesenta años (<a href="http://www.monografias.com/trabajos55/la-juventud/la-juventud.shtml" target="_blank">La juventud</a>)- trabajaba en una antigua red -&#8221;Internet&#8221; (<a href="http://www.monografias.com/trabajos49/internet/internet.shtml" target="_blank">Internet</a>)- en un sitio denominado Monografías.com.</p>
<p>Debía preparar un editorial para todos los miércoles, y a veces se me hacía pedregoso; me parecía que ya había tocado todas la cuestiones -aunque apenas con la punta de los dedos, es cierto (<a href="http://www.monografias.com/trabajos45/calendario-romano/calendario-romano.shtml" target="_blank">Días fastos y días nefastos</a>).</p>
<p>Los días martes -el calendario era el mismo que ahora (<a href="http://www.monografias.com/trabajos12/arque/arque.shtml" target="_blank">Arqueología</a>)- me levantaba con anticipación llena de ideas (<a href="http://www.monografias.com/trabajos66/sed-ideas/sed-ideas.shtml" target="_blank">Sed de ideas, ¿qué hacemos con este mundo?</a>); me ponía frente a un arcaico aparatejo al que le decían ordenador, computador o computadora, según los países (<a href="http://www.monografias.com/trabajos19/historia-computadora/historia-computadora.shtml" target="_blank">Historia de la Computadora</a>) -existían &#8220;países&#8221; divididos por &#8220;fronteras&#8221;, pero ese ya es otro tema- e iba viendo cómo desaparecían, una a una, aquellas ideas; hasta una vez escribí sobre el vacío terrorífico de lo que todavía se llamaba &#8220;página&#8221; (ver diccionario), y, en este caso, &#8220;página en blanco&#8221;.</p>
<p>Uno de esos días estaba en lo que cuento, frente a la &#8220;computadora&#8221;, en la sala de casa -en otra parte de mi diario explico lo que significaban &#8220;sala&#8221; y &#8220;casa&#8221;, pero aún pueden hallarse en el <em>diccionario inconsciente</em>, si tienen ganas de revisar esa zona.</p>
<p><span id="more-1232"></span></p>
<p>La sala tenía ventanales que daban a un balcón lleno de plantas y macetas -ver, otra vez, el diccionario- y fue allí donde escuché los pasos, los sonidos.</p>
<p>-Era época de especulaciones sobre lo que se conocía -o desconocía- como &#8220;extraterrestres&#8221;, nuestros queridos amigos y parientes de distintos planetas (<a href="http://www.monografias.com/trabajos66/aliens-verdad-mentira/aliens-verdad-mentira.shtml" target="_blank">Aliens, ¿verdad o mentira?</a>).</p>
<p>Un extraterrestre -se decía- podía ser de extrema malignidad, aunque otras teorías lo consideraban un ángel: inteligencia de luz, bondad de sol.</p>
<p>Pero prevalecía el estremecimiento, algo común ante lo desconocido que todavía persiste entre nosotros.</p>
<p>Los ruidos aumentaron, una planta cayó, pensé en un gato doméstico que hubiera venido de otro departamento del edificio -insisto por penúltima vez: ver el diccionario inconsciente y buscar &#8220;departamento&#8221; y después &#8220;edificio&#8221;; el gato se ha vuelto de nuevo salvaje, hace demasiado tiempo, y no creo que figure como &#8220;doméstico&#8221; (<a href="http://www.monografias.com/trabajos16/gatos/gatos.shtml" target="_blank">Los gatos</a>).</p>
<p>Y era casi un maullido de gatito el que escuché salir de la boca del astronauta cuando abrí la puerta-ventana del balcón.</p>
<h5><strong>El encuentro</strong></h5>
<p>Lo bueno fue que a pesar de todas las leyendas que circulaban por esos días sobre los extraterrestres -y además sobre su inexistencia- no me produjo miedo, sino compasión o ternura, porque me miraba con grandes ojos en total desamparo.</p>
<p>Era primavera, pero hacía mucho frío, así que tomé de la mano al extraviado en el balcón y lo conduje hacia una silla de la sala.</p>
<p>Ahí se sentó en silencio; nos seguimos mirando; de vez en cuando emitía algún sollozo ahogado.</p>
<p><strong><em>Martes</em></strong></p>
<p>Pienso que este diario puede convertirse en unas memorias tan viejas que resulten útiles para la reconstrucción de algunas partes del pasado. Mal no les vendría a los jóvenes saber algo de los tiempos de antes; existieron edades en que esas reconstrucciones eran materia de estudio y se llamaban &#8220;Historia&#8221;, o &#8220;La Historia&#8221;.</p>
<p>Pero quiero contar un poco más de lo que sucedió aquel martes con el astronauta:</p>
<p>Él estaba allí sentado y yo repasaba nociones de esa materia que mencioné, Historia. Recordaba a los egipcios, una civilización remotísima de la que hoy no hay memoria (<a href="http://www.monografias.com/trabajos42/momificacion-egipto/momificacion-egipto.shtml" target="_blank">El arte y la ciencia de la momificación en el Antiguo Egipto</a>), que fue extremadamente adelantada, y aún antes de que empezara la Histora, creo, habían pintado estampas de astronautas ingresando a la Tierra en sus naves.</p>
<p>Recordaba también, y todavía, con precisión, recuerdo que lo recordaba, haber visto en un libro perdido, por supuesto, debajo de la fotografía de un muro decorado donde apenas si se veía algo la siguiente inscripción:</p>
<p><em>La llegada de los extraterrestres a la Tierra en cápsulas espaciales fue acogida con grandes muestras de alegría por los primitivos habitantes de nuestro planeta.</em></p>
<p>Y a su lado otra imagen más borrosa todavía, de un friso egipcio, debajo de la cual estaba escrito:</p>
<p><em>Al principio los extraterrestres aterrizaban por el procedimiento de caída libre con la simple ayuda de amortiguadores que les protegían la cabeza y los pies</em>.</p>
<p>No obstante tanto recordar, no tenía idea de cómo podríamos conversar con mi amigo el astronauta extraterrestre -aparte, en esa época los humanos ni nos acercábamos a la noción de idioma universal.</p>
<p>De golpe me iluminé, ya que era imperativo que encontrara una solución al problema de la comunicación entre él y yo, en esa sala congelada.</p>
<p>Con un ademán demasiado viejo y complicado para ser explicado, &#8220;disqué&#8221; en un &#8220;teléfono&#8221; el &#8220;número&#8221; de mi hija Magdalena, que al poco rato estaba observando con cariño y sin miedo en absoluto al extraterrestre sentado en la sillita.</p>
<p>Magdalena era entonces profesora de español para extranjeros de distintos idiomas. En ese momento, lo que me parecía extraño de su oficio era que ella no tenía necesidad de saber el idioma de cada uno de sus alumnos -noruegos, japoneses, brasileños, holandeses, alemanes, etc.; antes se dividía así el planeta- para enseñarles español. &#8220;Parece cosa e&#8217; bruja&#8221;, le decía a mi hija. Pero no era brujería sino una técnica muy concreta y efectiva que yo nunca entendí (<a href="http://www.monografias.com/trabajos36/presion-del-sistema/presion-del-sistema.shtml" target="_blank">La presión del sistema: su influencia en la enseñanza del español</a>).</p>
<p>Magdalena me miró de pronto a los ojos, como diciéndome algo más, y preguntó: ¿Podrías salir a pasear una o dos horas y dejarme intentar enseñarle español a nuestro amigo?</p>
<h5><strong>El paseo</strong></h5>
<p>A las dos cuadras empecé a alucinar con la idea de haber dado en efecto con un extraterrestre en el balcón.</p>
<p>Los que estén descifrando este diario tienen que darse cuenta de lo que significaba en aquellos días semejante hallazgo: nadie, oficialmente, había tenido contactos extraterrestres, si bien se habían dado a conocer innumerables textos y filmaciones que aseguraban su existencia y algunas personas juraban por la <em>Biblia</em> (ver dic.) que la misma Biblia sostenía que el profeta Ezequiel se había encontrado con una nave que pertenecía a otros mundos.</p>
<h5><strong>Regreso del paseo</strong></h5>
<p>Magdalena y Prixúa, que tal era el nombre del que encontré en el balcón, estaban tomando una merienda de té verde y frutas cuando volví a mi casa. Prixúa me dijo &#8220;Hola&#8221; y comenzó a elogiar en perfecto español el color, la textura, el sabor y el perfume de nuestras frutas. Recuerdo que tomó una naranja, la alzó con la mano hasta cierta distancia y dijo: &#8220;Así se ve Marte desde lejos&#8221;.</p>
<p>Puedo contar otros detalles, otras explicaciones que me dio, pero sería ocioso, ya que repetiría los relatos de miles y miles de viajeros interplanetarios que han llegado hasta aquí desde ese día, y no le interesaría a nadie.</p>
<h5><strong>Envío</strong></h5>
<p>Para mis escritores predilectos: Osvaldo, Vancho, Joise, José, Blanca Estela, mi tocaya Libélula, y la dulce y lejana María de las Nieves.</p>
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		<title>Vampiros y vampiresas</title>
		<link>http://blogs.monografias.com/editorial/2009/09/23/vampiros-y-vampiresas/</link>
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		<pubDate>Wed, 23 Sep 2009 15:27:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Editorial]]></category>

		<category><![CDATA[Henry James]]></category>

		<category><![CDATA[Muerte]]></category>

		<category><![CDATA[música]]></category>

		<category><![CDATA[sonido]]></category>

		<category><![CDATA[Tomás Eloy Martínez]]></category>

		<category><![CDATA[vampiros]]></category>

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		<description><![CDATA[Música de la vida y de la muerte (La música de la India): cuando escucho una música amada siento que no es sólo música sino además colores, formas y una brisa muy tibia que suele darme un beso (El arte de hacer el amor).
Mi gran cuenco suele ser un tazón que puede tener las dimensiones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Música de la vida y de la muerte (<a href="http://www.monografias.com/trabajos-pdf/musica-india/musica-india.shtml" target="_blank">La música de la India</a>): cuando escucho una música amada siento que no es sólo música sino además colores, formas y una brisa muy tibia que suele darme un beso (<a href="http://www.monografias.com/trabajos38/hacer-el-amor/hacer-el-amor.shtml" target="_blank">El arte de hacer el amor</a>).</p>
<p>Mi gran cuenco suele ser un tazón que puede tener las dimensiones de un volcán (<a href="http://www.monografias.com/trabajos36/volcanes-ecuador/volcanes-ecuador.shtml" target="_blank">Volcanes del Ecuador</a>), donde se mezclan todas las cosas bellas naturales y las cosas más altas del espíritu, o el mal con sus hechizos (<a href="http://www.monografias.com/trabajos913/mal-escuelas-ocultistas/mal-escuelas-ocultistas.shtml" target="_blank">El Mal y las escuelas ocultistas</a>).</p>
<p>Me fascina lo que puede hacer con nosotros el sonido: estamos, sin saberlo, en manos de él (<a href="http://www.monografias.com/trabajos16/sonido/sonido.shtml" target="_blank">Sonido</a>).</p>
<p>Personalmente percibo cada día un poco más la muerte con cada ruido disonante, con las ambulancias, sirenas de bomberos y policías y frenos y corridas, gritos desesperados que pasan por la puerta y entran en mi hogar -lapsus por &#8220;hogar&#8221;, escribí &#8220;local&#8221; a cambio; y sí, estoy loca y vivo en un <em>local</em>-, aunque todo esté cerrado y haya hasta espuma de mar en las aberturas.</p>
<p>Me he ido retirando al centro de la casa, hacia el lugar más silencioso, pero los ruidos aunque algo domesticados llegan hasta allí (<a href="http://www.monografias.com/trabajos38/contaminacion-sonora/contaminacion-sonora.shtml" target="_blank">Contaminación sonora, un problema inherente a todos&#8230;</a>).</p>
<p>Ellos son mis vampiros, me devoran y transforman en menos, me apagan sin cesar (<a href="http://www.monografias.com/trabajos24/vampiros/vampiros.shtml" target="_blank">Vampiros: los Moradores de las Tinieblas</a>).</p>
<h5><strong>Pisadas de vampiros</strong></h5>
<p>Y sin embargo, qué extraña persistencia por adorar a todo tipo de vampiros que tiene el alma de la gente.</p>
<p>Ya no importa que sean reales o fantásticos los grandes monstruos de carne, hueso o sólo de perversa materia espiritual que nos absorben -aunque los creo mitad reales. Y no importa si son reales o no porque en verdad nos absorben y entonces son reales tal como siempre lo creí.</p>
<p><span id="more-1210"></span></p>
<p>Hay huellas en escritos del pasado lejano, y también del pasado cercanísimo: pisadas de vampiros.</p>
<h5><strong>Henry James y Tomás Eloy Martínez</strong></h5>
<p>El sábado por la mañana estaba entregada a la tarea de corregir una nueva traducción -realizada por Edgardo Russo- de <em>Lo que Maisie sabía</em>, de Henry James (<a href="http://www.monografias.com/trabajos11/eldoble/eldoble.shtml" target="_blank">El doble como recurso literario&#8230;</a>).</p>
<p>Metida dentro del papel y la letra, seguro se escurrieron algunas erratas que el editor me echará jocosamente en cara, pero yo seguí aprendiendo de James, como hago cada vez que leo algo suyo.</p>
<p>Hipnotizada por la sabiduría de Maisie -una niñita tironeada por sus padres divorciados como trofeo de guerra y abandonada y vuelta a tironear según las conveniencias de papá o de mamá (<a href="http://www.monografias.com/trabajos61/hermanos-moral-divorcio/hermanos-moral-divorcio.shtml" target="_blank">Los hermanos, el desarrollo moral y el divorcio</a>)-, me había extraviado en la literatura y no escuchaba nada, ni el roce de las páginas y ni siquiera la voz de Elsa, mi amiga, que trataba de decirme algo, hasta que al fin emergí al mundo y la escuché. Tenía un periódico en la mano, que me entregó diciendo:</p>
<p>&#8220;Justo salió una nota sobre James, una nota de Eloy Martínez&#8221; (<a href="http://www.monografias.com/trabajos29/santa-evita/santa-evita.shtml" target="_blank">Indagaciones en torno al mito en <em>Santa Evita </em>de Tomás Eloy Martínez</a>).</p>
<p>Tomé el diario sin gracia, con desgano. Creía que nada más había por decir de Henry James; ya Graham Greene había escrito: &#8220;James es tan único en la historia de la novela como Shakespeare en la historia de la poesía&#8221;. Ya Leon Edel terminó hace tiempo su excepcional y exhaustiva biografía, de 800 páginas de tipografía pequeña y apretada; ya todos los que descubrieron a James como quien descubre una isla extraña tuvieron algo importante que expresar.</p>
<p>Pero leí la nota y otra vez aprendí algo nuevo, o Martínez le puso palabras a una reflexión difusa que estaba adentro de mí:</p>
<h5><strong>La Nación, sábado 19 de septiembre de 2009</strong></h5>
<blockquote><p>Los vampiros sutiles de Henry James</p>
<p>El éxito desmesurado de Crepúsculo, primer volumen de la saga todavía inconclusa de Stephenie Meyer, ha resucitado el mito del vampiro (&#8230;) Las cuatro novelas que Meyer dio a conocer hasta ahora han abierto las compuertas a un torrente de continuadores del conde Drácula (&#8230;) Es una lástima que esa generosa moda haya olvidado a Henry James, cuyos vampiros no beben la sangre de los seres amados ni salen de sus tumbas cuando cae la noche. Son más sutiles e inteligentes: no les interesa la inmortalidad sino el dominio absoluto del ser amado&#8221;.</p></blockquote>
<p>¡Oh, Maisie, cuánta sangre tuya probaron tus padres y parientes en el cuento de hadas -malas- de tu vida!</p>
<h5><strong>Vampiresas: una aclaración</strong></h5>
<p>El título de esta nota, en cuanto a vampiresas, se refiere más bien a otro tipo de monstruos: quizá a las escritoras que se vengaron de los vampiros masculinos bebiéndoles <em>a ellos</em> la sangre, para escribir con sangre muy vendibles volúmenes.</p>
<p>Pero sí registra la historia al menos una vampira verdadera. Alejandra Pizarnik supo algo de eso: descubrió en uno de sus viajes a París que &#8220;Valentine Penrose ha recopilado documentos y relaciones acerca de un personaje real e insólito: la condesa Báthory, asesina de 650 muchachas&#8221; -les extraía la sangre para preparar sus baños de belleza.</p>
<p>Demás está notificar que Alejandra no perdió la ocasión de escribir ella misma su peligroso y bello libro sobre la Báthory.</p>
<h5><strong>Envío</strong></h5>
<p>Este post está dedicado a María Eugenia Alonso, compañera de Monografías.com, que no puede mirar una gota de sangre, pero es joven, de grandes ojos verdes y aprende rápidamente un idioma de dioses hogareños, el japonés.</p>
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		<title>Papel, tinta, madera, muy cerca de Florencia</title>
		<link>http://blogs.monografias.com/editorial/2009/09/16/papel-tinta-madera-muy-cerca-de-florencia/</link>
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		<pubDate>Wed, 16 Sep 2009 17:00:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mora Torres</dc:creator>
		
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		<category><![CDATA[Carlo Collodi]]></category>

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		<category><![CDATA[creación]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Había una fórmula tonta, cuando éramos chicos, que tonta y todo nos divertía a rabiar, porque sí: pin uno, pin dos, pin tres, contábamos hasta llegar a Pin Ocho, y tal vez se nos pasaba el común -y descomunal- aburrimiento de la infancia, que consiste en algunos momentos de insoportable paz (<a href="http://www.monografias.com/trabajos19/juegos-rurales/juegos-rurales.shtml" target="_blank">Algunas reflexiones sobre los juegos tradicionales rurales</a>).</p>
<p>Se dice que hay otras fórmulas mágicas, y son para elaborar seres humanos (<a href="http://www.monografias.com/trabajos37/hechiceria-peru-chile/hechiceria-peru-chile.shtml" target="_blank">Hechicería e Imaginario Social</a>) -aparte de la convencional receta de hacer el amor entre una mujer y un hombre bajo ciertas condiciones propicias de la luna (<a href="http://www.monografias.com/trabajos49/trilogia-de-amor/trilogia-de-amor.shtml" target="_blank">Trilogía del Amor: El Amor, el Odio y los Celos</a>).</p>
<p>Acá dejaremos pasar laboratorios y probetas, clones y científicos cuerdos u orates en busca de una nueva vida (<a href="http://www.monografias.com/trabajos904/bioetica-genomica-pgh/bioetica-genomica-pgh.shtml" target="_blank">Bioética y genómica</a>), porque no queremos enfocarnos en eso sino en las leyendas y los cuentos fantásticos que hablan de varios atrevidos intentos multiplicadores de gente.</p>
<p>Uno de ellos es el llamado Golem, creado por un rabino en la ciudad de Praga mediante el método terrible de pronunciar con exactitud el nombre verdadero de Dios (<a href="http://www.monografias.com/trabajos917/asambleas-pajaros/asambleas-pajaros.shtml" target="_blank">Asambleas de pájaros</a>). Y aun así fue un intento fallido; el rabino más bien creó a un homúnculo poco desarrollado que terminó incendiándole la sinagoga (<a href="http://www.monografias.com/trabajos11/religcult/religcult.shtml" target="_blank">Religiones</a>).</p>
<p>Pero muy cerca de Florencia, Italia, en un pueblito llamado Collodi que es apenas una mancha sobre la ladera de una colina (<a href="http://www.monografias.com/trabajos66/ciudades-escritores/ciudades-escritores.shtml" target="_blank">Ciudades y escritores</a>), un hombre dio a luz dentro de un libro algo bastante más amable que el Golem, un muñeco de madera viviente: Pinocho, claro.</p>
<p><span id="more-1181"></span></p>
<p>Se trataba de la primera vez que el escritor tomaba la pluma -o la madera del lápiz- para engendrar literatura; él era o había sido periodista y volvió a Collodi para intentar escribir un cuento para niños.</p>
<p>Carlo Lorenzini adoptó el seudónimo de Carlo Collodi -homenajes como éste para el lugar de nacimiento hay demasiado pocos- al publicar su narración, que terminó siendo una novela para grandes y chicos y una herencia sin nada de herrumbre para la humanidad de cualquier lengua, aunque escribió en un dialecto italiano. El libro se llamó<em> Las aventuras de Pinocho.<br />
</em></p>
<p>Pero la creación de un ser con tendencias humanas siempre es, aun en literatura, algo muy serio, y Carlo Lorenzini -Carlo Collodi- no escapó de las serias consecuencias de su creación, quedó enredado en los hilos de cuando Pinocho consiguió empleo como marioneta.</p>
<p>Lorenzini era además un músico dotado, de finísima tela, y grave, amargo, con aires de nobleza pero entregado a luchas políticas reivindicatorias (<a href="http://www.monografias.com/trabajos68/revolucion-musica-musica-revolucion/revolucion-musica-musica-revolucion.shtml" target="_blank">La revolución en la música y la música en la revolución</a>).</p>
<p>En el pueblo no lo querían, por su malhumor, y por su falta de apego a los niños. Era de los que se ocultan tras la celosía mirando hacia el jardín o el huerto para pescar al que se lleva una naranja o una rosa, y lo persigue con maldiciones.</p>
<p>El pueblo de Collodi, según mis últimos informantes -es decir Internet- se ha convertido en una miniatura de Disneylandia (<a href="http://www.monografias.com/trabajos16/disney-world/disney-world.shtml" target="_blank">The Walt Disney World resort</a>), pero gracias a Dios la vida de Pinocho -y la de su autor y padre- fue menos frívola que la del Tío Rico, con el respeto debido a tan entrañable personaje.</p>
<p>Pinocho no era adorable ni entrañable: buscaba convertirse en hombre de verdad. Todas sus aventuras eran búsquedas de identidad y también de respuestas sobre la vida y la muerte.</p>
<p>Sufrió mucho, y no sé hasta dónde llegó en la escala de Darwin, pero hizo tanto que hasta trabajó de asno en un circo, y se convirtió temporalmente en asno esclavo del dueño del circo, para alcanzar la humanidad.</p>
<p>Lo persiguieron asesinos, alcahuetes, traidores, tal como suele ocurrir en la vida de los héroes y los bandidos, que ambas cosas era, habiendo nacido muñeco de madera, y, en última instancia, de una pluma.</p>
<h5><strong>Envío</strong></h5>
<p>Les encarezco lean esta inscripción, que aparece en el libro <em>Vuestra historia</em>, de Alberto Savinio, pero creo que la casa ya no está:</p>
<p><em>En esta casa/ en la que vivió los primeros años de su niñez/ y a la que después volvió muchas veces atraído por los maternales recuerdos/ Carlo Lorenzini/ ilustre publicista/ soldado voluntario en las batallas patrias,/ escritor urbanamente agudo,/ benemérito de la popular instrucción/ que con el seudónimo de Collodi/ hizo célebre el nombre de este pueblo/ los collodeses/ con anuencia y beneplácito del municipio de Pescia / P.P. / Nació el 24 de noviembre de 1826 y murió el 26 de octubre de 1890.</em></p>
<p>Y si alguno de mis amigos viajeros ha andado por allí, o al menos cerca de allí, o sabe algo más de este querido personaje escritor, Carlo Collodi, no dejen de contárnoslo. O si alguien sabe algo de los caminos por donde se perdió Pinocho.</p>
<p>Gracias, besos, los extraño&#8230;</p>
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