Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

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Mientras maquillan a una muerta-

He visto, o imaginado (Principios sobre creatividad), a varias poetisas con párpados fosforescentes: verde para Olga Orozco (El rol de la mujer dentro de los contenidos curriculares), morado para Marosa di Giorgio, y es posible que ambos colores y algunos más estuvieran en los párpados de Delmira Agustini y de Juana de Ibarbourou, tal vez ninguno en Gabriela ni en Alfonsina (Mujeres latinoamericanas expresadas en versos…).

La enfermedad, y no siempre la actual, sino más bien antiguos padecimientos, es otra de las lámparas que hacen la iluminación o el clima de algunas señoras (El yo y la enfermedad). Por ejemplo, Milagros escribió:

Enfermedad o locura que me criaste de niña con comida de pájaros, que me pusiste plumas y pico y piel antigua de muñeca en banquete de flores que me queman; enfermedad tan bella que me diste los ojos erizados de la fiebre y me alcanzaste libros de palabras cantoras; ahora te perdono, todo lo que no pude es lo que pude decir en mis cuadernos.

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Se trata de Germinal Nogués…

Hace noches que sufro la pesadilla de una deuda impaga que no sé cuál es, de la que se me han borrado todos los recuerdos (La memoria de los olvidos: Manuel Scorza). De ella sólo sé que aparece en una pesadilla, en un sueño horroroso que trata de mis deudas impagas (Frente al espejo - relato).

Parece ser que se trata de una deuda de mucho más que dinero (Origen del dinero).

En fin, esta mañana me levanté igual, hurgando en la misma tristeza, sin encontrar una sola imagen, culpa o herida proferida por mí, más allá de las que me son bien conscientes (La literatura: una vía hacia un despertar de la conciencia crítica).

Tomé melancólicamente mi café.

Y otro vaso de agua.

El agua del segundo vaso circuló hasta llegar a mi cerebro, donde todo se esconde, como en cualquiera que se precie de persona (¿Qué es una persona?).

Entonces, ya en trance, me acerqué a la computadora, y seguía en trance cuando abrí Mis Documentos.

Pasé cientos de documentos guardados, la mayoría de las veces por neurosis de acumulación. Llegué a un nombre que hizo un ruido con compás: Germinal Nogués.

Era un archivo escrito por mí, un informe de lectura que -ahora empiezo a recordar- presenté en una editorial que previamente me había dado a leer un libro para que diera mi opinión.

Es el siguiente escrito, que no encomillaré por pertenecerme, y aparte, porque si no fuera mío, nadie se pelearía por ser su autor. Pero trata, eso sí, de algo de gran precio.

Sé que puede resultar un poco largo, más aún si se le suma el relato que lo explica.

Aunque si tienen paciencia se encontrarán con una bella, triste, enriquecedora historia que, además, aguarda su final y este final no depende quizá de mí sino de alguien generoso.

Copio el infome que escribí a finales del año 2000, creo.

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Violeta Parra y sus ratitas

Poco había escuchado a Violeta Parra (Un Encuentro con el Espaciotiempo), muy poco más allá de sus estremecedores “Volver a los 17″ y “Gracias a la vida” (El suicidio en el arte. Análisis histórico y cultural).

Las ratitas de biblioteca somos así: a veces nos perdemos los mejores platos del banquete y el vino más fino para tomar café descafeinado y bocaditos ligh (La otra biblioteca).

Acabo de escuchar un disco de Violeta -de aquellos discos “de 90″- y apenas empecé a escucharla me pregunté:

¿Qué cara me mira

desde lo hondo de su música?

Pero dudé al anotar la última frase; ¿no será desde lo hondo de su voz? (Ser o no ser. La duda de Hamlet).

Aunque su voz no es honda, ella lo es, su vida y su muerte lo son y, más que su música, sus letras, y sus tapices expuestos sorprendentemente en el Louvre (Museología y museo).

Ahora que se cumplió el centenario de su nacimiento -fue en octubre de 1917-, sé que ella durmió cien años en mi corazón, como la princesa de los cuentos.

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Olvidos extraordinarios: Milosz

No es Czeslaw Milosz, que obtuvo el Nobel en 1980 (El Premio Nobel y los devaneos del ser humano), y de quien todos los que saben de literatura conocen algo (Entre palíndromos y retruécanos: cuando el aparato social se pone en marcha).

Es su tío, el olvidado Oscar W. de Lucbiz Milosz (Las barcas de la noche - cuento).

Para encontrarlo en Wikipedia no hay que dejar de recordar su primer nombre. Si uno escribe secamente su apellido, aparece Czeslaw -por otra parte, digno de una profunda lectura-, y si uno finalmente encuentra a Oscar, las informaciones son muy breves y hasta algunas están equivocadas (Ollantay).

Se subraya que fue diplomático y políglota, y se dice que era primo lejano de Czeslaw, como importante referencia (Cultura de los Incas).

Pero -aparte de la intrascendencia de los parentescos- Czeslaw no era primo lejano sino sobrino carnal de Oscar, y éste lo acogió en su casa de París y lo ayudó a pagar sus estudios.

También se dice que la madre de Oscar era una judía polaca de la localidad lituana donde Milosz nació, y que su padre era un ex oficial del ejército ruso.

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Muertes extraordinarias: Clarice Lispector y su personaje

Hoy voy a ser muy breve (Baltasar Gracián “El Arte de la prudencia”).

Para hablar de Clarice Lispector (Formas narrativas posmodernas en La Hora de la Estrella de Clarice Lispector), a quien sus compatriotas llamaban La Extranjera -aunque ella se esforzó por ser “tan” brasileña, y lo fue (Brasil)-, se me ocurre empezar con un poema (La vejez: el último poema).

Es de Oscar Wadislas de Lucbiz Milosz, lituano, se llama “La Extranjera” y no fue escrito ni remotamente para ella.

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Niño modelo (primera parte)

Miro la fotografía que me envía mi madre por correo (Inmigración a la Argentina - Daguerrotipistas y fotógrafos) y no puedo creer que ése sea el niño que yo fui (Recuerdos de mi pasado - Cuento).

El niño que yo fui tiene ya unos doce años en la fotografía, pero no hay rastros de mí, del que ahora soy, en él; ya no tengo ni siquiera esos ojos, ni la forma de la nariz o del mentón, ni los pómulos tan altos ni la sonrisa suave en labios delicados (Regularidad y cambio en la personalidad).

Un aura cubre al niño del retrato, y a esa aura la recuerdo muy bien. Casi debería contar esta historia como si yo fuera otro, al que lo envolvía ese resplandor (Bioenergética I).

Nací -o sólo recuerdo de mí este fragmento- para saber la verdad, para encontrar lo que se encuentra inmaculado dentro de los seres; para hallar la transparencia (El inquietante problema de la verdad).

Me desvelaba desde muy chico espiar detrás de las máscaras y hasta de mi propia máscara que sabía ajustada a mi nuca con un delgado elástico todavía posible de forzar. Yo sentía el roce de ese hilo elástico igual al que se usa para sostener los bonetes que les dan a los niños en las fiestas. Sentía que podía sacármela y ser yo después de algún entrenamiento; que era apenas un poco más difícil que desprenderme del bonete de papel metalizado (Las máscaras del ego).

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Muerte extraordinaria de Pier Paolo Pasolini

Pier Paolo Pasolini: Por lo tanto es absolutamente necesario morir, porque, mientras estamos vivos, carecemos de sentido, y el lenguaje de nuestra vida (con la que nos expresamos y a la que en consecuencia le atribuimos la mayor importancia) es intraducible; un caos de posibilidades, una búsqueda de relaciones y de significados sin solución de continuidad. La muerte efectúa un fulmíneo montaje de nuestra vida…

En esta muerte extraordinaria -y no se van a utilizar comillas porque está claro que fue PPP quien lo escribió- la muerte efectuó verdaderamente un fulmíneo montaje de la vida (El Cine en la Literatura) . ¿Cómo concluir ese guión de otra manera? (El fin del hombre).

En 1967 los jóvenes descubrieron algo misterioso, quizá venenoso, extremadamente adictivo (El otro idiota). No era cannabis (Las drogas). Era una obra (¿La pasión de Cristo?: su controversia).

La trajo al principio un libro de tapa celeste ilustrada con la fotografía de un dios griego, o, más precisamente, con la fotografía de un actor, Terence Stamp; se trataba del guión de Teorema, escrito por Pier Paolo Pasolini, quien también dirigió la película. La había estrenado en esos días en Italia y el mundo, con el “dios griego” como protagonista.

Así se empezó a amar a Pasolini por estas latitudes latinoamericanas; vinieron todas sus películas junto a sus escritos, sus cartas, sus novelas, sus gritos, sus desplantes, después del primer flechazo con Stamp.

Amarlo y admirarlo no era entenderlo completamente. Debió pasar bastante tiempo para descubrir todas las monedas antiguas que guardaba el tesoro, aunque bastaba leer su indescriptible guión para saber que era poeta (Relación de la poesía y la filosofía en el pensamiento humano).

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La poesía de ciertas ropas antiguas (antología). Una curiosidad de mi memoria

Quiero vestir a mis personajes, de vez en cuando (La monja Alférez y su construcción frente a la sociedad).

A veces redacto un cuento, una perlita que ocurre en la Antigüedad o en la Edad Media (Literatura. Jorge Manrique), y mis personajes andan, supuestamente, desnudos. No los veo bien y casi nadie puede observarlos de cerca, dibujados en su imaginación (La radio, un medio para la imaginación). Nadie está muy seguro de cómo se vestía en otras épocas (La duda de Hamlet).

Leo una semblanza de Doña Juana la Loca –cuya historia de amor, desde chica, desde que me la contaron en la escuela, me estremece y a la vez me enternece y alguna vez la contaré (Delirios de amor)- y encuentro una nota al pie (Cómo hacer referencias en un trabajo escrito),  que es la siguiente:

“Es llamativa la evolución en el atuendo de Juana en los dos retratos hechos por Juan de Flandes (…) Aparte de ganar a su esposo en atractivo, se observa que el recatado vestido del primer retrato se pasó a uno de escote generoso (…) En ambos retratos Juana irradia una lozanía incitante, muy diferente del enigma y distanciamiento que palpita en otros dos, algo posteriores, que hemos mencionado. Curiosamente, Talavera (el padre confesor de Juana) da más importancia a la recatada ocultación del pecho masculino que del femenino: ‘Es mengua de buena vergüenza traer descubiertas algunas partes del cuerpo… Así como a los varones y aun a las mujeres es vergonzoso los traer descubiertos los pechos… verdad es que las mujeres que crían deben traer las tetas ligeras de sacar’.”

Intrigada, corro a buscar La Historia del Vestido, entre los libros de papel primero, en Internet después (Publicar o morir: Apología de la lectura).

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El cielo se escribe

Escrito en una tablilla con punzón:

Y en este día doy fe por el dios-sol Utu que soy

un artista de los textos, un compositor de

canciones, un poeta, y que en tierras lejanas

donde no se conocen el pueblo de Sumer ni la

palabra escrita se recitarán mis obras como textos

sagrados y los hombres se postrarán ante mis

palabras.

Rey Shulgi, 2100 a.C.

Me encontraba por esos caminos del pensamiento sin estribos (El pensamiento creativo), con una duda (Las dudas): ¿los libros en papel seguirán existiendo para siempre?, cuando buscar una respuesta me arrancó una sonrisa.

Es que, con bastante torpeza (Saber Leer), fui a consultar a Barthes (El post estructuralismo francés -que murió en 1980 y nunca tuvo una computadora (Historia de las computadoras)-, y encontré lo siguiente:

“El soporte de la escritura, la cosa sobre la cual se escribe, es a veces denominada por los historiadores ‘materia subjetiva’; de esa manera ellos intentan decir que en la escritura una sustancia dada es puesta bajo la mano, como el suelo bajo los pies del que camina; y ese contacto entre la piel y la materia no puede dejar de incidir en el sujeto; éste acepta fatalmente su cuerpo. Si existen fatalmente tantas escrituras como cuerpos, desde un punto de vista histórico existen tantas escrituras como soportes (…) Si el número de los instrumentos fue siempre limitado en el curso de la historia, su materia fue muy variada: primero la roca, la piedra, la pizarra, la arcilla, la cerámica, el oro, el marfil, el vidrio, el bronce, el hierro, las láminas de cobre o plata, los caparazones, la madera, el papiro, el cuero, la tela, el papel. Se puede decir que la humanidad ha escrito sobre cualquier cosa, indiferentemente…”.

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Muertes extraordinarias

Siempre, en especial en los siglos XVIII (Viajeros ilustrados. El siglo XVIII y el mundo catalogado), XIX y primera mitad del XX, el miedo a ser enterrado vivo proliferó. Así se originaron infinitas leyendas y cuentos, algunos basados en hechos que realmente ocurrieron (Guardianes de la noche, la memoria).

Real por ejemplo es que cuando encontraron arañada por dentro la tapa del féretro de Rufina Cambaceres, la hija del famoso escritor argentino Eugenio Cambaceres (Acerca de la multiplicidad de lenguajes en Pot-pourri), un señor muy conocido, muy serio y muy adinerado se hizo construir, en el mismo cementerio, en Buenos Aires, un panteón donde ya estaba preparado su ataúd. El mismo tenía todos los adelantos de la ingeniería de esos años y todas las modernidades posibles para detectar si un supuesto cadáver se movía o respiraba. Desde el mismo cofre un sistema de alarmas echaba a volar estridentes campanas y prendía luces en la cúpula del panteón, de modo que por más de noche que fuera no había cuidador de cementerios que no despertara de inmediato si tal sucedía (El desarrollo del diseño mecánico y la física).

El señor, totalmente identificado y dueño de tiendas que eran moda en Buenos Aires y el mundo, probaba en cada uno de sus cumpleaños su ataúd, que siempre funcionó, hasta que murió de una muerte que no tenía nada de cataléptica, lo “enterraron” allí y seguro, seguro, sigue siendo feliz, y su tienda, cerrada en 1974, figura para la posteridad en esta monografía: Creadores y comercializadores de vestimenta.

Fue por eso que en el cuento breve del miércoles pasado quise darle una vuelta de tuerca al caso de los enterrados vivos (El doble como recurso literario en “El rincón feliz”). Estaba en busca de los Poes y Lovecrafts de nuestra época, o quizás, humildemente, de alguna que otra leyendita urbana (Carcajadas de terror - La leyenda del Payaso Asustador).

Como en la actualidad no es muy común que los muertos vayan a parar a la tierra o tan siquiera conserven su ataúd, sino que se encaminen directamente al crematorio, me fascinó cambiar la ficha del enterrado vivo por la del incinerado vivo. Iba a traer asociaciones de múltiples hogueras, inclusive las de la misma Inquisición.

Sumado a esto, leyendo Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca, de Jean Allouch, descubrí que de los enterrados vivos nadie se hacía antiguamente cargo -menos aún los doctores- sino que se les achacaba a ellos mismos haber dado lugar a tan terrible suceso -tal vez por pecados secretos cometidos-, por lo que creo aún más que una literatura de hogueras justicieras es posible tema de terror actualizado.

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