Monografias
El día de la iluminación
He sido una rareza para todos; una sorpresa adversa, adjetivo que tal vez no tenga ninguna importancia (Embarazo Facticio).
He ardido con la luz de un demonio. Fue ayer (La Anatomía del Miedo).
Nunca tantas personas posaron sus ojos en mí, desde la entrada de la tarde hasta la noche.
¿Quién era yo, qué papel representaba en ese instante? -digo instante porque no fue más que un momento de gloria, los conocidos cinco minutos de fama que tienen los personajes secundarios de la televisión; en el noticiero, por ejemplo, el vecino que declara sobre un asesinato en el barrio. ¡Y qué feliz es esta gente ante la cámara, cómo sus rasgos y sus dientes brillan! (La televisión y su rol psicosocial).
¿Quién era yo aparte de quien soy ahora mismo? (Muerte a mí mismo).
Trato de verme desde lejos, como me miraría cualquiera de los que estaban a mi lado ayer; y, como miope que soy, tan lejos casi no puedo ver –la miopía que tengo es bastante rara, porque se extiende de mis ojos a mi apreciación de las cosas (Error de percepción de la realidad por la psicología).
Me veo como veo a menudo los paisajes, como si fuera un paisaje de Monet; un cuadro impresionista cuyos contornos se diluyen (Impresionismo).
Me miro allí paseando entre las tragamonedas; pondero mi sobretodo a rayas, cierta arrogancia de toda mi persona que de ningún modo busco me persigue, me busca ella (Delirios).
El elegante sobretodo es viejo, está algo gastado y perteneció a un pariente de mi cuñada que murió, y mi cuñada se hizo cargo de su exclusiva ropa de estanciero y la repartió por toda la familia. A algunas mujeres les tocaron chaquetas príncipe de Gales bien masculinas, pero impecablemente cortadas. No conocí a mi benefactor (Las sociedades iniciáticas y su herencia).
A los costados del sobretodo, después de las mangas, pueden verse mis manos –digo, pueden verse desde aquí; han pasado varias horas y, como dije, también soy miope para el tiempo.
Mis manos no son tan refinadas como yo.
Licor de mandarinas y fantasmas
Yo me digo que sin palabras -en especial sin las palabras escritas (El diccionario)- la gente se empobrecería de una manera trágica (Cultura).
No existirían los universos paralelos -que son un sueño literario o un hecho científico (Los no mundos)- ni casas como la de Cumbres Borrascosas para ir a refugiarse cuando nos vencen tanto el tedio y la costumbre que esas arquitecturas tenebrosas devienen en paraísos (Literatura).
No existiría el agujero de Alicia para caer (Reflexiones. ¿Sabes hacia donde vas y como llegar?).
Lo peor es que la gente se volvería un poco más opaca, porque la gente, aun la que nunca ha leído nada, sabe perfectamente dónde están esas construcciones y lo importantes, y peligrosas, que son (Las palabras ocultas en la inteligencia). Sabe evitarlas y también sabe sumergirse en ellas, caer de pie. Repito: aunque nunca las haya oído nombrar, leído.
Quedan en el paraíso blanco y en el paraíso rojo incendiado -es decir negro- de nuestros paseos por el alma o la mente (La esencia humana).
Y así no es vana ninguna construcción, ningún juego -o jueguito- de palabras (Juegos de lenguaje y mundo de la vida).
Se extiende, el mundo, hasta el infinito que calcularon los científicos y los teólogos..
Cada aporte es una casa o un castillo.
Cada palabra escrita con el deseo de seguir armando el mundo es semilla.
Nadie es mal escritor, ni cursi, ni anodino.
Escribo, yo, con regia inmodestia, ya que la computadora no funciona, en un cuaderno viejo donde hay unas recetas de cocina que no recuerdo haber copiado pero que están escritas en mi letra.
Una ocasión extraordinaria
No es que sea blanco y negro absolutamente, es la belleza de lo penumbroso (Belleza y Mística en Platón) lo que me lleva a caer en el crepúsculo, el del día o el de la noche, como le gustaba decir a Borges por el alba y por el atardecer, pero ya antes le había gustado decirlo de ese modo a Chesterton, en inglés (La novela policial).
Me gustan más bien las penumbras con rebordes de luz (Antes que amanezca), cuando la hierba hace caer ese silencio que es el día blanco, cuando la noche tiene su parto de madre primeriza (A partir de la metáfora - Jacques Lacan), cuando aún no se sabe si de lo gris lo que se quiere ver es negro, si de lo gris lo que se quiere ver es la blancura (El gran viaje hacia la silueta tan distante).
Por eso, sobre todos los pintores del mundo amo a Rembrandt (Renacimiento).
Pero hay algo además que no me explico que no tiene que ver con la luz (Vampiros). Me perdería entre su gente de la Ronda Nocturna y tal vez no aparecería más en este siglo, vestida de la hija de Rembrandt, la pequeña (Panorama de la herencia del mundo antiguo).
Diría que me llamo Sombra, que para verme prendan un fósforo, enciendan la linterna, hagan un fuego pequeñito.
Rembrandt rompió su espejo en mil cuadrados de luz y sombra, de alegría y tragedia.
Misterios de dos niñas, o de tres
Nos sentábamos en el umbral de la casa con una muñeca en cada mano, mi amiga Lila y yo (La Socialización fuera de la Familia).
Éramos tan chicas que las muñecas debían tener poco peso, eran de trapo (Historia de las muñecas de trapo).
No las amábamos demasiado, eran un juguete más que nos habían dado para salir a la puerta (Los juguetes de los niños), mirar pasar los autos sin cruzar nunca la calle, y observar -eran los tiempos en que las niñas y los niños, por más pequeños que fueran, salían tranquilamente a la calle, con la única advertencia de no cruzarla (La neomicrohistoria).
Cuando crecimos otro poco las muñecas crecieron con nosotras, se hicieron más bonitas, con cuerpos y caritas que no eran de trapo sino de cerámica -o porcelana, tal vez, un día de delirio de nuestros padres.
Las otras chicas del barrio se acercaban a elogiárnoslas, como las madres de unos niños elogian a los niños de otras madres.
Llegó un tiempo en que el amor por nuestras nenas de mentirillas nos hizo pedir a cada abuela un regalo grandioso: un vestido para nosotras y otro para nuestra muñeca, iguales (¿Se enamoran o se identifican los adolescentes con el otro?).
Laurita y yo teníamos un vestido a rayas azules y blancas con canesú marinero. Lila y su muñeca vestían de suaves florecitas rosadas (Características y principios de la creatividad).
Como dos pares de mellizas asimétricas, nos instalábamos en el umbral (Madurez e inmadurez).
Nos parecía que la gente que pasaba nos observaba con admiración (Autoestima en estudiantes).
A mí me parecía que la Marilín de Lila era más bonita que Lila misma. No sé qué pensaba ella de Laurita y de mí.
El amor maternal que fingíamos o practicábamos todas esas tardes se fue rarificando.
Terminó convertido en verdadero amor.
El traje nuevo del emperador
Recuerdo a mi abuela contándome otra vez (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?).
Se sentaba en un sillón de hamaca. Había una lamparita encendida (Luz del primer día)
La delicia era que yo escuchaba aquellos cuentos mientras comprendía que el lugar, la hora, la voz de la abuela, la lamparita y los pájaros de cerámica colgados como si volaran por la pared era lo que hacía más precioso el relato (Diez Relatos).
Todo lo que me rodeaba tenía por dentro malabaristas que cambiaban por una luz o una sombra, por apagar la lámpara o prender otra luz (El Malabarismo).
Y las sombras eran tan buenas para mí en esos días, arrancadas casi literalmente de los libros de cuentos ilustrados, y de la blusa de la que estaba en el sillón, los puños de la manga con encaje de la abuela sobre los brazos de madera.
Y cuando se hamacaba el sillón venía hacia mí y traía más cerca su cara que me sonreía con esa sonrisa (La risa como terapia).
Castillos de papel
A veces me contaba cosas espantosas, pero con oro filtrado en esas cosas, residuos de fiestas que a mí me parecían macabras. Y lujosas (Literatura infantil).
Eran cuentos de hadas también, y lo que yo más quería era que ella continuara.
De pronto me decía que un rey había ido al entierro de Andersen (La figura del héroe en dos cuentos de Andersen).
Pero no estábamos hablando de nadie que se llamara así, sino de un cuento que se llamaba La Sirenita, y era uno de los que más me gustaban.
Todavía no había aprendido a leer, pero la abuela me lo había contado, y además estaba en el libro de cuentos que me había regalado, lo sabía por los dibujos.
¡Ese libro de cuentos! Me gustaría tener ahora ese libro de cuentos más que ningún otro objeto en el mundo.
Lo abrías y se abrían palacios de paredes de papel más bellas que cualquier sueño, lo abrías y el mar aparecía con sus olas de tiza azul.
Aparecía la sufrida Sirenita.
Especulaciones alrededor de la palabra lujuria
Este post debió aparecer el miércoles pasado, como secuela del anterior “Sueño lujurioso”, que tantas expectativas despertó en ustedes y terminó provocando frustraciones innumerables.
Que no suceda lo mismo con estas “Especulaciones”, y si sucede, pues envíen las suyas propias, que estoy esperando con agradecimiento anticipado:
La vida es hermosa con ustedes, mis amigos (Amistad civil en Aristóteles).
Ahora me acuerdo que hace mucho -en los tiempos en que se escribían cartas, ¡oh maravilla!- había buzones rojos en casi todas las esquinas (Inmigración a la Argentina: cartas).
Ya en sí un buzón rojo era un objeto que me agradaba mucho. Me hubiera gustado vivir al menos por un día adentro de un buzón (Las etapas de la personalidad).
Pero lo importante eran las voces que salían de adentro de ese objeto: declaraciones urgentísimas de amor, confesiones privadas, alegrías que trepaban al cielo azul, más documentos oficiales que hablaban con voz de policía (Voces propias para una red de todos).
A mí me parecía oír todo eso al pasar, y con sólo ver un buzón de vez en cuando, me alcanzaba para fantasear algunas semanas (Saborea tu existencia).
Lo mismo me pasa con las voces de ustedes que, sin embargo, llegan mucho mejor pronunciadas, llegan claras y me llenan de chocolates y confites (Valores y antivalores).
No importa si les gusta o no mi escrito, para mí todo viene con vuestras mieles.
Y en las respuestas a estos últimos posts he gozado con ganas (Antígona entre dos muros).
Las discusiones más fructíferas son las que, desde lejos, pueden mirarse como banales.
¿Discutir que si un título se ajusta o no a lo escrito? ¿Que lujuria es esto y no aquello?
El inventor de los silencios
Creo que nadie se dio cuenta antes que yo, ahora, y me siento orgullosa esta noche, aunque pensándolo mejor, me da un poco de miedo (La Anatomía del Miedo).
Antes que nada, iba a escribir (Escribir en el Siglo XXI):
que tu mano no se vea interrumpida por la idea (Figuras retóricas), que la idea no se vea interrumpida por la grieta del corazón, que tu corazón se calle que no tiene ninguna palabra que decir.
Estos son los consejos que me daba hace tiempo. Ahora mi mano se interrumpe menos todavía, pero cargada de una electricidad, de una fiebre, de tantas grietas del corazón y de tantas palabras que él guarda, que no me escucho en mis consejos (Climaterio y sus efectos psicológicos).
Por eso puedo escribir sin censuras ni autocensuras de la inteligencia lo que acabo de descubrir (Censura: Entre el horror y la globalización mediática), que parece mejor dicho de golpe: los libros cambian en la biblioteca, se visten de otra manera, se achican o se agrandan (Mutaciones).
Sí, busqué durante horas un volumen de Valéry en un espacio de una sola tabla. Busqué Política del espíritu, y no lo reconocí (La incertidumbre del poeta).
Tomé con curiosidad un libro pequeño, encanecido, pálido, y ¡era él! (El sentido realizador de la jubilación).
Salimos tanto juntos, participamos de tantas fiestas de poesía y de arte y hasta de política, cuando éramos jóvenes. Y ahora no lo reconocí porque, seguro, él tampoco me reconocía a mí.
¡Qué triste tango fue este reencuentro! -no creo que Valéry bailara tangos con Victoria Ocampo ni con nadie, pero el reencuentro fue una letra de aquellos tangos melancólicos y lluviosos que tanto detestaba. Parecidos a mí, esos tangos (Tango Balada para un loco).
En el libro de Valéry buscaba uno de sus ensayos, y aunque no voy a revelarles que no lo encontré, sí debo decir que ya no me dieron ganas de leerlo. El ensayo era más que un ensayo, era un homenaje. Y como era un homenaje a Stephane Mallarmé, pretendía, tal vez, robarle citas al inolvidable “Yo le decía a veces a Stephane Mallarmé”, ensayo que a Paul Valéry no le costó nada escribir, casi seguro, y a mí me llevó muchos días de llanto emocionado. Por la belleza, digo, no por los sentimientos.
Sueño lujurioso
Como para conjurar el escrito anterior (Ver o no ver: un abordaje a la obra de arte), llamado “La inteligencia y el placer” (Inteligencia artificial: su filosofía), tan gris y desolado, me propongo contar otra vez algún suceso de mis días, pero más placentero (El placer, el cerebro y las nuevas drogas).
Me resultó ingenioso uno de los comentarios, que se refería sencillamente a lo inadecuado del título de ese post. Decía que, al ser poco agradable la lectura de mi escrito, y al ser el mismo vulgar e incongruente, no se podía entender su nombre… Reconozco mi derrota ante esta apostilla tan feliz (El ingenio de Teut).
Agradezco a los que escribieron para decir que les gustaba, y más aún a los que lo hicieron para decir que no (La Autoestima).
Refuto la comparación inadmisible de unos de los lectores: “Me gustó más lo de José Itriago” (De Sartori a Simone pasando por el BigBrother).
José Itriago es un grande, grande narrador (La memoria de los olvidos: Manuel Scorza), y a eso lo sé sólo porque desde hace muchos años “actúa” en mi blog: envía generosamente sus escritos, de los que se desprende que yo jamás podría llegar a parecerme a él, aunque hiciera siglos de seminarios dictados por Cervantes o por Borges (Cervantes y la lengua española).
Lo que les envío se los envío con el mayor de los afectos, y no entra en competencia con ninguno de ustedes. Ustedes, en realidad, hacen el espacio con amor y críticas que lo construyen. Mi única virtud es la constancia.
No encontrarán en mi “sueño lujurioso” mayor congruencia que en mis anteriores narraciones. Lo que puede confundirlos es, quizá, que las redacto con un aire de inocencia, como si en verdad hubieran sucedido, siguiendo apasionadamente la consigna de aquel surrealista que, creo, se llamaba Georges Scheadé, pero no estoy demasiado segura de haber escrito bien ese apellido:
“El que sueña se mezcla con el aire”.
La inteligencia y el placer
Suena el despertador; es una tortura tan refinada ese sonido del despertador cuando a uno le parece que recién ha conseguido atrapar el sueño (La tortura: poder y saber resistencial).
Automáticamente, lo programa para dentro de cinco minutos.
Y sí, se duerme (Dormir no es un placer, sino una necesidad).
Suena otra vez, y así va programando y encendiendo el reloj hasta que pasa la media hora que se dio de adelanto para dormir en cuotas pequeñísimas (Lecciones contra la miseria del mundo…).
Está todavía demasiado dormido para percibir, bajo la ducha, que el tiempo se acelera como un maquinista loco (¿Qué es el tiempo?).
Al salir, ya no puede llegar puntualmente al trabajo: es la hora.
Corre entre los bultos grises parecidos a él que corren para alcanzar el colectivo (Mar de Fondo. “Mar de cambios”).
Está esperándolo en una cola de una cuadra.
Pasan veinte minutos y extiende la mano para parar un taxi, mientras calcula que el precio que deberá pagar le impedirá, una vez más, ir al cine el domingo (Historia del Cine).
El coche no puede avanzar, porque hay un embotellamiento debido a un accidente, y la avenida Corrientes parece el infierno (Buenos Aires, malos aires).
Le pide al taxista que lo deje allí, paga y sigue caminando.
Llega media hora tarde a la oficina, y como esto ocurre a menudo ya no puede dar explicaciones.
Durante todo el día, en medio de tareas automáticas, entrevé la pesadilla de su regreso a casa (Sueño, dolor y pesadilla). No es clarividente, sino que todos sus regresos son iguales.
Al fin se cumplen sus predicciones, pero al volver está tan cansado que no llama por teléfono a ningún amigo, amiga o novia, se pone a mirar televisión.
Los libros con los que pensaba disfrutar siguen estacionados en la mesa de noche.
Se duerme. Y suena el despertador. Automáticamente lo programa para dentro de cinco minutos.
Los amores de Francisco
Me siento feliz; son las nueve de la noche del final de un día en el que no he visto a nadie y sin embargo me he sentido acompañada y plena (La felicidad moral desde la pura razón).
Estoy en la alfombra de la sala rodeada de almohadones bajo la lámpara de pie. Sobre la mesa pequeña, de vidrio, hay dos velas encendidas. Una comienza y otra se está por apagar. Reposan en copas transparentes como la mesa, lo que hace un juego doble de espejos y de fuegos (La fatalidad del fuego prometeico).
La que se apaga se agita como una ola en el silencio de su diminuto mar de fuego.
La otra, esbelta, serena, imperturbable, fue encendida para pedir algo magnífico (Eugenio Montejo: Viaje a lo sagrado).
He pedido amor, enamorarme de todo lo que existe, sentir que el amor me está quemando (Su Excelencia El amor).
La voz de Rilke (Embalaje para enseres standard), el poeta que está en mi corazón y cuyo escritos he memorizado desde niña, dice:
“Es necesario que no nos acontezca nada extraño, sino sólo aquello que nos pertenece desde largo tiempo. Repetidas veces fue preciso rever las nociones sobre el movimiento; también se aprenderá, poco a poco, que lo que llamamos destino sale de los hombres, no que entra en ellos desde fuera. Sólo porque no asimilaron su destino ni lo transformaron en sí mismos mientras estaba en ellos, es porque tantos hombres no reconocieron lo que de ellos salía: les era tan extraño y en su ciego espanto pensaban que acababa de entrar en ellos, pues juraban no haber hallado antes, en sí, nada parecido. Así como se mantuvo mucho tiempo en engaño sobre el movimiento del sol, se engaña uno todavía sobre el movimiento del porvenir. Lo futuro está fijo, pero nosotros nos movemos en el espacio infinito”.
Lo futuro está fijo, pero nosotros nos movemos…
¿Habrá intuido esto mismo Jorge Bergoglio, antes de ser elegido como el primer papa latinoamericano? (La vida de Ignacio de Loyola).
El santo de todos los tesoros de la Creación
En algún lugar de Internet cuyas señales no puedo dar por ignorancia, no porque no quiera acordarme, aparece un sitio de Claudia Herrera Hudson llamado “Mi héroe: San Francisco de Asís” que comienza con una cita del mismo: Si tienes hombres que excluirán a cualquiera de las criaturas de Dios del refugio de la compasión y la piedad, tendrás hombres que se comportarán de la misma forma con sus compañeros.
La simplicidad de esta fórmula tiene tanta grandeza que hasta los pájaros podrían entenderla.
