Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

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Copias de un viejo cuaderno

Acabo de descubrir que no tiré todos mis pasados escritos; descubro un cuaderno muy viejo, muy pequeño, muy desorejado. Se había ocultado en un cajón de ropa vieja (La risa como terapia).

No sé si las cosas que me resultan curiosas lo son también para ustedes, mis lectores amigos (La empatía y su entendimiento neural). Tal vez sólo las considero de ese modo porque me pertenecen y algo -aunque sea tonto e intrascendente- me dicen o me recuerdan de mí misma (Acerca del narcisismo).

En este cuaderno, sin embargo, no todo lo que está escrito -con mi letra- me pertenece, en algunos casos ni siquiera tiene que ver con mis elecciones de temas o con mis elecciones literarias. ¿Tienen ustedes, para esto, alguna explicación que me ayude a entender? (La enseñanza para la comprensión).

Pero me juego a que les interesa saber lo que esconde este infiltrado en el placard, que quiso salvarse de un gran incendio. El incendio que arrasó con mi pasado, voluntariamente (La fatalidad del fuego prometeico).

Contiene un poema mío, dos de Borges (La reinvención de Cervantes en dos poemas de Borges), varios comienzos de notas -mías o de otras personas, que quedaron truncas-, y hasta un principio de novela que no sé si alcanzaré a copiar. O que no sé si vale la pena hacerlo.

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Un gaucho

Yo era libre (La libertad) y salvaje; cuando me apresaron, la muerte me devolvió la libertad casi inmediatamente.

Es que para los gauchos el horizonte es sin puertas, sin cerrojos; mi caballo y yo eran mi cuerpo (El gaucho).

Dicen que el primer gaucho fue un andaluz, un tal Alejo Godoy que se lamentaba todo el tiempo por la vida miserable que llevaba en la aldea de Buenos Aires como soldado raso (Inmigración a la Argentina: Españoles -hasta 1975-). A fines del 1500 le escribió una quejosa carta al rey de España, y como el rey no le contestó se puso a gritar en la plaza mayor: “¡Muera Felipe II!” (Felipe II: El primer globalizador). Antes de que lo prendieran partió raudo al campo al galope y se perdió en la tierra ancha. Así de libre quiere ser el gaucho, nómada eterno, sin vueltas y dueño de su propia ley.

En Argentina (Historia argentina), donde yo nací, la gente distinguía entre gaucho bueno y gaucho malo (Los gauchos de Sarmiento frente a los gauchos de Hernández).

El primero era rastreador y baqueano -Sarmiento no lo quería decir, pero era hijo de un gaucho rastreador y baqueano, todo se sabe cuando uno ha llegado, como yo, al más allá-. El gaucho malo, para Sarmiento, era una especie de ermitaño movedizo cuyo único hogar era el caballo: “un salvaje de color blanco”, escribió.

Yo, si me atengo a esos modelos, fui un gaucho malo -solidario, noble, pero bien fuera de la ley; ya les cuento mi historia.

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El secretario II

…Un día vino con un recorte: “Se necesita secretario”, así de parco era el aviso.

Me entusiasmó la parquedad. ¿Secretario de qué, de quién? ¿De algún ministro o jugador de fútbol? ¿De una productora de TV? ¿De una anciana caprichosa? ¿De un príncipe exiliado?

Estaba en Buenos Aires y todo podía suceder.

El secretario II  (continúa de “El secretario”)

Llamé un jueves para solicitar una entrevista “por el aviso aparecido en el diario”. Me la otorgó una voz femenina para el lunes (Días fastos y días nefastos).

Durante la espera (¿Ya está listo?) fui instruido por Demetrio sobre lo que debía contestar al entrevistador (Entrevistas Laborales. Tips para tener en cuenta). A la vez, Demetrio me pidió el teléfono de Pedro:

-Tiene tus medidas -dijo-. Mis trajes te quedarían grandes (El espectáculo de la moda - Diseñadores).

Así se encontraron en mi departamento Demetrio y Pedro, y se hicieron amigos de tanto luchar juntos para civilizarme (La política y la sociedad argentina en el último tercio del siglo XIX). Pedro aportaba, además de su traje, su pensamiento estructurado y formal, las frases hechas que se supone debe tener a mano como respuesta una persona que trata de conseguir un trabajo (Lengua Oral y Escrita).

Demetrio, esencialmente de acuerdo con Pedro, alivianaba las mismas frases hechas y  daba vuelo.

El lunes me vistieron, me perfumaron, a último momento me cortaron el pelo (Historia de la peluquería) y me depositaron en la dirección que figuraba en el aviso.

Estuve parado un largo rato frente a esa mansión de Recoleta antes de hacer sonar el llamador -una mano de bronce, todavía no se usaban mucho los porteros eléctricos, excepto en los edificios de varios pisos que quedaban más bien en el microcentro de Buenos Aires y no en un barrio tan distinguido como Recoleta, con su cementerio y su “Biela” (Historia de la Recoleta…). Abrió la pesada y trabajada puerta una mujer vestida de azafata, o así me pareció el uniforme, que le quedaba tan bien, tan glamoroso.

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El secretario

Era un muchacho bastante singular, yo (Talentos de los niños especiales).

Tal vez alguno que me conoció en esa época piense que debería más bien definirme como excéntrico, extravagante. Pero se equivoca, y, en primer lugar, muy pocos me conocieron en esa época en que débil, de 25 años y muy tímido, hice votos para ser el humano más feliz de la tierra (La Felicidad).

Lo de “hice votos” no es una expresión al vuelo de la pluma. Los hice de verdad, como quien entra a un monasterio. Y entré a mi propio monasterio privado (Confidencialidad y privacidad).

En segundo lugar la excentricidad y la extravagancia se demuestran -se practican- en público, y yo no tenía público más que un espejo de tamaño reducido donde sólo aparecía mi cara, y dos amigos que me habían quedado de la infancia, un vecino y un compañero de escuela (¿Existe realmente la soledad?).

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Para leer en Navidad

“Dijeron los magos (Gog y Magog Ezequiel y los Reyes Magos): ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle’.

(…)

“…hicieron entonces las místicas y simbólicas ofrendas al niño: oro, incienso y mirra (Energía cósmica inteligente). Le ofrendaron oro como tributo pagado a un rey. Le ofrendaron incienso como signo de adoración… El tercero y último presente fue la mirra, que en el oculto y místico simbolismo denota la amargura de la vida mortal.”

Copio de mí misma, selecciono lo que se me antoja que escribí mejor, y que tal vez sea lo peor, para ofrendarles a ustedes, mis amigos, oro (Historia y leyenda de El Dorado), incienso y mirra.

Difícilmente lograré el oro, un poco más fácil me será perfumarlos de incienso (Historia del perfume), y, con mis escrituras, nada me impedirá conseguir mirra.

Para leer bajo las luces del arbolito, intermitentes, estos fragmentos hechos trizas. ¿Puede medirse la triza de un fragmento? (Festividad navideña).

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Pentimento

Nuestra vida se mueve con el viento de la música (Música), con el ardor de los colores que los pintores antiguos nos dejaron (La historia de la pintura), con palabras inmensas que trajeron los poetas a nuestros oídos (La incertidumbre del poeta).

De ahí la confusión (Asterión y el laberinto del eterno retorno).

Cuando queremos encontrar un retazo de nosotros mismos, hallamos una oración que nos dejó un santo -podría ser San Francisco (La Tau. Historia y significado), podría ser Buda (Un instante en la vida de buda)-, una mirada en el espejo transmitida por un artista, las melodías de Mozart (Historia de la música en la filosofía) o las últimas palabras de un poeta:

“Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

“Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

“Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

“para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…”.  Alfonsina Storni - “Último poema”

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Antología de ustedes

Quise hacer una antología de las respuestas que ustedes me han dado a lo largo del tiempo (Antología de los diferentes tipos de literatura…). Elegí al azar una de mis entradas (Las leyes del Azar), la del 24 de noviembre del 2010 -”Carta de despedida”, pueden buscarla en el archivo-, y la duda asomó. ¿Cómo elegir? ¿Cuál sería el criterio? (Las dudas).

¿Las respuestas elogiosas? ¿Las respuestas que están en desacuerdo conmigo? ¿Las “más geniales”? (Cuestiones relativas a la altura del ser).

Afortunadamente, el azar me condujo a abrir este post en el cual las respuestas son de todo tipo; y es más, se ha encendido una polémica. A partir de alguien que firma “a b” es donde comienza el simpático lío (Pequeños grupos de discusión).

Pero… ¡el contador registra más de  6000 palabras! ¡Un verdadero esfuerzo de lectura!

Y a mí no me parece justo pasarle el borrador a nadie, mucho menos a ustedes.

Si se animan, pueden resultarles muy curiosos estos comentarios, algunos de gran valor literario.

Hay personas que ya no están, como José Itriago, que se nos fue este mismo año y nos dejó acá y allá talento y valores. Otros Todavía No Habían Aparecido. Y esta es la parte que más me conmueve:

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Objetos raros

Amigos: en realidad no debí prometerles una explicación sobre por qué escribí para ustedes “El Diablo” el miércoles pasado (Anatomía de un escrito).

Desperté cierta expectativa que tal vez va a acabar en desilusión (Ilusión y desilusión estéticas).

La “musa” vino por este lado (Estatuto de poeta): recordé un momento de mi vida en el cual habitaba sola un departamento pequeñito.

Tenía una vecina en el mismo piso, que cuando yo llegaba del trabajo me esperaba en el pasillo con algún bocado delicioso, una masa fina, un chocolate, tortas o escones, etc. (Anecdotario erótico - sexológico).

Yo tomaba el obsequio, sonreía y entraba, casi escapando. Mi vecina, que sonreía a la par, mostraba en esa sonrisa algo amenazador, truculento (La violencia, una amenaza no tan silenciosa).

Tanto insistía con sus regalos que cuando llevó champán me vi obligada a invitarla a pasar a beber una copa conmigo (El Alcoholismo).

Brindamos. Conversamos un poco. Al rato me pidió ir al baño -y ella vivía, como ya les dije, en el mismo piso que yo, a unos metros.

Salió del baño y conversamos otro poco -no encontrábamos suficientes temas ninguna de las dos-, y en una hora se despidió y se fue.

El esfuerzo de todo un día de trabajo y el de responder con alegría fingida a alguien que me caía mal me llevaron al agotamiento. Me daría un baño antes de cenar (Stress).

Entré desesperada en la bañera, y me lastimé con pequeños trozos de vidrio muy delgado, como de lamparilla eléctrica, que yo no había dejado desparramados allí.

Nadie iba a mi casa en esos días; sólo había ido mi vecina (Soledad y género viviendo en soledad).

Claro que huí de ella como del Diablo.

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El Diablo

Yo del Diablo nunca supe nada, hasta que me invitó a bailar (Bailando con el diablo…).

La historia es larga. Yo era una mujer muy alegre y un poquito astuta; decían que era muy inteligente a pesar de mi frivolidad (El hombre light).

No me gustaba leer, coser, limpiar la casa ni cocinar. Por eso mi último marido encontró una excusa perfecta para dejarme, tan sola y ya bastante mayor, a mí que, aparte de dinero, lo que más necesitaba era compañía (¿Existe realmente la soledad?).

Me gustaba, me encantaba, me fascinaba bailar. Bailar sobre las mesas de los bares y los boliches, o bailar en el piso como volando, volando tanto que parecía un ave -un ave de rapiña- o una bruja (Brujería: un aprendizaje ancestral).

Las pulseras tintineaban en mis brazos, las cincuenta pulseras de mi brazo izquierdo y mi brazo derecho; la minifalda se me subía hasta el comienzo de los muslos flacos, algo arrugados, siempre bronceados falsamente por el sol. Al final de los brazos mis manos se sacudían espásticamente mostrando uñas larguísimas y coloradas; mi pelo se sacudía también, un pelo rubio que llegaba hasta mi cintura de muñeca y era como un mar dorado que hacía olas por toda la pista de baile (La mujer, un ícono de contraste en la obra de Frémez).

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Nombres traspapelados en dulce montón

Recibo online, en mi correo electrónico, el diario de mi pueblo (Tía María: Not In My Backyard). Aunque hace mucho que vivo en Buenos Aires, en materia de información no puedo leer otros periódicos. Estoy hecha a que las noticias se cuenten de modo más personal y colorido, lo que está muy mal visto en la Capital. “Impersonal” es el adjetivo mágico en estas latitudes. Y a mí eso no me satisface (Fabricación de noticias).

Esta noche algo me inquieta al abrir el diario virtual (¿Desafíos de los diarios para no morir?). Busco en todos los rubros pero no encuentro nada que pueda producirme ese escalofrío que ahora siento en la espalda, esa opresión en el pecho, las manos que se me convierten en garras por el frío de las articulaciones. Tengo miedo.

Nada especial. Las noticias internacionales y nacionales no superan las tragedias de todos los días; en las locales encuentro viejos amigos que presentan un libro, abren un bar temático u obtienen una distinción en astrofísica. Nada, nada terrible.

Sin embargo, al llegar a determinada sección del diario está escrito un nombre que me sobresalta: Bernarda Montes (La catarsis).

Lo miro muchas veces; no es tan raro que figure en el diario de mi pueblo ese nombre, pero no en esa sección que es, por supuesto, la de Necrológicas (La estructura perversa).

No sé qué hacer, a quién preguntar por ese nombre.

No, no puede ser, es un error. Si de algo estoy segura es de que vive todavía. ¿Pero por qué estoy tan segura?

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