Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

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“Dejar la red abierta por un lado”

La asombrosa frase que da nombre a mi entrada de hoy es de Chao-Hsiu Chen. Su libro se llama Astucia sonriente, con traducción de Mónica Scholz para la Editorial Edaf, de Madrid, en 2001. En su tapa reza además del título: “108 estrategias de la antigua China para conseguir el éxito” (La breve sonrisa de Confucio…).

No me lo regalaron, ni lo encontré entre los ocultos libros-sorpresa de mi biblioteca (Saber leer).

Lo compré para ustedes en una mesa de saldos -generalmente compro allí mis libros en la actualidad, y son los que más placer me producen (La felicidad, esa constante búsqueda).

Quería devolverles algo, hacerles un regalo, no sabía cómo, algo muy personal para cada uno de ustedes (Entre Eva y Pandora - Cuento).

Confieso que estoy un poco harta de los párrafos, las frases, las líneas, cada palabra, de los textos llamados de autoayuda (Impacto de los libros de autoayuda en el desarrollo de la sociedad en el siglo XXI).

Siempre estuve harta, antes de siquiera abrirlos.

Pero a éste lo hojeé -parada frente a la mesa de saldos- y le encontré algo distinto.

Será por su antigüedad, por su “sabiduría milenaria”, por lo original y ácido de su enfoque, por la falta de mermelada y confites pero no de poesía.

Son bocados de la más alta cocina china, pero salados. Condimentados a veces, a veces exquisitamente amargos (Los pares de opuestos).

Pensé en ustedes, en qué les iba mejor uno por uno.

Todo puramente intuitivo, ayudada por un poco de raciocinio -de eso, en mí, no hay sobrantes- considerando lo que me han escrito (Informe del juicio, el raciocinio y el razonamiento).

Hay gente nueva que apenas conozco, aunque soy tan valiente que me animé a equivocarme.

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Las palabras son cuchillos

Me llamo Irene Cavas Islas, y si bien el nombre que me atribuyo es falso, suena muy parecido al mío verdadero (Acerca del origen del lenguaje). Lo usaré sólo para contar mi historia, breve y, tal vez, interesante. El país y la ciudad donde resido van a permanecer ignorados para ustedes. De otro modo, con este relato, que puede inclusive matar a alguna persona que lo lea, yo sería fácilmente ubicable. Me conviene permanecer en las tinieblas, aunque la ley de ningún Estado penalice mi modo de matar. (Al hilo de las identidades asesinas de Maalouf).

Haré primero un rápido resumen de mis primeros años de estudiante (La lluvia de estrellas en mi vida. Una historia de inspiración).

En la escuela secundaria me gustaban las ciencias exactas -más precisamente la física- y la anatomía (El Conocimiento en las Ciencias Exactas y en las Ciencias Humanas).

Cuando me recibí de bachiller decidí inscribirme en medicina y, al mismo tiempo, comencé a escribir literatura, como esparcimiento en mis escasos ratos libres (Tiempo de drogas, hijos en riesgo).

Me especialicé en neurología -por la que sentía una verdadera pasión- y continué escribiendo -después supe por qué: escribir era el acto necesario para una gran carrera (La escritura y cómo escribir).

Esta nueva “carrera” nada tiene que ver con la ciencia ni con la escritura, pero las abarca a las dos. Si no fuera neuróloga, si no fuera aun humildemente escritora, no hubiera podido acceder a ella, que me depara una vida de lujos, y la sensación de ser un dios. Que me depara la equilibrada unión de mis dos opuestos: el mal y el bien que circulan por mis entrañas (Más acá del bien y del mal).

Ya antes de mi especialización en neurología me intrigaba el continente oscuro del cerebro. Ya investigaba todo lo posible sobre él, sobre sus zonas peligrosas, sobre sus zonas de misteriosa santidad, sobre la posibilidad de estimularlas o bloquearlas.

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El grito de las sombras y las estatuas

El grito de las sombras y las estatuas

para José Itriago, in memorian

“La inmortalidad física es la única causa por la cual no debes morir”, leí con mis ojos ávidos un día (La Alquimia: El Arte Perdido). Ávidos de inmortalidad, precisamente. ¿Pero cómo lograrla? Ese enunciado parecía ridículo, una broma, no más. Sin embargo, ahora estoy entre muertos solo para conseguir precisamente la inmortalidad (La muerte en la historia).

Ninguno de mis conocidos alcanza a comprenderlo; mi padre y mi madre, que ya se acercan a la ancianidad, menos que nadie (Psicodinamia del envejecimiento).

Me cerraron las puertas de su casa, que era la mía también (Las familias), como si se tratara de un panteón fuertemente custodiado, porque no todos los panteones son inviolables; el mío, por ejemplo, no lo es.

Debo sacrificarlo todo para acceder a la inmortalidad, y sacrificarlo todo no es demasiado para mí, que siempre sentí el grito de las sombras y de las estatuas llamando, que nací para permanecer, aun cuando tenga una carrera universitaria y una posible herencia –creo que mis padres no pueden desheredarme, la ley se los impide- bastante generosa (Enfrentando a la ley y al padre…).

Y ese acceso es sólo una apuesta, pero vale la pena. Podría ser o no ser. Aunque tengo esperanzas, tengo fundadas esperanzas… (La pregunta por el inicio). Creo en mi empleador, creo en su palabra, yo que fui tanto tiempo escéptico de los seres humanos. Él no me prometió ningún cielo; solamente vivir para siempre. Con los males, las tragedias y, a veces, la felicidad que trae el correr del tiempo día a día. Y yo que no quiero morir, y aparte soy curioso de los cambios futuros, se lo acepté.

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Otro ramo de flores del ciruelo para José Itriago

Estaba redactando uno de mis cuentitos algo góticos, con la intención de sorprenderlos, cuando llegó la noticia:

“…se nos fue Jose, el bello Jose Itriago, el trovador de las letras, el amigo, el caballero, el hombre gentil de la palabra sabia y los cuentos nutritivos… tengo una tristeza honda” (lo escribió en facebook Judith Mora, una magnífica ex participante de este blog).

Todo lo que dice Judith -la libélula de nuestro grupo- es cierto, pero además José era un escritor muy grande. No tengo idea de sus publicaciones, sólo lo leí en este blog. También lo amé en este blog.

Se me ocurre que no puedo rendirle mejor homenaje que copiar un post que le dediqué, en el que comentan él y otros participantes, como Joise. Lo más importante son los comentarios, precisamente.

Los agradecimientos se los debo para el próximo post. Me quedé sin tinta, me quedé con todos los dolores del mundo. Quisiera transmitirles quién fue José Itriago a los nuevos participantes…

Les anticipo el precioso trabajo de luis b martinez (Frente al espejo -relato-).

Un ramo de flores del ciruelo para José Itriago

Sí, se escribe para decir algo que queda más allá de las palabras (Oralidad y escritura), pero si no se escribiera, mi querido, mi entrañable José -con el genio de tu hermano Francisco aleteándote en las espaldas como los ángeles (La historia de la pintura) y con tu propio genio recogiendo en tu austera habitación el universo para nosotros que te leemos (objeciones-al-que-no-objeta)-, si no se escribiera, digo, no tendríamos la esperanza o la posibilidad de llegar a decirlo alguna vez… Tú, o “cualquiera”, tan cualquiera como mi amigo José Luis Pagés, o Vancho y Osvaldo, o alguien futuro, con música, con palabras, con colores (La relación entre los colores y el conocimiento).

En este momento, por ejemplo, quiero estar en silencio para sentir tu gran silencio que llega desde lejos  José (La luna y el solitario), y es el silencio de la calma, aunque me lo transmitas con tu prosa compuesta de vocablos -pero el silencio de la escritura ordena a veces el caos, no es como vociferar, no es como hablar en las reuniones de escritores.

Me apoltrono en el jardín, lugar tan etéreo que el verbo apoltronarse es casi grosero (Las siete maravillas del Mundo) -ahora tengo jardín y árboles frutales en un lugar casi desierto de gente, pienso en vos, en ti, en usted, José I.

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El sabor de la sangre (otro cuentito un poco “gótico”)

A mí, como a muchos, me sucedió recibir un regalo que yo misma había regalado hacía un tiempo.

Uno lo identifica de inmediato (El Proceso de Transformación)

Si es una pulsera, o un anillo, en alguna parte tiene la inscripción invisible para todos y visible para nosotros; si es un libro, él grita nuestro nombre, nos recuerda, por muy bien conservado que esté y por muy nuevo que haya sido cuando fue obsequiado la primera vez (En el Día del Libro).

Este caso es un poco distinto, porque sí, se trataba de un libro, pero de un libro que entre otras cosas se valoraba por lo antiguo (Fragmento del diccionario de la evolución). Aunque tengo que contar unas cuestiones previas a ese hecho.

Yo terminé la escuela secundaria en el bachillerato nocturno, el famoso Bachillerato de las Estrellas de Santa Fe.

Por supuesto, no se trataba de un “templo del saber”, sino de un Templo de la Diversión de la Juventud Descarriada, aunque tal vez exagero un poco (Los jóvenes años 60).

Lo cierto es que cinco de nosotros éramos amigos muy cercanos ya al inscribirnos en la institución, y todos nos dedicábamos al arte. Ya fuera al arte de escribir, de pintar, o a ese otro, más delicado y complejo, el arte de no hacer nada y meter las narices en todo y mucho más que en todo realmente: ¡teníamos 18 años! Yo era la única mujer.

Entre los componentes del grupo el que más llamaba la atención era Sergio. Se hubiera dicho que era un bailarín ruso por su figura, su agilidad y sus rasgos, con una belleza andrógina y unas caídas de ojos dedicadas a chicas y muchachos (El diente de Kong).

Como los cinco nos llevamos a marzo todas las materias -esto quiere decir: a dar en marzo examen, porque el promedio no nos alcanzó-, ese verano la pasamos de maravilla.

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Algunos souvenirs para el Día del Amigo

No sé si el 20 de Julio era ya, cuando yo era muy niña, el Día del Amigo (Amistad civil en Aristóteles). Pero a partir de los siete años recuerdo una seguidilla de 20s de julio.

Los hermanos nos levantábamos temprano, mucho antes de partir para la escuela (La leyenda de los hermanos Ayar, fundadores del Imperio Inca), con el propósito -que con algunas imperfecciones cumplíamos- de… ¡preparar una tortilla de papas! (Una escuela para la libertad).

El hecho resulta extraño, pero tiene una explicación (Gaudi y Tolkien - Lo mágico y lo intrínseco):

La primera perrita que tuve, llamada Topita como la que tengo hoy -digamos, Topita I- cumplía años ese día.

Y en materia de comidas, Topita era fanática de la tortilla de papas con mucho huevo y manteca.

Sólo una vez cada 12 meses podía degustarla, según los “doctores” (La alimentación de los perros).

Y ese día era el 20 de Julio.

Algunos souvenirs para el Día del Amigo

No sé si el paladar les quedará tan dulce como a Topita después de leer estos fragmentos que elegí, pero ojalá así sea. Primero busqué poemas referidos directamente a la amistad, tales como el de José Martí (Antología de José Martí):

Cultivo una rosa blanca

en junio como en enero

para el amigo sincero

que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo

cardo ni ortiga cultivo,

cultivo una rosa blanca.

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Cuento gótico

No sé si esto es soñado o es verdad (Sueños, visiones y presentimientos), pero hace más de 150 años que una figura vestida de negro, y también con un negro sombrero, lleva todos los días de mi aniversario cuatro flores a mi tumba. Creo que sé de quién se trata, pero lo dejaré para el final… (Triste final para una historia de Romance, Encuentro y Muerte).

Mi padre era actor y mi madre era actriz (Historia y evolución del Teatro Universal). A ella la abandonó mi padre cuando estaba muy enferma, para irse a morir, lleno de alcohol y drogas (La drogadicción). De cualquier modo estuve con mi madre hasta que ella también murió, cuando yo tenía tres años, y nunca pude olvidar su hermosura y, extrañamente, su alegría. Tampoco los días de frío y de hambre (A través de los ojos de los niños).

Me llevaron a vivir con un matrimonio muy rico, en Richmond (Edgar Allan Poe. Un acercamiento a las tinieblas).

Si las cosas fueran sólo blancas o negras, podría decir que la mujer que me adoptó, Frances, era bondadosa, y que el hombre que me adoptó, John Allan, era avaro y malvado. Pero las cosas no son blancas o negras. Tal vez John Allan, un rústico y poderoso dueño de plantaciones de algodón y tabaco, no pensó jamás en encontrarse con un personaje como yo, y que además hiciera el papel de hijo.

A mis quince años yo era en apariencia feliz. Me dediqué al deporte -fui un gran nadador, un nadador que hendía velozmente el río James, y un atleta, hasta practiqué boxeo. Mis amigos me “envidiaban” y me amaban, y yo guardaba para todos un misterio.

Livianamente, decidí profundizar ese misterio.

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El vestido amarillo

Miraba periódicamente por la ventana esperando que el día gris aclarara, cuando la vi. Las calles estaban solas y era más probable que el cielo tuviera menos intenciones de cumplir mi deseo que de echarse a llover (Mientras la lluvia cae - Cuento).

La observé. Estaba sentada en la cerca de mi jardín y no podía verle la cara. Sus dos trenzas rubias eran iguales a las que yo lucía de niñita, lo mismo que su pequeño cuerpo de ocho o nueve años (La representación del mundo en el niño. Jean Piaget).

¿Estaría perdida? (¿En qué consiste esa gracia, piedad o sabiduría de la infancia?).

No me atrevía a preguntárselo, porque me imaginé preguntándoselo: yo era una viejecita de pelo muy blanco, pero no estaba segura de si parecía una dulce anciana o más bien una bruja de esas que nacen en los relatos para niños y que los niños después reinventan en cada ventana donde una señora mayor está mirando, o cuando una señora mayor les da un beso que pincha un poquito (Entre Eva y Pandora - Cuento).

Más valía retirarme a seguir con mis labores (Alicia detrás del espejo).

En la cocina abrí un paquete que contenía un preparado en polvo para hacer torta de chocolate. Lo vacié en un bol, batí aparte dos huevos con veinte cucharadas de leche y se los agregué al bol lentamente, revolviendo con un tenedor para que no quedaran grumos. Enmantequé el molde, trasvasé a él el contenido del bol, y lo puse en el horno (Cocina y filosofía: la cocina peruana y el error de Platón).

Fabricar una torta de chocolate era una aventura para mí. Nunca había hecho otra cosa en la cocina que los sándwichs calientes con los que me alimentaba, de diversos fiambres y quesos, junto con una taza de café.

¡Pero el chocolate! Me trajo todos los recuerdos (Como agua para chocolate - L. Esquivel).

El primero: la casa de chocolate adonde fueron a dar Hansel y Gretel después de estar perdidos en el bosque (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?).

Era un cuento terrible, el que más me había gustado en la infancia, porque la casa era de chocolate y el jardín de caramelos de goma, con árboles verdes y flores rojas de merengue pintado con frutilla. Creo que me había gustado el contraste entre mi gula y la maldad de la bruja que era la dueña de esa casa.

“Aún hoy lo leería con gusto”, pensé. Y me dirigí hacia un arcón o baúl donde tenía amontonados mis recuerdos de infancia.

Estaba primero ese libro, apenas al abrir.

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Partitura: Un homenaje a San Juan de la Cruz

Les ruego me perdonen por la amplitud del escrito (Ensayo de un ensayo), difícil de entender, pero no imposible (La pasión de la pregunta. Blanchot y la filosofía)..

Lo que van a leer es un homenaje a uno de los genios más extraordinarios del Siglo de Oro Español (Morris), San Juan de la Cruz (El renacimiento. La lírica).

Yo que no soy del todo creyente (Job el creyente, Prometeo el rebelde), diría, como Santa Teresa (Poesía de Santa Teresa. Del logocentrismo a la otra lógica), pero dirigiéndome a San Juan:

“No me mueve mi Dios para quererte

El cielo que me tienes prometido

Ni me mueve el infierno tan temido

Para dejar por eso de ofenderte”

Verso que termina así:

“Que aunque no hubiera cielo yo te amara

Y aunque no hubiera infierno te temiera”.

La poesía de San Juan hace que de alguna manera creamos más que nunca en Dios: ella es una diosa. Hace que consideremos que estamos en el cielo ante cualquiera de sus poemas, y que el infierno no es más que perder uno a uno el recuerdo de sus versos.

Escribí muchas cosas sobre San Juan, mucha poesía y prosa. Nada alcanza, por supuesto, a hacer que quien me lee imagine la obra majestuosa.

Pero quizá los aliente a buscar más en la fuente, que les entregue estos fragmentos convertidos en prosa que escribí:

Homenaje a San Juan de la Cruz

Belleza  como pausa

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La cueva del asesino de niños (un cuento para Joise)

En realidad no es únicamente para Joise mi cuento. Sólo es una respuesta a su pedido: “Espero creáis mi cuento!”. Lo que me gustaría es que lo leyeran todos (Literatura).

Claro, Joise dice de las leyendas: “Memoria de anécdotas y cuentos, ej. Las ánimas rezanderas, El tío rico que murió accidentalmente y ahora está en pena por haber enterrado su dinero sin haberlo repartido entre sus parientes. ¡Qué locura!” (Antología de leyendas).

Sin mencionar que el último de los argumentos de Joise me fascina para ser modificado un poco y traído a mis tierras, convertido en “suceso verdadero”, esa locura es el encanto que tienen las leyendas: dan miedo y no dan miedo porque sabemos que son leyendas (Las barcas de la noche - cuento).

Aunque no podemos dejar de admirar a esos hombres o mujeres rústicos que con tanta imaginación las crearon, y otros que con el transcurso del tiempo les fueron agregando o quitando material para hacerlas más bellas, y, al fin, a esos que, rústicos o no, con tanta inocencia las creyeron -y a algunos que las siguen creyendo… Además ¡quién tuviera la frescura y la lozanía para escribir como ellos narran oralmente! (Lenguaje hablado)

Todo eso forma parte de la cultura de un pueblo y de la idiosincrasia del mismo (La cultura, historia de un pueblo). Las leyendas que recrea por ejemplo un narrador como Felipe son regalos para los oídos y posibles relatos para que los niños duerman bien -sin ironías: los niños que pueden visualizar a sus monstruos no los guardan ya más para el futuro, suelen darles muerte apenas escuchan la narración (El muerto novio - Washington Irving).

Yo prefiero, sin embargo, el miedo más sutil: aquello que puede ser… o tal vez, visto a través de lo que se llama realidad, no ser, y tener alguna otra explicación (El karma, Bach y la matriz).

Pero aun los escritores que prefieren “el miedo sutil” dejan un estremecimiento en nuestra alma con el que quizá construyamos algo en el futuro. Una novela, otro cuento, o lo hagamos la carne de nuestra propia historia (¡Cuéntalos..! Cuentos, Mitos y Leyendas).

El miedo abre su abanico de posibilidades y nosotros, pobres mortales, no lo sabemos todo del más allá o del más acá.

Por otra parte este cuento que les envío es sólo un fragmento resumido de una novela que estoy escribiendo.

A la manera de García Márquez, que reunió sus enormes cuentos publicados o no -y hasta algunos muy conocidos- y les dio forma y conexiones para ofrecernos Cien años de soledad.

Como verán, yo tengo grandes ídolos como Kafka -precursor de cualquier “realismo mágico”-, Borges y hasta Shakespeare, de quienes robar en las tinieblas una idea, una imagen, una manera de contar. Y jamás he podido…

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