Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

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Cuento erótico II

…Luna se atrevió a seguirla solamente porque en medio de la arena entrevió una baldosa de su patio.

A Luna no le extrañaba que le hablara en su idioma, en castellano (Origen y evolución del castellano), estando, como estaban, seguramente, en un país remoto y de idioma remoto, ya que consideraba que al traspasar la tela se encontraba en un sitio donde todo lo desconocido se hacía conocido, todo entregaba su secreto y todo lo deseado se hacía posible (Del morir al vivir). Lo que juzgaba fascinante era el modo como le había hablado ella, las palabras que había elegido para expresarse, que concordaban perfectamente con su aspecto, una concordancia tan extremada que parecía poco natural, y se dijo orgullosamente mientras la seguía: “Yo he creado esto” (Héroes).

La mujer se acercó a una carpa de colores que refulgía en el desierto, miró a Luna y corriendo una tela la invitó a pasar (El libro del desierto).

-Es la segunda tela que se rasga -dijo, sonriéndole a Luna que sonreía porque estaba diciéndose lo mismo.

“El adentro es el afuera del afuera”, fue lo primero que se le ocurrió pensar a Luna para contarse lo distinto que era ese mundo del interior de la carpa (Discriminación). El calor no existía ya, aunque tampoco el frío. Era una ola de tibieza manchada en partes por señales de algo menos que frío, sólo fresco. Sólo frescura tibia e inmensidad existían adentro de la carpa, que era mucho más grande por dentro que por fuera. Era infinitamente grande, acaso más grande que el desierto (La metamorfosis. Una metáfora de Kafka).

La mujer la tomó de la mano como si Luna fuera una niñita y empezaron a recorrer la carpa. Había perdido toda resistencia, estaba en un estado de abandono y recordó: “El Paraíso, es decir abandono” (Llegando al paraíso), y en eso vio un pedazo sombreado de la tina del patio, para caer de inmediato en preguntarle el nombre a la mujer:

-Mi pensamiento es pensar en ti -respondió ella (El pensamiento).

También esta respuesta le resultaba conocida, o quizás era la voz, lejanamente conocida. Caminaban hacia unos bultos dorados que estaban a lo lejos. Luna no se cansaba, pero sabía que habían hecho kilómetros.

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Cuento erótico

En el post pasado -una gran locura donde la mano escribe sin inhibiciones y los oídos escuchan (Wilhelm Reich)- tuve el apoyo de tres de mis mejores amigos (Amistad civil en Aristóteles)

José Itriago -digo y escribo y sueño su nombre con el apellido, no como si el apellido fuera un segundo nombre-, a quien no he visto nunca en persona, pero cuya presencia, si es que hay un modo de decirlo, está conmigo siempre. No sólo por su fuerza de escritor (Mi complejo de escritor).

Joise, a quien sí tuve el gusto de conocer en inolvidable reunión que realizamos en bar de Buenos Aires. Aparte de todo lo que es, de estudioso y filósofo, Joise se ha ganado hace mucho el título de “mi caballero andante” (Don Quijote de la Mancha).

Y Fabiana, que también estuvo en esa reunión, como con Joise suelen recordarlo. Fabiana es una dotada del dibujo y la pintura, una original del alma, una artista verdadera. Alguna vez veré si puedo rescatar de mis disfuncionales máquinas computadoras algunos dibujos que me ha enviado y mostrárselos a todos (Realismo: formas y expresiones).

Para todos aquellos que estén leyendo este post, pero muy en especial para mis tres amigos mencionados, transcribo uno de mis cuentos eróticos más ingenuos -de mi “época rosa” (Época rosa de Pablo Picasso…).

Tiene la propiedad de hacer pensar en cuestiones livianas y ágiles como cabellos de ángel. Ojalá sea una medicina para el que la necesite (Fenómenos psíquicos).

Advertencia: es un poco largo y quizá la última parte deba enviarla por separado, no estoy jugando a si quieren o no leerlo, es así.

Un pedido: el que tenga ganas, póngale título. Solía llamarse “Luna en el cielo”, pero no me termina de gustarme.

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Via Regia (asociación libre, o libérrima)

Hay mujeres y hombres que caminan por el camino real (Amar y sufrir en grande). Mirando desde arriba, un ángel de excelente vista (El Secreto de los Ángeles) los ve llevar trozos de metal, papel, bandas de cuero, larguísimos listones. Y todo para un acto que todavía no tiene nombre: escribir (El problema memoria-historia). Entran y salen dejando o alzando cargamentos. Más tarde, en la mesa, en la vereda de un café, olvidan un escrito, o lo completan.

Desde arriba no se piensa: ¡cuánto trabajan las hormigas, qué organizadas son! Arriba se es cigarra, son cigarras los ángeles (Poemas de Andrés Eloy Blanco).

Ahora encuentro un papel en la página 117 de un libro que es anuncio del pasado: este papel es mi futuro del pasado (Concepciones filosóficas naturaleza del enigmático universo del tiempo), un recado para quien sería yo leyendo por segunda vez el libro con ojos viejos. El libro se titula Tierna es la noche y es de Scott Fitzgerald (Ernest Hemingway).

Y recibo el papel, y escribo sobre él mi tinta nueva, ésta la dejo para alguien, este ahora papel escrito de seda en otra página, la última. Dice así:

Una hija de alemanes a quien llamaron Consuelo en homenaje a España nació en el Peñón de Gibraltar que era de los ingleses.

Consuelo, mi tatarabuela, encontró en el barco que la traía a mi tatarabuelo, un músico nacido en Como, Italia, el lugar del vino azul.

En la brillante y pobre Catedral de mi ciudad, Santa Fe, se casaron, esa iglesia donde había sido expuesta hacía poco la cabeza del caudillo Francisco Ramírez como trofeo de Estanislao López.

No sé mucho más de mis tatarabuelos pero yo estoy aquí, soy uno de sus sueños tejidos en el barco.

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Alguien que tiene cabellos de araña aparece ante mí

El ocultismo y la alquimia, alguna vez englobados en una sola palabra, magia, no son exclusivos de ninguna época (La puerta del alquimista); en todas las épocas hay un nacer y un morir que pertenecen a esa otra realidad, que poco o nada tienen de “naturales” y mucho, sí, de misteriosos -el nacer y el morir, digo.

Actualmente esa “otra realidad” ha adquirido matices más universales, y quizás alarmantes (La Nueva Era).

Se dice que vivimos en la Era de Acuario y que ésta empezó con los Beatles, los hippies, el musical de rock Hair (La década de los ‘60).

Significaría el reverdecer de tendencias de amor y de fraternidad (Una nueva expresión juvenil: Tribus urbanas).

Comprende, además, disciplinas que abarcan desde la vida extraterrestre (¿Estamos solos en el universo?) hasta la vida antes de la vida (Manipulación genética), hasta la vida después de la vida sin intervención de dioses sino de científicos, como la crioconservación de los cuerpos hasta que despertemos en quién sabe qué siglo inimaginablemente futuro; la ecología, la medicina holística. Algunos psicólogos han optado ahora por un aggiornamiento de Carl Jung, e incorporan terapias astrológicas o de vidas pasadas, y muchos médicos incluyen la oración entre sus prescripciones más conspicuas. ¡Bendita confusión, santísimo caos! (Los dos registros de la memoria).

Es que, como lo anticiparon Einstein y una gran variedad de poetas anteriores a él, la realidad es absolutamente relativa. Sería, según Octavio Paz, como una mariposa de alas dobles. Un para de alas abarcaría la realidad que vemos; el otro par,  aquella que, también invisible, se extiende a años y kilómetros de nuestros desafinados sentidos (Identidades: “Mundos Paralelos).

Todo lo que escribí al principio de esta nota, más el hecho de haber permanecido durante varios días junto a un bebé recién o casi recién nacido que me miraba con ojos indudablemente pensantes, me hizo buscar entre mis papeles un viejo manuscrito que escribí poniéndome en el lugar de mí cuando nacía, que me pareció auténticamente dictado por esa niña que acababa de nacer hacía años.

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Francisco e Inocencio III

Llegué en viaje rapidísimo a Buenos Aires (Viaje hacia los libros), conocí a Manuel, mi nuevo nieto, con sus cuarenta días y su mirada de pensador; encontré alta, bella y alegre a Lola, de casi cuatro años (Abuelos y nietos). Mane y Claudio me ofrecieron su pan y su amor, y descubrí -entre tantos y tantos libros que ellos tienen más los cuentos de hadas y sirenas- una nueva traducción de La cruzada de los niños (La croisade des enfants) de Marcel Schwob, en edición bilingüe  (En el principio es la relación). La traducción es de Leticia Hernando, para la editorial la mariposa y la iguana, de Dafne Pidemunt y Leticia Hernando. Y ya verán lo que se me ocurrió hacer con el capítulo llamado “Relato del papa Inocencio III” -¡Dios y las editoras me perdonen!

Relato de Francisco

Un libro de poemas dedicado a “la inmensa minoría”, como el de Juan Ramón Jiménez, es nuestra fe (El proyecto metafísico de Juan Ramón Jiménez). La fe de los poetas no es igual a la mía, ni la fe de los constructores de edificios. Lo bueno es que estas diversas formas de la creencia estén, coexistan. Que las palabras y los ladrillos oren modestamente (La resiliencia de la fe).

Yo, que vengo de lejos, del fin del mundo, ¿en qué mundo estoy? (Apocalipsis. El mundo y su cuenta regresiva). Si girara el tiempo con mis dedos, como un globo terráqueo, me encontraría en la misma celda sin oro de Gregorio III, esa celda que es mi cuerpo y que fue la de él.

Yo soy igual a él, me han dado como a él una corona de espinas. A él le brotaban fuegos artificiales de su corona, para distraer con regocijos al pueblo. De mis espinas nace un birrete simpático y colorido, como de clown. Me lo pongo y me extasío con la gente sonriendo. Toman mi sonrisa y me la devuelven por millones. Ellos entonces tienen mi sonrisa y yo las que no tuvo Gregorio III.

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El Palacio Siniestro

Ya que estamos de recuerdos de lugares extraños, llenos de leyendas y quizá con algún fantasmita corriendo por sus galerías, se me ocurre uno, bien porteño (Leyendas urbanas).

Y cómo no iba ocurrírseme si yo viví veinte años enfrente de esa reliquia. El aspecto exterior es el de un gran palacio implantado en el centro –casi llegando al microcentro- de Buenos Aires (Guía de Buenos Aires).

Cuando mi nieta Antonia tenía cinco o seis años, salíamos al balcón, a verlo por la noche, bajo la luna. Allí vivía el novio secreto de Antonia, un príncipe que llegó cabalgando de los cuentos de hadas (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?). Anto sabía señalarme exactamente la ventana del dormitorio del Imaginado; yo le creía. Y sacábamos fotos oscuras por la nocturnidad, dentro de las cuales cualquier sombra podía ser la del príncipe (Interpretación Hermenéutica de Fotografías).

Cada persona que llegaba a mi casa era conducida primeramente al balcón, el Palacio era un ambiente más de mi departamento del tercer piso; como si dijéramos, los jardines colgantes de Babilonia (Las siete maravillas del mundo).

Todo primero fue así, romántico pero nada tenebroso. Se llamaba, se llama, el Palacio de las Aguas Corrientes; al menos así lo nombraron cuando lo erigieron en 1882, y así lo mencionaba Borges en sus cuentos –ver, por ejemplo, “El Congreso”.

Pero después el romanticismo del edificio tomó un matiz sangriento.

Como yo ya lo tengo relatado hace mucho, en una especie de cuento o de novela que tal vez ya les comuniqué pero que vale para el caso, transcribo el inicio de esas calamidades… Creo que esa especie de novela empieza en el año 2001.

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La casa de la virreina

Cada vez que algo incómodo se va de mí, siento felicidad (La rutina expulsa el pensamiento creador). Una cosa que he aprendido debido a mi sufrimiento psíquico -que fue variado, y que se fue y reapareció y volvió a irse para reaparecer durante el transcurso de toda mi vida, por lo menos hasta ahora- es la felicidad que nos es dada a los sufrientes, quizá la más auténtica (El sufrimiento). Nada puede compararse a lo que se siente cuando, en algunos momentos, el sufrimiento se retira. Y, además, una ya está preparada para percibir el bienestar (Calidad de vida y bienestar humano).

Al principio mi alegría se enturbiaba con la idea de que el dolor iba a reaparecer, que de cualquier modo esos instantes de goce no eran más que instantes, pero después llegué a comprender esos momentos y a disfrutarlos de tal modo que ninguna amenaza de recrudecimiento futuro podía ya empañar mi triunfo; el momento, por su intensidad, era eterno (Sin niebla en los ojos).

Aunque momentos eternos por su intensidad hubo muchos que tenían otro signo (La eternidad o el cambio), muy especialmente un año que trabajé en un estudio jurídico para un abogado que, además, era escritor. Yo trabajaba toda la semana laboral y sábados y domingos y primeros de mayo y año nuevo -lo hacía con resignación, debido a mi voluntad de sobrevivir entre los muertos (El síndrome de Wendy)- y fue en uno de esos días festivos que la mujer del abogado, cuando ya habían pasado varios meses de mi estadía en esa cárcel, emergió hostil y llena de rabia de entre las carpetas de expedientes.

Se paró atrás de mí, que estaba en la computadora, como un general en campaña, o una maestra de escuela sulfurosa, dándome órdenes.

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¿Maquiavelo era maquiavélico?

Maquiavelo viene volando con los vientos

Los días de este verano, en Argentina, fueron por lo menos curiosos (Eje Terrestre). En diciembre y enero las temperaturas treparon hasta las aves que andaban alto por el cielo, y las derribaron, o, más sencillamente, como solían decir las dulces matronas de antes, “hizo un calor que hacía caer los pájaros” (Asambleas de pájaros).

En febrero empezó a llover sin parar, aquí en las sierras, y también en casi todo el país. Pero desde mi cuarto aparecían las montañas veladas por las lluvias y la niebla, y lucecitas de los hogares de los montañeses debajo de esos velos; el mundo estaba hecho de harapos de tormentas (Fenómenos atmosféricos).

Entonces sobrevenían los rayos y las veloces ráfagas, y me atacaban con recuerdos (Parajes de olvido).

El mundo era un teatro listo para representar toda la historia de la tierra, siglo tras siglo (El cuerpo, el mundo y la historia).

Pero los recuerdos no estaban hilvanados como una línea recta. Aparecían personajes de mil años atrás y otros que habían muerto hacia diez, o que todavía vivían, y compartían entre sí una tertulia en mi imaginación (Mitología y cine. Las fuentes de la imaginación).

Se me ocurrió cazar los personajes y objetos de mis recuerdos con una red que no discriminara por época, ni por importancia, sino sólo por esa pequeña cosa misteriosa con que toda persona –héroe, poeta, criminal, ama de casa- nace y sólo olvida al costado de la tumba, que le hará de novísima cuna para su muerte (Viktor Frankl y la fragilidad del sentido de la vida).

Por eso el orden de aparición de los extravagantes –considerar que aquí se busca el matiz excéntrico de hasta formales empleados de ministerios- no cuenta, es mi pluma la que decide según mi “inspiración”, o la que los elige por algo que trajo el día; por ejemplo, el perfume de una mandrágora (Nicolás Maquiavelo)

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El arte de envenenar

El veneno es una sustancia muy antigua y con muchas variantes, desde el que en pequeñas dosis cura en lugar de matar, hasta el que es fatal apenas la piel toca mucho menos que una gota (Cronología de la utilización de los venenos).

El veneno, por cierto, ha cambiado el curso de la humanidad (La piel de la humanidad) más que la guerra, y que la paz (Comprensión del Mundo entre Guerras), pero ese no es el tema de hoy.

Extraigo párrafos de una hermosa novela cuyo escenario es el siglo X, el XI a lo sumo, no recuerdo bien (El feudalismo):

“A primera vista, a la luz de nuestra lámpara, sólo vimos la superficie calma del líquido. Pero cuando la iluminamos desde arriba vislumbramos en el fondo, exámine, un cuerpo humano desnudo. Lentamente, lo sacamos del agua: era Berengario. Como dijo Guillermo, su rostro sí era el de un ahogado. Las facciones estaban hinchadas. El cuerpo, blanco y fofo, sin pelos, parecía el de una mujer, salvo por el espectáculo obsceno de las fláccidas partes pudendas. Me ruboricé y después tuve un estremecimiento. Me persigné mientras Guillermo bendecía el cadáver.

(…)

“-Esto sí que es curioso… -dijo (Severino, el monje herbolario, dirigiéndose a Guillermo).

“-¿Qué?

“-El otro día observé las manos de Venancio, una vez que su cuerpo estuvo libre de manchas de sangre, y vi un detalle al que no atribuí demasiada importancia. Las yemas de los dedos de la mano derecha estaban oscuras, como manchadas por una sustancia de color negro. Igual que las yemas de estos dos dedos de Berengario, ¿ves? En este caso aparecen también algunas huellas en el tercer dedo. En aquella ocasión pensé que Venancio había tocado tinta en el scriptorium…”.

La novela es de Umberto Eco (Semiología) y se llama, con notable acierto, El nombre de la rosa (Lenguaje, lengua y habla en El nombre de la rosa…), título que no es ninguna concesión poética sino que Eco pensó en el verso de Borges (El doble como transgresión del límite en la obra de Borges), “En las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. Quien haya leído la novela, o en todo caso, visto la película, sabe bien por qué menciono la exactitud del nombre elegido.

Existe otro tipo de tóxicos que entrevera la vida, y que no tiene efecto fulminante más que en casos excepcionales y contados: las palabras (Las palabras ocultas en la inteligencia).

De cualquier modo, esta vez hablo de venenos materiales, o casi. La inocente de la semana pasada se esfumó. Era tan bella esa mujer de párpados caídos escribiéndole a Dios, que ya no pude soportarla, me la saqué como un vestido viejo.

Hoy no soy ella; aunque mi veneno sea más bien inmaterial -provocar un infarto-, mis métodos son los de una envenenadora hecha y derecha, como Lucrecia Borgia, la italiana; como Yiya Murano, la argentina.

Pero alguien que termina de leer este cuento me ha dicho: “Nadie queda invicto si acaba de morir”:

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Esta ingenua soy, esta loca soy…

Creo que a mis amigos de este sitio sólo les falta conocer mis virtudes (Las virtudes y el acto voluntario); conocen de memoria mis defectos, adicciones y “perversiones”, y hasta tal vez estén un poco aburridos de ellos (Universo consciente).

Lo difícil es encontrar esas virtudes, por eso me tomo la libertad, palabra que usé mucho la semana pasada, de escribirle a Dios (Nada y Dios). Al escribirle a Dios más que buscar mi corazón estoy buscándolo a Él. También hay un poco de literatura (La caverna - José Saramago). Soy sólo una parte de la inocente que escribe estas cartas; ni siquiera es verdad que esté sentada en el huerto, y físicamente no me parezco a ella, más allá de que en el texto no existe ninguna descripción de la escritora de cartas a Dios. Pero aun así la veo: está más modestamente vestida que yo, que parezco a veces un arbolito iluminado para las fiestas; tiene la cara mucho más fresca. Sus gestos son suaves y su piel es morena. Los párpados, lo único de sus ojos que distingo cuando está inclinada rezando o escribiendo, tienen una bella pesadez.

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